La otra escasez

Por Juan Carlos Rincón Escalante

Los reflectores eran para la multitud haciendo juiciosa fila, para los venezolanos arrodillados besando el suelo colombiano o abrazando a nuestros militares, dando las gracias a gritos por encontrarse fácilmente con alimentos y medicinas que ya no se consiguen allá, en aquel vecino que, gracias a su opulencia, muchas veces era el destino de la migración, pocas veces su origen.

Es entendible: eso se presta para hacer buena televisión, de esa que llena el pecho de patriotismo, y en últimas es un digno retrato de lo que pasa cuando el socialismo bienintencionado es secuestrado por la incompetencia y la corrupción, un síntoma del régimen chavista que no para de sangrar.

Pero la historia que era más difícil de ver se encontraba en los suspiros de alivio de los vendedores de toda clase que, después de años de olvido y soluciones ineficaces, por fin se reencontraban con lo que conocen, con los vecinos que a través de décadas de comercio libre habían encontrado una sostenibilidad independiente de los caprichos de los gobiernos centrales.

Por eso, sin importar los generosos (aunque dispersos) esfuerzos de Uribe y Santos, cada uno en su momento, Cúcuta, y Norte de Santander con ella, sigue estando mal. Siempre ha estado mal, de hecho, pero antes no era problema de Bogotá. Porque, y esto es lo que el Gobierno ha descubierto a las malas, la frontera sólo es de Colombia en el papel, en los actos de reconocimiento a las instituciones nacionales y en el reparto de los recursos. Pero de resto, en el día a día, los que mandan son otros, apoyados en redes de ilegalidad con raíces profundas, normalizadas, que a veces se disfrazan de Estado, pero que responden a leyes locales. Pregúntenle al ministro del Interior.

El problema es que antes, con la frontera abierta y con recursos por montón, de esos que esconden la informalidad, la pobreza, la violencia y la falta de institucionalidad, el resto del país podía fingir que todo estaba bien en Cúcuta, pese a una escasez no tan mediática, pero igual de mezquina a la de Venezuela.

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La lucha de una mujer trans por usar uniforme femenino en el Sena

Por Juan Carlos Rincón Escalante

“Nosotros no tenemos el conocimiento para tratar a una persona como tú”. Ese era el mantra que los directivos y profesores del programa técnico en operaciones comerciales del Sena en Cali le repetían a Marilyn Melissa Mejía. Se referían a una mujer transgénero cuya identidad no reconocieron en actuaciones que la llevaron a considerar abandonar sus aspiraciones académicas, y que son síntoma de un país que todavía no sabe cómo interactuar con aquello que no entiende. Esta es su historia.

Mejía, caleña, tiene 23 años y desde pequeña supo que su cuerpo no correspondía al género que la identifica. “El pene siempre me ha incomodado”, dice. Pese a que su papá le daba incentivos para que abandonara ciertos “comportamientos femeninos”, ella aprovechaba cualquier momento de soledad para vestirse con la ropa de su madre o de su hermana y hacer oficio. En esos momentos era feliz. Hoy, con una operación de senos encima, un armario completamente a su gusto y una cédula que la identifica como mujer, y que la nombra como ella desea, no como sus padres la bautizaron, quiere avanzar profesionalmente.

Por eso se matriculó en el Sena. Desde el primer día habló con el instructor líder de su grupo y le dijo que, como ella era una mujer, quería usar el uniforme de las mujeres. Le dijeron que no había problema, pero cuando llegaron las prendas, un par de sicólogos de la institución y el mismo instructor la llevaron aparte y le dijeron que no podía usar el uniforme, que era problemático, que ella era un hombre.

A los pocos días, la citaron a un comité, espacio reservado para los indisciplinados, y le dijeron que querían “ayudarla”, pero que para eso tenía que dejar de ir en tacones, dejar de maquillarse y, ante todo, dejar de usar el baño de las mujeres. “Si hay niñas adentro, te sales. Si alguna entra y se siente incómoda, te sales”, le dijeron. Todo era para evitar problemas, supuestamente. Pero Mejía no entendía por qué era ella, y no las demás, la que tenía que ceder, esconderse, dejar de expresar su identidad. “Yo no puedo entrar al baño de hombres porque soy mujer”, explica. “Me sentiría muy incómoda”.

