La Presidencia simbólica (y poco más) de Barack Obama

Early in the morning on Jan. 21st, President Barack Obama rides the elevator to the Private Residence of the White House after attending 10 inaugural balls and a long day including being sworn in as President at noon on Tuesday, Jan. 20, 2009. 
Official White House Photo by Pete Souza

Por Juan Carlos Rincón Escalante

“Les estoy pidiendo que crean”, escribió el presidente saliente de Estados Unidos en Twitter el pasado 11 de enero, “no en mi capacidad de crear el cambio, sino en la de ustedes”. Justo arriba de ese tuit hay una fotografía de Barack Obama y su familia marchando en Selma, Alabama, conmemorando la manifestación liderada por Martin Luther King el 25 de marzo de 1965 para combatir la segregación racial del sur estadounidense.

En unos días esa imagen seguramente cambiará, pues Donald Trump heredará la cuenta (@potus), si no es que decide cerrarla para mantener la suya, que de por sí tiene más seguidores. Ahí hay un triste resumen de la presidencia que termina: el simbolismo histórico del primer afromericano en ocupar la Casa Blanca seguido por un blanco multimillonario que está conformando el equipo de Gobierno menos diverso desde la era de Ronald Reagan.

Por eso Obama ha tenido que pasar los últimos meses de su presidencia pidiéndoles a sus seguidores que no pierdan las fuerzas, que resistan, que recuerden sus palabras, las del tuit, que fueron repetidas innumerables veces durante su campaña en el 2008.

Aun así, no deja de ser paradójico que el hombre que llegó a ser el más poderoso del mundo impulsado por una ola de esperanza que le mereció la adoración nacional e internacional, y que fue suficiente para concederle un premio Nobel de Paz en el 2009 (menos de un año después de estar en el cargo) por su “visión” del mundo, termine con un Estados Unidos lleno de divisiones profundas, sectarismos mezquinos y en manos de un narcisista, misógino, guerrerista y xenófobo que causa desesperanza en más de la mitad de la población de ese país y que se coronó prometiendo borrar a Obama de la historia.

En medio del ruido y de los años turbios que se avecinan, ¿cuál será el legado por el que la historia recuerde a Barack Obama? ¿Quedará algo después del fuego?

El orgullo de Obama

El 10 de enero del 2017, en Chicago, su hogar adoptivo y donde construyó su meteórica carrera política, Obama dio un último discurso para despedirse. Más de 20.000 personas fueron a verlo y otros 24 millones prendieron su televisión. El presidente no perdió tiempo en enumerar sus logros:

“Si les hubiese dicho hace ocho años que Estados Unidos iba a revertir una gran recesión, reiniciar su industria automotriz, desencadenar el período más largo de creación de empleos; que ganaríamos el matrimonio igualitario y que fortaleceríamos el derecho a tener seguro de salud de unos veinte millones de nuestros ciudadanos, me hubieran dicho que nuestras expectativas estaban demasiado elevadas”. Más adelante habló de racismo, de “caminar en la piel del otro”, citando Matar a un ruiseñor, de Harper Lee, y de la importancia de creer en los demás a pesar del miedo que produce la diferencia.

Aunque en cada uno de esos temas puede rastrearse la influencia de Obama y sus intentos (unos más exitosos que otros) por marcar el rumbo del país, también allí están las raíces de la debilidad de su legado. Veamos.

Ya no es la economía neoliberal, estúpido

Bill Clinton popularizó una frase durante su presidencia: “Es la economía, estúpido”. Se refería a que el principal énfasis de todo gobierno tiene que ser la creación de puestos de trabajo y la generación de riqueza que les dé oportunidades a todos los ciudadanos.

En ese tema, Obama tiene las cifras que respaldan su éxito. Después del colapso económico del 2008, que sumió a Estados Unidos en la peor recesión desde la Gran Depresión (y arrastró al resto del mundo consigo), su gobierno adoptó medidas de inversión y subsidios que permitieron que la industria automotriz sobreviviera, los bancos recuperaran su fortaleza y el país tuviera 75 meses ininterrumpidos en los que se crearon puestos de trabajo. En total, durante la administración Obama, 11,3 millones de personas se emplearon, muy por debajo de los 22,9 millones durante la era Clinton y un poco menos de los 15,9 millones durante Ronald Reagan, pero muchísimos más de los 2,1 millones de empleos creados durante los ocho años de George W. Bush, según reporta CNN Money. Nada mal considerando que, cuando se posesionó, el país dejaba 800.000 personas sin empleo cada mes.

Y aun así, Hillary Clinton, cuya candidatura había sido propuesta por el mismo Obama como un referendo sobre su gobierno, perdió tres estados de blancos trabajadores de clase media que habían votado por el presidente saliente y que le costaron la Presidencia: Michigan, Pensilvania y Wisconsin. ¿El motivo? Es la economía, estúpido, pero no la neoliberal.

En un texto para The Guardian, Cornel West cuenta que le “rogamos y suplicamos a Obama que se olvidara de las prioridades de Wall Street y ayudara a la gente de la calle. Pero prefirió seguir los consejos de sus ‘inteligentes’ expertos neoliberales (…) y ningún banquero pagó cárcel”. Lo que, además, fue acompañado por ocho años en los que las personas más ricas de la sociedad, el llamado 1 %, “acapararon dos tercios de los aumentos en los ingresos”.

