A Girl Walks Home Alone at Night: ¿quién dijo que no se puede hacer buen cine con vampiros?

Por Juan Carlos Rincón Escalante

Los vampiros ya no están de moda (ahora todo es sobre zombis) y su más reciente desaparición del centro de atención cultural estuvo precedida por la serie Crepúsculo, que hizo todo lo que estaba a su alcance por darles una pésima fama. Sin embargo, dos películas independientes recientes demuestran que el problema no es la mitología, sino lo que se haga con ella. Después de la encantadora Only Lovers Left Alive (2013) de Jim Jarmusch, la directora Ana Lily Amirpour debutó en Sundance en el 2014 con una película fascinante llamada A Girl Walks Home Alone at Night (Una chica vuelve a casa sola de noche).

Desde la primera toma, A Girl Walks Home Alone at Night lo introduce a uno, gracias a una blanco y negro bellísimo y a una música que produce mucho ambiente, en la ciudad iraní ficticia de “Bad City” (algo así como ciudad mala), donde no parecen haber muchos habitantespero en el aire se respira una ansiedad mezclada con deseo. Amirpour utiliza la cámara durante toda la película con una experticie que no parece de alguien que apenas estaba debutando en el mundo de los largometrajes. A veces temblando y acercándose, otra con una distancia reverencial, cada uno de los cuadros es digno de ser impreso y colgado en alguna pared. Pero, además, no es sólo un recurso gratuito para dar placer estético, sino que va de la mano con el terror que produce la protagonista, interpretada por una genial Sheila Vand.

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De la historia no les quiero contar demasiado, pues parte del encanto de la película es que sabe guardarse sus cartas y las va rebelando con delicadeza. Vand toma el papel de “La chica” (nunca le dan nombre), que está al acecho en las noches y seduce a quien la mira sólo con sus ojos y su posición corporal. Es una mezcla interesante que utiliza la estereotípica fragilidad de una mujer musulmana caminando por la noche con la seguridad intimidante de alguien que se sabe en control de cualquier situación. No es, además, un personaje unidimensional, pues pese a que está en silencio la gran mayoría de la película, hay suficientes datos regados por ahí para entender que le dio propósito a lo que ve como una maldición.

El otro personaje principal es Arash, interpretado por Arash Marandi, un joven que tiene que lidiar con la pobreza y con un padre drogadicto que ya está fuera de sus cabales. Su relación con el personaje de Vand es lo que más vida y tensión le da a la película, y construye el escenario para llegar a un final que lo deja a uno pensando.

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Pero, por sobre todas las cosas, A Girl Walks Home Alone at Night es una experiencia muy disfrutable. Da susto, da risa, hechiza con sus tomas y su blanco y negro, no es obvia y demuestra que lo fantástico es una excelente herramienta narrativa en manos de una creadora brillante como Amirpour. No se la pierdan.

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High-Rise: el caos nostálgico

Por Juan Carlos Rincón Escalante

High-Rise arranca con el doctor Laing (un excepcional y fascinante Tom Hiddleston) cocinando a un perro para comer, en un balcón precioso, pero en un escenario que parece postapocalíptico. La película, dirigida por Ben Wheatley y escrita por Amy Jump, inmediatamente retrocede tres meses para mostrarnos al mismo doctor entrando por primera vez a un edificio gigante (uno de cinco) a las afueras de Londres, pero todo está perfecto. Lo que sigue es la historia de cómo todo se desmadra.

Basada de manera fiel en un excelente libro de JG Ballard (según dicen en The Guardian y en Roger Ebert), High-Rise construye un escenario distópico típico de las críticas sociales que solían construirse en la ficción de los años 70 y 80: un escenario dividido por clases sociales, donde los más necesitados están en los pisos inferiores y sufren constantemente cortes de luz, pasando por los de clase media alta (el doctor Laing incluído) hasta llegar al último piso, donde vive el arquitecto (interpretado con facilidad por Jeremy Irons), de apellido Royal (realeza, en inglés, como si fuese necesaria más sutileza), una especie de dios que todo lo supervisa y, aún así, todo se le escapa de las manos.

La historia, sin embargo, no es lo más interesante de la película. De hecho, concuerdo con la reseña del New York Times en que es una película aburrida pese a que está llena de caos y ocurren muchas cosas. Y aún así, hay algo que la vuelve fascinante, que atrapa y no suelta durante las casi dos horas de duración.

Son las imágenes que construye a lo largo de la cinta lo que más recuerdo. Wheatley, ayudado por un excelente diseño de escenarios y colores vivos que contrastan con lo árido del mundo alrededor, sabe retratar la desazón y el desenfreno y el resentimiento que motivan a todos los personajes. Ayuda, además, que el elenco se ve entretenido y está lleno de talento, además de que dan ganas de mirarlos y quedarse mirando. (Curiosamente, no vi ninguna persona afro, ¿querrá decir algo con eso High-Rise o acaso consideró que meterle raza a una película ya cargada por la guerra de clases era demasiado sermón?).

La incoherencia de la historia le resta fuerza a la crítica social (en algún momento una de las mujeres del piso de arriba exclama sobre su criada: “como toda la gente pobre, está obsesionada con el dinero”), y el movimiento de la cámara, así como el uso de la música y de las narraciones de Laing, dan la sensación de que Wheatley no estaba tan interesado en hacer un punto político (aunque la película termina con un fragmento de un discurso de Margaret Thatcher), sino en retratar con cierta nostalgia el caos propio que surge cuando las sociedades se descomponen. En eso es exitoso y High-Rise es una experiencia que, si bien no es imperdible, merece una oportunidad, incluso si es sólo por las imágenes. Pocas veces he visto a la destrucción ser filmada con tanta reverencia.

