Así están censurando la televisión en Colombia

Ilustraciones por La Ché. Textos por Juan Carlos Rincón Escalante. 

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¿Cómo es el amor cuando la mente no funciona bien?

Por Juan Carlos Rincón Escalante

Advertencia: este artículo discute de manera cruda relatos de pensamientos suicidas y otras situaciones que pueden ser difíciles de procesar. Si estás en un mal momento, te recomiendo que lo guardes para después. Tu salud mental es prioridad.

Cuando el escritor David Foster Wallace se ahorcó, sus dos perros se acostaron bajo el cadáver.

Su hermana Amy Wallace Havens le dijo al periodista David Lipsky que al cerrar los ojos lo puede ver, en la oscuridad de su casa, con sus perros: “estoy segura de que los besó en la boca y les pidió perdón antes de colgarse”.

Esa imagen me ha acompañado durante años.

¿Cómo tanta bondad, tanta ternura, tanta empatía y amor pueden convivir con un desespero autodestructivo?

¿Cómo se siente, además, ser esa hermana? ¿O ser su esposa, la artista Karen Green, quien le contó a The Guardian que “cuando la persona que amas se mata, el tiempo se detiene, simplemente se detiene en ese momento”?

Este es un intento por entender el amor mediado por enfermedades de la mente, desde quienes las padecen y desde las personas que aman a quienes las padecen.

No me interesa el después de la muerte, me interesa el antes. Los años en los que la enfermedad mental, ese desequilibrio químico que poco entendemos, acompaña a la vida como si fuera su sombra, donde la persona enferma es mucho más que su enfermedad: una madre cariñosa, una mejor amiga esencial, una pareja que se ama.

¿Cómo se esparce ese amor en medio de ramas contaminadas por aflicciones que, en sus peores manifestaciones, dejan a las personas sin capacidad de sentir?

Es una pregunta existencial para mí y para mi depresión diagnosticada hace siete años. Pero también lo es para muchísimas personas que lidian con enfermedades mentales en un país donde la atención médica en salud mental es precaria y risible.

Intercambié mensajes con cerca de 40 personas, algunas de ellas padecen distintos cuadros y hay otras que no los padecen, pero que aman a amigos, familia o parejas que sí.

Me contaron sus miedos, frustraciones, problemas de comunicación, complejos de salvadores, prejuicios y desconocimiento. También me contaron sobre la empatía y la esperanza madura, esa que entiende lo difícil de la situación, pero aun así le apuesta a la vida.

A continuación, les comparto algunos hilos que pude identificar entre todas las historias. De pronto ayudan a entender un poco el amor que acampa al lado del abismo.

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Un mensaje para las personas LGBT+

Ilustraciones por La Ché. Textos por Juan Carlos Rincón Escalante. 

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Así se siente cuando tu vida no es tuya

Por Juan Carlos Rincón Escalante

Que mi vida no es mía es algo que sé desde hace un tiempo, pero no he sido capaz de explicarlo.

Es una certeza ininteligible, como tantos síntomas de los desequilibrios químicos en el cerebro. Presiento que, entre todos los distintos tipos de arte, la escritura es la menos propicia para describir la maraña de pensamientos inconclusos e incoherentes que se forman en medio de la neblina. Me hace falta saber pintar, o componer, para intentar siquiera darle algo de claridad a lo que siento. La depresión es un cuadro de Pollock.

“One: Number 31, 1950", por Jackson Pollock, 1950.

“One: Number 31, 1950″, por Jackson Pollock, 1950.

Aunque también puede ser que simplemente no tengo el talento —ni el vocabulario— para describirme y prefiero hacer negaciones categóricas antes que aceptar mi mediocridad.

Pero ese no es el punto.

No tengo ni un instante de tranquilidad. Allí a donde voy, haga lo que haga, me acompaña un desespero incesante; inoportuno. Me descubro rogándole misericordia a mi mente.

Ay, por favor, sólo un momento, un momentico; un segundito de calma; de no pensar; de no sentir; de no querer echarme al piso en posición fetal y entregarme a la desazón.