Es decir, mientras el Gobierno salía mensualmente a hablar de recuperación económica, muchos estadounidenses se estaban enfrentando a una realidad bien conocida en el resto del mundo: empleos que se van a otros países para no volver, reducción de otros (como los relacionados con el petróleo), competencia de la nueva ola de industrialización que está utilizando máquinas en puestos donde antes había humanos, y una capacidad adquisitiva reducida.

El resentimiento de estas personas, entonces, era entendible y fácil de explotar. No en vano los discursos dados en Goldman Sachs fueron uno de los puntos que más peso le hicieron a la campaña de Clinton, y por eso el discurso de Bernie Sanders consiguió tantos votantes, no muy distintos a los que terminaron eligiendo a Donald Trump, quien supo rechazar a las élites económicas que no han sabido atacar la brecha de desigualdad.

Siendo justos, este nuevo nacionalismo, que aplaude cuando Trump utiliza Twitter para matonear a las empresas que quieren invertir en México para luego exportar a Estados Unidos, se fundamenta en la idea nostálgica y errada que cree que hay forma de tener una economía rebosante en los mismos términos del siglo pasado. Ante el abrumador y vertiginoso cambio de las dinámicas económicas, muchos votantes blancos de clase media prefirieron sucumbir ante los cantos de sirena que hablan de una solución sencilla para uno de los retos más complejos de las sociedades modernas. Ante eso, el neoliberalismo humanista de Obama no tuvo la fuerza para competir.

El condenado Obamacare

La otra obsesión de Obama en su primer año de mandato, aprovechando sus mayorías en el Senado y la Cámara de Representantes, fue aprobar una reforma al sistema de salud, la Affordable Care Act, conocida como Obamacare. Sin embargo, ese proyecto le dio leña al fuego retórico de los republicanos, que se opusieron con vehemencia y utilizaron tácticas de difundir mentiras sobre la ley. Por aquel entonces, muchas personas expresaban preocupación porque el gobierno federal iba a crear “paneles de la muerte” que iban a decidir quién vivía y quién no.

Obama triunfó, y ocho años después cerca de 20 millones de estadounidenses que antes no tenían seguro médico tienen cobertura. Pero al subestimar el poder de la oposición terminó perdiendo sus mayorías, frustrando a su electorado liberal (que quería una reforma más ambiciosa) y condenando el resto de su presidencia a que todos los proyectos enviados fueran tumbados por el Congreso republicano. Como explica Charles Blow en el New York Times, su error fue “ser un soldado caballero en una guerra de guerrillas”.

Ah, y el Congreso que se acaba de posesionar ya empezó la revocatoria de todo rastro del Obamacare, y no parece haber nada que los demócratas puedan hacer para evitarlo.

Símbolos, discursos y órdenes ejecutivas

Al perder sus mayorías, la administración Obama se enfrentó a la impotencia de una Presidencia sin Congreso, y se enfocó en intervenir de tres maneras: en el ámbito judicial, mediante la expedición de órdenes ejecutivas presidenciales y dando discursos con alto poder simbólico.

Es así como, por ejemplo, el concepto del Departamento de Justicia fue clave en la decisión de la Corte Suprema de legalizar el matrimonio de parejas del mismo sexo. La fiscal general, Loretta Lynch, intervino para luchar contra las leyes que buscaban discriminar a las personas transgénero, dando una declaración que bien puede resumir la actitud del gobierno Obama con las poblaciones minoritarias: “En vez de darles la espalda a nuestros vecinos, amigos y colegas, mejor aprendamos de la historia y evitemos repetir los errores del pasado. La discriminación auspiciada por el Estado nunca se ha visto bien en retrospectiva. [Si bien el rechazo] responde al miedo natural de los humanos a lo desconocido, no podemos [negarles a las personas trans] aquello que las hace humanas”.

A pocos días de que Obama abandone la Presidencia, Lynch publicó un informe que acusa a la Policía de Chicago de cometer abusos sistemáticos de los derechos humanos, un apoyo fundamental en un país dividido por las muertes de personas afros a manos de los policías. El mismo presidente dio discurso tras discurso hablando de las causas del racismo, reivindicando la importancia de proteger la diferencia (incluyendo la necesidad de entender a los blancos que están asustados), y luchando (en vano) contra la proliferación de las matanzas ayudadas en parte por las normas laxas que existen sobre armas.

Sus órdenes ejecutivas para darles protección a los hijos de inmigrantes ilegales que estudian y trabajan buscaba ganar tiempo para pasar una reforma migratoria, que tampoco llegó. Mientras tanto, en cambio, sí deportó otros 2,4 millones de inmigrantes ilegales.

A nivel internacional, probó la diplomacia suave (algo novedoso para un Estados Unidos acostumbrado a la violencia) y así consiguió que Irán abriera las puertas de su programa nuclear, restablecer relaciones con Cuba y que el mundo se pusiera de acuerdo sobre la importancia de combatir el cambio climático.

Esos tres triunfos, sin embargo, seguramente serán saboteados por una administración de Trump, dejando en firme únicamente el peor legado de Obama en política extranjera: los asesinatos con drones y la ausencia de un poder estabilizador prodemocracia.