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A Barack Obama lo van a borrar de la historia

Por Juan Carlos Rincón Escalante

Barack Obama estaba sonriente, desafiante. Después de siete años y medio de un obstruccionismo terco por los republicanos, de soportar ataques racistas (sobre su origen, sobre su religión), de haber tenido que luchar solo a través de órdenes ejecutivas (mecanismo que los presidentes usan para expedir regulaciones sin pasar por el Congreso), el 56 % de los estadounidenses aprobaban su trabajo como presidente y varias de sus apuestas de más largo aliento (en Cuba, Irán y sobre cambio climático) se estaban afianzando como triunfos. Además, un payaso misógino, racista, xenófobo y notablemente ignorante sobre los problemas del país era el oponente de Hillary Clinton, quien se había comprometido a proteger su legado cuando llegara a la Casa Blanca. Por eso, hablando ante el grupo de congresistas afroamericanos, Obama fue vehemente:

“Puede que mi nombre no esté en el tarjetón, pero nuestro progreso está en el tarjetón; la tolerancia está en el tarjetón. La democracia está en el tarjetón. La justicia está en el tarjetón. Los buenos colegios están en el tarjetón. La esperanza está en el tarjetón. Y, sí, el miedo también está en el tarjetón”, dijo. Antes había dicho que tomaría como un insulto personal que los afroamericanos no fueran a votar por Clinton.

Dos meses después, Donald Trump ganó la elección bajo la promesa de borrar todas las políticas del actual presidente, y los republicanos mantuvieron el control mayoritario del Congreso.

Cuando Obama recibió al presidente electo en la Casa Blanca, su expresión era cortés, pero sombría; de alguien resignado con la fragilidad de su legado.

Sí, podemos

Obama llegó a la Presidencia impulsado por un mensaje de cambio que motivó a muchos, especialmente a los jóvenes y a grupos de votantes que usualmente no votan tanto, como los afroamericanos. El fenómeno de su candidatura se contagió a nivel mundial, al punto que llegó a dar un discurso en Berlín frente a 200 mil personas. No en vano su sola llegada a la Casa Blanca fue suficiente para que le concedieran el Premio Nobel de Paz, uno de los galardones que más críticas le ha ganado a la academia noruega.

En términos políticos, los demócratas tenían una abultada mayoría en el Congreso, pero se enfrentaban a una recesión que había disparado la tasa de desempleo y que amenazaba con enterrar industrias que históricamente han estado en el corazón de la economía estadounidense, como la automotriz. Obama entonces llegó a la Presidencia con tres prioridades: frenar el colapso financiero, realizar reformas que evitaran que se repitiera una crisis del mismo estilo y avanzar en su agenda progresista.

Sin embargo, no contaba con algo: la implacable oposición republicana. El presidente que había alcanzado fama nacional con un discurso en la Convención Demócrata de 2004, donde habló de la necesidad de encontrarse en las diferencias y superar la polarización entre los partidos políticos, se chocó de frente con un Partido Republicano que, pese a ser minoría, no accedió a conversar con él, y promovió, a veces de manera activa y otras con su silencio cómplice, discursos de odio que radicalizaron a un sector del electorado en contra de Obama y el Partido Demócrata.

Por eso, la reforma del sistema de salud, conocida como Obamacare, por ser el proyecto insignia del presidente demócrata, pasó sin un solo voto republicano en 2010. Ese mismo año los demócratas perdieron el control de la Cámara de Representantes, y empezaron seis años de bloqueo legislativo a todas las propuestas de Obama. Eso llevó a que el presidente, frustrado, usara las órdenes ejecutivas en temas tan sensibles como inmigración y las regulaciones ambientales para avanzar con su agenda. El problema es que, por la naturaleza de esas medidas, quien ocupe la Casa Blanca puede, literalmente, borrarlas de un plumazo si así lo desea. Y eso es lo que han prometido hacer Trump y los republicanos.

Si lo logran, tal vez el mejor resumen de la era Obama se lo dio un funcionario anónimo de la Casa Blanca al Washington Post: “Washington no funciona, pero tienes que aceptar que él lo intentó”. ¿Qué, exactamente, puede ser borrado?

Obamacare

Desde su expedición, la reforma al sistema de salud ha sido utilizada por los republicanos como ejemplo de un programa de gobierno demasiado invasivo en los derechos individuales.

Durante el trámite de la ley corrió el rumor de que serviría para instaurar “paneles de la muerte”, donde juntas de médicos decidirían a qué pacientes prestarles servicios y a cuáles no. Ese es el talante del debate impulsado por ciertos sectores de la derecha. Después, las críticas se han enfocado a los costos. La página de campaña de Trump dice que “desde 2010 los estadounidenses han tenido que sufrir la increíble carga económica de esta ley”. Rand Paul, senador republicano, dijo después de las elecciones que el primer mes del nuevo Congreso será dedicado a “revocar las regulaciones del Obamacare”.

Sin embargo, en este punto no la tienen tan fácil. A diferencia de las órdenes ejecutivas, las reforma del sistema de salud son una ley, lo que implica que ciertas partes de ella pueden ser defendidas mediante la oposición demócrata en el Congreso. Más importante aún, el principal reto que enfrentarán los republicanos es que Obamacare ha funcionado. Pese al aumento en los costos en los seguros (que estaba programado y que es compensando por subsidios dentro de las regulaciones hoy vigentes), el principal éxito es que cerca de 20 millones de estadounidenses que antes no tenían cubrimiento hoy lo tienen.

Uno de los aspectos más populares de la medida, que prohíbe negar cobertura por condiciones médicas preexistentes, depende económicamente de un aspecto que los republicanos prometieron revocar: la sanción a quienes no contraten el seguro médico.

Si en efecto Trump y compañía deciden cumplir su promesa, tendrán que ofrecer una alternativa viable para no volver a aumentar el número de personas sin seguro médico y colapsar la sostenibilidad del sistema. Hasta el momento su única propuesta era destruir la ley. Tal vez por haber entendido eso, después de su reunión con Obama, el presidente electo moderó su discurso sobre la reforma.

Inmigración

Aunque Obama ha deportado inmigrantes ilegales en números récord (2,5 millones hasta 2015), también aprovechó las órdenes ejecutivas para expedir regulaciones históricas en favor de esta población.