Ay, por favor, por caridad, no más las voces que me dicen lo inútil que es mi existencia; lo ridículo que es mi andar; lo repugnante que es mi piel; lo imbécil de todas y cada una de mis ideas; lo irracional que estoy siendo al pensar todo esto y aún así ser presa de mis adjetivos negativos.

Misericordia. Misericordia. Misericordia.

No más tener que mirar al vacío mientras me concentro en mi respiración y me digo una y otra vez que soy el aire que entra y sale y la nariz que siente ese aire y el cuerpo que está pegado a la nariz y que toda mi vida es este momento y nada más y que las expectativas sociales no son más que espejismos construidos para presionarnos pero no determinantes ineludibles de mi identidad y mucho menos de mi valor como ser que existe.

No más tener que escribir cualquier cosa, cualquier grito, cualquier seguidilla de palabras plagadas de dolor para distraer la mente y que deje de acuchillarme la voluntad.

No más que todo eso fracase y vuelva al borde del abismo.

Así se siente cuando tu vida no es tuya. Es la ambivalencia omnipresente de querer hacer de todo, crear, apostarle a la tragedia agridulce que implica el darse permiso de vivir, de fracasar, de perseguir las ambiciones y construir relaciones llenas de amor, unida a esa otra compañía de una mente traicionera, metódica, cruel, terca y disciplinada en su mezquindad.

Es suplicar cada segundo de cada minuto de cada hora de cada día de cada semana de cada mes de cada año. Hasta que haya misericordia. Si es que algún día la habrá.

Posdata: la imagen destacada se llama “Mind Vomit” (vómito mental), de un autor anónimo que la envió a un proyecto que busca destruir el estigma contra las enfermedades de la mente. Visiten The Perspective Project para ver más.

“La palabra misericordia viene del latín misericordia formado de miser (miserable, desdichado), cor, cordis (corazón) y el sufijo -ia. Esta palabra se refiere a la capacidad de sentir la desdicha de los demás”. – Etimologías.

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Si te matas, no es mi culpa

Por Juan Carlos Rincón Escalante

El desastre tiene una habilidosa manera de distorsionar todo, incluyendo sus causas y sus efectos. Enamorarse de una persona con comportamientos autodestructivos puede llevar a perder la posibilidad de fijar límites; “salvarla” se convierte en una cruzada personal que tiene un efecto colateral perverso: si se inmola, es mi culpa.

Por eso es tan común y tan eficiente el “si te vas, me mato”.

Uno se queda en relaciones plagadas de desazón, terroríficas, a menudo con violencia física y verbal, porque no quiere que esa persona se haga daño. Porque no quiere cargar con la ineludible idea de que será mi culpa si esa persona que uno quiso tanto (¿o quiere?) se mata o se destruye o sabotea de alguna manera su vida. ¿No hice lo suficiente? ¿No dije lo correcto? ¿Tal vez debí dedicarle más tiempo?

Es tan fuerte la atracción gravitatoria que producen ese tipo de dinámicas que uno jamás tiene la idea que debería ser más obvia: ¿no será que yo no soy responsable de las malas decisiones que mi pareja está tomando? Irse nunca es una opción. Aceptamos la pesadilla como la única realidad posible. Nuestra vida está en función de esa otra vida frágil, necesitada. Tenemos que salvarla.

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Estallar un celular contra la pared no es romántico, ni es amor

Por Juan Carlos Rincón Escalante

Estallar un celular, mi celular, contra la pared para demostrarte lo mucho que me importa que me escuches no es romántico, ni es amor. Rezar de rodillas todas las noches de todos los meses, de por lo menos diez años, a un dios indiferente, pidiéndole que regreses, no es romántico, ni es amor. Escuchar con temor los sonidos de la madrugada hasta que alguno me diga que regresaste, que estás bien, pero que vienes a lastimarme, no es romántico, ni es amor. Aparecerme sin permiso y sin aviso en la portería de tu casa y decirle al celador que no me mienta, que sé que estás ahí, y no moverme hasta que bajes o hasta que amanezca, no es romántico, ni es amor.