Evitando enviar tropas al terreno, la administración Obama, no obstante, siguió su lucha contra el terrorismo con la ayuda de la tecnología: los ataques con drones en países como Yemen y Pakistán han matado a un número desconocido de civiles inocentes, y continúan la tradición estadounidense de ejecutar personas sin darles antes la oportunidad de un juicio justo. Sólo en el 2016, Estados Unidos soltó 26.171 bombas alrededor del mundo, según Medea Benjamin en The Guardian, principalmente en Siria e Irak, dos guerras fallidas y productoras de tragedias humanitarias.

La incapacidad que las potencias han demostrado para darles solución a estas crisis ha generado un flujo de refugiados y el recrudecimiento de la violencia por parte de grupos como el Estado Islámico en Europa y en el mismo Estados Unidos, lo que a su vez ha fortalecido a los partidos de ultraderecha en varios países que quieren cerrar fronteras, acorralar a los grupos minoritarios y reducir las libertades individuales. Discursos adoptados por el sucesor de Obama.

El optimismo como obligación moral

La presidencia del cambio y la esperanza termina repudiada por quienes ahora detentan el poder, con todos sus logros bajo amenaza y con un Partido Demócrata sin un plan claro para resistir y recuperar su influencia. Tal vez hay que leer ese último tuit de Obama, quien siempre ha hablado del optimismo como si fuese una obligación moral ante la adversidad, como el necesario reconocimiento de su rol en la historia: yo no pude, aunque lo intenté, pero no podemos rendirnos. El cambio, sin embargo, no llevará su apellido.

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A Girl Walks Home Alone at Night: ¿quién dijo que no se puede hacer buen cine con vampiros?

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Por Juan Carlos Rincón Escalante

Los vampiros ya no están de moda (ahora todo es sobre zombis) y su más reciente desaparición del centro de atención cultural estuvo precedida por la serie Crepúsculo, que hizo todo lo que estaba a su alcance por darles una pésima fama. Sin embargo, dos películas independientes recientes demuestran que el problema no es la mitología, sino lo que se haga con ella. Después de la encantadora Only Lovers Left Alive (2013) de Jim Jarmusch, la directora Ana Lily Amirpour debutó en Sundance en el 2014 con una película fascinante llamada A Girl Walks Home Alone at Night (Una chica vuelve a casa sola de noche).

Desde la primera toma, A Girl Walks Home Alone at Night lo introduce a uno, gracias a una blanco y negro bellísimo y a una música que produce mucho ambiente, en la ciudad iraní ficticia de “Bad City” (algo así como ciudad mala), donde no parecen haber muchos habitantespero en el aire se respira una ansiedad mezclada con deseo. Amirpour utiliza la cámara durante toda la película con una experticie que no parece de alguien que apenas estaba debutando en el mundo de los largometrajes. A veces temblando y acercándose, otra con una distancia reverencial, cada uno de los cuadros es digno de ser impreso y colgado en alguna pared. Pero, además, no es sólo un recurso gratuito para dar placer estético, sino que va de la mano con el terror que produce la protagonista, interpretada por una genial Sheila Vand.

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De la historia no les quiero contar demasiado, pues parte del encanto de la película es que sabe guardarse sus cartas y las va rebelando con delicadeza. Vand toma el papel de “La chica” (nunca le dan nombre), que está al acecho en las noches y seduce a quien la mira sólo con sus ojos y su posición corporal. Es una mezcla interesante que utiliza la estereotípica fragilidad de una mujer musulmana caminando por la noche con la seguridad intimidante de alguien que se sabe en control de cualquier situación. No es, además, un personaje unidimensional, pues pese a que está en silencio la gran mayoría de la película, hay suficientes datos regados por ahí para entender que le dio propósito a lo que ve como una maldición.

El otro personaje principal es Arash, interpretado por Arash Marandi, un joven que tiene que lidiar con la pobreza y con un padre drogadicto que ya está fuera de sus cabales. Su relación con el personaje de Vand es lo que más vida y tensión le da a la película, y construye el escenario para llegar a un final que lo deja a uno pensando.

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Pero, por sobre todas las cosas, A Girl Walks Home Alone at Night es una experiencia muy disfrutable. Da susto, da risa, hechiza con sus tomas y su blanco y negro, no es obvia y demuestra que lo fantástico es una excelente herramienta narrativa en manos de una creadora brillante como Amirpour. No se la pierdan.

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High-Rise: el caos nostálgico

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Por Juan Carlos Rincón Escalante

High-Rise arranca con el doctor Laing (un excepcional y fascinante Tom Hiddleston) cocinando a un perro para comer, en un balcón precioso, pero en un escenario que parece postapocalíptico. La película, dirigida por Ben Wheatley y escrita por Amy Jump, inmediatamente retrocede tres meses para mostrarnos al mismo doctor entrando por primera vez a un edificio gigante (uno de cinco) a las afueras de Londres, pero todo está perfecto. Lo que sigue es la historia de cómo todo se desmadra.

Basada de manera fiel en un excelente libro de JG Ballard (según dicen en The Guardian y en Roger Ebert), High-Rise construye un escenario distópico típico de las críticas sociales que solían construirse en la ficción de los años 70 y 80: un escenario dividido por clases sociales, donde los más necesitados están en los pisos inferiores y sufren constantemente cortes de luz, pasando por los de clase media alta (el doctor Laing incluído) hasta llegar al último piso, donde vive el arquitecto (interpretado con facilidad por Jeremy Irons), de apellido Royal (realeza, en inglés, como si fuese necesaria más sutileza), una especie de dios que todo lo supervisa y, aún así, todo se le escapa de las manos.