Y aunque cedió, los problemas llegaron. Las compañeras empezaron a matonearla. “Payasa”, le decían, y otra cantidad de insultos cargados de prejuicios. Cuando entraba al baño, le tiraban cosas. Una vez le echaron agua encima mientras utilizaba uno de los cubículos. El mayor insulto, el que más le dolía, era que la llamaban por su nombre de hombre, ese que nunca fue de ella, que no la representa. En clase, cuando una compañera se rehusó a llamarla Melissa, ella la gritó. El profesor regañó a Mejía, le dijo que tenía que ser “tolerante” con sus compañeros que “no la entienden”. Ella es la mala del paseo.

La abrumó la tristeza, esa que producen la marginación y la incomprensión, la negación de lo que uno es y los otros no reconocen, y dejó de ir a clases. Aunque cumplió con sus tareas y aprobó todo, le pusieron matrícula condicional y la reprendieron. Por faltar. En la Corte Constitucional hay un caso análogo al de ella, también con una institución del Sena.

Ahora está haciendo su práctica y, dice, le va bien. Aunque sus colegas han empezado a matonearla. La historia no deja de repetirse.

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Hillary Clinton, por fin

Por Juan Carlos Rincón Escalante

A veces en una risa demasiado larga, o en un discurso de victoria, o en una mirada en un video viral, a Hillary Clinton se le escapa, por un instante, el desdén que siente por tener que hacer campaña. Ella, que lleva una década buscando la Casa Blanca, que fue una primera dama influyente tanto en Arkansas como en Washington, que junto con su esposo, Bill, forma un imperio político con tentáculos en todas las ramas del poder de EE. UU., siente que ya debería estar en la Presidencia. Pero eso, claro, no lo va a decir en público: todos los aspectos de su candidatura están finamente calculados para apelar a la masa. Por eso, seguramente, y ante un Partido Republicano en caos, será la primera mujer en ocupar la Presidencia de EE.UU. Pero por eso, también, es que hasta sus votantes desconfían de ella.

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Estados Unidos es un desastre, pero Trump sabe cómo arreglarlo (o eso dice)

Por Juan Carlos Rincón Escalante

Marco Rubio, el senador primíparo descendiente de cubanos que se había convertido en la última esperanza de la élite tradicional republicana para detener a Donald Trump, lucía contento. Frente a cientos de personas en Virginia, uno de los estados que votarían en el supermartes del 1º de marzo, lanzó varios chistes.

—Sus manos son del tamaño de alguien que mide metro y medio —dijo—. Y ya saben lo que dicen de los hombres con manos pequeñas.

Rubio terminaría perdiendo ese estado junto con otros seis ante Trump el martes pasado, pero algo más grave estaba ocurriendo: el senador, y el resto del Partido Republicano, se había rendido en su intento por hacer una campaña con dignidad. El mayor truco de Trump fue arrastrar al resto de sus contrincantes a los debates vulgares y personalistas con los que se siente cómodo.

Y en esos términos, Trump parece invencible.

Los Estados Unidos lisiados

“Estados Unidos necesita empezar a ganar de nuevo”, escribió Trump el año pasado en Crippled America: How to Make America Great Again (Estados Unidos lisiados: cómo devolverles su grandeza). “A nadie le gusta un perdedor y a nadie le gusta ser matoneado. Y aun así, aquí estamos: somos la más grandiosa superpotencia, pero el resto del mundo se está comiendo nuestro almuerzo. Eso no es ganar”.

Trump dice creer que Estados Unidos es un desastre. En la Presidencia y el Congreso, “la incompetencia es increíble”, la infraestructura del país está en ruinas, se desperdiciaron billones de dólares en guerras inútiles en Oriente Medio, se aisló a Israel —“nuestro único aliado real”—, se negoció un inservible tratado nuclear con Irán, todos los países con los que se firmaron tratados de libre comercio están llevándose los empleos y las ganancias, la clase media es cada vez más pobre y, como si fuera poco, EE. UU. se convirtió en el basurero del mundo, a donde van a parar todos los criminales, violadores y malas personas de otros países, lo que representa “un buen negocio para los presidentes del resto del mundo, pues se deshacen de lo peor”.

