A Girl Walks Home Alone at Night: ¿quién dijo que no se puede hacer buen cine con vampiros?

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Por Juan Carlos Rincón Escalante

Los vampiros ya no están de moda (ahora todo es sobre zombis) y su más reciente desaparición del centro de atención cultural estuvo precedida por la serie Crepúsculo, que hizo todo lo que estaba a su alcance por darles una pésima fama. Sin embargo, dos películas independientes recientes demuestran que el problema no es la mitología, sino lo que se haga con ella. Después de la encantadora Only Lovers Left Alive (2013) de Jim Jarmusch, la directora Ana Lily Amirpour debutó en Sundance en el 2014 con una película fascinante llamada A Girl Walks Home Alone at Night (Una chica vuelve a casa sola de noche).

Desde la primera toma, A Girl Walks Home Alone at Night lo introduce a uno, gracias a una blanco y negro bellísimo y a una música que produce mucho ambiente, en la ciudad iraní ficticia de “Bad City” (algo así como ciudad mala), donde no parecen haber muchos habitantespero en el aire se respira una ansiedad mezclada con deseo. Amirpour utiliza la cámara durante toda la película con una experticie que no parece de alguien que apenas estaba debutando en el mundo de los largometrajes. A veces temblando y acercándose, otra con una distancia reverencial, cada uno de los cuadros es digno de ser impreso y colgado en alguna pared. Pero, además, no es sólo un recurso gratuito para dar placer estético, sino que va de la mano con el terror que produce la protagonista, interpretada por una genial Sheila Vand.

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De la historia no les quiero contar demasiado, pues parte del encanto de la película es que sabe guardarse sus cartas y las va rebelando con delicadeza. Vand toma el papel de “La chica” (nunca le dan nombre), que está al acecho en las noches y seduce a quien la mira sólo con sus ojos y su posición corporal. Es una mezcla interesante que utiliza la estereotípica fragilidad de una mujer musulmana caminando por la noche con la seguridad intimidante de alguien que se sabe en control de cualquier situación. No es, además, un personaje unidimensional, pues pese a que está en silencio la gran mayoría de la película, hay suficientes datos regados por ahí para entender que le dio propósito a lo que ve como una maldición.

El otro personaje principal es Arash, interpretado por Arash Marandi, un joven que tiene que lidiar con la pobreza y con un padre drogadicto que ya está fuera de sus cabales. Su relación con el personaje de Vand es lo que más vida y tensión le da a la película, y construye el escenario para llegar a un final que lo deja a uno pensando.

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Pero, por sobre todas las cosas, A Girl Walks Home Alone at Night es una experiencia muy disfrutable. Da susto, da risa, hechiza con sus tomas y su blanco y negro, no es obvia y demuestra que lo fantástico es una excelente herramienta narrativa en manos de una creadora brillante como Amirpour. No se la pierdan.

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High-Rise: el caos nostálgico

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Por Juan Carlos Rincón Escalante

High-Rise arranca con el doctor Laing (un excepcional y fascinante Tom Hiddleston) cocinando a un perro para comer, en un balcón precioso, pero en un escenario que parece postapocalíptico. La película, dirigida por Ben Wheatley y escrita por Amy Jump, inmediatamente retrocede tres meses para mostrarnos al mismo doctor entrando por primera vez a un edificio gigante (uno de cinco) a las afueras de Londres, pero todo está perfecto. Lo que sigue es la historia de cómo todo se desmadra.

Basada de manera fiel en un excelente libro de JG Ballard (según dicen en The Guardian y en Roger Ebert), High-Rise construye un escenario distópico típico de las críticas sociales que solían construirse en la ficción de los años 70 y 80: un escenario dividido por clases sociales, donde los más necesitados están en los pisos inferiores y sufren constantemente cortes de luz, pasando por los de clase media alta (el doctor Laing incluído) hasta llegar al último piso, donde vive el arquitecto (interpretado con facilidad por Jeremy Irons), de apellido Royal (realeza, en inglés, como si fuese necesaria más sutileza), una especie de dios que todo lo supervisa y, aún así, todo se le escapa de las manos.

La historia, sin embargo, no es lo más interesante de la película. De hecho, concuerdo con la reseña del New York Times en que es una película aburrida pese a que está llena de caos y ocurren muchas cosas. Y aún así, hay algo que la vuelve fascinante, que atrapa y no suelta durante las casi dos horas de duración.