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Algunos apuntes desde el colapso

Por Juan Carlos Rincón Escalante

No se ve como uno esperaría.

No es un edificio que se derrumba y crea una nube de polvo y tierra y escombros y muerte. No es un grito tras otro tras otro tras otro. No es el pelo arrancado, ni la piel rasgada, ni la sangre a borbollones. No es alguien corriendo desnudo por la autopista en plena hora pico y hablando con demonios que nadie más ve. No es La Llorona, desgarrada y estigmatizada, suplicando auxilio y viendo al mundo recibirla con temor y cruel indiferencia.

No, es todo eso, pero suavecito.

Es la desesperación silenciosa, disimulada, vehemente, constante. Ahí, martillando, como un flujo infinito de gotas de agua cuyo único propósito es oxidarte.

Es fallar un poquito y cumplir con el resto, con todo, con casi todo, menos ese fallito que es perdonable y comprensible y, de hecho, casi indetectable; nadie te va a ver cojear.

Es saber que cojeas.

Es levantarte asfixiado y vestirte bien y salir y sonreír mientras la soga en el cuello te aprieta y te aprieta.

Es encerrarte en el baño y mirar fijamente la pared por cinco minutos. Así, varias veces, muchas veces, todas espaciadas en tus días laborales de 16 horas hiperproductivas y funcionales.

Es llegar a casa y sentirte sucio y desordenado y echarte sobre la decadencia mientras tocas tu piel enumerando cada uno de los defectos que comprueban que eres un monstruo que no merece existir.

Es querer hablar con alguien y tener un ejército de gente dispuesta a darte cariño, pero no decir nada; no tener nada para decir.

Es odiar estas estupideces que haces mientras estás en crisis porque crees que la elocuencia y la atención que viene con ella son equivalentes al sentido; a la salvación.

Es empezar a cortarlo todo y a todos. Primero te desconectas, fallando más. Luego te aíslas, huyendo de los demás, y con ellos de cualquier chispa de… de… ¿de qué? Ya ni recuerdas. Pero el caso es que desaparecen, las chispas y ellos y todo; quedas tú y el silencio y la oscuridad, que son la misma cosa.

Es comer mal, pésimo, a propósito; una comida a la vez, un pecadito más, una excusa tras otra, creyendo que puedes volver a cuidarte, a la senda del control; creyendo que mereces descuidarte y lastimarte.

Pero ya no hay control.

Es entender que te vas a estrellar, mucho tiempo antes de que pase.

Es sentarte a verlo todo pasar y querer ser La Llorona y su desgarrro, los gritos tras gritos tras gritos, el desnudo en la autopista, el edificio que se derrumba.

Pero no.

Tu colapso es este silencio elegante y hasta bello, prudente, inesperado, que vive y planea al mismo tiempo el día final, que viene, viene, pero toca esperar.

“¡¿Cómo voy a salir de este laberinto?!”, pregunta el Simón Bolívar de Gabriel García Márquez.

“Derechito y rápido”, responde la Alaska de John Green.

Con meticulosidad implacable, sugiere mi depresión.

La rapidez no es una opción. Nunca es como uno esperaría que sea.

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Soy hombre y el feminismo me ayudó a tener mejor sexo

Por Juan Carlos Rincón Escalante

“Es muy difícil hacer que las mujeres se vengan”, me dijo una vez uno de mis amigos más cercanos. Teníamos veinte años y me estaba contando sobre sus frustraciones en el sexo. La frase no la planteaba como un reto, sino como excusa: como era una verdad inevitable que el orgasmo femenino era casi imposible, no se preocupaba por eso.

No es difícil deducir que tanto él como yo, que no lo cuestioné porque no se me ocurrió hacerlo, éramos pésimos polvos.