Antes de su campaña a la Presidencia, Trump se convirtió en el rostro más famoso del movimiento que le exigía al presidente Barack Obama probar que no había nacido en Kenia. Cuando Obama publicó su registro de nacimiento en Hawái, el ahora candidato dijo que “no estaba seguro de si era real”, pero que se enorgullecía de haber forzado al presidente a enfrentar la controversia.

Ese es Trump. Nunca pierde. Y lo repite una y otra vez. Por eso, dice, es la mejor opción para la Presidencia: “Necesitamos alguien con un historial de éxito en los negocios, alguien que nos pueda llevar a la excelencia y que sea capaz de explicar lo que debe hacerse”.

Hablar sin tapujos hace parte de su marca. No tiene tiempo para la corrección política, lo que es un arma de doble filo: funciona cuando le sirve para hablar mal de los políticos de Washington, “que sólo hablan y nunca hacen nada”, pero lo traiciona cuando, por ejemplo, se sintió cuestionado injustamente por Megyn Kelly, periodista de Fox News, y después dijo que a ella se le veían las malas intenciones pues “botaba sangre por los ojos y por su… lo que sea”.

Sus votantes ven honestidad en esa forma de hablar. La clave está en que los miedos a los que está apelando Trump vienen trasnochando por varios años a un fragmento considerable de la población estadounidense, y han sido, cuando no fomentados, sí tolerados por el Partido Republicano, que ahora no sabe cómo detenerlo.

La culpa es de Obama

La llegada a la Presidencia de Estados Unidos del primer afroamericano, con una agenda progresiva reformista además, fue confrontada por un obstruccionismo terco por parte de los republicanos en el Congreso. Desde el principio, la orden era clara: no pasarle nada al presidente que, después de quemar todo su capital político en una ambiciosa reforma al sistema de salud, vio desaparecer las mayorías de su partido en el Senado y la Cámara de Representantes.

En ese contexto surgió el Tea Party, un grupo de políticos de ultraderecha que, entre otras cosas, suele decir que Obama es un musulmán encubierto que quiere instaurar la sharia en Estados Unidos. El fenómeno llevó a nuevos votantes a las urnas, lo que ayudó a los republicanos a recuperar las mayorías. Por eso, y aunque la retórica se volvía cada vez más violenta y llena de resentimiento hacia las minorías, los líderes del Partido Republicano callaron. Incluso al principio de este ciclo electoral, cuando Trump inauguró su campaña hablando de cómo los mexicanos que inmigraban a Estados Unidos eran en su mayoría criminales, fueron pocos los reproches que recibió de su partido. El juego era a no perder los votos radicales, que igual suman.

Mitt Romney, quien esta semana salió a criticar a Trump por ser un “fraude”, en 2012 celebró haber recibido su apoyo cuando intentó llegar a la Presidencia.

En esta pelea todos tienen rabo de paja. Y ahora Trump está usando esa indignación para catapultarse a la nominación, y cualquier intento de atacarlo fracasa porque los votantes están cansados de sentir que su ira y su frustración no han sido representados adecuadamente. Ha ganado el 46% de los delegados otorgados hasta el momento y, si las encuestas permanecen como están, su triunfo parece inevitable. En ningún estado ha obtenido menos de 30 puntos porcentuales y, mientras sus oponentes siguen repartiéndose el resto de la votación, no hay una alternativa clara para detenerlo.

En sus eventos de campaña abundan los letreros que dicen que “la mayoría silenciosa” lo apoya. Sus votantes se sienten perseguidos y amenazados y quieren recuperar el poder, y vivir en un país que logra resultados. Trump ha prometido precisamente eso. El cómo, hasta ahora, no ha parecido ser importante.

¿Cuál es el verdadero Trump?

En un debate reciente, Ted Cruz, quien va de segundo en la carrera por la nominación, estaba criticando a Trump por haber hecho donaciones en varias ocasiones a políticos demócratas.