Una orden de 2012 permite que cerca de 700 mil hijos de inmigrantes ilegales se queden en el país con permisos de trabajo siempre y cuando renueven esa autorización periódicamente. El plan de Obama era otorgar un estatus casi legal hasta a cerca de cinco millones de inmigrantes. Paradójicamente, como lo reportaron Politico Newsweek, Trump puede desmantelar el programa y, como tiene los registros de dónde están estas personas, deportarlos con mayor facilidad.

Medioambiente

A través de la Agencia de Protección Ambiental (EPA, por sus siglas en inglés), la administración Obama expidió una regulación que le permite, básicamente, evitar la apertura de nuevas plantas de carbón. El Departamento de Energía, por su parte, empezó un programa de subsidios para fomentar las energías renovables, lo que duplicó la producción de la “energía limpia”, según constata Politifact.

El cambio más importante, sin embargo, se dio en el ámbito global, donde Estados Unidos se comprometió con el histórico Acuerdo de París, que busca combatir el cambio climático. En su momento, Obama dijo que esta iniciativa era la “mejor oportunidad para salvar al planeta”.

Trump, no obstante, ha insinuado que buscará la forma más rápida de salirse de ese acuerdo, y nombró como líder de su transición en la EPA a Myron Ebell, reconocido por negar la existencia del cambio climático. Estados Unidos parece aislarse del mundo entero en este tema.

Cuba e Irán

Obama ha sido abierto sobre el orgullo que le produce haber recuperado la relación con Cuba, levantando restricciones impuestas desde 1960.También ha presentado su acuerdo con Irán, que eliminó sanciones a cambio de poder supervisar de cerca su programa nuclear, como la única forma de evitar una eventual guerra.

Estos dos casos son los triunfos de la “Doctrina Obama” en relaciones exteriores: un cambio en la manera en que Estados Unidos entiende el mundo. Ambos acuerdos se consiguieron gracias a una apuesta por el diálogo y la diplomacia, una actitud muy criticada en un país acostumbrado a imponer su voluntad a partir de la mano dura.

Trump, en campaña, prometió modificar ambas políticas.

¿Barack quién?

Obama le dijo a The New Yorker, después de la victoria de Trump, que no cree en el apocalipsis hasta que éste no llega, que la gente olvida que su discurso más famoso, el del “Sí, podemos”, lo dio después de una derrota, y que en la historia es común que se den pasos hacia atrás después de algún progreso.

Pero Trump está en una posición de poder ineludible para, si lo desea, borrar las medidas que venimos discutiendo, así como la feroz defensa de los derechos LGBT, el repudio a la tortura y tantos otros proyectos que caracterizaron a la administración Obama.

El 8 de noviembre Hillary Clinton perdió millones de dólares y toda una carrera enfocada a llegar a la Casa Blanca, pero Barack Obama puede haber perdido el corazón de su Presidencia y su lugar en la historia.

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Hillary Clinton, la única que podía perder contra Trump

Por Juan Carlos Rincón Escalante

La gente odia a Hillary Clinton. De verdad la odia. Y no son sólo los republicanos que llenaron los eventos de Donald Trump con camisetas que pedían “aplastar a esa perra” o encarcelarla o la comparaban con Mónica Lewinsky, quien tuvo el amorío con Bill Clinton. También en la izquierda estadounidense: dentro del Partido Demócrata y en la juventud desconfiada la ven como una política detestable, demasiado cercana al oscurantismo corrupto con el que identifican el gobierno.

Por eso, como lo repetían en voz baja los estrategas demócratas, la única que podía perder contra un misógino, xenófobo, adúltero (presuntamente, aunque ni tanto), inmaduro y poco preparado como Donald Trump era ella.

“¿Hay un humano ahí adentro?”

La pregunta no venía desde la ultraderecha recalcitrante, sino desde la centroizquierda con más resonancia entre los demócratas: Jon Stewart, comediante reconocido como la conciencia liberal de Estados Unidos. La hizo durante una entrevista, refiriéndose a Clinton. Y no se detuvo ahí: “Es una mujer muy brillante, pero no tiene el coraje de perseguir sus convicciones, porque, de hecho, no estoy seguro de saber cuáles son esas convicciones”.

Esa es la síntesis de una de las quejas más recurrentes sobre Clinton: todo lo que hace y dice parece fríamente calculado. Pese a que durante su larga vida política ha sido una férrea defensora de los derechos de las mujeres, las familias y de las minorías —salvo algunos tropiezos en derechos LGBT y con la población afro por su posición sobre la reforma penitenciaria—, la distancia que se le ve al hablar en público es para algunos insoportable. Neera Tanden, uno de los asesores principales de su campaña, escribió en un correo (filtrado por Wikileaks) que “eventualmente (Clinton) empezará a sonar como humana”.

Los “malditos” correos

Aunque Bernie Sanders, su rival en las primarias, optó por no hablar de los “malditos” correos de Clinton, Trump y los republicanos no tuvieron problema en explotarlos para reiterar la idea de que ella es una política corrupta.

Ante el escándalo de que durante su paso por la Secretaría de Estado Clinton utilizó un servidor privado (algo que no estaba permitido y que le daba total control sobre la información en ellos), la campaña de la demócrata contestó con evasivas y sólo hasta tiempo después aceptó, sin miramientos, que había sido un error. Sin embargo, ya era muy tarde, y faltaría el peor golpe: Wikileaks filtró varios correos electrónicos de personas relacionadas con Clinton donde se probaba que, por ejemplo, el Comité Nacional Demócrata había preferido a la exsecretaria sobre Sanders y que ella había recibido por adelantado preguntas de un debate.

En un discurso que Clinton dio ante banqueros de Wall Street, la candidata dijo que era importante tener una posición en público y otra distinta en privado. Aunque fuera de contexto, esa fue toda la confirmación que muchos necesitaron para reiterar su desconfianza.

Y, claro, el FBI, que no encontró motivos para imputar criminalmente a Clinton por el contenido de los correos, envió una extraña carta faltando una semana para la votación diciendo que reabría el expediente sobre la exsecretaria.

Por algo el martes, en el nuevo hotel de Trump en Washington, la multitud coreaba: “¡Enciérrenla! ¡Enciérrenla!”.