Son las imágenes que construye a lo largo de la cinta lo que más recuerdo. Wheatley, ayudado por un excelente diseño de escenarios y colores vivos que contrastan con lo árido del mundo alrededor, sabe retratar la desazón y el desenfreno y el resentimiento que motivan a todos los personajes. Ayuda, además, que el elenco se ve entretenido y está lleno de talento, además de que dan ganas de mirarlos y quedarse mirando. (Curiosamente, no vi ninguna persona afro, ¿querrá decir algo con eso High-Rise o acaso consideró que meterle raza a una película ya cargada por la guerra de clases era demasiado sermón?).

La incoherencia de la historia le resta fuerza a la crítica social (en algún momento una de las mujeres del piso de arriba exclama sobre su criada: “como toda la gente pobre, está obsesionada con el dinero”), y el movimiento de la cámara, así como el uso de la música y de las narraciones de Laing, dan la sensación de que Wheatley no estaba tan interesado en hacer un punto político (aunque la película termina con un fragmento de un discurso de Margaret Thatcher), sino en retratar con cierta nostalgia el caos propio que surge cuando las sociedades se descomponen. En eso es exitoso y High-Rise es una experiencia que, si bien no es imperdible, merece una oportunidad, incluso si es sólo por las imágenes. Pocas veces he visto a la destrucción ser filmada con tanta reverencia.

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La otra escasez

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Por Juan Carlos Rincón Escalante

Los reflectores eran para la multitud haciendo juiciosa fila, para los venezolanos arrodillados besando el suelo colombiano o abrazando a nuestros militares, dando las gracias a gritos por encontrarse fácilmente con alimentos y medicinas que ya no se consiguen allá, en aquel vecino que, gracias a su opulencia, muchas veces era el destino de la migración, pocas veces su origen.

Es entendible: eso se presta para hacer buena televisión, de esa que llena el pecho de patriotismo, y en últimas es un digno retrato de lo que pasa cuando el socialismo bienintencionado es secuestrado por la incompetencia y la corrupción, un síntoma del régimen chavista que no para de sangrar.

Pero la historia que era más difícil de ver se encontraba en los suspiros de alivio de los vendedores de toda clase que, después de años de olvido y soluciones ineficaces, por fin se reencontraban con lo que conocen, con los vecinos que a través de décadas de comercio libre habían encontrado una sostenibilidad independiente de los caprichos de los gobiernos centrales.

Por eso, sin importar los generosos (aunque dispersos) esfuerzos de Uribe y Santos, cada uno en su momento, Cúcuta, y Norte de Santander con ella, sigue estando mal. Siempre ha estado mal, de hecho, pero antes no era problema de Bogotá. Porque, y esto es lo que el Gobierno ha descubierto a las malas, la frontera sólo es de Colombia en el papel, en los actos de reconocimiento a las instituciones nacionales y en el reparto de los recursos. Pero de resto, en el día a día, los que mandan son otros, apoyados en redes de ilegalidad con raíces profundas, normalizadas, que a veces se disfrazan de Estado, pero que responden a leyes locales. Pregúntenle al ministro del Interior.

El problema es que antes, con la frontera abierta y con recursos por montón, de esos que esconden la informalidad, la pobreza, la violencia y la falta de institucionalidad, el resto del país podía fingir que todo estaba bien en Cúcuta, pese a una escasez no tan mediática, pero igual de mezquina a la de Venezuela.

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Hillary Clinton, por fin

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Por Juan Carlos Rincón Escalante

A veces en una risa demasiado larga, o en un discurso de victoria, o en una mirada en un video viral, a Hillary Clinton se le escapa, por un instante, el desdén que siente por tener que hacer campaña. Ella, que lleva una década buscando la Casa Blanca, que fue una primera dama influyente tanto en Arkansas como en Washington, que junto con su esposo, Bill, forma un imperio político con tentáculos en todas las ramas del poder de EE. UU., siente que ya debería estar en la Presidencia. Pero eso, claro, no lo va a decir en público: todos los aspectos de su candidatura están finamente calculados para apelar a la masa. Por eso, seguramente, y ante un Partido Republicano en caos, será la primera mujer en ocupar la Presidencia de EE.UU. Pero por eso, también, es que hasta sus votantes desconfían de ella.

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Estados Unidos es un desastre, pero Trump sabe cómo arreglarlo (o eso dice)

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Por Juan Carlos Rincón Escalante

Marco Rubio, el senador primíparo descendiente de cubanos que se había convertido en la última esperanza de la élite tradicional republicana para detener a Donald Trump, lucía contento. Frente a cientos de personas en Virginia, uno de los estados que votarían en el supermartes del 1º de marzo, lanzó varios chistes.