“Sí, y también lo financié a usted cuando se lanzó al Senado”, le contestó Trump. El jueves pasado, en Detroit, cuando el tema volvió a surgir, Trump dijo que les había donado a republicanos y demócratas a lo largo de los años porque es un hombre de negocios, y que eso lo ponía en la posición de saber que Washington estaba estancado.

Lo que también prueba, no obstante, que es un candidato flexible. Un día dice estar a favor de la tortura y al otro confiesa haber cambiado de opinión. Hoy ha dicho que Hillary Clinton es lo peor que le puede pasar a Estados Unidos, pero sus donaciones a la Fundación Clinton son superiores a los US$100.000. Según reportes, en espacios cerrados ha concedido que su plan de construir la muralla entre EE. UU. y México es una táctica de negociación.

También en Detroit, confrontado respecto al cálculo de que su plan de recortes en impuestos agregaría US$10 billones al déficit fiscal, su respuesta fue, básicamente, “confíen en mí”.

En su libro, Trump confiesa que ama dar declaraciones escandalosas porque así garantiza que los medios le van a dar cubrimiento. Su experiencia en televisión, como creador del reality show El aprendíz, es útil para llamar la atención. Por eso cuesta creerle cualquier posición.

En una entrevista con Maureen Dowd, Trump admitió que sabe cómo comportarse políticamente correcto y agradable cuando lo necesita.

“Sólo que en este momento no lo necesito”, le dijo.

Si en efecto gana la nominación por el Partido Republicano, no sería nada raro un cambio radical de máscara para apelar a una audiencia mucho más amplia. De hecho, ya está pasando: a medida que obtiene el apoyo de políticos tradicionales, Trump ha empezado a moderar su tono (aunque no el contenido de lo que dice), e incluso ha defendido públicamente ideas liberales como la utilidad para la salud de las mujeres estadounidenses de Planned Parenthood, clínica reconocida por facilitar interrupciones voluntarias de embarazos.

Eso, sin embargo, no lo ha llevado a perder popularidad. En todos los discursos repite la misma idea: “Mi presidencia va a ser maravillosa. Créanme”.

Hasta el momento, 3’320.055 estadounidenses, varios de ellos latinos, le han creído. Y el número sigue creciendo.

Este artículo fue publicado originalmente en El Espectador.

La revolución solitaria de Bernie Sanders

Por Juan Carlos Rincón Escalante

Bernie Sanders está acostumbrado a estar solo. Desde el inicio de su carrera política, hace 45 años, los márgenes han sido su hogar; la trinchera desde la que repite, una y otra vez, que hay algo profundamente injusto en la forma en que los recursos se distribuyen en Estados Unidos.

Su seriedad, confundida a menudo con amargura y arrogancia por sus oponentes, es legendaria. Sus discursos siempre han estado plagados de adjetivos violentos: “indignante”, “aberrante”, “criminal”. Su rabia contra el statu quo y la política tradicional lo ha movido a ser un crítico mordaz del intervencionismo estadounidense, el capitalismo feroz y la influencia venenosa del dinero en la política.

“El Congreso está roto”, dijo, recién aterrizado en la Cámara de Representantes en 1991. Para que un cambio de verdad ocurriera, concluyó, cientos de sus colegas deberían ser expulsados del parlamento. “Él grita y chilla (al dar sus discursos), pero está completamente solo”, dijo en aquel entonces Joe Moakley, un influyente representante demócrata.

En 2015, el senador Sanders fue el peor congresista, según la página GovTrack que evalúa el comportamiento en el parlamento, en términos de bipartidismo: ninguna de sus iniciativas legislativas contó con apoyo del Partido Republicano.

Pero eso nunca le ha preocupado. Lo que sus críticos llaman terquedad, él lo ve como coherencia. Sanders no tiene problema con estar solo porque está convencido de que tiene razón.

“Llevo muchos años parado en las afueras de la mayoría política”, escribió en la reedición de su autobiografía, Outsider in the White House (Un extraño en la Casa Blanca), publicada originalmente en 1997. “He votado muchas veces solo, dado muchas peleas y montado muchas campañas solitarias”.