La historia, sin embargo, no es lo más interesante de la película. De hecho, concuerdo con la reseña del New York Times en que es una película aburrida pese a que está llena de caos y ocurren muchas cosas. Y aún así, hay algo que la vuelve fascinante, que atrapa y no suelta durante las casi dos horas de duración.

Son las imágenes que construye a lo largo de la cinta lo que más recuerdo. Wheatley, ayudado por un excelente diseño de escenarios y colores vivos que contrastan con lo árido del mundo alrededor, sabe retratar la desazón y el desenfreno y el resentimiento que motivan a todos los personajes. Ayuda, además, que el elenco se ve entretenido y está lleno de talento, además de que dan ganas de mirarlos y quedarse mirando. (Curiosamente, no vi ninguna persona afro, ¿querrá decir algo con eso High-Rise o acaso consideró que meterle raza a una película ya cargada por la guerra de clases era demasiado sermón?).

La incoherencia de la historia le resta fuerza a la crítica social (en algún momento una de las mujeres del piso de arriba exclama sobre su criada: “como toda la gente pobre, está obsesionada con el dinero”), y el movimiento de la cámara, así como el uso de la música y de las narraciones de Laing, dan la sensación de que Wheatley no estaba tan interesado en hacer un punto político (aunque la película termina con un fragmento de un discurso de Margaret Thatcher), sino en retratar con cierta nostalgia el caos propio que surge cuando las sociedades se descomponen. En eso es exitoso y High-Rise es una experiencia que, si bien no es imperdible, merece una oportunidad, incluso si es sólo por las imágenes. Pocas veces he visto a la destrucción ser filmada con tanta reverencia.

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A Barack Obama lo van a borrar de la historia

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Por Juan Carlos Rincón Escalante

Barack Obama estaba sonriente, desafiante. Después de siete años y medio de un obstruccionismo terco por los republicanos, de soportar ataques racistas (sobre su origen, sobre su religión), de haber tenido que luchar solo a través de órdenes ejecutivas (mecanismo que los presidentes usan para expedir regulaciones sin pasar por el Congreso), el 56 % de los estadounidenses aprobaban su trabajo como presidente y varias de sus apuestas de más largo aliento (en Cuba, Irán y sobre cambio climático) se estaban afianzando como triunfos. Además, un payaso misógino, racista, xenófobo y notablemente ignorante sobre los problemas del país era el oponente de Hillary Clinton, quien se había comprometido a proteger su legado cuando llegara a la Casa Blanca. Por eso, hablando ante el grupo de congresistas afroamericanos, Obama fue vehemente:

“Puede que mi nombre no esté en el tarjetón, pero nuestro progreso está en el tarjetón; la tolerancia está en el tarjetón. La democracia está en el tarjetón. La justicia está en el tarjetón. Los buenos colegios están en el tarjetón. La esperanza está en el tarjetón. Y, sí, el miedo también está en el tarjetón”, dijo. Antes había dicho que tomaría como un insulto personal que los afroamericanos no fueran a votar por Clinton.

Dos meses después, Donald Trump ganó la elección bajo la promesa de borrar todas las políticas del actual presidente, y los republicanos mantuvieron el control mayoritario del Congreso.

Cuando Obama recibió al presidente electo en la Casa Blanca, su expresión era cortés, pero sombría; de alguien resignado con la fragilidad de su legado.

Sí, podemos

Obama llegó a la Presidencia impulsado por un mensaje de cambio que motivó a muchos, especialmente a los jóvenes y a grupos de votantes que usualmente no votan tanto, como los afroamericanos. El fenómeno de su candidatura se contagió a nivel mundial, al punto que llegó a dar un discurso en Berlín frente a 200 mil personas. No en vano su sola llegada a la Casa Blanca fue suficiente para que le concedieran el Premio Nobel de Paz, uno de los galardones que más críticas le ha ganado a la academia noruega.

En términos políticos, los demócratas tenían una abultada mayoría en el Congreso, pero se enfrentaban a una recesión que había disparado la tasa de desempleo y que amenazaba con enterrar industrias que históricamente han estado en el corazón de la economía estadounidense, como la automotriz. Obama entonces llegó a la Presidencia con tres prioridades: frenar el colapso financiero, realizar reformas que evitaran que se repitiera una crisis del mismo estilo y avanzar en su agenda progresista.

Sin embargo, no contaba con algo: la implacable oposición republicana. El presidente que había alcanzado fama nacional con un discurso en la Convención Demócrata de 2004, donde habló de la necesidad de encontrarse en las diferencias y superar la polarización entre los partidos políticos, se chocó de frente con un Partido Republicano que, pese a ser minoría, no accedió a conversar con él, y promovió, a veces de manera activa y otras con su silencio cómplice, discursos de odio que radicalizaron a un sector del electorado en contra de Obama y el Partido Demócrata.

