¿Cómo es el amor cuando la mente no funciona bien?

Advertencia: este artículo discute de manera cruda relatos de pensamientos suicidas y otras situaciones que pueden ser difíciles de procesar. Si estás en un mal momento, te recomiendo que lo guardes para después. Tu salud mental es prioridad.

Cuando el escritor David Foster Wallace se ahorcó, sus dos perros se acostaron bajo el cadáver.

Su hermana Amy Wallace Havens le dijo al periodista David Lipsky que al cerrar los ojos lo puede ver, en la oscuridad de su casa, con sus perros: “estoy segura de que los besó en la boca y les pidió perdón antes de colgarse”.

Esa imagen me ha acompañado durante años.

¿Cómo tanta bondad, tanta ternura, tanta empatía y amor pueden convivir con un desespero autodestructivo?

¿Cómo se siente, además, ser esa hermana? ¿O ser su esposa, la artista Karen Green, quien le contó a The Guardian que “cuando la persona que amas se mata, el tiempo se detiene, simplemente se detiene en ese momento”?

Este es un intento por entender el amor mediado por enfermedades de la mente, desde quienes las padecen y desde las personas que aman a quienes las padecen.

No me interesa el después de la muerte, me interesa el antes. Los años en los que la enfermedad mental, ese desequilibrio químico que poco entendemos, acompaña a la vida como si fuera su sombra, donde la persona enferma es mucho más que su enfermedad: una madre cariñosa, una mejor amiga esencial, una pareja que se ama.

¿Cómo se esparce ese amor en medio de ramas contaminadas por aflicciones que, en sus peores manifestaciones, dejan a las personas sin capacidad de sentir?

Es una pregunta existencial para mí y para mi depresión diagnosticada hace siete años. Pero también lo es para muchísimas personas que lidian con enfermedades mentales en un país donde la atención médica en salud mental es precaria y risible.

Intercambié mensajes con cerca de 40 personas, algunas de ellas padecen distintos cuadros y hay otras que no los padecen, pero que aman a amigos, familia o parejas que sí.

Me contaron sus miedos, frustraciones, problemas de comunicación, complejos de salvadores, prejuicios y desconocimiento. También me contaron sobre la empatía y la esperanza madura, esa que entiende lo difícil de la situación, pero aun así le apuesta a la vida.

A continuación, les comparto algunos hilos que pude identificar entre todas las historias. De pronto ayudan a entender un poco el amor que acampa al lado del abismo.

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Un mensaje para las personas LGBT+

Ilustraciones por La Ché. Textos por Juan Carlos Rincón Escalante. 

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Así se siente cuando tu vida no es tuya

Por Juan Carlos Rincón Escalante

Que mi vida no es mía es algo que sé desde hace un tiempo, pero no he sido capaz de explicarlo.

Es una certeza ininteligible, como tantos síntomas de los desequilibrios químicos en el cerebro. Presiento que, entre todos los distintos tipos de arte, la escritura es la menos propicia para describir la maraña de pensamientos inconclusos e incoherentes que se forman en medio de la neblina. Me hace falta saber pintar, o componer, para intentar siquiera darle algo de claridad a lo que siento. La depresión es un cuadro de Pollock.

“One: Number 31, 1950", por Jackson Pollock, 1950.

“One: Number 31, 1950″, por Jackson Pollock, 1950.

Aunque también puede ser que simplemente no tengo el talento —ni el vocabulario— para describirme y prefiero hacer negaciones categóricas antes que aceptar mi mediocridad.

Pero ese no es el punto.

No tengo ni un instante de tranquilidad. Allí a donde voy, haga lo que haga, me acompaña un desespero incesante; inoportuno. Me descubro rogándole misericordia a mi mente.

Ay, por favor, sólo un momento, un momentico; un segundito de calma; de no pensar; de no sentir; de no querer echarme al piso en posición fetal y entregarme a la desazón.

Ay, por favor, por caridad, no más las voces que me dicen lo inútil que es mi existencia; lo ridículo que es mi andar; lo repugnante que es mi piel; lo imbécil de todas y cada una de mis ideas; lo irracional que estoy siendo al pensar todo esto y aún así ser presa de mis adjetivos negativos.

Misericordia. Misericordia. Misericordia.

No más tener que mirar al vacío mientras me concentro en mi respiración y me digo una y otra vez que soy el aire que entra y sale y la nariz que siente ese aire y el cuerpo que está pegado a la nariz y que toda mi vida es este momento y nada más y que las expectativas sociales no son más que espejismos construidos para presionarnos pero no determinantes ineludibles de mi identidad y mucho menos de mi valor como ser que existe.

No más tener que escribir cualquier cosa, cualquier grito, cualquier seguidilla de palabras plagadas de dolor para distraer la mente y que deje de acuchillarme la voluntad.

No más que todo eso fracase y vuelva al borde del abismo.

Así se siente cuando tu vida no es tuya. Es la ambivalencia omnipresente de querer hacer de todo, crear, apostarle a la tragedia agridulce que implica el darse permiso de vivir, de fracasar, de perseguir las ambiciones y construir relaciones llenas de amor, unida a esa otra compañía de una mente traicionera, metódica, cruel, terca y disciplinada en su mezquindad.

Es suplicar cada segundo de cada minuto de cada hora de cada día de cada semana de cada mes de cada año. Hasta que haya misericordia. Si es que algún día la habrá.

Posdata: la imagen destacada se llama “Mind Vomit” (vómito mental), de un autor anónimo que la envió a un proyecto que busca destruir el estigma contra las enfermedades de la mente. Visiten The Perspective Project para ver más.

