La mirada de Paulina Dávila

Por Juan Carlos Rincón Escalante

Paulina Dávila le prestó sus ojos color miel a María del Carmen Huertas. Esos mismos ojos le sirven para alimentar una curiosidad con la que intenta captar y devorarse todos los estímulos del ambiente y que la ha llevado a experimentar afanosamente la vida: el mar de Santa Marta donde creció, la paz de abrazar los palos de mango del Colegio Bilingüe donde estudió y se descubrió rebelde en su desinterés por encajar, los discos de música independiente gringa que su hermana le regalaba y que eran su refugio, la brutal sinceridad de sus padres que, según dice, le enseñó a ver la realidad sin paliativos, la mudanza a la capital, los viajes por el mundo y los personajes a los que se ha metido “de cabeza” para interpretarlos con esos ojos.

Por eso en ellos nació María del Carmen, la rubia, rubísima, una jovencita que es leyenda para cualquiera que se la haya cruzado y que protagoniza ¡Que viva la música! (QVLM), la única novela de Andrés Caicedo y que ahora llega a los cines gracias a la osadía y pasión de un equipo encabezado por el director Carlos Moreno y, claro, por Dávila. Un proyecto ambicioso, envidiado y criticado, lleno de salsa y caos visual y de un esfuerzo monumental por traducir al cine la elocuencia hipnotizante de la narradora del libro.

Y pensar que Dávila casi se pierde el papel más importante de su carrera.

Fotografía por Ana Lorenzana.

Fotografía por Ana Lorenzana.

María del Carmen son muchas

Mientras la productora de QVLM adelantaba un experimento de casting que le pedía a los interesados en la película grabarse interpretando un personaje y publicarlo en internet, Dávila estaba lejos, en el sudeste asiático (Tailandia, Laos, Camboya, Indonesia e India), buscándose (o perdiéndose) en un viaje de mochilera. Pero sabía que este proceso estaba en marcha; muchas voces cercanas a ella le repetían lo mismo: “preséntate, preséntate”. Igual el tiempo no le alcanzó para volver o enviar un video.

Sin embargo, y pese a que, según Moreno, toda la élite artística colombiana estaba detrás de ese papel, faltaba alguien con el carisma justo para interpretar a la protagonista. Moreno cuenta que estaban buscando una persona fuera de lo común, que fuese capaz de crear el personaje desde cero y que no se intimidara por toda esa libertad. Querían grabar escenas con algo de improvisación, dejando que el flujo del momento y la fuerza de los personajes construyeran la película. El guión sería una mera guía, pero no el foco.

“Necesitaba alguien con coraje —explica el director—. Pasaron por la audición muchas peladas que decían ser María del Carmen, porque es un personaje que genera mucha identidad”, pero ninguna tenía la gallardía de arrojarse al papel como lo necesitaban.

Por eso, cuando Dávila regresó, ya en una etapa avanzada de las audiciones, consiguió una oportunidad, primero con Diego Rendón —el director de casting— y luego con Moreno. La prueba consistió en hacer una escena de la película, pero con un truco: no podía hablar. Desde ese momento querían ver si ella podía transmitir, sin verbalizarlo, ese encanto legendario de la rubia.

Y lo logró.

La segunda prueba fue bailar, porque la novela de Caicedo es, también, una oda a la música que lo influenciaba; sus palabras se mezclan con letras de canciones para darle pulso al corazón de la Cali que transita María del Carmen.

También aprobó.

Le pidieron que se quedara el resto del día haciendo pruebas con otros actores. A los dos días, Moreno la llamó a pedirle que se fuera con él a Cali a crear a María del Carmen. Ahí empezaron las voces.

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La leyenda de Andrés Caicedo

Andrés Caicedo es intocable. ¡Que viva la música!, la novela que publicó justo antes de su muerte a los 25 años, es, en palabras de Juan Gabriel Vásquez (El Malpensante, Agosto 2015), “un legítimo ejemplar de una especie incomprendida y malversada: las novelas de culto”, lo que implica que “genera pasiones, disputas entre amigos, lealtades incondicionales; se pasa de mano en mano como señal de pertenencia a una logia secreta”.

Los miembros de esa logia, que son muchos, tienen ideas muy particulares sobre la novela y sobre María del Carmen. “Querían que yo cargara con sus deseos”, dice Dávila. Las voces, que venían de todas partes, le decían cómo hacer esto o aquello, qué debía evitar, y “todo lo decían con autoridad, lo que es entendible, porque ese libro pertenece a todos los lectores y ese personaje es de todo el mundo”, pero la presión la abrumó los primeros días.

Las críticas fueron despiadadas. En el mundo de las actrices, ese star system criollo, como lo llama Moreno, había murmullos ruidosos en contra de Dávila. Las 2 Orillas publicó un texto despotricando de la película, aún incluso antes de terminarla. Rosario Caicedo, la hermana de Andrés, escribió, después del estreno de QVLM en Sundance, que Dávila “no sabe actuar”. La defensa de la obra escrita contra lo que ven como una falta de respeto ha sido y será siempre visceral, porque eso causan Caicedo y la mona.

