La lucha de una mujer trans por usar uniforme femenino en el Sena

Por Juan Carlos Rincón Escalante

“Nosotros no tenemos el conocimiento para tratar a una persona como tú”. Ese era el mantra que los directivos y profesores del programa técnico en operaciones comerciales del Sena en Cali le repetían a Marilyn Melissa Mejía. Se referían a una mujer transgénero cuya identidad no reconocieron en actuaciones que la llevaron a considerar abandonar sus aspiraciones académicas, y que son síntoma de un país que todavía no sabe cómo interactuar con aquello que no entiende. Esta es su historia.

Mejía, caleña, tiene 23 años y desde pequeña supo que su cuerpo no correspondía al género que la identifica. “El pene siempre me ha incomodado”, dice. Pese a que su papá le daba incentivos para que abandonara ciertos “comportamientos femeninos”, ella aprovechaba cualquier momento de soledad para vestirse con la ropa de su madre o de su hermana y hacer oficio. En esos momentos era feliz. Hoy, con una operación de senos encima, un armario completamente a su gusto y una cédula que la identifica como mujer, y que la nombra como ella desea, no como sus padres la bautizaron, quiere avanzar profesionalmente.

Por eso se matriculó en el Sena. Desde el primer día habló con el instructor líder de su grupo y le dijo que, como ella era una mujer, quería usar el uniforme de las mujeres. Le dijeron que no había problema, pero cuando llegaron las prendas, un par de sicólogos de la institución y el mismo instructor la llevaron aparte y le dijeron que no podía usar el uniforme, que era problemático, que ella era un hombre.

A los pocos días, la citaron a un comité, espacio reservado para los indisciplinados, y le dijeron que querían “ayudarla”, pero que para eso tenía que dejar de ir en tacones, dejar de maquillarse y, ante todo, dejar de usar el baño de las mujeres. “Si hay niñas adentro, te sales. Si alguna entra y se siente incómoda, te sales”, le dijeron. Todo era para evitar problemas, supuestamente. Pero Mejía no entendía por qué era ella, y no las demás, la que tenía que ceder, esconderse, dejar de expresar su identidad. “Yo no puedo entrar al baño de hombres porque soy mujer”, explica. “Me sentiría muy incómoda”.

Y aunque cedió, los problemas llegaron. Las compañeras empezaron a matonearla. “Payasa”, le decían, y otra cantidad de insultos cargados de prejuicios. Cuando entraba al baño, le tiraban cosas. Una vez le echaron agua encima mientras utilizaba uno de los cubículos. El mayor insulto, el que más le dolía, era que la llamaban por su nombre de hombre, ese que nunca fue de ella, que no la representa. En clase, cuando una compañera se rehusó a llamarla Melissa, ella la gritó. El profesor regañó a Mejía, le dijo que tenía que ser “tolerante” con sus compañeros que “no la entienden”. Ella es la mala del paseo.

La abrumó la tristeza, esa que producen la marginación y la incomprensión, la negación de lo que uno es y los otros no reconocen, y dejó de ir a clases. Aunque cumplió con sus tareas y aprobó todo, le pusieron matrícula condicional y la reprendieron. Por faltar. En la Corte Constitucional hay un caso análogo al de ella, también con una institución del Sena.

Ahora está haciendo su práctica y, dice, le va bien. Aunque sus colegas han empezado a matonearla. La historia no deja de repetirse.

Publicada originalmente en El Espectador.

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