“La palabra misericordia viene del latín misericordia formado de miser (miserable, desdichado), cor, cordis (corazón) y el sufijo -ia. Esta palabra se refiere a la capacidad de sentir la desdicha de los demás”. – Etimologías.

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Algunos apuntes desde el colapso

Por Juan Carlos Rincón Escalante

No se ve como uno esperaría.

No es un edificio que se derrumba y crea una nube de polvo y tierra y escombros y muerte. No es un grito tras otro tras otro tras otro. No es el pelo arrancado, ni la piel rasgada, ni la sangre a borbollones. No es alguien corriendo desnudo por la autopista en plena hora pico y hablando con demonios que nadie más ve. No es La Llorona, desgarrada y estigmatizada, suplicando auxilio y viendo al mundo recibirla con temor y cruel indiferencia.

No, es todo eso, pero suavecito.

Es la desesperación silenciosa, disimulada, vehemente, constante. Ahí, martillando, como un flujo infinito de gotas de agua cuyo único propósito es oxidarte.

Es fallar un poquito y cumplir con el resto, con todo, con casi todo, menos ese fallito que es perdonable y comprensible y, de hecho, casi indetectable; nadie te va a ver cojear.

Es saber que cojeas.

Es levantarte asfixiado y vestirte bien y salir y sonreír mientras la soga en el cuello te aprieta y te aprieta.

Es encerrarte en el baño y mirar fijamente la pared por cinco minutos. Así, varias veces, muchas veces, todas espaciadas en tus días laborales de 16 horas hiperproductivas y funcionales.

Es llegar a casa y sentirte sucio y desordenado y echarte sobre la decadencia mientras tocas tu piel enumerando cada uno de los defectos que comprueban que eres un monstruo que no merece existir.

Es querer hablar con alguien y tener un ejército de gente dispuesta a darte cariño, pero no decir nada; no tener nada para decir.

Es odiar estas estupideces que haces mientras estás en crisis porque crees que la elocuencia y la atención que viene con ella son equivalentes al sentido; a la salvación.

Es empezar a cortarlo todo y a todos. Primero te desconectas, fallando más. Luego te aíslas, huyendo de los demás, y con ellos de cualquier chispa de… de… ¿de qué? Ya ni recuerdas. Pero el caso es que desaparecen, las chispas y ellos y todo; quedas tú y el silencio y la oscuridad, que son la misma cosa.

Es comer mal, pésimo, a propósito; una comida a la vez, un pecadito más, una excusa tras otra, creyendo que puedes volver a cuidarte, a la senda del control; creyendo que mereces descuidarte y lastimarte.

Pero ya no hay control.

Es entender que te vas a estrellar, mucho tiempo antes de que pase.

Es sentarte a verlo todo pasar y querer ser La Llorona y su desgarrro, los gritos tras gritos tras gritos, el desnudo en la autopista, el edificio que se derrumba.

Pero no.

Tu colapso es este silencio elegante y hasta bello, prudente, inesperado, que vive y planea al mismo tiempo el día final, que viene, viene, pero toca esperar.

“¡¿Cómo voy a salir de este laberinto?!”, pregunta el Simón Bolívar de Gabriel García Márquez.

“Derechito y rápido”, responde la Alaska de John Green.

Con meticulosidad implacable, sugiere mi depresión.

La rapidez no es una opción. Nunca es como uno esperaría que sea.

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Soy hombre y el feminismo me ayudó a tener mejor sexo

Por Juan Carlos Rincón Escalante

“Es muy difícil hacer que las mujeres se vengan”, me dijo una vez uno de mis amigos más cercanos. Teníamos veinte años y me estaba contando sobre sus frustraciones en el sexo. La frase no la planteaba como un reto, sino como excusa: como era una verdad inevitable que el orgasmo femenino era casi imposible, no se preocupaba por eso.

No es difícil deducir que tanto él como yo, que no lo cuestioné porque no se me ocurrió hacerlo, éramos pésimos polvos.

La pregunta interesante es uno cómo llega a su segundo año de universidad, habiendo tenido varias parejas sexuales, diciendo esa barrabasada sin haber sido confrontado alguna vez. La respuesta es el privilegio masculino, que no es otra cosa que nunca haber tenido la necesidad de reflexionar sobre el placer ajeno, que va ligado a qué tan cómoda está la otra persona con algo que yo estoy haciendo.

Con todas las denuncias sobre el #MeToo y las preguntas sobre la línea divisoria entre coquetería y acoso, muchas personas (incluyendo mujeres) han lamentado que estamos llegando a una especie de Estado autoritario feminista donde los hombres ya no podemos ni mirar a una mujer. El mensaje apocalíptico es que todo lo bueno sobre el ritual de seducción se está perdiendo y que, en últimas, el feminismo va a hacer imposible el sexo bueno.

Mi experiencia ha sido totalmente opuesta. Estudiar las distintas corrientes del feminismo, leer a mujeres discutiendo sus experiencias y escuchar con atención los reclamos de las personas que se han sentido vulneradas me ha permitido abrir los ojos a un montón de prácticas que jamás me cuestioné y que estaban afectando directamente mi vida sexual y, en general, mi relación con las mujeres.

Ahora entiendo, por ejemplo, que ubicar a “las mujeres” en un pedestal que considero inaccesible por su perfección, en vez de homenajearlas, es un acto de arrogancia y condescendencia. Toda mi adolescencia y buena parte de mi universidad sentí lástima melancólica por ver que las mujeres que yo deseaba me veían como “amigo”, y creía que, antes que ser mi culpa el rechazo, eso se debía a que no valoraban a un romántico empedernido que las bañaba con halagos y que sí las podía tratar bien (en oposición a los hombres “malos” con los que ellas salían).