Por eso, desde un principio, era esencial zafarse de la responsabilidad de querer complacer a todo el mundo.

“Pelada —le dijo Moreno—, en esto sólo estamos usted y yo; usted y yo estamos haciendo esto y vamos a hacer nuestra interpretación. Si ellos no están de acuerdo, que hagan otra película”. Así fue. ¡Que viva la música!, la película, no es la ¡Que viva la música! de Andrés Caicedo. Es la ¡Que viva la música! de Carlos Moreno, un producto inspirado pero no atado a las particularidades de la novela original; una traducción de ese mundo, transformado y atemporal por la música y la película. Es la película que ellos quisieron hacer, gústele a quien le guste.

Y María del Carmen es la rubia —rubísima— de Paulina Dávila, que, sólo cuando cobró vida delante de las cámaras y se apoderó de su vida entera, le permitió olvidarse de todo y concentrarse en descubrirla, a la mona, la encargada de liberarla de todas sus penas, pero también de inventarle unas nuevas.

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“[…]al estimado lector le aseguro que no lo canso, yo sé que lo cautivo”

Así, en el libro, poco después del inicio, María del Carmen anuncia el juego de seducción y contradicciones que se avecina; una “desclasada” confusa entre canciones, drogas, sexo, dolor y el ritmo de las noches de Cali, un espacio en el cual la protagonista muta, por lo que describirla sin la complejidad que le dedica Caicedo es no hacerle justicia. Eso lo descubrió rápido Dávila: “Es un personaje con tantas referencias, tan cambiante, tan fragmentado, que puede ser mil cosas. Puede ser una heroína, un símbolo sexual, una niña que hace lo que se le da la gana, que está experimentando. También es una persona con opiniones, o a veces es simplemente muy anárquica y rebelde, pues nada le impresiona tanto y ninguna idea la compra del todo; ella va cogiendo de todas partes, pero no se casa con nada ni con nadie: cuando ya creen que la tienen, ella necesita explorar otra cosa”.

Para traducir al cine el misterio de una narradora que, si bien no es omnisciente, sí parece impregnar cada rincón del mundo y tener un conocimiento superior, Dávila le donó sus ojos.

Escena tras escena, emoción tras emoción, hay un constante en la interpretación de Dávila: la mirada críptica y lejana que sirve para evocar el conflicto interno y silencioso del personaje y avivar su aire misterioso. María del Carmen, en la película, desvalida de la voz que tiene en el libro, aunque acompañada por algunas voces en off, no se explica, no argumenta, no permite que la descifren. Por eso causa tanta fascinación: se presta para ser un reflejo de quien la observe. “Eso la hace irresistible”, dice Dávila. “La decisión de ella es no privarse de nada, no privarse de lo que le toca en ese momento, y hay cosas que le tocan y que no le parecen tan chéveres, pero ella está ahí, presente, viviendo”.

Durante las seis semanas de rodaje, lloró, sufrió y se desmadró con María del Carmen. “Qué bien que al menos tenía una película para darle catarsis a todos eso sentimientos”, dice.

Si no hubiese sido así, quién sabe qué habría hecho con la vorágine de sentirse la mona de Andrés. Porque la María del Carmen del libro es tan compleja que se desdibuja hacia el final, cuando su narración se convierte en un manifiesto de rebeldía que se funde con el mismo Caicedo. Lo dice Alberto Fuguet, escritor chileno: “Muchas de estas sentencias / órdenes / recomendaciones a sus lectores son del todo sobregiradas y más tienen que ver con el autor que con la narradora, y, si se leen línea a línea, son incluso contradictorias, pues quieren tanto el anonimato como la fama, y transforman sus impulsos suicidas en mandatos para no crecer” (Planeta Caicedo, prólogo a la edición de ¡Que viva la música!, Alfaguara).

Para darle sentido a la esquizofrenia del personaje, Dávila rayó hasta más no poder el libro de Caicedo y pegó partes de la novela en el guión, deshilachando una historia que brinca entre varios momentos.

Además, tuvo tres semanas para aprender a bailar salsa como se debe, porque, como dice Moreno, “la salsa que se baila en el barrio no es la misma que en Ciudad Delirio”.

Bailar con intensidad le sirvió para volverse adicta a los pandebonos y, pese a eso, bajar de peso y acercarse más al cuerpo de la María del Carmen de 17 años que sale en la película —Dávila tenía 23 cuando filmaron—. Moreno se lo advirtió cuando la llamó a ofrecerle el papel: la sexualidad es una parte esencial de la historia y tendría que salir desnuda en varias escenas de sexo. Para ella no hubo problema, pero sí le molesta que eso sea lo único que parecen ver las personas.

Fotografía por Ana Lorenzana.

Fotografía por Ana Lorenzana.