Por eso, la reforma del sistema de salud, conocida como Obamacare, por ser el proyecto insignia del presidente demócrata, pasó sin un solo voto republicano en 2010. Ese mismo año los demócratas perdieron el control de la Cámara de Representantes, y empezaron seis años de bloqueo legislativo a todas las propuestas de Obama. Eso llevó a que el presidente, frustrado, usara las órdenes ejecutivas en temas tan sensibles como inmigración y las regulaciones ambientales para avanzar con su agenda. El problema es que, por la naturaleza de esas medidas, quien ocupe la Casa Blanca puede, literalmente, borrarlas de un plumazo si así lo desea. Y eso es lo que han prometido hacer Trump y los republicanos.

Si lo logran, tal vez el mejor resumen de la era Obama se lo dio un funcionario anónimo de la Casa Blanca al Washington Post: “Washington no funciona, pero tienes que aceptar que él lo intentó”. ¿Qué, exactamente, puede ser borrado?

Obamacare

Desde su expedición, la reforma al sistema de salud ha sido utilizada por los republicanos como ejemplo de un programa de gobierno demasiado invasivo en los derechos individuales.

Durante el trámite de la ley corrió el rumor de que serviría para instaurar “paneles de la muerte”, donde juntas de médicos decidirían a qué pacientes prestarles servicios y a cuáles no. Ese es el talante del debate impulsado por ciertos sectores de la derecha. Después, las críticas se han enfocado a los costos. La página de campaña de Trump dice que “desde 2010 los estadounidenses han tenido que sufrir la increíble carga económica de esta ley”. Rand Paul, senador republicano, dijo después de las elecciones que el primer mes del nuevo Congreso será dedicado a “revocar las regulaciones del Obamacare”.

Sin embargo, en este punto no la tienen tan fácil. A diferencia de las órdenes ejecutivas, las reforma del sistema de salud son una ley, lo que implica que ciertas partes de ella pueden ser defendidas mediante la oposición demócrata en el Congreso. Más importante aún, el principal reto que enfrentarán los republicanos es que Obamacare ha funcionado. Pese al aumento en los costos en los seguros (que estaba programado y que es compensando por subsidios dentro de las regulaciones hoy vigentes), el principal éxito es que cerca de 20 millones de estadounidenses que antes no tenían cubrimiento hoy lo tienen.

Uno de los aspectos más populares de la medida, que prohíbe negar cobertura por condiciones médicas preexistentes, depende económicamente de un aspecto que los republicanos prometieron revocar: la sanción a quienes no contraten el seguro médico.

Si en efecto Trump y compañía deciden cumplir su promesa, tendrán que ofrecer una alternativa viable para no volver a aumentar el número de personas sin seguro médico y colapsar la sostenibilidad del sistema. Hasta el momento su única propuesta era destruir la ley. Tal vez por haber entendido eso, después de su reunión con Obama, el presidente electo moderó su discurso sobre la reforma.

Inmigración

Aunque Obama ha deportado inmigrantes ilegales en números récord (2,5 millones hasta 2015), también aprovechó las órdenes ejecutivas para expedir regulaciones históricas en favor de esta población.

Una orden de 2012 permite que cerca de 700 mil hijos de inmigrantes ilegales se queden en el país con permisos de trabajo siempre y cuando renueven esa autorización periódicamente. El plan de Obama era otorgar un estatus casi legal hasta a cerca de cinco millones de inmigrantes. Paradójicamente, como lo reportaron Politico Newsweek, Trump puede desmantelar el programa y, como tiene los registros de dónde están estas personas, deportarlos con mayor facilidad.

Medioambiente

A través de la Agencia de Protección Ambiental (EPA, por sus siglas en inglés), la administración Obama expidió una regulación que le permite, básicamente, evitar la apertura de nuevas plantas de carbón. El Departamento de Energía, por su parte, empezó un programa de subsidios para fomentar las energías renovables, lo que duplicó la producción de la “energía limpia”, según constata Politifact.

El cambio más importante, sin embargo, se dio en el ámbito global, donde Estados Unidos se comprometió con el histórico Acuerdo de París, que busca combatir el cambio climático. En su momento, Obama dijo que esta iniciativa era la “mejor oportunidad para salvar al planeta”.

Trump, no obstante, ha insinuado que buscará la forma más rápida de salirse de ese acuerdo, y nombró como líder de su transición en la EPA a Myron Ebell, reconocido por negar la existencia del cambio climático. Estados Unidos parece aislarse del mundo entero en este tema.

Cuba e Irán

Obama ha sido abierto sobre el orgullo que le produce haber recuperado la relación con Cuba, levantando restricciones impuestas desde 1960.También ha presentado su acuerdo con Irán, que eliminó sanciones a cambio de poder supervisar de cerca su programa nuclear, como la única forma de evitar una eventual guerra.

Estos dos casos son los triunfos de la “Doctrina Obama” en relaciones exteriores: un cambio en la manera en que Estados Unidos entiende el mundo. Ambos acuerdos se consiguieron gracias a una apuesta por el diálogo y la diplomacia, una actitud muy criticada en un país acostumbrado a imponer su voluntad a partir de la mano dura.

Trump, en campaña, prometió modificar ambas políticas.

¿Barack quién?

Obama le dijo a The New Yorker, después de la victoria de Trump, que no cree en el apocalipsis hasta que éste no llega, que la gente olvida que su discurso más famoso, el del “Sí, podemos”, lo dio después de una derrota, y que en la historia es común que se den pasos hacia atrás después de algún progreso.