Hicieron falta muchos años y muchos golpes contra la pared y muchas mujeres pacientes que me explicaron cosas para darme cuenta de que el problema era yo, que no realizaba el esfuerzo de verlas como seres humanos complejos que debía entender, y que esperaba que una rima mal elaborada fuera suficiente para que me vieran como el amor de sus vidas. Cuando creía que las estaba endulzando, la realidad es que las estaba incomodando y, en ocasiones, cruzando la línea del acoso.

Además porque esa idea preconcebida de las mujeres se veía representada en el sexo que tenía con las que sí aceptaban estar conmigo. Como su placer era imposible, parafraseando a mi amigo, pues me conformaba con quedar satisfecho yo. Cuando las sentía incómodas lo entendía como un insulto en mi contra, no como una señal de alarma para detenerme y preguntar qué ocurría. Exclamar “quién las entiende”, como había escuchado en tantas películas y series y en voces cercanas de hombres, era mi vía para escapar sin hacerme preguntas difíciles: ¿será que algo en mí está fallando? ¿Será que hay una mejor forma de coger? ¿Será que el hecho de que ella no se ha venido debería preocuparme?

El feminismo enseña a preguntarse eso y mil cosas más; a despertar y sacudirse el privilegio de no tener que ver al otro como un ser con necesidades y temores y deseos que deben ser reconocidos para que haya disfrute mutuo.  La experiencia sexual es tan compleja para las mujeres, ya sea por miedos justificados o expectativas culturales de comportamiento que las cohiben o innumerables experiencias con malos amantes en el pasado, que no puede haber buen sexo sin un ejercicio de crear confianza, comodidad, de preguntar si está disfrutando, de entender que el placer ajeno también puede ser placer propio; que, sin importar el momento en el que estemos, no me he “ganado” nada y que ellas no deben cumplir mis deseos; que venirme no es el fin de la relación sexual, sino uno de tantos eventos que deben ocurrir en un encuentro.

Eso es lo que piden las mujeres cuando, en medio del #MeToo, exigen un consentimiento vehemente, entusiasta y claro. En vez de temer el apocalipsis sexual, los hombres deberíamos entender que el feminismo lo que quiere, entre muchas cosas, es que cojamos mejor.

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La depresión dibujada en un libro imprescindible

Por Juan Carlos Rincón Escalante

Para escribir de Sin ser de noche todo se ve muy negro, ese tesoro honesto, crudo, profundamente empático, ilustrado y vuelto libro por Ana Mess, tengo que hablar de mi depresión. El problema es que ahí se me acaban las palabras.

Una de las mayores frustraciones de cargar con esta enfermedad, que me acompaña desde no sé exactamente cuándo y que parece empeorar con el paso del tiempo, es mi incapacidad de explicarla. O la del mundo de entenderla.

Sí, puedo hablar de “hechos” puntuales: el cansancio pese a haber dormido muchas horas; la ansiedad que me deja sin dormir durante semanas; el sentir que estoy sin estar, sin procesar el mundo a mi alrededor; el desespero incontrolable al que sólo puedo responder quedándome quieto y mirando un punto fijo, o el odio irracional a mi reflejo en el espejo. Pero esos son meros síntomas; no son la depresión, ni lo que significa para mí, ni cómo altera cada segundo de mi existencia. Y la gente que escucha eso siente lástima, o preocupación, e intentan comprender; pero a menos que hayan experimentado algo similar, su empatía sigue siendo ignorante. Lo que significa que siento que hay una barrera enorme entre ellos y yo, empeorando todo.

Por eso, Sin ser de noche todo se ve muy negro es una revelación. Mess, colombiana, encontró en la ilustración la mejor manera de hablar sobre su depresión. En una nota al final del libro cuenta que “me estaba convirtiendo lentamente en un ente que respiraba apenas, pasaba las noches en vilo barajando maneras de acabar con todo, de salir por la puerta de atrás”. Pero, dice, “la depresión que ha sido el infierno ha empezado a transformarse en un proyecto de vida”.

En ese acto de rebeldía contra la enfermedad, de pedirle a la oscuridad algo a cambio de acompañarla a todo momento, la autora encontró la inspiración para sus ilustraciones. En ellas, con una precisión envidiable, da una de las más elocuentes explicaciones de lo que es vivir con esa melancolía aplastante.

El libro, editado y vendido directamente por Mess, es un compendio de ilustraciones que nos abren la puerta a su mente y su vida con la depresión. El primer acierto es la franqueza: no hay en los trazos la menor chispa de arrogancia; su única ambición es mostrar sinceramente el mundo de nudos y ansiedad que lleva por dentro.

Ayuda, entonces, que los dibujos sean tan hermosos, pese a que aparentan ser muy simples. Sin ser de noche todo se ve muy negro es una experiencia para saborear cada página, encontrándole el sentido doloroso a cada detalle. Además, está contando una historia que se mueve entre la rabia, la decepción, la resignación, ocasionalmente la determinación y el desespero.

En un momento, Mess acompaña una ilustración con la frase “muy pobre para ser depresiva”. En otra se critica a ella misma: “No eres especial, sólo depresiva”. En una de mis ilustraciones favoritas por lo dulce y, al mismo tiempo, angustiante, escribe: “No hay espacio bajo la cama, ahora los monstruos duermen conmigo”. Es una viñeta que bien podría sentirse cómoda entre las creaciones de Maurice Sendak (Donde viven los monstruos).