La pregunta interesante es uno cómo llega a su segundo año de universidad, habiendo tenido varias parejas sexuales, diciendo esa barrabasada sin haber sido confrontado alguna vez. La respuesta es el privilegio masculino, que no es otra cosa que nunca haber tenido la necesidad de reflexionar sobre el placer ajeno, que va ligado a qué tan cómoda está la otra persona con algo que yo estoy haciendo.

Con todas las denuncias sobre el #MeToo y las preguntas sobre la línea divisoria entre coquetería y acoso, muchas personas (incluyendo mujeres) han lamentado que estamos llegando a una especie de Estado autoritario feminista donde los hombres ya no podemos ni mirar a una mujer. El mensaje apocalíptico es que todo lo bueno sobre el ritual de seducción se está perdiendo y que, en últimas, el feminismo va a hacer imposible el sexo bueno.

Mi experiencia ha sido totalmente opuesta. Estudiar las distintas corrientes del feminismo, leer a mujeres discutiendo sus experiencias y escuchar con atención los reclamos de las personas que se han sentido vulneradas me ha permitido abrir los ojos a un montón de prácticas que jamás me cuestioné y que estaban afectando directamente mi vida sexual y, en general, mi relación con las mujeres.

Ahora entiendo, por ejemplo, que ubicar a “las mujeres” en un pedestal que considero inaccesible por su perfección, en vez de homenajearlas, es un acto de arrogancia y condescendencia. Toda mi adolescencia y buena parte de mi universidad sentí lástima melancólica por ver que las mujeres que yo deseaba me veían como “amigo”, y creía que, antes que ser mi culpa el rechazo, eso se debía a que no valoraban a un romántico empedernido que las bañaba con halagos y que sí las podía tratar bien (en oposición a los hombres “malos” con los que ellas salían).

Hicieron falta muchos años y muchos golpes contra la pared y muchas mujeres pacientes que me explicaron cosas para darme cuenta de que el problema era yo, que no realizaba el esfuerzo de verlas como seres humanos complejos que debía entender, y que esperaba que una rima mal elaborada fuera suficiente para que me vieran como el amor de sus vidas. Cuando creía que las estaba endulzando, la realidad es que las estaba incomodando y, en ocasiones, cruzando la línea del acoso.

Además porque esa idea preconcebida de las mujeres se veía representada en el sexo que tenía con las que sí aceptaban estar conmigo. Como su placer era imposible, parafraseando a mi amigo, pues me conformaba con quedar satisfecho yo. Cuando las sentía incómodas lo entendía como un insulto en mi contra, no como una señal de alarma para detenerme y preguntar qué ocurría. Exclamar “quién las entiende”, como había escuchado en tantas películas y series y en voces cercanas de hombres, era mi vía para escapar sin hacerme preguntas difíciles: ¿será que algo en mí está fallando? ¿Será que hay una mejor forma de coger? ¿Será que el hecho de que ella no se ha venido debería preocuparme?

El feminismo enseña a preguntarse eso y mil cosas más; a despertar y sacudirse el privilegio de no tener que ver al otro como un ser con necesidades y temores y deseos que deben ser reconocidos para que haya disfrute mutuo.  La experiencia sexual es tan compleja para las mujeres, ya sea por miedos justificados o expectativas culturales de comportamiento que las cohiben o innumerables experiencias con malos amantes en el pasado, que no puede haber buen sexo sin un ejercicio de crear confianza, comodidad, de preguntar si está disfrutando, de entender que el placer ajeno también puede ser placer propio; que, sin importar el momento en el que estemos, no me he “ganado” nada y que ellas no deben cumplir mis deseos; que venirme no es el fin de la relación sexual, sino uno de tantos eventos que deben ocurrir en un encuentro.

Eso es lo que piden las mujeres cuando, en medio del #MeToo, exigen un consentimiento vehemente, entusiasta y claro. En vez de temer el apocalipsis sexual, los hombres deberíamos entender que el feminismo lo que quiere, entre muchas cosas, es que cojamos mejor.