Pero Trump está en una posición de poder ineludible para, si lo desea, borrar las medidas que venimos discutiendo, así como la feroz defensa de los derechos LGBT, el repudio a la tortura y tantos otros proyectos que caracterizaron a la administración Obama.

El 8 de noviembre Hillary Clinton perdió millones de dólares y toda una carrera enfocada a llegar a la Casa Blanca, pero Barack Obama puede haber perdido el corazón de su Presidencia y su lugar en la historia.

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Hillary Clinton, la única que podía perder contra Trump

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Por Juan Carlos Rincón Escalante

La gente odia a Hillary Clinton. De verdad la odia. Y no son sólo los republicanos que llenaron los eventos de Donald Trump con camisetas que pedían “aplastar a esa perra” o encarcelarla o la comparaban con Mónica Lewinsky, quien tuvo el amorío con Bill Clinton. También en la izquierda estadounidense: dentro del Partido Demócrata y en la juventud desconfiada la ven como una política detestable, demasiado cercana al oscurantismo corrupto con el que identifican el gobierno.

Por eso, como lo repetían en voz baja los estrategas demócratas, la única que podía perder contra un misógino, xenófobo, adúltero (presuntamente, aunque ni tanto), inmaduro y poco preparado como Donald Trump era ella.

“¿Hay un humano ahí adentro?”

La pregunta no venía desde la ultraderecha recalcitrante, sino desde la centroizquierda con más resonancia entre los demócratas: Jon Stewart, comediante reconocido como la conciencia liberal de Estados Unidos. La hizo durante una entrevista, refiriéndose a Clinton. Y no se detuvo ahí: “Es una mujer muy brillante, pero no tiene el coraje de perseguir sus convicciones, porque, de hecho, no estoy seguro de saber cuáles son esas convicciones”.

Esa es la síntesis de una de las quejas más recurrentes sobre Clinton: todo lo que hace y dice parece fríamente calculado. Pese a que durante su larga vida política ha sido una férrea defensora de los derechos de las mujeres, las familias y de las minorías —salvo algunos tropiezos en derechos LGBT y con la población afro por su posición sobre la reforma penitenciaria—, la distancia que se le ve al hablar en público es para algunos insoportable. Neera Tanden, uno de los asesores principales de su campaña, escribió en un correo (filtrado por Wikileaks) que “eventualmente (Clinton) empezará a sonar como humana”.

Los “malditos” correos

Aunque Bernie Sanders, su rival en las primarias, optó por no hablar de los “malditos” correos de Clinton, Trump y los republicanos no tuvieron problema en explotarlos para reiterar la idea de que ella es una política corrupta.

Ante el escándalo de que durante su paso por la Secretaría de Estado Clinton utilizó un servidor privado (algo que no estaba permitido y que le daba total control sobre la información en ellos), la campaña de la demócrata contestó con evasivas y sólo hasta tiempo después aceptó, sin miramientos, que había sido un error. Sin embargo, ya era muy tarde, y faltaría el peor golpe: Wikileaks filtró varios correos electrónicos de personas relacionadas con Clinton donde se probaba que, por ejemplo, el Comité Nacional Demócrata había preferido a la exsecretaria sobre Sanders y que ella había recibido por adelantado preguntas de un debate.

En un discurso que Clinton dio ante banqueros de Wall Street, la candidata dijo que era importante tener una posición en público y otra distinta en privado. Aunque fuera de contexto, esa fue toda la confirmación que muchos necesitaron para reiterar su desconfianza.

Y, claro, el FBI, que no encontró motivos para imputar criminalmente a Clinton por el contenido de los correos, envió una extraña carta faltando una semana para la votación diciendo que reabría el expediente sobre la exsecretaria.

Por algo el martes, en el nuevo hotel de Trump en Washington, la multitud coreaba: “¡Enciérrenla! ¡Enciérrenla!”.

La Clinton republicana

Maureen Dowd, columnista de The New York Times, escribió que “ya hay una candidata multimillonaria con la que pueden contar para proteger a Wall Street, impulsar la Cámara de Comercio de EE.UU., abrazarse con los fondos de inversión, asegurar los acuerdos de libre comercio amados por la América corporativa (…) los republicanos tienen a su candidata: es Hillary”.

Esa fue precisamente la queja de la izquierda que apoyaba a Sanders, especialmente entre los jóvenes, que no veían cómo Clinton iba a representar a los indignados contra el sistema si ella misma estaba muy cerca de Wall Street. Susan Sarandon, actriz y activista, dijo que “no votaría con su vagina” y que prefería a una candidata de un tercer partido que apoyar esa clase de políticas tóxicas.

Lo que sus defensores tildan de pragmatismo necesario para lograr progreso en Washington, muchos identifican como la política de siempre que tiene que salir del poder para que el cambio verdadero pueda ocurrir. Clinton jamás logró conectarse con quienes clamaban la revolución socialista de Sanders.

La mujer

Muchas personas dicen que no es necesario hablar de género, que eso no es una consideración en el siglo XXI, que hay suficientes motivos para detestar a Clinton sin pensar en que es mujer.

Y, aún así, una simpatizante (¡mujer!) de Trump dijo en The Daily Show que no confiaba en que una mujer pueda ser presidente porque se la pasaría declarando la guerra cada vez que estuviera hormonal. Pero, ¿por qué a Trump le perdonaron sus innumerables escándalos y a Clinton no le pasaban el más mínimo desliz? Como lo dijo Obama: “Hay un motivo claro por el que no hemos tenido una presidenta antes. ¿No será simplemente que no estamos acostumbrados a la idea?”.