Pero algo está cambiando. El pasado 9 de febrero, 151.584 personas votaron por Sanders en la primaria de Nueva Hampshire para elegir el candidato demócrata a la Presidencia de Estados Unidos, convirtiéndolo en el primer judío en la historia de ese país en ganar una primaria. Su victoria, con 60,4% del total de votos, es más impresionante porque la derrotada, con cerca de 60.000 votos menos que el autoproclamado socialista, es Hillary Clinton, la exsecretaria de Estado que cuenta con el apoyo de la mayoría de los líderes del Partido Demócrata y que aún hoy parece la inevitable próxima presidenta de Estados Unidos.

El año pasado, Sanders escribió: “Ya no me siento solo”. Es cierto, ya no lo está.

Un profeta reivindicado

A Sanders aún le cuesta creer la cantidad de personas que están asistiendo a sus discursos. El año pasado, en Portland, la fila esperándolo rodeaba un estadio donde iba a hablar. “Pensé que había algún partido”, le dijo a The New Yorker.

El mejor indicador para entender la magnitud de la pasión que su campaña está despertando es el dinero. En 2015 recolectó US$73 millones gracias a más de un millón de donantes que hicieron alrededor de 2,5 millones de donaciones. En enero de 2016 recolectó US$20 millones, y el total de donaciones llegó a 3,5 millones. Le va ganando, de lejos, a las cerca de 750.000 donaciones de la campaña Clinton.

Al final de todos los correos que envía la campaña hay una firma que dice “Pagado por Bernie 2016”, y abajo, en letras azules, agrega: “(no por los multimillonarios)”. Ese ha sido su caballito de batalla en contra de Clinton y los republicanos.

“La gente no es tonta”, le dijo Sanders a Clinton en un debate el 11 de febrero. La exsecretaria argumentaba que recibir donaciones de los grandes bancos y de Wall Street —principal fuente de ingresos de su campaña— no significa renunciar a la independencia. “¿Entonces por qué, por Dios, Wall Street hace donaciones monumentales?”, preguntó Sanders. “Supongo que por pura diversión”.

Sanders es el único de los candidatos a la Presidencia que puede argumentar, sin ruborizarse, que el dinero corrompe la autonomía. Durante toda su carrera no ha recibido donaciones de ese estilo. Su campaña se sostiene a punta de aportes individuales, que el año pasado tuvieron un promedio de US$27 por persona. El mayor grupo de interés que le ha donado recursos es el de los sindicatos, el cual, si bien está lejos de ser ajeno a la dinámica tradicional de la política estadounidense, sí está más cerca de los principios demócratas que los representantes del sector financiero.

Y eso, en los Estados Unidos poscrisis económica, posmovimiento Occupy Wall Street, donde la brecha de la desigualdad viene en aumento y se ha tomado el centro del debate político, es el mayor atractivo de Sanders.

Ayuda, también, que lleva décadas advirtiendo que el desastre estaba en camino.

“Mis oponentes me acusan de ser aburrido —escribió en el 97—, de martillar siempre los mismos temas. Tienen razón. Nunca le he encontrado sentido a que una fracción ínfima de personas tengan riqueza y poder inmensos, mientras que la mayoría de las personas no tienen ni lo uno ni lo otro”. En el Congreso criticó la enorme inversión militar, las intervenciones en Irak, la reducción de los programas asistenciales y la complicidad de los dos partidos con los bancos, lo que generó una desregulación que permitió la crisis de 2008.

También se opuso a la ley que, impulsada por el entonces presidente Bill Clinton (demócrata), prohibió el matrimonio de parejas del mismo sexo. El devenir histórico terminó por darle la razón en muchos temas.

Sanders no se ha movido ni un centímetro; no ha tenido motivos para hacerlo. Como escribió: “si alguna vez alcanzamos la igualdad económica y social, prometo escribir nuevos discursos”.

¿Revolución o pragmatismo?

En una entrevista memorable, el presidente Barack Obama, después de terminar su primer año en el puesto, lucía exhausto, derrotado. Jon Stewart, entrevistador y reconocido por algunos como la conciencia liberal de Estados Unidos, le preguntó por qué, si su campaña a la Presidencia se había construido sobre la esperanza de obtener un cambio radical, ahora el país se sentía frustrado. “¿Qué pasó con ‘Sí se puede’?”, le dijo, refiriéndose al lema de campaña de Obama.