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La depresión dibujada en un libro imprescindible

Por Juan Carlos Rincón Escalante

Para escribir de Sin ser de noche todo se ve muy negro, ese tesoro honesto, crudo, profundamente empático, ilustrado y vuelto libro por Ana Mess, tengo que hablar de mi depresión. El problema es que ahí se me acaban las palabras.

Una de las mayores frustraciones de cargar con esta enfermedad, que me acompaña desde no sé exactamente cuándo y que parece empeorar con el paso del tiempo, es mi incapacidad de explicarla. O la del mundo de entenderla.

Sí, puedo hablar de “hechos” puntuales: el cansancio pese a haber dormido muchas horas; la ansiedad que me deja sin dormir durante semanas; el sentir que estoy sin estar, sin procesar el mundo a mi alrededor; el desespero incontrolable al que sólo puedo responder quedándome quieto y mirando un punto fijo, o el odio irracional a mi reflejo en el espejo. Pero esos son meros síntomas; no son la depresión, ni lo que significa para mí, ni cómo altera cada segundo de mi existencia. Y la gente que escucha eso siente lástima, o preocupación, e intentan comprender; pero a menos que hayan experimentado algo similar, su empatía sigue siendo ignorante. Lo que significa que siento que hay una barrera enorme entre ellos y yo, empeorando todo.

Por eso, Sin ser de noche todo se ve muy negro es una revelación. Mess, colombiana, encontró en la ilustración la mejor manera de hablar sobre su depresión. En una nota al final del libro cuenta que “me estaba convirtiendo lentamente en un ente que respiraba apenas, pasaba las noches en vilo barajando maneras de acabar con todo, de salir por la puerta de atrás”. Pero, dice, “la depresión que ha sido el infierno ha empezado a transformarse en un proyecto de vida”.

En ese acto de rebeldía contra la enfermedad, de pedirle a la oscuridad algo a cambio de acompañarla a todo momento, la autora encontró la inspiración para sus ilustraciones. En ellas, con una precisión envidiable, da una de las más elocuentes explicaciones de lo que es vivir con esa melancolía aplastante.

El libro, editado y vendido directamente por Mess, es un compendio de ilustraciones que nos abren la puerta a su mente y su vida con la depresión. El primer acierto es la franqueza: no hay en los trazos la menor chispa de arrogancia; su única ambición es mostrar sinceramente el mundo de nudos y ansiedad que lleva por dentro.

Ayuda, entonces, que los dibujos sean tan hermosos, pese a que aparentan ser muy simples. Sin ser de noche todo se ve muy negro es una experiencia para saborear cada página, encontrándole el sentido doloroso a cada detalle. Además, está contando una historia que se mueve entre la rabia, la decepción, la resignación, ocasionalmente la determinación y el desespero.

En un momento, Mess acompaña una ilustración con la frase “muy pobre para ser depresiva”. En otra se critica a ella misma: “No eres especial, sólo depresiva”. En una de mis ilustraciones favoritas por lo dulce y, al mismo tiempo, angustiante, escribe: “No hay espacio bajo la cama, ahora los monstruos duermen conmigo”. Es una viñeta que bien podría sentirse cómoda entre las creaciones de Maurice Sendak (Donde viven los monstruos).

Ilustración de Ana Mess.

Como esos, el libro está lleno de mensajes complejos y contundentes.

Dicho eso, me parece que el mayor aporte de éste es el entendimiento. Transmite con una eficiencia admirable lo que es la depresión. Pese a que la enfermedad se manifiesta de mil maneras distintas en las personas,Sin ser de noche todo se ve muy negro ofrece un excelente punto de encuentro.

Si vive con una enfermedad similar, como yo, este es un libro que llega directo a las entrañas.

Si conoce a alguien con depresión, éste lo ayudará a entender un poco mejor.

Si simplemente tiene una curiosidad por la melancolía y la condición humana, la obra de Mess es imperdible. No da respuestas, porque no las hay; pero consigue llenar de contenido a la empatía por los demás.