—Sus manos son del tamaño de alguien que mide metro y medio —dijo—. Y ya saben lo que dicen de los hombres con manos pequeñas.

Rubio terminaría perdiendo ese estado junto con otros seis ante Trump el martes pasado, pero algo más grave estaba ocurriendo: el senador, y el resto del Partido Republicano, se había rendido en su intento por hacer una campaña con dignidad. El mayor truco de Trump fue arrastrar al resto de sus contrincantes a los debates vulgares y personalistas con los que se siente cómodo.

Y en esos términos, Trump parece invencible.

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La revolución solitaria de Bernie Sanders

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Por Juan Carlos Rincón Escalante

Bernie Sanders está acostumbrado a estar solo. Desde el inicio de su carrera política, hace 45 años, los márgenes han sido su hogar; la trinchera desde la que repite, una y otra vez, que hay algo profundamente injusto en la forma en que los recursos se distribuyen en Estados Unidos.

Su seriedad, confundida a menudo con amargura y arrogancia por sus oponentes, es legendaria. Sus discursos siempre han estado plagados de adjetivos violentos: “indignante”, “aberrante”, “criminal”. Su rabia contra el statu quo y la política tradicional lo ha movido a ser un crítico mordaz del intervencionismo estadounidense, el capitalismo feroz y la influencia venenosa del dinero en la política.

“El Congreso está roto”, dijo, recién aterrizado en la Cámara de Representantes en 1991. Para que un cambio de verdad ocurriera, concluyó, cientos de sus colegas deberían ser expulsados del parlamento. “Él grita y chilla (al dar sus discursos), pero está completamente solo”, dijo en aquel entonces Joe Moakley, un influyente representante demócrata.

En 2015, el senador Sanders fue el peor congresista, según la página GovTrack que evalúa el comportamiento en el parlamento, en términos de bipartidismo: ninguna de sus iniciativas legislativas contó con apoyo del Partido Republicano.

Pero eso nunca le ha preocupado. Lo que sus críticos llaman terquedad, él lo ve como coherencia. Sanders no tiene problema con estar solo porque está convencido de que tiene razón.

“Llevo muchos años parado en las afueras de la mayoría política”, escribió en la reedición de su autobiografía, Outsider in the White House (Un extraño en la Casa Blanca), publicada originalmente en 1997. “He votado muchas veces solo, dado muchas peleas y montado muchas campañas solitarias”.

Pero algo está cambiando. El pasado 9 de febrero, 151.584 personas votaron por Sanders en la primaria de Nueva Hampshire para elegir el candidato demócrata a la Presidencia de Estados Unidos, convirtiéndolo en el primer judío en la historia de ese país en ganar una primaria. Su victoria, con 60,4% del total de votos, es más impresionante porque la derrotada, con cerca de 60.000 votos menos que el autoproclamado socialista, es Hillary Clinton, la exsecretaria de Estado que cuenta con el apoyo de la mayoría de los líderes del Partido Demócrata y que aún hoy parece la inevitable próxima presidenta de Estados Unidos.

El año pasado, Sanders escribió: “Ya no me siento solo”. Es cierto, ya no lo está.

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La mirada de Paulina Dávila

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Por Juan Carlos Rincón Escalante

Paulina Dávila le prestó sus ojos color miel a María del Carmen Huertas. Esos mismos ojos le sirven para alimentar una curiosidad con la que intenta captar y devorarse todos los estímulos del ambiente y que la ha llevado a experimentar afanosamente la vida: el mar de Santa Marta donde creció, la paz de abrazar los palos de mango del Colegio Bilingüe donde estudió y se descubrió rebelde en su desinterés por encajar, los discos de música independiente gringa que su hermana le regalaba y que eran su refugio, la brutal sinceridad de sus padres que, según dice, le enseñó a ver la realidad sin paliativos, la mudanza a la capital, los viajes por el mundo y los personajes a los que se ha metido “de cabeza” para interpretarlos con esos ojos.

Por eso en ellos nació María del Carmen, la rubia, rubísima, una jovencita que es leyenda para cualquiera que se la haya cruzado y que protagoniza ¡Que viva la música! (QVLM), la única novela de Andrés Caicedo y que ahora llega a los cines gracias a la osadía y pasión de un equipo encabezado por el director Carlos Moreno y, claro, por Dávila. Un proyecto ambicioso, envidiado y criticado, lleno de salsa y caos visual y de un esfuerzo monumental por traducir al cine la elocuencia hipnotizante de la narradora del libro.

Y pensar que Dávila casi se pierde el papel más importante de su carrera.

