Fue un año de mierda y eso está bien

Este fue el año en el que más veces me he descubierto tirado en el piso del baño, a veces llorando, la mayoría de las ocasiones catatónico, durante horas y horas.

Este también fue el año en el que salí en la portada de una revista.

A lo que voy es que la vida es una mierda muy extraña, difícil y plagada de ambivalencias irreconciliables. Se vale sentirse terrible, confundido, perdido, desesperado y desubicado.

A lo que voy, también, es que hay que mandar a la mierda esa cultura del #bendecido y #afortunado.

No se dejen hundir por tanta pose inútil; tanto espejismo. Si están sufriendo, no están solos. Aquí resistimos, lo que nos dure la resistencia.

Les deseo un 2019 interesante.

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Así están censurando la televisión en Colombia

Ilustraciones por La Ché. Textos por Juan Carlos Rincón Escalante. 

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¿Cómo es el amor cuando la mente no funciona bien?

Por Juan Carlos Rincón Escalante

Advertencia: este artículo discute de manera cruda relatos de pensamientos suicidas y otras situaciones que pueden ser difíciles de procesar. Si estás en un mal momento, te recomiendo que lo guardes para después. Tu salud mental es prioridad.

Cuando el escritor David Foster Wallace se ahorcó, sus dos perros se acostaron bajo el cadáver.

Su hermana Amy Wallace Havens le dijo al periodista David Lipsky que al cerrar los ojos lo puede ver, en la oscuridad de su casa, con sus perros: “estoy segura de que los besó en la boca y les pidió perdón antes de colgarse”.

Esa imagen me ha acompañado durante años.

¿Cómo tanta bondad, tanta ternura, tanta empatía y amor pueden convivir con un desespero autodestructivo?

¿Cómo se siente, además, ser esa hermana? ¿O ser su esposa, la artista Karen Green, quien le contó a The Guardian que “cuando la persona que amas se mata, el tiempo se detiene, simplemente se detiene en ese momento”?

Este es un intento por entender el amor mediado por enfermedades de la mente, desde quienes las padecen y desde las personas que aman a quienes las padecen.

No me interesa el después de la muerte, me interesa el antes. Los años en los que la enfermedad mental, ese desequilibrio químico que poco entendemos, acompaña a la vida como si fuera su sombra, donde la persona enferma es mucho más que su enfermedad: una madre cariñosa, una mejor amiga esencial, una pareja que se ama.

¿Cómo se esparce ese amor en medio de ramas contaminadas por aflicciones que, en sus peores manifestaciones, dejan a las personas sin capacidad de sentir?

Es una pregunta existencial para mí y para mi depresión diagnosticada hace siete años. Pero también lo es para muchísimas personas que lidian con enfermedades mentales en un país donde la atención médica en salud mental es precaria y risible.

Intercambié mensajes con cerca de 40 personas, algunas de ellas padecen distintos cuadros y hay otras que no los padecen, pero que aman a amigos, familia o parejas que sí.

Me contaron sus miedos, frustraciones, problemas de comunicación, complejos de salvadores, prejuicios y desconocimiento. También me contaron sobre la empatía y la esperanza madura, esa que entiende lo difícil de la situación, pero aun así le apuesta a la vida.

A continuación, les comparto algunos hilos que pude identificar entre todas las historias. De pronto ayudan a entender un poco el amor que acampa al lado del abismo.

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Un mensaje para las personas LGBT+

Ilustraciones por La Ché. Textos por Juan Carlos Rincón Escalante. 

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Así se siente cuando tu vida no es tuya

Por Juan Carlos Rincón Escalante

Que mi vida no es mía es algo que sé desde hace un tiempo, pero no he sido capaz de explicarlo.

Es una certeza ininteligible, como tantos síntomas de los desequilibrios químicos en el cerebro. Presiento que, entre todos los distintos tipos de arte, la escritura es la menos propicia para describir la maraña de pensamientos inconclusos e incoherentes que se forman en medio de la neblina. Me hace falta saber pintar, o componer, para intentar siquiera darle algo de claridad a lo que siento. La depresión es un cuadro de Pollock.

“One: Number 31, 1950", por Jackson Pollock, 1950.