La Clinton republicana

Maureen Dowd, columnista de The New York Times, escribió que “ya hay una candidata multimillonaria con la que pueden contar para proteger a Wall Street, impulsar la Cámara de Comercio de EE.UU., abrazarse con los fondos de inversión, asegurar los acuerdos de libre comercio amados por la América corporativa (…) los republicanos tienen a su candidata: es Hillary”.

Esa fue precisamente la queja de la izquierda que apoyaba a Sanders, especialmente entre los jóvenes, que no veían cómo Clinton iba a representar a los indignados contra el sistema si ella misma estaba muy cerca de Wall Street. Susan Sarandon, actriz y activista, dijo que “no votaría con su vagina” y que prefería a una candidata de un tercer partido que apoyar esa clase de políticas tóxicas.

Lo que sus defensores tildan de pragmatismo necesario para lograr progreso en Washington, muchos identifican como la política de siempre que tiene que salir del poder para que el cambio verdadero pueda ocurrir. Clinton jamás logró conectarse con quienes clamaban la revolución socialista de Sanders.

La mujer

Muchas personas dicen que no es necesario hablar de género, que eso no es una consideración en el siglo XXI, que hay suficientes motivos para detestar a Clinton sin pensar en que es mujer.

Y, aún así, una simpatizante (¡mujer!) de Trump dijo en The Daily Show que no confiaba en que una mujer pueda ser presidente porque se la pasaría declarando la guerra cada vez que estuviera hormonal. Pero, ¿por qué a Trump le perdonaron sus innumerables escándalos y a Clinton no le pasaban el más mínimo desliz? Como lo dijo Obama: “Hay un motivo claro por el que no hemos tenido una presidenta antes. ¿No será simplemente que no estamos acostumbrados a la idea?”.

Son muchas las lecturas que saldrán de la derrota: que los blancos evangélicos votaron en bloque, que el desempleo y la recuperación lenta en los lugares rurales fue suficiente fuego para la indignación, que el populismo de Trump fue efectivo, como lo ha sido en el Occidente en este nefasto 2016, que la coalición de Clinton se encuentra refugiada en los mismos pocos estados (lo que la impulsó a ganar el voto popular, pero a perder en el colegio electoral). Pero hay una más ineludible: la gente odia a Hillary Clinton.

Publicado originalmente en El Espectador.

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La otra escasez

Por Juan Carlos Rincón Escalante

Los reflectores eran para la multitud haciendo juiciosa fila, para los venezolanos arrodillados besando el suelo colombiano o abrazando a nuestros militares, dando las gracias a gritos por encontrarse fácilmente con alimentos y medicinas que ya no se consiguen allá, en aquel vecino que, gracias a su opulencia, muchas veces era el destino de la migración, pocas veces su origen.

Es entendible: eso se presta para hacer buena televisión, de esa que llena el pecho de patriotismo, y en últimas es un digno retrato de lo que pasa cuando el socialismo bienintencionado es secuestrado por la incompetencia y la corrupción, un síntoma del régimen chavista que no para de sangrar.

Pero la historia que era más difícil de ver se encontraba en los suspiros de alivio de los vendedores de toda clase que, después de años de olvido y soluciones ineficaces, por fin se reencontraban con lo que conocen, con los vecinos que a través de décadas de comercio libre habían encontrado una sostenibilidad independiente de los caprichos de los gobiernos centrales.

Por eso, sin importar los generosos (aunque dispersos) esfuerzos de Uribe y Santos, cada uno en su momento, Cúcuta, y Norte de Santander con ella, sigue estando mal. Siempre ha estado mal, de hecho, pero antes no era problema de Bogotá. Porque, y esto es lo que el Gobierno ha descubierto a las malas, la frontera sólo es de Colombia en el papel, en los actos de reconocimiento a las instituciones nacionales y en el reparto de los recursos. Pero de resto, en el día a día, los que mandan son otros, apoyados en redes de ilegalidad con raíces profundas, normalizadas, que a veces se disfrazan de Estado, pero que responden a leyes locales. Pregúntenle al ministro del Interior.

El problema es que antes, con la frontera abierta y con recursos por montón, de esos que esconden la informalidad, la pobreza, la violencia y la falta de institucionalidad, el resto del país podía fingir que todo estaba bien en Cúcuta, pese a una escasez no tan mediática, pero igual de mezquina a la de Venezuela.

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La lucha de una mujer trans por usar uniforme femenino en el Sena

Por Juan Carlos Rincón Escalante

“Nosotros no tenemos el conocimiento para tratar a una persona como tú”. Ese era el mantra que los directivos y profesores del programa técnico en operaciones comerciales del Sena en Cali le repetían a Marilyn Melissa Mejía. Se referían a una mujer transgénero cuya identidad no reconocieron en actuaciones que la llevaron a considerar abandonar sus aspiraciones académicas, y que son síntoma de un país que todavía no sabe cómo interactuar con aquello que no entiende. Esta es su historia.

Mejía, caleña, tiene 23 años y desde pequeña supo que su cuerpo no correspondía al género que la identifica. “El pene siempre me ha incomodado”, dice. Pese a que su papá le daba incentivos para que abandonara ciertos “comportamientos femeninos”, ella aprovechaba cualquier momento de soledad para vestirse con la ropa de su madre o de su hermana y hacer oficio. En esos momentos era feliz. Hoy, con una operación de senos encima, un armario completamente a su gusto y una cédula que la identifica como mujer, y que la nombra como ella desea, no como sus padres la bautizaron, quiere avanzar profesionalmente.

Por eso se matriculó en el Sena. Desde el primer día habló con el instructor líder de su grupo y le dijo que, como ella era una mujer, quería usar el uniforme de las mujeres. Le dijeron que no había problema, pero cuando llegaron las prendas, un par de sicólogos de la institución y el mismo instructor la llevaron aparte y le dijeron que no podía usar el uniforme, que era problemático, que ella era un hombre.