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No hay nada malo contigo, de verdad

Jeffrey Marsh sube diariamente un video a Vine. Algunos de éstos pasan de los cuatro millones de reproducciones. / Daniel Silbert

Por Juan Carlos Rincón Escalante

Jeffrey Marsh llevaba cinco años soñando con su cumpleaños número 18. Cuando el día llegó se encerró varias horas en el baño a cumplir su sueño: depilarse por completo las piernas. Al terminar se puso unos shorts y bajó con la intención de ir al único bar gay de York, Pennsylvania, una ciudad con poco más de 40 mil habitantes. Sin embargo, se encontró con su papá.

-¿Qué es eso?,- le preguntó.

-Piernas,- contestó Jeffrey.

La discusión siguió y terminó a los golpes. No era la primera vez -ni sería la última- que Marsh recibía abusos e insultos por mostrarse tal y como se sentía en su interior. Y es que la hostilidad contra la diversidad arranca desde el lenguaje: Marsh, quien se identifica como género fluido, no es “él” ni “ella”, es una persona que está al margen de los géneros de los adjetivos, en ese limbo que alberga lo que no hay forma de nombrar.

Pero eso ya no lo trasnocha. Casi dos décadas después del enfrentamiento con su papá, Marsh es una superestrella de Vine, la red social en la que los usuarios publican videos de seis segundos que se reproducen continuamente, una y otra vez. Más de 250 mil personas lo siguen, sus vines han sido reproducidos 207 millones de veces y el año entrante publicará un libro con Penguin Random House. Su éxito radica en que, además de salir bailando o contando chistes -siempre maquillado, regio-, envía mensajes positivos. Entre el cinismo y el odio que caracteriza internet, Marsh siembra optimismo en pequeñas dosis. “Te veo y veo lo bueno que eres”, dice en un video de hace una semana, mirando con sus ojos aguamarina la cámara.

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El inútil orgullo LGBT

Marcha LGBT Bogotá

Por Juan Carlos Rincón Escalante

Hay gente inteligente que se pregunta, con genuino enfado, por qué carajos debe hacerse una marcha del orgullo LGBT. Dicen que es un poco arrogante celebrar una identidad y que la discriminación no sólo la sufren estas personas.

Yo sólo pienso en una frase de Proust: “los homosexuales son una raza maldita, perseguida como Israel. Y finalmente, como Israel, bajo el oprobio de un odio inmerecido por parte de las masas, adquirieron características de masa, la fisonomía de una nación (…) son en cada país una colonia extranjera”.

Cuando la agenda en tu contra es la exterminación, cuando lo que los otros han buscado a lo largo de la historia es volverte invisible y negar tu propia existencia, salir a las calles y decir “me enorgullece ser” no sólo es un acto necesario de rebeldía, es la reivindicación del ideal más puro de justicia.

La marcha no es un capricho, es el corazón de una lucha que no termina. Si usted no ve la necesidad de ella, estoy seguro que lo que sucede es que no está mirando bien el problema.

Acérquese y verá que el prejuicio sigue vivo y matando. Ante eso, la única respuesta es el orgullo.

La anatomía de la melancolía

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Por Juan Carlos Rincón Escalante

“Me sorprende”, digita un narrador sin rostro en su máquina de escribir, “que no haya más cartas de suicidio que simplemente digan: no, gracias”. Sus palabras están estampadas sobre una foto a blanco y negro de lo que parece ser un calendario. Esta es una historia de uno de los mil y pico fotocómics de A Softer World (Un mundo más amable), un cómic web que lleva 12 años revolviendo el corazón del más de un millón de personas que lo visitan cada vez que publican algo nuevo. El 1º de junio saldrá su última tira y el mundo llegará a su fin.

Joey Comeau, escritor canadiense reconocido por sus experimentos con las estructuras narrativas, se toma un momento para pensar. En retrospectiva, y tan cerca del final, ¿cómo describiría A Softer World? “Es un… fotocómic”, dice, y Emily Horne, fotógrafa canadiense y cocreadora, suelta una carcajada. “Es difícil”, continúa Comeau, “incluso ahora que estamos seleccionando nuestros mejores trabajos”. Se refiere a La anatomía de la melancolía, un libro que recopila las tiras favoritas de los creadores y que marcará el final de A Softer World. Para publicarlo pidieron a sus fanáticos apoyo mediante Kickstarter, una plataforma de financiación colectiva. Originalmente habían solicitado 25.000 dólares; actualmente van en 140.000 y todavía faltan varios días para el cierre de su campaña.

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