“Sí se puede, pero…”, contestó el presidente, algo molesto, causando risas en la audiencia y sintetizando el estrellón con la realidad que representó su aterrizaje en la Casa Blanca. Ante el obstruccionismo terco de los republicanos, la agenda progresista de Obama tuvo que moderarse, evolucionar.

La crítica que Clinton y muchos analistas políticos le hacen a Sanders es un jalón de orejas similar: el idealismo es inútil ante la realidad de la política, especialmente con un Congreso de mayoría republicana.

Y es que Sanders no es tímido. “No tengo paciencia para campañas simbólicas”, escribió. “Las condiciones están dadas para que mi campaña genere una revolución democrática, y creo que podemos ganar”.

Por eso sus propuestas rozan el populismo: educación superior gratuita para todos, nacionalizar el sistema de salud, aumentar el salario mínimo de US$7,25 a US$15, dividir los grandes bancos en varios más pequeños y ampliamente regulados, aumentar los impuestos para el 1% de personas que más ingresos reciben, obligar a las empresas que utilizan paraísos fiscales a tributar en Estados Unidos y emprender grandes inversiones en infraestructura, son los pilares de su programa de campaña.

Cuando le preguntan cómo piensa lograrlo, cojea. En su página hay estudios sobre reformas tributarias profundas para pagar los nuevos programas, pero su solución a la oposición republicana es la revolución: según él, su llegada a la Presidencia irá acompañada de un movimiento democrático que obtendrá una mayoría en el Congreso y permitirá el cambio radical que se necesita.

Los números, sin embargo, no pintan bien. Su obsesión con la problemática de clases lo ha llevado a tener oposición en las comunidades afros y latinas. Para Sanders, todos sus problemas se empiezan a solucionar con mayor equidad económica, pero los activistas le han reclamado que hay realidades de racismo y xenofobia que van más allá de la desigualdad. Pese a que el senador apoya un proyecto que otorgue un camino para que los inmigrantes ilegales obtengan la ciudadanía, y aunque ha incluido reclamos de las comunidades afros como la reducción en la encarcelación injustificada de minorías, estas poblaciones, que son esenciales para cualquier triunfo demócrata, prefieren a Clinton.

Vermont, el estado del que es senador, es 95% blanco, y Nueva Hampshire también es conocido por su mayoría caucásica. A medida que la contienda electoral se acerca a lugares más diversos, Sanders empieza a sufrir. En Carolina del Sur, la próxima parada de las primarias, Clinton, con su discurso que promete un “cambio plausible”, obtenido a través de la negociación política, le lleva treinta puntos porcentuales de ventaja.

A nivel nacional, Clinton tiene once puntos más que Sanders. La revolución, por lo menos por ahora, no tiene la fuerza necesaria.

El origen de la obsesión

Cuando era niño, Sanders cometió el error de comprar el mercado en una tienda pequeña y no en el supermercado. Su padre, un carpintero que apenas tenía suficiente dinero para alimentar a su esposa y sus dos hijos, le dio una lección que dice no haber olvidado: para la mayoría de la gente, una diferencia pequeña en precios significa la vida entera. Y eso era injusto.

Esa sensación lo acompañó hasta la Universidad de Chicago, donde se unió al Congreso de Igualdad Racial, la Unión de Estudiantes por la Paz y la Liga de Jóvenes Socialistas. Marchó contra la segregación racial, la proliferación nuclear y la intervención de Estados Unidos en América Latina.

Mudado por amor a Vermont, llegó por casualidad a una reunión del Partido Libertario de la Unión, una colectividad independiente, y de ahí salió como candidato a la Cámara de Representantes. Perdió dos veces, y también perdió en dos intentos de llegar a la Gobernación. El mayor porcentaje que obtuvo fue el 6% de los votos, pero vio que algo interesante ocurría cuando les hablaba a las personas: estaban de acuerdo con él, y sus opositores adoptaban alguna de sus posiciones.

Incluso en la derrota vio la oportunidad de influir. Esa ha sido su estrategia política desde entonces, con una notable excepción: los ocho años que pasó como alcalde de Burlington, capital de Vermont que tiene 40.000 ciudadanos.