Pueden contactar a Ana Mess en a.marianossa@gmail.com, o través de su Twitter, @Juskanamanof.

jkrincon@gmail.com, @jkrincon

Publicado originalmente en El Espectador.

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La Presidencia simbólica (y poco más) de Barack Obama

Por Juan Carlos Rincón Escalante

“Les estoy pidiendo que crean”, escribió el presidente saliente de Estados Unidos en Twitter el pasado 11 de enero, “no en mi capacidad de crear el cambio, sino en la de ustedes”. Justo arriba de ese tuit hay una fotografía de Barack Obama y su familia marchando en Selma, Alabama, conmemorando la manifestación liderada por Martin Luther King el 25 de marzo de 1965 para combatir la segregación racial del sur estadounidense.

En unos días esa imagen seguramente cambiará, pues Donald Trump heredará la cuenta (@potus), si no es que decide cerrarla para mantener la suya, que de por sí tiene más seguidores. Ahí hay un triste resumen de la presidencia que termina: el simbolismo histórico del primer afromericano en ocupar la Casa Blanca seguido por un blanco multimillonario que está conformando el equipo de Gobierno menos diverso desde la era de Ronald Reagan.

Por eso Obama ha tenido que pasar los últimos meses de su presidencia pidiéndoles a sus seguidores que no pierdan las fuerzas, que resistan, que recuerden sus palabras, las del tuit, que fueron repetidas innumerables veces durante su campaña en el 2008.

Aun así, no deja de ser paradójico que el hombre que llegó a ser el más poderoso del mundo impulsado por una ola de esperanza que le mereció la adoración nacional e internacional, y que fue suficiente para concederle un premio Nobel de Paz en el 2009 (menos de un año después de estar en el cargo) por su “visión” del mundo, termine con un Estados Unidos lleno de divisiones profundas, sectarismos mezquinos y en manos de un narcisista, misógino, guerrerista y xenófobo que causa desesperanza en más de la mitad de la población de ese país y que se coronó prometiendo borrar a Obama de la historia.

En medio del ruido y de los años turbios que se avecinan, ¿cuál será el legado por el que la historia recuerde a Barack Obama? ¿Quedará algo después del fuego?

El orgullo de Obama

El 10 de enero del 2017, en Chicago, su hogar adoptivo y donde construyó su meteórica carrera política, Obama dio un último discurso para despedirse. Más de 20.000 personas fueron a verlo y otros 24 millones prendieron su televisión. El presidente no perdió tiempo en enumerar sus logros:

“Si les hubiese dicho hace ocho años que Estados Unidos iba a revertir una gran recesión, reiniciar su industria automotriz, desencadenar el período más largo de creación de empleos; que ganaríamos el matrimonio igualitario y que fortaleceríamos el derecho a tener seguro de salud de unos veinte millones de nuestros ciudadanos, me hubieran dicho que nuestras expectativas estaban demasiado elevadas”. Más adelante habló de racismo, de “caminar en la piel del otro”, citando Matar a un ruiseñor, de Harper Lee, y de la importancia de creer en los demás a pesar del miedo que produce la diferencia.

Aunque en cada uno de esos temas puede rastrearse la influencia de Obama y sus intentos (unos más exitosos que otros) por marcar el rumbo del país, también allí están las raíces de la debilidad de su legado. Veamos.

Ya no es la economía neoliberal, estúpido

Bill Clinton popularizó una frase durante su presidencia: “Es la economía, estúpido”. Se refería a que el principal énfasis de todo gobierno tiene que ser la creación de puestos de trabajo y la generación de riqueza que les dé oportunidades a todos los ciudadanos.

En ese tema, Obama tiene las cifras que respaldan su éxito. Después del colapso económico del 2008, que sumió a Estados Unidos en la peor recesión desde la Gran Depresión (y arrastró al resto del mundo consigo), su gobierno adoptó medidas de inversión y subsidios que permitieron que la industria automotriz sobreviviera, los bancos recuperaran su fortaleza y el país tuviera 75 meses ininterrumpidos en los que se crearon puestos de trabajo. En total, durante la administración Obama, 11,3 millones de personas se emplearon, muy por debajo de los 22,9 millones durante la era Clinton y un poco menos de los 15,9 millones durante Ronald Reagan, pero muchísimos más de los 2,1 millones de empleos creados durante los ocho años de George W. Bush, según reporta CNN Money. Nada mal considerando que, cuando se posesionó, el país dejaba 800.000 personas sin empleo cada mes.