“One: Number 31, 1950″, por Jackson Pollock, 1950.

Aunque también puede ser que simplemente no tengo el talento —ni el vocabulario— para describirme y prefiero hacer negaciones categóricas antes que aceptar mi mediocridad.

Pero ese no es el punto.

No tengo ni un instante de tranquilidad. Allí a donde voy, haga lo que haga, me acompaña un desespero incesante; inoportuno. Me descubro rogándole misericordia a mi mente.

Ay, por favor, sólo un momento, un momentico; un segundito de calma; de no pensar; de no sentir; de no querer echarme al piso en posición fetal y entregarme a la desazón.

Ay, por favor, por caridad, no más las voces que me dicen lo inútil que es mi existencia; lo ridículo que es mi andar; lo repugnante que es mi piel; lo imbécil de todas y cada una de mis ideas; lo irracional que estoy siendo al pensar todo esto y aún así ser presa de mis adjetivos negativos.

Misericordia. Misericordia. Misericordia.

No más tener que mirar al vacío mientras me concentro en mi respiración y me digo una y otra vez que soy el aire que entra y sale y la nariz que siente ese aire y el cuerpo que está pegado a la nariz y que toda mi vida es este momento y nada más y que las expectativas sociales no son más que espejismos construidos para presionarnos pero no determinantes ineludibles de mi identidad y mucho menos de mi valor como ser que existe.

No más tener que escribir cualquier cosa, cualquier grito, cualquier seguidilla de palabras plagadas de dolor para distraer la mente y que deje de acuchillarme la voluntad.

No más que todo eso fracase y vuelva al borde del abismo.

Así se siente cuando tu vida no es tuya. Es la ambivalencia omnipresente de querer hacer de todo, crear, apostarle a la tragedia agridulce que implica el darse permiso de vivir, de fracasar, de perseguir las ambiciones y construir relaciones llenas de amor, unida a esa otra compañía de una mente traicionera, metódica, cruel, terca y disciplinada en su mezquindad.

Es suplicar cada segundo de cada minuto de cada hora de cada día de cada semana de cada mes de cada año. Hasta que haya misericordia. Si es que algún día la habrá.

Posdata: la imagen destacada se llama “Mind Vomit” (vómito mental), de un autor anónimo que la envió a un proyecto que busca destruir el estigma contra las enfermedades de la mente. Visiten The Perspective Project para ver más.

“La palabra misericordia viene del latín misericordia formado de miser (miserable, desdichado), cor, cordis (corazón) y el sufijo -ia. Esta palabra se refiere a la capacidad de sentir la desdicha de los demás”. – Etimologías.

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Si te matas, no es mi culpa

Por Juan Carlos Rincón Escalante

El desastre tiene una habilidosa manera de distorsionar todo, incluyendo sus causas y sus efectos. Enamorarse de una persona con comportamientos autodestructivos puede llevar a perder la posibilidad de fijar límites; “salvarla” se convierte en una cruzada personal que tiene un efecto colateral perverso: si se inmola, es mi culpa.

Por eso es tan común y tan eficiente el “si te vas, me mato”.

Uno se queda en relaciones plagadas de desazón, terroríficas, a menudo con violencia física y verbal, porque no quiere que esa persona se haga daño. Porque no quiere cargar con la ineludible idea de que será mi culpa si esa persona que uno quiso tanto (¿o quiere?) se mata o se destruye o sabotea de alguna manera su vida. ¿No hice lo suficiente? ¿No dije lo correcto? ¿Tal vez debí dedicarle más tiempo?

Es tan fuerte la atracción gravitatoria que producen ese tipo de dinámicas que uno jamás tiene la idea que debería ser más obvia: ¿no será que yo no soy responsable de las malas decisiones que mi pareja está tomando? Irse nunca es una opción. Aceptamos la pesadilla como la única realidad posible. Nuestra vida está en función de esa otra vida frágil, necesitada. Tenemos que salvarla.