Ilustración de Ana Mess.

Como esos, el libro está lleno de mensajes complejos y contundentes.

Dicho eso, me parece que el mayor aporte de éste es el entendimiento. Transmite con una eficiencia admirable lo que es la depresión. Pese a que la enfermedad se manifiesta de mil maneras distintas en las personas,Sin ser de noche todo se ve muy negro ofrece un excelente punto de encuentro.

Si vive con una enfermedad similar, como yo, este es un libro que llega directo a las entrañas.

Si conoce a alguien con depresión, éste lo ayudará a entender un poco mejor.

Si simplemente tiene una curiosidad por la melancolía y la condición humana, la obra de Mess es imperdible. No da respuestas, porque no las hay; pero consigue llenar de contenido a la empatía por los demás.

Pueden contactar a Ana Mess en a.marianossa@gmail.com, o través de su Twitter, @Juskanamanof.

jkrincon@gmail.com, @jkrincon

Publicado originalmente en El Espectador.

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La Presidencia simbólica (y poco más) de Barack Obama

Por Juan Carlos Rincón Escalante

“Les estoy pidiendo que crean”, escribió el presidente saliente de Estados Unidos en Twitter el pasado 11 de enero, “no en mi capacidad de crear el cambio, sino en la de ustedes”. Justo arriba de ese tuit hay una fotografía de Barack Obama y su familia marchando en Selma, Alabama, conmemorando la manifestación liderada por Martin Luther King el 25 de marzo de 1965 para combatir la segregación racial del sur estadounidense.

En unos días esa imagen seguramente cambiará, pues Donald Trump heredará la cuenta (@potus), si no es que decide cerrarla para mantener la suya, que de por sí tiene más seguidores. Ahí hay un triste resumen de la presidencia que termina: el simbolismo histórico del primer afromericano en ocupar la Casa Blanca seguido por un blanco multimillonario que está conformando el equipo de Gobierno menos diverso desde la era de Ronald Reagan.

Por eso Obama ha tenido que pasar los últimos meses de su presidencia pidiéndoles a sus seguidores que no pierdan las fuerzas, que resistan, que recuerden sus palabras, las del tuit, que fueron repetidas innumerables veces durante su campaña en el 2008.

Aun así, no deja de ser paradójico que el hombre que llegó a ser el más poderoso del mundo impulsado por una ola de esperanza que le mereció la adoración nacional e internacional, y que fue suficiente para concederle un premio Nobel de Paz en el 2009 (menos de un año después de estar en el cargo) por su “visión” del mundo, termine con un Estados Unidos lleno de divisiones profundas, sectarismos mezquinos y en manos de un narcisista, misógino, guerrerista y xenófobo que causa desesperanza en más de la mitad de la población de ese país y que se coronó prometiendo borrar a Obama de la historia.

En medio del ruido y de los años turbios que se avecinan, ¿cuál será el legado por el que la historia recuerde a Barack Obama? ¿Quedará algo después del fuego?

El orgullo de Obama

El 10 de enero del 2017, en Chicago, su hogar adoptivo y donde construyó su meteórica carrera política, Obama dio un último discurso para despedirse. Más de 20.000 personas fueron a verlo y otros 24 millones prendieron su televisión. El presidente no perdió tiempo en enumerar sus logros:

“Si les hubiese dicho hace ocho años que Estados Unidos iba a revertir una gran recesión, reiniciar su industria automotriz, desencadenar el período más largo de creación de empleos; que ganaríamos el matrimonio igualitario y que fortaleceríamos el derecho a tener seguro de salud de unos veinte millones de nuestros ciudadanos, me hubieran dicho que nuestras expectativas estaban demasiado elevadas”. Más adelante habló de racismo, de “caminar en la piel del otro”, citando Matar a un ruiseñor, de Harper Lee, y de la importancia de creer en los demás a pesar del miedo que produce la diferencia.

Aunque en cada uno de esos temas puede rastrearse la influencia de Obama y sus intentos (unos más exitosos que otros) por marcar el rumbo del país, también allí están las raíces de la debilidad de su legado. Veamos.

Ya no es la economía neoliberal, estúpido

Bill Clinton popularizó una frase durante su presidencia: “Es la economía, estúpido”. Se refería a que el principal énfasis de todo gobierno tiene que ser la creación de puestos de trabajo y la generación de riqueza que les dé oportunidades a todos los ciudadanos.

En ese tema, Obama tiene las cifras que respaldan su éxito. Después del colapso económico del 2008, que sumió a Estados Unidos en la peor recesión desde la Gran Depresión (y arrastró al resto del mundo consigo), su gobierno adoptó medidas de inversión y subsidios que permitieron que la industria automotriz sobreviviera, los bancos recuperaran su fortaleza y el país tuviera 75 meses ininterrumpidos en los que se crearon puestos de trabajo. En total, durante la administración Obama, 11,3 millones de personas se emplearon, muy por debajo de los 22,9 millones durante la era Clinton y un poco menos de los 15,9 millones durante Ronald Reagan, pero muchísimos más de los 2,1 millones de empleos creados durante los ocho años de George W. Bush, según reporta CNN Money. Nada mal considerando que, cuando se posesionó, el país dejaba 800.000 personas sin empleo cada mes.

Y aun así, Hillary Clinton, cuya candidatura había sido propuesta por el mismo Obama como un referendo sobre su gobierno, perdió tres estados de blancos trabajadores de clase media que habían votado por el presidente saliente y que le costaron la Presidencia: Michigan, Pensilvania y Wisconsin. ¿El motivo? Es la economía, estúpido, pero no la neoliberal.