Y aun así, Hillary Clinton, cuya candidatura había sido propuesta por el mismo Obama como un referendo sobre su gobierno, perdió tres estados de blancos trabajadores de clase media que habían votado por el presidente saliente y que le costaron la Presidencia: Michigan, Pensilvania y Wisconsin. ¿El motivo? Es la economía, estúpido, pero no la neoliberal.

En un texto para The Guardian, Cornel West cuenta que le “rogamos y suplicamos a Obama que se olvidara de las prioridades de Wall Street y ayudara a la gente de la calle. Pero prefirió seguir los consejos de sus ‘inteligentes’ expertos neoliberales (…) y ningún banquero pagó cárcel”. Lo que, además, fue acompañado por ocho años en los que las personas más ricas de la sociedad, el llamado 1 %, “acapararon dos tercios de los aumentos en los ingresos”.

Es decir, mientras el Gobierno salía mensualmente a hablar de recuperación económica, muchos estadounidenses se estaban enfrentando a una realidad bien conocida en el resto del mundo: empleos que se van a otros países para no volver, reducción de otros (como los relacionados con el petróleo), competencia de la nueva ola de industrialización que está utilizando máquinas en puestos donde antes había humanos, y una capacidad adquisitiva reducida.

El resentimiento de estas personas, entonces, era entendible y fácil de explotar. No en vano los discursos dados en Goldman Sachs fueron uno de los puntos que más peso le hicieron a la campaña de Clinton, y por eso el discurso de Bernie Sanders consiguió tantos votantes, no muy distintos a los que terminaron eligiendo a Donald Trump, quien supo rechazar a las élites económicas que no han sabido atacar la brecha de desigualdad.

Siendo justos, este nuevo nacionalismo, que aplaude cuando Trump utiliza Twitter para matonear a las empresas que quieren invertir en México para luego exportar a Estados Unidos, se fundamenta en la idea nostálgica y errada que cree que hay forma de tener una economía rebosante en los mismos términos del siglo pasado. Ante el abrumador y vertiginoso cambio de las dinámicas económicas, muchos votantes blancos de clase media prefirieron sucumbir ante los cantos de sirena que hablan de una solución sencilla para uno de los retos más complejos de las sociedades modernas. Ante eso, el neoliberalismo humanista de Obama no tuvo la fuerza para competir.

El condenado Obamacare

La otra obsesión de Obama en su primer año de mandato, aprovechando sus mayorías en el Senado y la Cámara de Representantes, fue aprobar una reforma al sistema de salud, la Affordable Care Act, conocida como Obamacare. Sin embargo, ese proyecto le dio leña al fuego retórico de los republicanos, que se opusieron con vehemencia y utilizaron tácticas de difundir mentiras sobre la ley. Por aquel entonces, muchas personas expresaban preocupación porque el gobierno federal iba a crear “paneles de la muerte” que iban a decidir quién vivía y quién no.

Obama triunfó, y ocho años después cerca de 20 millones de estadounidenses que antes no tenían seguro médico tienen cobertura. Pero al subestimar el poder de la oposición terminó perdiendo sus mayorías, frustrando a su electorado liberal (que quería una reforma más ambiciosa) y condenando el resto de su presidencia a que todos los proyectos enviados fueran tumbados por el Congreso republicano. Como explica Charles Blow en el New York Times, su error fue “ser un soldado caballero en una guerra de guerrillas”.

Ah, y el Congreso que se acaba de posesionar ya empezó la revocatoria de todo rastro del Obamacare, y no parece haber nada que los demócratas puedan hacer para evitarlo.