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Estallar un celular contra la pared no es romántico, ni es amor

Por Juan Carlos Rincón Escalante

Estallar un celular, mi celular, contra la pared para demostrarte lo mucho que me importa que me escuches no es romántico, ni es amor. Rezar de rodillas todas las noches de todos los meses, de por lo menos diez años, a un dios indiferente, pidiéndole que regreses, no es romántico, ni es amor. Escuchar con temor los sonidos de la madrugada hasta que alguno me diga que regresaste, que estás bien, pero que vienes a lastimarme, no es romántico, ni es amor. Aparecerme sin permiso y sin aviso en la portería de tu casa y decirle al celador que no me mienta, que sé que estás ahí, y no moverme hasta que bajes o hasta que amanezca, no es romántico, ni es amor.

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Algunos apuntes desde el colapso

Por Juan Carlos Rincón Escalante

No se ve como uno esperaría.

No es un edificio que se derrumba y crea una nube de polvo y tierra y escombros y muerte. No es un grito tras otro tras otro tras otro. No es el pelo arrancado, ni la piel rasgada, ni la sangre a borbollones. No es alguien corriendo desnudo por la autopista en plena hora pico y hablando con demonios que nadie más ve. No es La Llorona, desgarrada y estigmatizada, suplicando auxilio y viendo al mundo recibirla con temor y cruel indiferencia.

No, es todo eso, pero suavecito.

Es la desesperación silenciosa, disimulada, vehemente, constante. Ahí, martillando, como un flujo infinito de gotas de agua cuyo único propósito es oxidarte.

Es fallar un poquito y cumplir con el resto, con todo, con casi todo, menos ese fallito que es perdonable y comprensible y, de hecho, casi indetectable; nadie te va a ver cojear.

Es saber que cojeas.

Es levantarte asfixiado y vestirte bien y salir y sonreír mientras la soga en el cuello te aprieta y te aprieta.

Es encerrarte en el baño y mirar fijamente la pared por cinco minutos. Así, varias veces, muchas veces, todas espaciadas en tus días laborales de 16 horas hiperproductivas y funcionales.

Es llegar a casa y sentirte sucio y desordenado y echarte sobre la decadencia mientras tocas tu piel enumerando cada uno de los defectos que comprueban que eres un monstruo que no merece existir.

Es querer hablar con alguien y tener un ejército de gente dispuesta a darte cariño, pero no decir nada; no tener nada para decir.

Es odiar estas estupideces que haces mientras estás en crisis porque crees que la elocuencia y la atención que viene con ella son equivalentes al sentido; a la salvación.

Es empezar a cortarlo todo y a todos. Primero te desconectas, fallando más. Luego te aíslas, huyendo de los demás, y con ellos de cualquier chispa de… de… ¿de qué? Ya ni recuerdas. Pero el caso es que desaparecen, las chispas y ellos y todo; quedas tú y el silencio y la oscuridad, que son la misma cosa.

Es comer mal, pésimo, a propósito; una comida a la vez, un pecadito más, una excusa tras otra, creyendo que puedes volver a cuidarte, a la senda del control; creyendo que mereces descuidarte y lastimarte.

Pero ya no hay control.

Es entender que te vas a estrellar, mucho tiempo antes de que pase.

Es sentarte a verlo todo pasar y querer ser La Llorona y su desgarrro, los gritos tras gritos tras gritos, el desnudo en la autopista, el edificio que se derrumba.

Pero no.

Tu colapso es este silencio elegante y hasta bello, prudente, inesperado, que vive y planea al mismo tiempo el día final, que viene, viene, pero toca esperar.

“¡¿Cómo voy a salir de este laberinto?!”, pregunta el Simón Bolívar de Gabriel García Márquez.

“Derechito y rápido”, responde la Alaska de John Green.

Con meticulosidad implacable, sugiere mi depresión.

La rapidez no es una opción. Nunca es como uno esperaría que sea.

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Soy hombre y el feminismo me ayudó a tener mejor sexo

Por Juan Carlos Rincón Escalante

“Es muy difícil hacer que las mujeres se vengan”, me dijo una vez uno de mis amigos más cercanos. Teníamos veinte años y me estaba contando sobre sus frustraciones en el sexo. La frase no la planteaba como un reto, sino como excusa: como era una verdad inevitable que el orgasmo femenino era casi imposible, no se preocupaba por eso.