A los pocos días, la citaron a un comité, espacio reservado para los indisciplinados, y le dijeron que querían “ayudarla”, pero que para eso tenía que dejar de ir en tacones, dejar de maquillarse y, ante todo, dejar de usar el baño de las mujeres. “Si hay niñas adentro, te sales. Si alguna entra y se siente incómoda, te sales”, le dijeron. Todo era para evitar problemas, supuestamente. Pero Mejía no entendía por qué era ella, y no las demás, la que tenía que ceder, esconderse, dejar de expresar su identidad. “Yo no puedo entrar al baño de hombres porque soy mujer”, explica. “Me sentiría muy incómoda”.

Y aunque cedió, los problemas llegaron. Las compañeras empezaron a matonearla. “Payasa”, le decían, y otra cantidad de insultos cargados de prejuicios. Cuando entraba al baño, le tiraban cosas. Una vez le echaron agua encima mientras utilizaba uno de los cubículos. El mayor insulto, el que más le dolía, era que la llamaban por su nombre de hombre, ese que nunca fue de ella, que no la representa. En clase, cuando una compañera se rehusó a llamarla Melissa, ella la gritó. El profesor regañó a Mejía, le dijo que tenía que ser “tolerante” con sus compañeros que “no la entienden”. Ella es la mala del paseo.

La abrumó la tristeza, esa que producen la marginación y la incomprensión, la negación de lo que uno es y los otros no reconocen, y dejó de ir a clases. Aunque cumplió con sus tareas y aprobó todo, le pusieron matrícula condicional y la reprendieron. Por faltar. En la Corte Constitucional hay un caso análogo al de ella, también con una institución del Sena.

Ahora está haciendo su práctica y, dice, le va bien. Aunque sus colegas han empezado a matonearla. La historia no deja de repetirse.

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Hillary Clinton, por fin

Por Juan Carlos Rincón Escalante

A veces en una risa demasiado larga, o en un discurso de victoria, o en una mirada en un video viral, a Hillary Clinton se le escapa, por un instante, el desdén que siente por tener que hacer campaña. Ella, que lleva una década buscando la Casa Blanca, que fue una primera dama influyente tanto en Arkansas como en Washington, que junto con su esposo, Bill, forma un imperio político con tentáculos en todas las ramas del poder de EE. UU., siente que ya debería estar en la Presidencia. Pero eso, claro, no lo va a decir en público: todos los aspectos de su candidatura están finamente calculados para apelar a la masa. Por eso, seguramente, y ante un Partido Republicano en caos, será la primera mujer en ocupar la Presidencia de EE.UU. Pero por eso, también, es que hasta sus votantes desconfían de ella.

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Estados Unidos es un desastre, pero Trump sabe cómo arreglarlo (o eso dice)

Por Juan Carlos Rincón Escalante

Marco Rubio, el senador primíparo descendiente de cubanos que se había convertido en la última esperanza de la élite tradicional republicana para detener a Donald Trump, lucía contento. Frente a cientos de personas en Virginia, uno de los estados que votarían en el supermartes del 1º de marzo, lanzó varios chistes.

—Sus manos son del tamaño de alguien que mide metro y medio —dijo—. Y ya saben lo que dicen de los hombres con manos pequeñas.

Rubio terminaría perdiendo ese estado junto con otros seis ante Trump el martes pasado, pero algo más grave estaba ocurriendo: el senador, y el resto del Partido Republicano, se había rendido en su intento por hacer una campaña con dignidad. El mayor truco de Trump fue arrastrar al resto de sus contrincantes a los debates vulgares y personalistas con los que se siente cómodo.

Y en esos términos, Trump parece invencible.

Los Estados Unidos lisiados

“Estados Unidos necesita empezar a ganar de nuevo”, escribió Trump el año pasado en Crippled America: How to Make America Great Again (Estados Unidos lisiados: cómo devolverles su grandeza). “A nadie le gusta un perdedor y a nadie le gusta ser matoneado. Y aun así, aquí estamos: somos la más grandiosa superpotencia, pero el resto del mundo se está comiendo nuestro almuerzo. Eso no es ganar”.

Trump dice creer que Estados Unidos es un desastre. En la Presidencia y el Congreso, “la incompetencia es increíble”, la infraestructura del país está en ruinas, se desperdiciaron billones de dólares en guerras inútiles en Oriente Medio, se aisló a Israel —“nuestro único aliado real”—, se negoció un inservible tratado nuclear con Irán, todos los países con los que se firmaron tratados de libre comercio están llevándose los empleos y las ganancias, la clase media es cada vez más pobre y, como si fuera poco, EE. UU. se convirtió en el basurero del mundo, a donde van a parar todos los criminales, violadores y malas personas de otros países, lo que representa “un buen negocio para los presidentes del resto del mundo, pues se deshacen de lo peor”.

Antes de su campaña a la Presidencia, Trump se convirtió en el rostro más famoso del movimiento que le exigía al presidente Barack Obama probar que no había nacido en Kenia. Cuando Obama publicó su registro de nacimiento en Hawái, el ahora candidato dijo que “no estaba seguro de si era real”, pero que se enorgullecía de haber forzado al presidente a enfrentar la controversia.

Ese es Trump. Nunca pierde. Y lo repite una y otra vez. Por eso, dice, es la mejor opción para la Presidencia: “Necesitamos alguien con un historial de éxito en los negocios, alguien que nos pueda llevar a la excelencia y que sea capaz de explicar lo que debe hacerse”.

Hablar sin tapujos hace parte de su marca. No tiene tiempo para la corrección política, lo que es un arma de doble filo: funciona cuando le sirve para hablar mal de los políticos de Washington, “que sólo hablan y nunca hacen nada”, pero lo traiciona cuando, por ejemplo, se sintió cuestionado injustamente por Megyn Kelly, periodista de Fox News, y después dijo que a ella se le veían las malas intenciones pues “botaba sangre por los ojos y por su… lo que sea”.

Sus votantes ven honestidad en esa forma de hablar. La clave está en que los miedos a los que está apelando Trump vienen trasnochando por varios años a un fragmento considerable de la población estadounidense, y han sido, cuando no fomentados, sí tolerados por el Partido Republicano, que ahora no sabe cómo detenerlo.