En un texto para The Guardian, Cornel West cuenta que le “rogamos y suplicamos a Obama que se olvidara de las prioridades de Wall Street y ayudara a la gente de la calle. Pero prefirió seguir los consejos de sus ‘inteligentes’ expertos neoliberales (…) y ningún banquero pagó cárcel”. Lo que, además, fue acompañado por ocho años en los que las personas más ricas de la sociedad, el llamado 1 %, “acapararon dos tercios de los aumentos en los ingresos”.

Es decir, mientras el Gobierno salía mensualmente a hablar de recuperación económica, muchos estadounidenses se estaban enfrentando a una realidad bien conocida en el resto del mundo: empleos que se van a otros países para no volver, reducción de otros (como los relacionados con el petróleo), competencia de la nueva ola de industrialización que está utilizando máquinas en puestos donde antes había humanos, y una capacidad adquisitiva reducida.

El resentimiento de estas personas, entonces, era entendible y fácil de explotar. No en vano los discursos dados en Goldman Sachs fueron uno de los puntos que más peso le hicieron a la campaña de Clinton, y por eso el discurso de Bernie Sanders consiguió tantos votantes, no muy distintos a los que terminaron eligiendo a Donald Trump, quien supo rechazar a las élites económicas que no han sabido atacar la brecha de desigualdad.

Siendo justos, este nuevo nacionalismo, que aplaude cuando Trump utiliza Twitter para matonear a las empresas que quieren invertir en México para luego exportar a Estados Unidos, se fundamenta en la idea nostálgica y errada que cree que hay forma de tener una economía rebosante en los mismos términos del siglo pasado. Ante el abrumador y vertiginoso cambio de las dinámicas económicas, muchos votantes blancos de clase media prefirieron sucumbir ante los cantos de sirena que hablan de una solución sencilla para uno de los retos más complejos de las sociedades modernas. Ante eso, el neoliberalismo humanista de Obama no tuvo la fuerza para competir.

El condenado Obamacare

La otra obsesión de Obama en su primer año de mandato, aprovechando sus mayorías en el Senado y la Cámara de Representantes, fue aprobar una reforma al sistema de salud, la Affordable Care Act, conocida como Obamacare. Sin embargo, ese proyecto le dio leña al fuego retórico de los republicanos, que se opusieron con vehemencia y utilizaron tácticas de difundir mentiras sobre la ley. Por aquel entonces, muchas personas expresaban preocupación porque el gobierno federal iba a crear “paneles de la muerte” que iban a decidir quién vivía y quién no.

Obama triunfó, y ocho años después cerca de 20 millones de estadounidenses que antes no tenían seguro médico tienen cobertura. Pero al subestimar el poder de la oposición terminó perdiendo sus mayorías, frustrando a su electorado liberal (que quería una reforma más ambiciosa) y condenando el resto de su presidencia a que todos los proyectos enviados fueran tumbados por el Congreso republicano. Como explica Charles Blow en el New York Times, su error fue “ser un soldado caballero en una guerra de guerrillas”.

Ah, y el Congreso que se acaba de posesionar ya empezó la revocatoria de todo rastro del Obamacare, y no parece haber nada que los demócratas puedan hacer para evitarlo.

Símbolos, discursos y órdenes ejecutivas

Al perder sus mayorías, la administración Obama se enfrentó a la impotencia de una Presidencia sin Congreso, y se enfocó en intervenir de tres maneras: en el ámbito judicial, mediante la expedición de órdenes ejecutivas presidenciales y dando discursos con alto poder simbólico.

Es así como, por ejemplo, el concepto del Departamento de Justicia fue clave en la decisión de la Corte Suprema de legalizar el matrimonio de parejas del mismo sexo. La fiscal general, Loretta Lynch, intervino para luchar contra las leyes que buscaban discriminar a las personas transgénero, dando una declaración que bien puede resumir la actitud del gobierno Obama con las poblaciones minoritarias: “En vez de darles la espalda a nuestros vecinos, amigos y colegas, mejor aprendamos de la historia y evitemos repetir los errores del pasado. La discriminación auspiciada por el Estado nunca se ha visto bien en retrospectiva. [Si bien el rechazo] responde al miedo natural de los humanos a lo desconocido, no podemos [negarles a las personas trans] aquello que las hace humanas”.

A pocos días de que Obama abandone la Presidencia, Lynch publicó un informe que acusa a la Policía de Chicago de cometer abusos sistemáticos de los derechos humanos, un apoyo fundamental en un país dividido por las muertes de personas afros a manos de los policías. El mismo presidente dio discurso tras discurso hablando de las causas del racismo, reivindicando la importancia de proteger la diferencia (incluyendo la necesidad de entender a los blancos que están asustados), y luchando (en vano) contra la proliferación de las matanzas ayudadas en parte por las normas laxas que existen sobre armas.

Sus órdenes ejecutivas para darles protección a los hijos de inmigrantes ilegales que estudian y trabajan buscaba ganar tiempo para pasar una reforma migratoria, que tampoco llegó. Mientras tanto, en cambio, sí deportó otros 2,4 millones de inmigrantes ilegales.

A nivel internacional, probó la diplomacia suave (algo novedoso para un Estados Unidos acostumbrado a la violencia) y así consiguió que Irán abriera las puertas de su programa nuclear, restablecer relaciones con Cuba y que el mundo se pusiera de acuerdo sobre la importancia de combatir el cambio climático.