No es difícil deducir que tanto él como yo, que no lo cuestioné porque no se me ocurrió hacerlo, éramos pésimos polvos.

La pregunta interesante es uno cómo llega a su segundo año de universidad, habiendo tenido varias parejas sexuales, diciendo esa barrabasada sin haber sido confrontado alguna vez. La respuesta es el privilegio masculino, que no es otra cosa que nunca haber tenido la necesidad de reflexionar sobre el placer ajeno, que va ligado a qué tan cómoda está la otra persona con algo que yo estoy haciendo.

Con todas las denuncias sobre el #MeToo y las preguntas sobre la línea divisoria entre coquetería y acoso, muchas personas (incluyendo mujeres) han lamentado que estamos llegando a una especie de Estado autoritario feminista donde los hombres ya no podemos ni mirar a una mujer. El mensaje apocalíptico es que todo lo bueno sobre el ritual de seducción se está perdiendo y que, en últimas, el feminismo va a hacer imposible el sexo bueno.

Mi experiencia ha sido totalmente opuesta. Estudiar las distintas corrientes del feminismo, leer a mujeres discutiendo sus experiencias y escuchar con atención los reclamos de las personas que se han sentido vulneradas me ha permitido abrir los ojos a un montón de prácticas que jamás me cuestioné y que estaban afectando directamente mi vida sexual y, en general, mi relación con las mujeres.

Ahora entiendo, por ejemplo, que ubicar a “las mujeres” en un pedestal que considero inaccesible por su perfección, en vez de homenajearlas, es un acto de arrogancia y condescendencia. Toda mi adolescencia y buena parte de mi universidad sentí lástima melancólica por ver que las mujeres que yo deseaba me veían como “amigo”, y creía que, antes que ser mi culpa el rechazo, eso se debía a que no valoraban a un romántico empedernido que las bañaba con halagos y que sí las podía tratar bien (en oposición a los hombres “malos” con los que ellas salían).

Hicieron falta muchos años y muchos golpes contra la pared y muchas mujeres pacientes que me explicaron cosas para darme cuenta de que el problema era yo, que no realizaba el esfuerzo de verlas como seres humanos complejos que debía entender, y que esperaba que una rima mal elaborada fuera suficiente para que me vieran como el amor de sus vidas. Cuando creía que las estaba endulzando, la realidad es que las estaba incomodando y, en ocasiones, cruzando la línea del acoso.

Además porque esa idea preconcebida de las mujeres se veía representada en el sexo que tenía con las que sí aceptaban estar conmigo. Como su placer era imposible, parafraseando a mi amigo, pues me conformaba con quedar satisfecho yo. Cuando las sentía incómodas lo entendía como un insulto en mi contra, no como una señal de alarma para detenerme y preguntar qué ocurría. Exclamar “quién las entiende”, como había escuchado en tantas películas y series y en voces cercanas de hombres, era mi vía para escapar sin hacerme preguntas difíciles: ¿será que algo en mí está fallando? ¿Será que hay una mejor forma de coger? ¿Será que el hecho de que ella no se ha venido debería preocuparme?

El feminismo enseña a preguntarse eso y mil cosas más; a despertar y sacudirse el privilegio de no tener que ver al otro como un ser con necesidades y temores y deseos que deben ser reconocidos para que haya disfrute mutuo.  La experiencia sexual es tan compleja para las mujeres, ya sea por miedos justificados o expectativas culturales de comportamiento que las cohiben o innumerables experiencias con malos amantes en el pasado, que no puede haber buen sexo sin un ejercicio de crear confianza, comodidad, de preguntar si está disfrutando, de entender que el placer ajeno también puede ser placer propio; que, sin importar el momento en el que estemos, no me he “ganado” nada y que ellas no deben cumplir mis deseos; que venirme no es el fin de la relación sexual, sino uno de tantos eventos que deben ocurrir en un encuentro.

Eso es lo que piden las mujeres cuando, en medio del #MeToo, exigen un consentimiento vehemente, entusiasta y claro. En vez de temer el apocalipsis sexual, los hombres deberíamos entender que el feminismo lo que quiere, entre muchas cosas, es que cojamos mejor.