Ser mujer objeto de deseo

“Es que todos se la comen”, dijo alguien —un hombre— en un seminario. Era una queja. Dávila detesta que esa sea la percepción generalizada. “María del Carmen está constantemente cuestionando el rol de la mujer y de una niña bien, ejerce su sexualidad libremente. También problematiza la relación entre afros y blancos. Que su crítica sea tan vigente demuestra que en pleno 2015 seguimos con las mismas taras que cargábamos en la época de Caicedo. Somos racistas, clasistas, de doble moral, y ella está constantemente transgrediendo esas fronteras que siguen actuales y cuestionables”, dice.

¿Y no le ha dado miedo que mostrar sus senos y su cuerpo, perfecto bajo ciertos parámetros estéticos, invita a que la conviertan en un objeto sexual?

Dávila contesta, pero también uno puede escuchar a María del Carmen en sus palabras: “Si tú te quedas ahí, en ese plano, eso dice más de ti que de mí; no porque yo tenga tetas y me coma manes soy un objeto de deseo. Eso me lo estás poniendo tú a mí, yo no estoy partiendo del punto de ser un objeto de deseo para ti, esa no es mi motivación… El deseo es natural hasta cierto punto, es normal. María del Carmen se presenta deseable, pero está ejerciendo una postura sin compromiso. Es ella quien pasa por ellos, quien los usa. Lo rico es no mirar todo siempre desde el ojo moralista: ella hizo lo que hizo porque le gusta y quiso hacerlo”.

Pero que las personas no vean esa posición es un síntoma de una realidad más generalizada. A Dávila le preguntan por las escenas de sexo, cosa que nunca sucede con los hombres: “Creen que, claro, como soy la mujer, la que me desnudé, entonces fue una experiencia traumática”. Y no. “Desde pequeños nos empiezan a condicionar con nuestros géneros, nos atribuyen expectativas ajenas”.

En sus primeros años, como la hija de una madre perteneciente a un matriarcado paisa, se sentía cohibida por los colores de lo femenino, porque le vivían limando la personalidad. “Te dicen, «no te subas la falda», «no hagas esto», «pórtate bien»”, y a mí me costaba porque me atraían las cosas que identificaban con los niños, los deportes…”; que por cierto, ha practicado y practica con vehemencia pero sin disciplina.

Esa incomodidad aumentó por la rigidez de su colegio católico. No encajaba, no podía respirar. Quería aprender, le apasiona aprender, pero no le gustaba la forma en que enseñaban. “Las clases de arte eran un chiste y eso me dolía porque a mí sí me interesaba aprender”. Dávila era excelente estudiante, pero siempre tenía problemas disciplinarios. Solía morirse de la risa durante las misas: “lo único que me salvaba es que era un colegio abierto, lleno de palos de mango”.

Desde entonces ama abrazar árboles y explorar la naturaleza. Sus papás le permitieron toda la libertad que consideraron posible. Ella la aprovechó para cultivar su propia rebeldía y perseguir todo lo que la motivara. Aterrizó en Bogotá porque en la costa no había mucho futuro artístico. Estudió artes plásticas, pero sentía que quería actuar. Desde Santa Marta hacía cortometrajes con sus amigas. En la capital tomó cursos de lectura e interpretación. Sus ojos nunca dejan de mirar y escudriñar todos los detalles de las personas que conoce: “esa es la mejor escuela de actuación, observar”.

Se ha chocado varias veces con el machismo. El estereotipo de ser linda hace que la gente la tome por tonta. Se indigna ver a las extra en las producciones —“las tratan como ganado”— y le hace falta que más mujeres tengan roles importantes, como directoras y guionistas. Por eso admira a Claudia Pedraza, asistente de producción de QVLM: “sin ella nada hubiese sido posible”. No entiende por qué hay tanto afán por encasillarse, por separar lo femenino de lo masculino. Sabe que ha sido afortunada pues “a nosotras siempre nos toca hacer un esfuerzo más, siempre arrancamos de atrás”.

Pero no se siente abrumada. “Ya están pasando cosas, ya estamos hablando sobre el rol que las mujeres deben tener en nuestra industria”. Y la clave está clara: “tenemos que seguir infiltrando las posiciones hasta llegar a un equilibrio”. Es lo justo.

Fotografía por Ana Lorenzana.

Fotografía por Ana Lorenzana.

Adiós a María del Carmen

Las críticas ya no la trasnochan. Sólo algo le produce nervios: “que la gente no vaya a ver la película porque creen que el cine colombiano es malo”. Quiere que le den una oportunidad, ya sea que la odien o la amen, pero que se dejen tocar, porque algo sí es claro: ¡Que viva la música!, la de Carlos Moreno y Paulina Dávila, suda pasión en cada escena y suena con fuerza. “Si la ves, vas a sentir algo”, promete.

Sentada en un tienda de café, habla con tranquilidad, moviendo las manos y con los ojos bien abiertos. Observa. Siente que la clave para la actuación y para la vida es la misma: estar siempre en el presente, con todos los poros abiertos y dispuesta a reaccionar.

En eso, tal vez, se parecen Paulina y María del Carmen. Pero, después del jueves 28 de octubre, cuando estrenaron ¡Que viva la música!, Dávila le dijo adiós a ese personaje.

Ya tiene sus ojos puestos en otras historias.

Este artículo fue publicado originalmente en El Espectador.

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