Esos tres triunfos, sin embargo, seguramente serán saboteados por una administración de Trump, dejando en firme únicamente el peor legado de Obama en política extranjera: los asesinatos con drones y la ausencia de un poder estabilizador prodemocracia.

Evitando enviar tropas al terreno, la administración Obama, no obstante, siguió su lucha contra el terrorismo con la ayuda de la tecnología: los ataques con drones en países como Yemen y Pakistán han matado a un número desconocido de civiles inocentes, y continúan la tradición estadounidense de ejecutar personas sin darles antes la oportunidad de un juicio justo. Sólo en el 2016, Estados Unidos soltó 26.171 bombas alrededor del mundo, según Medea Benjamin en The Guardian, principalmente en Siria e Irak, dos guerras fallidas y productoras de tragedias humanitarias.

La incapacidad que las potencias han demostrado para darles solución a estas crisis ha generado un flujo de refugiados y el recrudecimiento de la violencia por parte de grupos como el Estado Islámico en Europa y en el mismo Estados Unidos, lo que a su vez ha fortalecido a los partidos de ultraderecha en varios países que quieren cerrar fronteras, acorralar a los grupos minoritarios y reducir las libertades individuales. Discursos adoptados por el sucesor de Obama.

El optimismo como obligación moral

La presidencia del cambio y la esperanza termina repudiada por quienes ahora detentan el poder, con todos sus logros bajo amenaza y con un Partido Demócrata sin un plan claro para resistir y recuperar su influencia. Tal vez hay que leer ese último tuit de Obama, quien siempre ha hablado del optimismo como si fuese una obligación moral ante la adversidad, como el necesario reconocimiento de su rol en la historia: yo no pude, aunque lo intenté, pero no podemos rendirnos. El cambio, sin embargo, no llevará su apellido.

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A Girl Walks Home Alone at Night: ¿quién dijo que no se puede hacer buen cine con vampiros?

Por Juan Carlos Rincón Escalante

Los vampiros ya no están de moda (ahora todo es sobre zombis) y su más reciente desaparición del centro de atención cultural estuvo precedida por la serie Crepúsculo, que hizo todo lo que estaba a su alcance por darles una pésima fama. Sin embargo, dos películas independientes recientes demuestran que el problema no es la mitología, sino lo que se haga con ella. Después de la encantadora Only Lovers Left Alive (2013) de Jim Jarmusch, la directora Ana Lily Amirpour debutó en Sundance en el 2014 con una película fascinante llamada A Girl Walks Home Alone at Night (Una chica vuelve a casa sola de noche).

Desde la primera toma, A Girl Walks Home Alone at Night lo introduce a uno, gracias a una blanco y negro bellísimo y a una música que produce mucho ambiente, en la ciudad iraní ficticia de “Bad City” (algo así como ciudad mala), donde no parecen haber muchos habitantespero en el aire se respira una ansiedad mezclada con deseo. Amirpour utiliza la cámara durante toda la película con una experticie que no parece de alguien que apenas estaba debutando en el mundo de los largometrajes. A veces temblando y acercándose, otra con una distancia reverencial, cada uno de los cuadros es digno de ser impreso y colgado en alguna pared. Pero, además, no es sólo un recurso gratuito para dar placer estético, sino que va de la mano con el terror que produce la protagonista, interpretada por una genial Sheila Vand.

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De la historia no les quiero contar demasiado, pues parte del encanto de la película es que sabe guardarse sus cartas y las va rebelando con delicadeza. Vand toma el papel de “La chica” (nunca le dan nombre), que está al acecho en las noches y seduce a quien la mira sólo con sus ojos y su posición corporal. Es una mezcla interesante que utiliza la estereotípica fragilidad de una mujer musulmana caminando por la noche con la seguridad intimidante de alguien que se sabe en control de cualquier situación. No es, además, un personaje unidimensional, pues pese a que está en silencio la gran mayoría de la película, hay suficientes datos regados por ahí para entender que le dio propósito a lo que ve como una maldición.

El otro personaje principal es Arash, interpretado por Arash Marandi, un joven que tiene que lidiar con la pobreza y con un padre drogadicto que ya está fuera de sus cabales. Su relación con el personaje de Vand es lo que más vida y tensión le da a la película, y construye el escenario para llegar a un final que lo deja a uno pensando.

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Pero, por sobre todas las cosas, A Girl Walks Home Alone at Night es una experiencia muy disfrutable. Da susto, da risa, hechiza con sus tomas y su blanco y negro, no es obvia y demuestra que lo fantástico es una excelente herramienta narrativa en manos de una creadora brillante como Amirpour. No se la pierdan.

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High-Rise: el caos nostálgico

Por Juan Carlos Rincón Escalante

High-Rise arranca con el doctor Laing (un excepcional y fascinante Tom Hiddleston) cocinando a un perro para comer, en un balcón precioso, pero en un escenario que parece postapocalíptico. La película, dirigida por Ben Wheatley y escrita por Amy Jump, inmediatamente retrocede tres meses para mostrarnos al mismo doctor entrando por primera vez a un edificio gigante (uno de cinco) a las afueras de Londres, pero todo está perfecto. Lo que sigue es la historia de cómo todo se desmadra.

Basada de manera fiel en un excelente libro de JG Ballard (según dicen en The Guardian y en Roger Ebert), High-Rise construye un escenario distópico típico de las críticas sociales que solían construirse en la ficción de los años 70 y 80: un escenario dividido por clases sociales, donde los más necesitados están en los pisos inferiores y sufren constantemente cortes de luz, pasando por los de clase media alta (el doctor Laing incluído) hasta llegar al último piso, donde vive el arquitecto (interpretado con facilidad por Jeremy Irons), de apellido Royal (realeza, en inglés, como si fuese necesaria más sutileza), una especie de dios que todo lo supervisa y, aún así, todo se le escapa de las manos.