Son muchas las lecturas que saldrán de la derrota: que los blancos evangélicos votaron en bloque, que el desempleo y la recuperación lenta en los lugares rurales fue suficiente fuego para la indignación, que el populismo de Trump fue efectivo, como lo ha sido en el Occidente en este nefasto 2016, que la coalición de Clinton se encuentra refugiada en los mismos pocos estados (lo que la impulsó a ganar el voto popular, pero a perder en el colegio electoral). Pero hay una más ineludible: la gente odia a Hillary Clinton.

Publicado originalmente en El Espectador.

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La otra escasez

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Por Juan Carlos Rincón Escalante

Los reflectores eran para la multitud haciendo juiciosa fila, para los venezolanos arrodillados besando el suelo colombiano o abrazando a nuestros militares, dando las gracias a gritos por encontrarse fácilmente con alimentos y medicinas que ya no se consiguen allá, en aquel vecino que, gracias a su opulencia, muchas veces era el destino de la migración, pocas veces su origen.

Es entendible: eso se presta para hacer buena televisión, de esa que llena el pecho de patriotismo, y en últimas es un digno retrato de lo que pasa cuando el socialismo bienintencionado es secuestrado por la incompetencia y la corrupción, un síntoma del régimen chavista que no para de sangrar.

Pero la historia que era más difícil de ver se encontraba en los suspiros de alivio de los vendedores de toda clase que, después de años de olvido y soluciones ineficaces, por fin se reencontraban con lo que conocen, con los vecinos que a través de décadas de comercio libre habían encontrado una sostenibilidad independiente de los caprichos de los gobiernos centrales.

Por eso, sin importar los generosos (aunque dispersos) esfuerzos de Uribe y Santos, cada uno en su momento, Cúcuta, y Norte de Santander con ella, sigue estando mal. Siempre ha estado mal, de hecho, pero antes no era problema de Bogotá. Porque, y esto es lo que el Gobierno ha descubierto a las malas, la frontera sólo es de Colombia en el papel, en los actos de reconocimiento a las instituciones nacionales y en el reparto de los recursos. Pero de resto, en el día a día, los que mandan son otros, apoyados en redes de ilegalidad con raíces profundas, normalizadas, que a veces se disfrazan de Estado, pero que responden a leyes locales. Pregúntenle al ministro del Interior.

El problema es que antes, con la frontera abierta y con recursos por montón, de esos que esconden la informalidad, la pobreza, la violencia y la falta de institucionalidad, el resto del país podía fingir que todo estaba bien en Cúcuta, pese a una escasez no tan mediática, pero igual de mezquina a la de Venezuela.

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La lucha de una mujer trans por usar uniforme femenino en el Sena

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Por Juan Carlos Rincón Escalante

“Nosotros no tenemos el conocimiento para tratar a una persona como tú”. Ese era el mantra que los directivos y profesores del programa técnico en operaciones comerciales del Sena en Cali le repetían a Marilyn Melissa Mejía. Se referían a una mujer transgénero cuya identidad no reconocieron en actuaciones que la llevaron a considerar abandonar sus aspiraciones académicas, y que son síntoma de un país que todavía no sabe cómo interactuar con aquello que no entiende. Esta es su historia.

Mejía, caleña, tiene 23 años y desde pequeña supo que su cuerpo no correspondía al género que la identifica. “El pene siempre me ha incomodado”, dice. Pese a que su papá le daba incentivos para que abandonara ciertos “comportamientos femeninos”, ella aprovechaba cualquier momento de soledad para vestirse con la ropa de su madre o de su hermana y hacer oficio. En esos momentos era feliz. Hoy, con una operación de senos encima, un armario completamente a su gusto y una cédula que la identifica como mujer, y que la nombra como ella desea, no como sus padres la bautizaron, quiere avanzar profesionalmente.

Por eso se matriculó en el Sena. Desde el primer día habló con el instructor líder de su grupo y le dijo que, como ella era una mujer, quería usar el uniforme de las mujeres. Le dijeron que no había problema, pero cuando llegaron las prendas, un par de sicólogos de la institución y el mismo instructor la llevaron aparte y le dijeron que no podía usar el uniforme, que era problemático, que ella era un hombre.

A los pocos días, la citaron a un comité, espacio reservado para los indisciplinados, y le dijeron que querían “ayudarla”, pero que para eso tenía que dejar de ir en tacones, dejar de maquillarse y, ante todo, dejar de usar el baño de las mujeres. “Si hay niñas adentro, te sales. Si alguna entra y se siente incómoda, te sales”, le dijeron. Todo era para evitar problemas, supuestamente. Pero Mejía no entendía por qué era ella, y no las demás, la que tenía que ceder, esconderse, dejar de expresar su identidad. “Yo no puedo entrar al baño de hombres porque soy mujer”, explica. “Me sentiría muy incómoda”.