Después de llegar a la Alcaldía con una coalición de actores sociales y con una diferencia de sólo diez votos, Sanders demostró que su progresismo puede ser práctico y creativo. Fue reconocido como uno de los mejores alcaldes del país y convirtió la ciudad en una de las más atractivas de Estados Unidos. Su mayor logro, emulado después en varias partes del mundo, fue crear una fiducia para administrar terrenos estatales que luego sirvieron para que gente de escasos recursos obtuviera su primer propiedad. El resultado es que, en cada elección, más gente pobre empezó a votar y eso lo catapultó al Congreso.

“Que los ricos voten y los pobres no lo hagan explica que el país esté como está”, escribió. “Si cambiamos eso, podemos cambiarlo todo”.

El efecto Sanders

Aun si su campaña termina desinflándose, Sanders ha obligado a Clinton a ser más explícita en su rechazo a la clase alta y más vehemente en su apoyo a planes que redistribuyan los recursos. El debate se ha ido más a la izquierda gracias a él, y la emoción que ha despertado ha revitalizado los reclamos progresistas que se desdibujaron durante la Presidencia Obama.

Y, sobre todo, ha servido como contraste de un Partido Republicano temeroso y excluyente. “Nuestro trabajo no es dividir”, dijo en un discurso reciente. “Nuestro trabajo es lograr que la gente se una. Si no les permitimos que nos dividan según nuestra raza, orientación sexual, género, lugar de nacimiento, y si nos paramos juntos y pedimos que este país trabaje para todos nosotros, no sólo para unos pocos, entonces podemos transformar Estados Unidos”.

Hace un año, Sanders empezó una campaña imposible con 2% de la intención de voto. Hoy tiene el 40% y con tendencia al alza. Tal vez no le alcance para ganar la nominación, pero el senador, que a sus 74 años está dando el mismo discurso que daba a los 21, tiene al país entero escuchándolo hablar de socialismo. Eso ya es revolucionario.

Este artículo fue publicado originalmente en El Espectador.

La mirada de Paulina Dávila

Por Juan Carlos Rincón Escalante

Paulina Dávila le prestó sus ojos color miel a María del Carmen Huertas. Esos mismos ojos le sirven para alimentar una curiosidad con la que intenta captar y devorarse todos los estímulos del ambiente y que la ha llevado a experimentar afanosamente la vida: el mar de Santa Marta donde creció, la paz de abrazar los palos de mango del Colegio Bilingüe donde estudió y se descubrió rebelde en su desinterés por encajar, los discos de música independiente gringa que su hermana le regalaba y que eran su refugio, la brutal sinceridad de sus padres que, según dice, le enseñó a ver la realidad sin paliativos, la mudanza a la capital, los viajes por el mundo y los personajes a los que se ha metido “de cabeza” para interpretarlos con esos ojos.

Por eso en ellos nació María del Carmen, la rubia, rubísima, una jovencita que es leyenda para cualquiera que se la haya cruzado y que protagoniza ¡Que viva la música! (QVLM), la única novela de Andrés Caicedo y que ahora llega a los cines gracias a la osadía y pasión de un equipo encabezado por el director Carlos Moreno y, claro, por Dávila. Un proyecto ambicioso, envidiado y criticado, lleno de salsa y caos visual y de un esfuerzo monumental por traducir al cine la elocuencia hipnotizante de la narradora del libro.

Y pensar que Dávila casi se pierde el papel más importante de su carrera.

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No hay nada malo contigo, de verdad

Por Juan Carlos Rincón Escalante

Jeffrey Marsh llevaba cinco años soñando con su cumpleaños número 18. Cuando el día llegó se encerró varias horas en el baño a cumplir su sueño: depilarse por completo las piernas. Al terminar se puso unos shorts y bajó con la intención de ir al único bar gay de York, Pennsylvania, una ciudad con poco más de 40 mil habitantes. Sin embargo, se encontró con su papá.

-¿Qué es eso?,- le preguntó.

-Piernas,- contestó Jeffrey.