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La depresión dibujada en un libro imprescindible

Por Juan Carlos Rincón Escalante

Para escribir de Sin ser de noche todo se ve muy negro, ese tesoro honesto, crudo, profundamente empático, ilustrado y vuelto libro por Ana Mess, tengo que hablar de mi depresión. El problema es que ahí se me acaban las palabras.

Una de las mayores frustraciones de cargar con esta enfermedad, que me acompaña desde no sé exactamente cuándo y que parece empeorar con el paso del tiempo, es mi incapacidad de explicarla. O la del mundo de entenderla.

Sí, puedo hablar de “hechos” puntuales: el cansancio pese a haber dormido muchas horas; la ansiedad que me deja sin dormir durante semanas; el sentir que estoy sin estar, sin procesar el mundo a mi alrededor; el desespero incontrolable al que sólo puedo responder quedándome quieto y mirando un punto fijo, o el odio irracional a mi reflejo en el espejo. Pero esos son meros síntomas; no son la depresión, ni lo que significa para mí, ni cómo altera cada segundo de mi existencia. Y la gente que escucha eso siente lástima, o preocupación, e intentan comprender; pero a menos que hayan experimentado algo similar, su empatía sigue siendo ignorante. Lo que significa que siento que hay una barrera enorme entre ellos y yo, empeorando todo.

Por eso, Sin ser de noche todo se ve muy negro es una revelación. Mess, colombiana, encontró en la ilustración la mejor manera de hablar sobre su depresión. En una nota al final del libro cuenta que “me estaba convirtiendo lentamente en un ente que respiraba apenas, pasaba las noches en vilo barajando maneras de acabar con todo, de salir por la puerta de atrás”. Pero, dice, “la depresión que ha sido el infierno ha empezado a transformarse en un proyecto de vida”.

En ese acto de rebeldía contra la enfermedad, de pedirle a la oscuridad algo a cambio de acompañarla a todo momento, la autora encontró la inspiración para sus ilustraciones. En ellas, con una precisión envidiable, da una de las más elocuentes explicaciones de lo que es vivir con esa melancolía aplastante.

El libro, editado y vendido directamente por Mess, es un compendio de ilustraciones que nos abren la puerta a su mente y su vida con la depresión. El primer acierto es la franqueza: no hay en los trazos la menor chispa de arrogancia; su única ambición es mostrar sinceramente el mundo de nudos y ansiedad que lleva por dentro.

Ayuda, entonces, que los dibujos sean tan hermosos, pese a que aparentan ser muy simples. Sin ser de noche todo se ve muy negro es una experiencia para saborear cada página, encontrándole el sentido doloroso a cada detalle. Además, está contando una historia que se mueve entre la rabia, la decepción, la resignación, ocasionalmente la determinación y el desespero.

En un momento, Mess acompaña una ilustración con la frase “muy pobre para ser depresiva”. En otra se critica a ella misma: “No eres especial, sólo depresiva”. En una de mis ilustraciones favoritas por lo dulce y, al mismo tiempo, angustiante, escribe: “No hay espacio bajo la cama, ahora los monstruos duermen conmigo”. Es una viñeta que bien podría sentirse cómoda entre las creaciones de Maurice Sendak (Donde viven los monstruos).

Ilustración de Ana Mess.

Como esos, el libro está lleno de mensajes complejos y contundentes.

Dicho eso, me parece que el mayor aporte de éste es el entendimiento. Transmite con una eficiencia admirable lo que es la depresión. Pese a que la enfermedad se manifiesta de mil maneras distintas en las personas,Sin ser de noche todo se ve muy negro ofrece un excelente punto de encuentro.

Si vive con una enfermedad similar, como yo, este es un libro que llega directo a las entrañas.

Si conoce a alguien con depresión, éste lo ayudará a entender un poco mejor.

Si simplemente tiene una curiosidad por la melancolía y la condición humana, la obra de Mess es imperdible. No da respuestas, porque no las hay; pero consigue llenar de contenido a la empatía por los demás.

Pueden contactar a Ana Mess en a.marianossa@gmail.com, o través de su Twitter, @Juskanamanof.

jkrincon@gmail.com, @jkrincon

Publicado originalmente en El Espectador.

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