Y aunque cedió, los problemas llegaron. Las compañeras empezaron a matonearla. “Payasa”, le decían, y otra cantidad de insultos cargados de prejuicios. Cuando entraba al baño, le tiraban cosas. Una vez le echaron agua encima mientras utilizaba uno de los cubículos. El mayor insulto, el que más le dolía, era que la llamaban por su nombre de hombre, ese que nunca fue de ella, que no la representa. En clase, cuando una compañera se rehusó a llamarla Melissa, ella la gritó. El profesor regañó a Mejía, le dijo que tenía que ser “tolerante” con sus compañeros que “no la entienden”. Ella es la mala del paseo.

La abrumó la tristeza, esa que producen la marginación y la incomprensión, la negación de lo que uno es y los otros no reconocen, y dejó de ir a clases. Aunque cumplió con sus tareas y aprobó todo, le pusieron matrícula condicional y la reprendieron. Por faltar. En la Corte Constitucional hay un caso análogo al de ella, también con una institución del Sena.

Ahora está haciendo su práctica y, dice, le va bien. Aunque sus colegas han empezado a matonearla. La historia no deja de repetirse.

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Hillary Clinton, por fin

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Por Juan Carlos Rincón Escalante

A veces en una risa demasiado larga, o en un discurso de victoria, o en una mirada en un video viral, a Hillary Clinton se le escapa, por un instante, el desdén que siente por tener que hacer campaña. Ella, que lleva una década buscando la Casa Blanca, que fue una primera dama influyente tanto en Arkansas como en Washington, que junto con su esposo, Bill, forma un imperio político con tentáculos en todas las ramas del poder de EE. UU., siente que ya debería estar en la Presidencia. Pero eso, claro, no lo va a decir en público: todos los aspectos de su candidatura están finamente calculados para apelar a la masa. Por eso, seguramente, y ante un Partido Republicano en caos, será la primera mujer en ocupar la Presidencia de EE.UU. Pero por eso, también, es que hasta sus votantes desconfían de ella.

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Estados Unidos es un desastre, pero Trump sabe cómo arreglarlo (o eso dice)

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Por Juan Carlos Rincón Escalante

Marco Rubio, el senador primíparo descendiente de cubanos que se había convertido en la última esperanza de la élite tradicional republicana para detener a Donald Trump, lucía contento. Frente a cientos de personas en Virginia, uno de los estados que votarían en el supermartes del 1º de marzo, lanzó varios chistes.

—Sus manos son del tamaño de alguien que mide metro y medio —dijo—. Y ya saben lo que dicen de los hombres con manos pequeñas.

Rubio terminaría perdiendo ese estado junto con otros seis ante Trump el martes pasado, pero algo más grave estaba ocurriendo: el senador, y el resto del Partido Republicano, se había rendido en su intento por hacer una campaña con dignidad. El mayor truco de Trump fue arrastrar al resto de sus contrincantes a los debates vulgares y personalistas con los que se siente cómodo.

Y en esos términos, Trump parece invencible.

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La revolución solitaria de Bernie Sanders

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Por Juan Carlos Rincón Escalante

Bernie Sanders está acostumbrado a estar solo. Desde el inicio de su carrera política, hace 45 años, los márgenes han sido su hogar; la trinchera desde la que repite, una y otra vez, que hay algo profundamente injusto en la forma en que los recursos se distribuyen en Estados Unidos.

Su seriedad, confundida a menudo con amargura y arrogancia por sus oponentes, es legendaria. Sus discursos siempre han estado plagados de adjetivos violentos: “indignante”, “aberrante”, “criminal”. Su rabia contra el statu quo y la política tradicional lo ha movido a ser un crítico mordaz del intervencionismo estadounidense, el capitalismo feroz y la influencia venenosa del dinero en la política.

“El Congreso está roto”, dijo, recién aterrizado en la Cámara de Representantes en 1991. Para que un cambio de verdad ocurriera, concluyó, cientos de sus colegas deberían ser expulsados del parlamento. “Él grita y chilla (al dar sus discursos), pero está completamente solo”, dijo en aquel entonces Joe Moakley, un influyente representante demócrata.

En 2015, el senador Sanders fue el peor congresista, según la página GovTrack que evalúa el comportamiento en el parlamento, en términos de bipartidismo: ninguna de sus iniciativas legislativas contó con apoyo del Partido Republicano.

Pero eso nunca le ha preocupado. Lo que sus críticos llaman terquedad, él lo ve como coherencia. Sanders no tiene problema con estar solo porque está convencido de que tiene razón.

“Llevo muchos años parado en las afueras de la mayoría política”, escribió en la reedición de su autobiografía, Outsider in the White House (Un extraño en la Casa Blanca), publicada originalmente en 1997. “He votado muchas veces solo, dado muchas peleas y montado muchas campañas solitarias”.

Pero algo está cambiando. El pasado 9 de febrero, 151.584 personas votaron por Sanders en la primaria de Nueva Hampshire para elegir el candidato demócrata a la Presidencia de Estados Unidos, convirtiéndolo en el primer judío en la historia de ese país en ganar una primaria. Su victoria, con 60,4% del total de votos, es más impresionante porque la derrotada, con cerca de 60.000 votos menos que el autoproclamado socialista, es Hillary Clinton, la exsecretaria de Estado que cuenta con el apoyo de la mayoría de los líderes del Partido Demócrata y que aún hoy parece la inevitable próxima presidenta de Estados Unidos.

El año pasado, Sanders escribió: “Ya no me siento solo”. Es cierto, ya no lo está.

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