Símbolos, discursos y órdenes ejecutivas

Al perder sus mayorías, la administración Obama se enfrentó a la impotencia de una Presidencia sin Congreso, y se enfocó en intervenir de tres maneras: en el ámbito judicial, mediante la expedición de órdenes ejecutivas presidenciales y dando discursos con alto poder simbólico.

Es así como, por ejemplo, el concepto del Departamento de Justicia fue clave en la decisión de la Corte Suprema de legalizar el matrimonio de parejas del mismo sexo. La fiscal general, Loretta Lynch, intervino para luchar contra las leyes que buscaban discriminar a las personas transgénero, dando una declaración que bien puede resumir la actitud del gobierno Obama con las poblaciones minoritarias: “En vez de darles la espalda a nuestros vecinos, amigos y colegas, mejor aprendamos de la historia y evitemos repetir los errores del pasado. La discriminación auspiciada por el Estado nunca se ha visto bien en retrospectiva. [Si bien el rechazo] responde al miedo natural de los humanos a lo desconocido, no podemos [negarles a las personas trans] aquello que las hace humanas”.

A pocos días de que Obama abandone la Presidencia, Lynch publicó un informe que acusa a la Policía de Chicago de cometer abusos sistemáticos de los derechos humanos, un apoyo fundamental en un país dividido por las muertes de personas afros a manos de los policías. El mismo presidente dio discurso tras discurso hablando de las causas del racismo, reivindicando la importancia de proteger la diferencia (incluyendo la necesidad de entender a los blancos que están asustados), y luchando (en vano) contra la proliferación de las matanzas ayudadas en parte por las normas laxas que existen sobre armas.

Sus órdenes ejecutivas para darles protección a los hijos de inmigrantes ilegales que estudian y trabajan buscaba ganar tiempo para pasar una reforma migratoria, que tampoco llegó. Mientras tanto, en cambio, sí deportó otros 2,4 millones de inmigrantes ilegales.

A nivel internacional, probó la diplomacia suave (algo novedoso para un Estados Unidos acostumbrado a la violencia) y así consiguió que Irán abriera las puertas de su programa nuclear, restablecer relaciones con Cuba y que el mundo se pusiera de acuerdo sobre la importancia de combatir el cambio climático.

Esos tres triunfos, sin embargo, seguramente serán saboteados por una administración de Trump, dejando en firme únicamente el peor legado de Obama en política extranjera: los asesinatos con drones y la ausencia de un poder estabilizador prodemocracia.

Evitando enviar tropas al terreno, la administración Obama, no obstante, siguió su lucha contra el terrorismo con la ayuda de la tecnología: los ataques con drones en países como Yemen y Pakistán han matado a un número desconocido de civiles inocentes, y continúan la tradición estadounidense de ejecutar personas sin darles antes la oportunidad de un juicio justo. Sólo en el 2016, Estados Unidos soltó 26.171 bombas alrededor del mundo, según Medea Benjamin en The Guardian, principalmente en Siria e Irak, dos guerras fallidas y productoras de tragedias humanitarias.

La incapacidad que las potencias han demostrado para darles solución a estas crisis ha generado un flujo de refugiados y el recrudecimiento de la violencia por parte de grupos como el Estado Islámico en Europa y en el mismo Estados Unidos, lo que a su vez ha fortalecido a los partidos de ultraderecha en varios países que quieren cerrar fronteras, acorralar a los grupos minoritarios y reducir las libertades individuales. Discursos adoptados por el sucesor de Obama.

El optimismo como obligación moral

La presidencia del cambio y la esperanza termina repudiada por quienes ahora detentan el poder, con todos sus logros bajo amenaza y con un Partido Demócrata sin un plan claro para resistir y recuperar su influencia. Tal vez hay que leer ese último tuit de Obama, quien siempre ha hablado del optimismo como si fuese una obligación moral ante la adversidad, como el necesario reconocimiento de su rol en la historia: yo no pude, aunque lo intenté, pero no podemos rendirnos. El cambio, sin embargo, no llevará su apellido.

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