La culpa es de Obama

La llegada a la Presidencia de Estados Unidos del primer afroamericano, con una agenda progresiva reformista además, fue confrontada por un obstruccionismo terco por parte de los republicanos en el Congreso. Desde el principio, la orden era clara: no pasarle nada al presidente que, después de quemar todo su capital político en una ambiciosa reforma al sistema de salud, vio desaparecer las mayorías de su partido en el Senado y la Cámara de Representantes.

En ese contexto surgió el Tea Party, un grupo de políticos de ultraderecha que, entre otras cosas, suele decir que Obama es un musulmán encubierto que quiere instaurar la sharia en Estados Unidos. El fenómeno llevó a nuevos votantes a las urnas, lo que ayudó a los republicanos a recuperar las mayorías. Por eso, y aunque la retórica se volvía cada vez más violenta y llena de resentimiento hacia las minorías, los líderes del Partido Republicano callaron. Incluso al principio de este ciclo electoral, cuando Trump inauguró su campaña hablando de cómo los mexicanos que inmigraban a Estados Unidos eran en su mayoría criminales, fueron pocos los reproches que recibió de su partido. El juego era a no perder los votos radicales, que igual suman.

Mitt Romney, quien esta semana salió a criticar a Trump por ser un “fraude”, en 2012 celebró haber recibido su apoyo cuando intentó llegar a la Presidencia.

En esta pelea todos tienen rabo de paja. Y ahora Trump está usando esa indignación para catapultarse a la nominación, y cualquier intento de atacarlo fracasa porque los votantes están cansados de sentir que su ira y su frustración no han sido representados adecuadamente. Ha ganado el 46% de los delegados otorgados hasta el momento y, si las encuestas permanecen como están, su triunfo parece inevitable. En ningún estado ha obtenido menos de 30 puntos porcentuales y, mientras sus oponentes siguen repartiéndose el resto de la votación, no hay una alternativa clara para detenerlo.

En sus eventos de campaña abundan los letreros que dicen que “la mayoría silenciosa” lo apoya. Sus votantes se sienten perseguidos y amenazados y quieren recuperar el poder, y vivir en un país que logra resultados. Trump ha prometido precisamente eso. El cómo, hasta ahora, no ha parecido ser importante.

¿Cuál es el verdadero Trump?

En un debate reciente, Ted Cruz, quien va de segundo en la carrera por la nominación, estaba criticando a Trump por haber hecho donaciones en varias ocasiones a políticos demócratas.

“Sí, y también lo financié a usted cuando se lanzó al Senado”, le contestó Trump. El jueves pasado, en Detroit, cuando el tema volvió a surgir, Trump dijo que les había donado a republicanos y demócratas a lo largo de los años porque es un hombre de negocios, y que eso lo ponía en la posición de saber que Washington estaba estancado.

Lo que también prueba, no obstante, que es un candidato flexible. Un día dice estar a favor de la tortura y al otro confiesa haber cambiado de opinión. Hoy ha dicho que Hillary Clinton es lo peor que le puede pasar a Estados Unidos, pero sus donaciones a la Fundación Clinton son superiores a los US$100.000. Según reportes, en espacios cerrados ha concedido que su plan de construir la muralla entre EE. UU. y México es una táctica de negociación.

También en Detroit, confrontado respecto al cálculo de que su plan de recortes en impuestos agregaría US$10 billones al déficit fiscal, su respuesta fue, básicamente, “confíen en mí”.

En su libro, Trump confiesa que ama dar declaraciones escandalosas porque así garantiza que los medios le van a dar cubrimiento. Su experiencia en televisión, como creador del reality show El aprendíz, es útil para llamar la atención. Por eso cuesta creerle cualquier posición.

En una entrevista con Maureen Dowd, Trump admitió que sabe cómo comportarse políticamente correcto y agradable cuando lo necesita.

“Sólo que en este momento no lo necesito”, le dijo.

Si en efecto gana la nominación por el Partido Republicano, no sería nada raro un cambio radical de máscara para apelar a una audiencia mucho más amplia. De hecho, ya está pasando: a medida que obtiene el apoyo de políticos tradicionales, Trump ha empezado a moderar su tono (aunque no el contenido de lo que dice), e incluso ha defendido públicamente ideas liberales como la utilidad para la salud de las mujeres estadounidenses de Planned Parenthood, clínica reconocida por facilitar interrupciones voluntarias de embarazos.

Eso, sin embargo, no lo ha llevado a perder popularidad. En todos los discursos repite la misma idea: “Mi presidencia va a ser maravillosa. Créanme”.

Hasta el momento, 3’320.055 estadounidenses, varios de ellos latinos, le han creído. Y el número sigue creciendo.

Este artículo fue publicado originalmente en El Espectador.

La revolución solitaria de Bernie Sanders

Por Juan Carlos Rincón Escalante

Bernie Sanders está acostumbrado a estar solo. Desde el inicio de su carrera política, hace 45 años, los márgenes han sido su hogar; la trinchera desde la que repite, una y otra vez, que hay algo profundamente injusto en la forma en que los recursos se distribuyen en Estados Unidos.

Su seriedad, confundida a menudo con amargura y arrogancia por sus oponentes, es legendaria. Sus discursos siempre han estado plagados de adjetivos violentos: “indignante”, “aberrante”, “criminal”. Su rabia contra el statu quo y la política tradicional lo ha movido a ser un crítico mordaz del intervencionismo estadounidense, el capitalismo feroz y la influencia venenosa del dinero en la política.

“El Congreso está roto”, dijo, recién aterrizado en la Cámara de Representantes en 1991. Para que un cambio de verdad ocurriera, concluyó, cientos de sus colegas deberían ser expulsados del parlamento. “Él grita y chilla (al dar sus discursos), pero está completamente solo”, dijo en aquel entonces Joe Moakley, un influyente representante demócrata.

En 2015, el senador Sanders fue el peor congresista, según la página GovTrack que evalúa el comportamiento en el parlamento, en términos de bipartidismo: ninguna de sus iniciativas legislativas contó con apoyo del Partido Republicano.

Pero eso nunca le ha preocupado. Lo que sus críticos llaman terquedad, él lo ve como coherencia. Sanders no tiene problema con estar solo porque está convencido de que tiene razón.