La discusión siguió y terminó a los golpes. No era la primera vez -ni sería la última- que Marsh recibía abusos e insultos por mostrarse tal y como se sentía en su interior. Y es que la hostilidad contra la diversidad arranca desde el lenguaje: Marsh, quien se identifica como género fluido, no es “él” ni “ella”, es una persona que está al margen de los géneros de los adjetivos, en ese limbo que alberga lo que no hay forma de nombrar.

Pero eso ya no lo trasnocha. Casi dos décadas después del enfrentamiento con su papá, Marsh es una superestrella de Vine, la red social en la que los usuarios publican videos de seis segundos que se reproducen continuamente, una y otra vez. Más de 250 mil personas lo siguen, sus vines han sido reproducidos 207 millones de veces y el año entrante publicará un libro con Penguin Random House. Su éxito radica en que, además de salir bailando o contando chistes -siempre maquillado, regio-, envía mensajes positivos. Entre el cinismo y el odio que caracteriza internet, Marsh siembra optimismo en pequeñas dosis. “Te veo y veo lo bueno que eres”, dice en un video de hace una semana, mirando con sus ojos aguamarina la cámara.

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El inútil orgullo LGBT

Por Juan Carlos Rincón Escalante

Hay gente inteligente que se pregunta, con genuino enfado, por qué carajos debe hacerse una marcha del orgullo LGBT. Dicen que es un poco arrogante celebrar una identidad y que la discriminación no sólo la sufren estas personas.

Yo sólo pienso en una frase de Proust: “los homosexuales son una raza maldita, perseguida como Israel. Y finalmente, como Israel, bajo el oprobio de un odio inmerecido por parte de las masas, adquirieron características de masa, la fisonomía de una nación (…) son en cada país una colonia extranjera”.

Cuando la agenda en tu contra es la exterminación, cuando lo que los otros han buscado a lo largo de la historia es volverte invisible y negar tu propia existencia, salir a las calles y decir “me enorgullece ser” no sólo es un acto necesario de rebeldía, es la reivindicación del ideal más puro de justicia.

La marcha no es un capricho, es el corazón de una lucha que no termina. Si usted no ve la necesidad de ella, estoy seguro que lo que sucede es que no está mirando bien el problema.

Acérquese y verá que el prejuicio sigue vivo y matando. Ante eso, la única respuesta es el orgullo.

La anatomía de la melancolía

Por Juan Carlos Rincón Escalante

“Me sorprende”, digita un narrador sin rostro en su máquina de escribir, “que no haya más cartas de suicidio que simplemente digan: no, gracias”. Sus palabras están estampadas sobre una foto a blanco y negro de lo que parece ser un calendario. Esta es una historia de uno de los mil y pico fotocómics de A Softer World (Un mundo más amable), un cómic web que lleva 12 años revolviendo el corazón del más de un millón de personas que lo visitan cada vez que publican algo nuevo. El 1º de junio saldrá su última tira y el mundo llegará a su fin.

Joey Comeau, escritor canadiense reconocido por sus experimentos con las estructuras narrativas, se toma un momento para pensar. En retrospectiva, y tan cerca del final, ¿cómo describiría A Softer World? “Es un… fotocómic”, dice, y Emily Horne, fotógrafa canadiense y cocreadora, suelta una carcajada. “Es difícil”, continúa Comeau, “incluso ahora que estamos seleccionando nuestros mejores trabajos”. Se refiere a La anatomía de la melancolía, un libro que recopila las tiras favoritas de los creadores y que marcará el final de A Softer World. Para publicarlo pidieron a sus fanáticos apoyo mediante Kickstarter, una plataforma de financiación colectiva. Originalmente habían solicitado 25.000 dólares; actualmente van en 140.000 y todavía faltan varios días para el cierre de su campaña.

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Reseña de This War of Mine: otra forma de lucha

Por Juan Carlos Rincón Escalante

(Esta reseña fue publicada originalmente en Vice Colombia)

Hay una historia que no cuenta Call of Duty ni ninguno de esos FPS de guerra donde el centro de atención son los combatientes: la de los ciudadanos que tienen que sobrevivir a la guerra. This War of Mine ocurre durante un conflicto, pero se aleja de quienes disparan y se centra en un grupo de personas cuya única preocupación es sobrevivir. El resultado es un juego de estrategia muy interesante con unos cuantos momentos de genuina emocionalidad.

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