La historia, sin embargo, no es lo más interesante de la película. De hecho, concuerdo con la reseña del New York Times en que es una película aburrida pese a que está llena de caos y ocurren muchas cosas. Y aún así, hay algo que la vuelve fascinante, que atrapa y no suelta durante las casi dos horas de duración.

Son las imágenes que construye a lo largo de la cinta lo que más recuerdo. Wheatley, ayudado por un excelente diseño de escenarios y colores vivos que contrastan con lo árido del mundo alrededor, sabe retratar la desazón y el desenfreno y el resentimiento que motivan a todos los personajes. Ayuda, además, que el elenco se ve entretenido y está lleno de talento, además de que dan ganas de mirarlos y quedarse mirando. (Curiosamente, no vi ninguna persona afro, ¿querrá decir algo con eso High-Rise o acaso consideró que meterle raza a una película ya cargada por la guerra de clases era demasiado sermón?).

La incoherencia de la historia le resta fuerza a la crítica social (en algún momento una de las mujeres del piso de arriba exclama sobre su criada: “como toda la gente pobre, está obsesionada con el dinero”), y el movimiento de la cámara, así como el uso de la música y de las narraciones de Laing, dan la sensación de que Wheatley no estaba tan interesado en hacer un punto político (aunque la película termina con un fragmento de un discurso de Margaret Thatcher), sino en retratar con cierta nostalgia el caos propio que surge cuando las sociedades se descomponen. En eso es exitoso y High-Rise es una experiencia que, si bien no es imperdible, merece una oportunidad, incluso si es sólo por las imágenes. Pocas veces he visto a la destrucción ser filmada con tanta reverencia.

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A Barack Obama lo van a borrar de la historia

Por Juan Carlos Rincón Escalante

Barack Obama estaba sonriente, desafiante. Después de siete años y medio de un obstruccionismo terco por los republicanos, de soportar ataques racistas (sobre su origen, sobre su religión), de haber tenido que luchar solo a través de órdenes ejecutivas (mecanismo que los presidentes usan para expedir regulaciones sin pasar por el Congreso), el 56 % de los estadounidenses aprobaban su trabajo como presidente y varias de sus apuestas de más largo aliento (en Cuba, Irán y sobre cambio climático) se estaban afianzando como triunfos. Además, un payaso misógino, racista, xenófobo y notablemente ignorante sobre los problemas del país era el oponente de Hillary Clinton, quien se había comprometido a proteger su legado cuando llegara a la Casa Blanca. Por eso, hablando ante el grupo de congresistas afroamericanos, Obama fue vehemente:

“Puede que mi nombre no esté en el tarjetón, pero nuestro progreso está en el tarjetón; la tolerancia está en el tarjetón. La democracia está en el tarjetón. La justicia está en el tarjetón. Los buenos colegios están en el tarjetón. La esperanza está en el tarjetón. Y, sí, el miedo también está en el tarjetón”, dijo. Antes había dicho que tomaría como un insulto personal que los afroamericanos no fueran a votar por Clinton.

Dos meses después, Donald Trump ganó la elección bajo la promesa de borrar todas las políticas del actual presidente, y los republicanos mantuvieron el control mayoritario del Congreso.

Cuando Obama recibió al presidente electo en la Casa Blanca, su expresión era cortés, pero sombría; de alguien resignado con la fragilidad de su legado.

Sí, podemos

Obama llegó a la Presidencia impulsado por un mensaje de cambio que motivó a muchos, especialmente a los jóvenes y a grupos de votantes que usualmente no votan tanto, como los afroamericanos. El fenómeno de su candidatura se contagió a nivel mundial, al punto que llegó a dar un discurso en Berlín frente a 200 mil personas. No en vano su sola llegada a la Casa Blanca fue suficiente para que le concedieran el Premio Nobel de Paz, uno de los galardones que más críticas le ha ganado a la academia noruega.

En términos políticos, los demócratas tenían una abultada mayoría en el Congreso, pero se enfrentaban a una recesión que había disparado la tasa de desempleo y que amenazaba con enterrar industrias que históricamente han estado en el corazón de la economía estadounidense, como la automotriz. Obama entonces llegó a la Presidencia con tres prioridades: frenar el colapso financiero, realizar reformas que evitaran que se repitiera una crisis del mismo estilo y avanzar en su agenda progresista.

Sin embargo, no contaba con algo: la implacable oposición republicana. El presidente que había alcanzado fama nacional con un discurso en la Convención Demócrata de 2004, donde habló de la necesidad de encontrarse en las diferencias y superar la polarización entre los partidos políticos, se chocó de frente con un Partido Republicano que, pese a ser minoría, no accedió a conversar con él, y promovió, a veces de manera activa y otras con su silencio cómplice, discursos de odio que radicalizaron a un sector del electorado en contra de Obama y el Partido Demócrata.

Por eso, la reforma del sistema de salud, conocida como Obamacare, por ser el proyecto insignia del presidente demócrata, pasó sin un solo voto republicano en 2010. Ese mismo año los demócratas perdieron el control de la Cámara de Representantes, y empezaron seis años de bloqueo legislativo a todas las propuestas de Obama. Eso llevó a que el presidente, frustrado, usara las órdenes ejecutivas en temas tan sensibles como inmigración y las regulaciones ambientales para avanzar con su agenda. El problema es que, por la naturaleza de esas medidas, quien ocupe la Casa Blanca puede, literalmente, borrarlas de un plumazo si así lo desea. Y eso es lo que han prometido hacer Trump y los republicanos.