“Llevo muchos años parado en las afueras de la mayoría política”, escribió en la reedición de su autobiografía, Outsider in the White House (Un extraño en la Casa Blanca), publicada originalmente en 1997. “He votado muchas veces solo, dado muchas peleas y montado muchas campañas solitarias”.

Pero algo está cambiando. El pasado 9 de febrero, 151.584 personas votaron por Sanders en la primaria de Nueva Hampshire para elegir el candidato demócrata a la Presidencia de Estados Unidos, convirtiéndolo en el primer judío en la historia de ese país en ganar una primaria. Su victoria, con 60,4% del total de votos, es más impresionante porque la derrotada, con cerca de 60.000 votos menos que el autoproclamado socialista, es Hillary Clinton, la exsecretaria de Estado que cuenta con el apoyo de la mayoría de los líderes del Partido Demócrata y que aún hoy parece la inevitable próxima presidenta de Estados Unidos.

El año pasado, Sanders escribió: “Ya no me siento solo”. Es cierto, ya no lo está.

Un profeta reivindicado

A Sanders aún le cuesta creer la cantidad de personas que están asistiendo a sus discursos. El año pasado, en Portland, la fila esperándolo rodeaba un estadio donde iba a hablar. “Pensé que había algún partido”, le dijo a The New Yorker.

El mejor indicador para entender la magnitud de la pasión que su campaña está despertando es el dinero. En 2015 recolectó US$73 millones gracias a más de un millón de donantes que hicieron alrededor de 2,5 millones de donaciones. En enero de 2016 recolectó US$20 millones, y el total de donaciones llegó a 3,5 millones. Le va ganando, de lejos, a las cerca de 750.000 donaciones de la campaña Clinton.

Al final de todos los correos que envía la campaña hay una firma que dice “Pagado por Bernie 2016”, y abajo, en letras azules, agrega: “(no por los multimillonarios)”. Ese ha sido su caballito de batalla en contra de Clinton y los republicanos.

“La gente no es tonta”, le dijo Sanders a Clinton en un debate el 11 de febrero. La exsecretaria argumentaba que recibir donaciones de los grandes bancos y de Wall Street —principal fuente de ingresos de su campaña— no significa renunciar a la independencia. “¿Entonces por qué, por Dios, Wall Street hace donaciones monumentales?”, preguntó Sanders. “Supongo que por pura diversión”.

Sanders es el único de los candidatos a la Presidencia que puede argumentar, sin ruborizarse, que el dinero corrompe la autonomía. Durante toda su carrera no ha recibido donaciones de ese estilo. Su campaña se sostiene a punta de aportes individuales, que el año pasado tuvieron un promedio de US$27 por persona. El mayor grupo de interés que le ha donado recursos es el de los sindicatos, el cual, si bien está lejos de ser ajeno a la dinámica tradicional de la política estadounidense, sí está más cerca de los principios demócratas que los representantes del sector financiero.

Y eso, en los Estados Unidos poscrisis económica, posmovimiento Occupy Wall Street, donde la brecha de la desigualdad viene en aumento y se ha tomado el centro del debate político, es el mayor atractivo de Sanders.

Ayuda, también, que lleva décadas advirtiendo que el desastre estaba en camino.

“Mis oponentes me acusan de ser aburrido —escribió en el 97—, de martillar siempre los mismos temas. Tienen razón. Nunca le he encontrado sentido a que una fracción ínfima de personas tengan riqueza y poder inmensos, mientras que la mayoría de las personas no tienen ni lo uno ni lo otro”. En el Congreso criticó la enorme inversión militar, las intervenciones en Irak, la reducción de los programas asistenciales y la complicidad de los dos partidos con los bancos, lo que generó una desregulación que permitió la crisis de 2008.

También se opuso a la ley que, impulsada por el entonces presidente Bill Clinton (demócrata), prohibió el matrimonio de parejas del mismo sexo. El devenir histórico terminó por darle la razón en muchos temas.

Sanders no se ha movido ni un centímetro; no ha tenido motivos para hacerlo. Como escribió: “si alguna vez alcanzamos la igualdad económica y social, prometo escribir nuevos discursos”.

¿Revolución o pragmatismo?

En una entrevista memorable, el presidente Barack Obama, después de terminar su primer año en el puesto, lucía exhausto, derrotado. Jon Stewart, entrevistador y reconocido por algunos como la conciencia liberal de Estados Unidos, le preguntó por qué, si su campaña a la Presidencia se había construido sobre la esperanza de obtener un cambio radical, ahora el país se sentía frustrado. “¿Qué pasó con ‘Sí se puede’?”, le dijo, refiriéndose al lema de campaña de Obama.

“Sí se puede, pero…”, contestó el presidente, algo molesto, causando risas en la audiencia y sintetizando el estrellón con la realidad que representó su aterrizaje en la Casa Blanca. Ante el obstruccionismo terco de los republicanos, la agenda progresista de Obama tuvo que moderarse, evolucionar.

La crítica que Clinton y muchos analistas políticos le hacen a Sanders es un jalón de orejas similar: el idealismo es inútil ante la realidad de la política, especialmente con un Congreso de mayoría republicana.

Y es que Sanders no es tímido. “No tengo paciencia para campañas simbólicas”, escribió. “Las condiciones están dadas para que mi campaña genere una revolución democrática, y creo que podemos ganar”.

Por eso sus propuestas rozan el populismo: educación superior gratuita para todos, nacionalizar el sistema de salud, aumentar el salario mínimo de US$7,25 a US$15, dividir los grandes bancos en varios más pequeños y ampliamente regulados, aumentar los impuestos para el 1% de personas que más ingresos reciben, obligar a las empresas que utilizan paraísos fiscales a tributar en Estados Unidos y emprender grandes inversiones en infraestructura, son los pilares de su programa de campaña.

Cuando le preguntan cómo piensa lograrlo, cojea. En su página hay estudios sobre reformas tributarias profundas para pagar los nuevos programas, pero su solución a la oposición republicana es la revolución: según él, su llegada a la Presidencia irá acompañada de un movimiento democrático que obtendrá una mayoría en el Congreso y permitirá el cambio radical que se necesita.