Si lo logran, tal vez el mejor resumen de la era Obama se lo dio un funcionario anónimo de la Casa Blanca al Washington Post: “Washington no funciona, pero tienes que aceptar que él lo intentó”. ¿Qué, exactamente, puede ser borrado?

Obamacare

Desde su expedición, la reforma al sistema de salud ha sido utilizada por los republicanos como ejemplo de un programa de gobierno demasiado invasivo en los derechos individuales.

Durante el trámite de la ley corrió el rumor de que serviría para instaurar “paneles de la muerte”, donde juntas de médicos decidirían a qué pacientes prestarles servicios y a cuáles no. Ese es el talante del debate impulsado por ciertos sectores de la derecha. Después, las críticas se han enfocado a los costos. La página de campaña de Trump dice que “desde 2010 los estadounidenses han tenido que sufrir la increíble carga económica de esta ley”. Rand Paul, senador republicano, dijo después de las elecciones que el primer mes del nuevo Congreso será dedicado a “revocar las regulaciones del Obamacare”.

Sin embargo, en este punto no la tienen tan fácil. A diferencia de las órdenes ejecutivas, las reforma del sistema de salud son una ley, lo que implica que ciertas partes de ella pueden ser defendidas mediante la oposición demócrata en el Congreso. Más importante aún, el principal reto que enfrentarán los republicanos es que Obamacare ha funcionado. Pese al aumento en los costos en los seguros (que estaba programado y que es compensando por subsidios dentro de las regulaciones hoy vigentes), el principal éxito es que cerca de 20 millones de estadounidenses que antes no tenían cubrimiento hoy lo tienen.

Uno de los aspectos más populares de la medida, que prohíbe negar cobertura por condiciones médicas preexistentes, depende económicamente de un aspecto que los republicanos prometieron revocar: la sanción a quienes no contraten el seguro médico.

Si en efecto Trump y compañía deciden cumplir su promesa, tendrán que ofrecer una alternativa viable para no volver a aumentar el número de personas sin seguro médico y colapsar la sostenibilidad del sistema. Hasta el momento su única propuesta era destruir la ley. Tal vez por haber entendido eso, después de su reunión con Obama, el presidente electo moderó su discurso sobre la reforma.

Inmigración

Aunque Obama ha deportado inmigrantes ilegales en números récord (2,5 millones hasta 2015), también aprovechó las órdenes ejecutivas para expedir regulaciones históricas en favor de esta población.

Una orden de 2012 permite que cerca de 700 mil hijos de inmigrantes ilegales se queden en el país con permisos de trabajo siempre y cuando renueven esa autorización periódicamente. El plan de Obama era otorgar un estatus casi legal hasta a cerca de cinco millones de inmigrantes. Paradójicamente, como lo reportaron Politico Newsweek, Trump puede desmantelar el programa y, como tiene los registros de dónde están estas personas, deportarlos con mayor facilidad.

Medioambiente

A través de la Agencia de Protección Ambiental (EPA, por sus siglas en inglés), la administración Obama expidió una regulación que le permite, básicamente, evitar la apertura de nuevas plantas de carbón. El Departamento de Energía, por su parte, empezó un programa de subsidios para fomentar las energías renovables, lo que duplicó la producción de la “energía limpia”, según constata Politifact.

El cambio más importante, sin embargo, se dio en el ámbito global, donde Estados Unidos se comprometió con el histórico Acuerdo de París, que busca combatir el cambio climático. En su momento, Obama dijo que esta iniciativa era la “mejor oportunidad para salvar al planeta”.

Trump, no obstante, ha insinuado que buscará la forma más rápida de salirse de ese acuerdo, y nombró como líder de su transición en la EPA a Myron Ebell, reconocido por negar la existencia del cambio climático. Estados Unidos parece aislarse del mundo entero en este tema.

Cuba e Irán

Obama ha sido abierto sobre el orgullo que le produce haber recuperado la relación con Cuba, levantando restricciones impuestas desde 1960.También ha presentado su acuerdo con Irán, que eliminó sanciones a cambio de poder supervisar de cerca su programa nuclear, como la única forma de evitar una eventual guerra.

Estos dos casos son los triunfos de la “Doctrina Obama” en relaciones exteriores: un cambio en la manera en que Estados Unidos entiende el mundo. Ambos acuerdos se consiguieron gracias a una apuesta por el diálogo y la diplomacia, una actitud muy criticada en un país acostumbrado a imponer su voluntad a partir de la mano dura.

Trump, en campaña, prometió modificar ambas políticas.

¿Barack quién?

Obama le dijo a The New Yorker, después de la victoria de Trump, que no cree en el apocalipsis hasta que éste no llega, que la gente olvida que su discurso más famoso, el del “Sí, podemos”, lo dio después de una derrota, y que en la historia es común que se den pasos hacia atrás después de algún progreso.

Pero Trump está en una posición de poder ineludible para, si lo desea, borrar las medidas que venimos discutiendo, así como la feroz defensa de los derechos LGBT, el repudio a la tortura y tantos otros proyectos que caracterizaron a la administración Obama.

El 8 de noviembre Hillary Clinton perdió millones de dólares y toda una carrera enfocada a llegar a la Casa Blanca, pero Barack Obama puede haber perdido el corazón de su Presidencia y su lugar en la historia.

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