Los números, sin embargo, no pintan bien. Su obsesión con la problemática de clases lo ha llevado a tener oposición en las comunidades afros y latinas. Para Sanders, todos sus problemas se empiezan a solucionar con mayor equidad económica, pero los activistas le han reclamado que hay realidades de racismo y xenofobia que van más allá de la desigualdad. Pese a que el senador apoya un proyecto que otorgue un camino para que los inmigrantes ilegales obtengan la ciudadanía, y aunque ha incluido reclamos de las comunidades afros como la reducción en la encarcelación injustificada de minorías, estas poblaciones, que son esenciales para cualquier triunfo demócrata, prefieren a Clinton.

Vermont, el estado del que es senador, es 95% blanco, y Nueva Hampshire también es conocido por su mayoría caucásica. A medida que la contienda electoral se acerca a lugares más diversos, Sanders empieza a sufrir. En Carolina del Sur, la próxima parada de las primarias, Clinton, con su discurso que promete un “cambio plausible”, obtenido a través de la negociación política, le lleva treinta puntos porcentuales de ventaja.

A nivel nacional, Clinton tiene once puntos más que Sanders. La revolución, por lo menos por ahora, no tiene la fuerza necesaria.

El origen de la obsesión

Cuando era niño, Sanders cometió el error de comprar el mercado en una tienda pequeña y no en el supermercado. Su padre, un carpintero que apenas tenía suficiente dinero para alimentar a su esposa y sus dos hijos, le dio una lección que dice no haber olvidado: para la mayoría de la gente, una diferencia pequeña en precios significa la vida entera. Y eso era injusto.

Esa sensación lo acompañó hasta la Universidad de Chicago, donde se unió al Congreso de Igualdad Racial, la Unión de Estudiantes por la Paz y la Liga de Jóvenes Socialistas. Marchó contra la segregación racial, la proliferación nuclear y la intervención de Estados Unidos en América Latina.

Mudado por amor a Vermont, llegó por casualidad a una reunión del Partido Libertario de la Unión, una colectividad independiente, y de ahí salió como candidato a la Cámara de Representantes. Perdió dos veces, y también perdió en dos intentos de llegar a la Gobernación. El mayor porcentaje que obtuvo fue el 6% de los votos, pero vio que algo interesante ocurría cuando les hablaba a las personas: estaban de acuerdo con él, y sus opositores adoptaban alguna de sus posiciones.

Incluso en la derrota vio la oportunidad de influir. Esa ha sido su estrategia política desde entonces, con una notable excepción: los ocho años que pasó como alcalde de Burlington, capital de Vermont que tiene 40.000 ciudadanos.

Después de llegar a la Alcaldía con una coalición de actores sociales y con una diferencia de sólo diez votos, Sanders demostró que su progresismo puede ser práctico y creativo. Fue reconocido como uno de los mejores alcaldes del país y convirtió la ciudad en una de las más atractivas de Estados Unidos. Su mayor logro, emulado después en varias partes del mundo, fue crear una fiducia para administrar terrenos estatales que luego sirvieron para que gente de escasos recursos obtuviera su primer propiedad. El resultado es que, en cada elección, más gente pobre empezó a votar y eso lo catapultó al Congreso.

“Que los ricos voten y los pobres no lo hagan explica que el país esté como está”, escribió. “Si cambiamos eso, podemos cambiarlo todo”.

El efecto Sanders

Aun si su campaña termina desinflándose, Sanders ha obligado a Clinton a ser más explícita en su rechazo a la clase alta y más vehemente en su apoyo a planes que redistribuyan los recursos. El debate se ha ido más a la izquierda gracias a él, y la emoción que ha despertado ha revitalizado los reclamos progresistas que se desdibujaron durante la Presidencia Obama.

Y, sobre todo, ha servido como contraste de un Partido Republicano temeroso y excluyente. “Nuestro trabajo no es dividir”, dijo en un discurso reciente. “Nuestro trabajo es lograr que la gente se una. Si no les permitimos que nos dividan según nuestra raza, orientación sexual, género, lugar de nacimiento, y si nos paramos juntos y pedimos que este país trabaje para todos nosotros, no sólo para unos pocos, entonces podemos transformar Estados Unidos”.

Hace un año, Sanders empezó una campaña imposible con 2% de la intención de voto. Hoy tiene el 40% y con tendencia al alza. Tal vez no le alcance para ganar la nominación, pero el senador, que a sus 74 años está dando el mismo discurso que daba a los 21, tiene al país entero escuchándolo hablar de socialismo. Eso ya es revolucionario.

Este artículo fue publicado originalmente en El Espectador.

La mirada de Paulina Dávila

Por Juan Carlos Rincón Escalante

Paulina Dávila le prestó sus ojos color miel a María del Carmen Huertas. Esos mismos ojos le sirven para alimentar una curiosidad con la que intenta captar y devorarse todos los estímulos del ambiente y que la ha llevado a experimentar afanosamente la vida: el mar de Santa Marta donde creció, la paz de abrazar los palos de mango del Colegio Bilingüe donde estudió y se descubrió rebelde en su desinterés por encajar, los discos de música independiente gringa que su hermana le regalaba y que eran su refugio, la brutal sinceridad de sus padres que, según dice, le enseñó a ver la realidad sin paliativos, la mudanza a la capital, los viajes por el mundo y los personajes a los que se ha metido “de cabeza” para interpretarlos con esos ojos.

Por eso en ellos nació María del Carmen, la rubia, rubísima, una jovencita que es leyenda para cualquiera que se la haya cruzado y que protagoniza ¡Que viva la música! (QVLM), la única novela de Andrés Caicedo y que ahora llega a los cines gracias a la osadía y pasión de un equipo encabezado por el director Carlos Moreno y, claro, por Dávila. Un proyecto ambicioso, envidiado y criticado, lleno de salsa y caos visual y de un esfuerzo monumental por traducir al cine la elocuencia hipnotizante de la narradora del libro.

Y pensar que Dávila casi se pierde el papel más importante de su carrera.

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