Estados Unidos es un desastre, pero Trump sabe cómo arreglarlo (o eso dice)

Por Juan Carlos Rincón Escalante

Marco Rubio, el senador primíparo descendiente de cubanos que se había convertido en la última esperanza de la élite tradicional republicana para detener a Donald Trump, lucía contento. Frente a cientos de personas en Virginia, uno de los estados que votarían en el supermartes del 1º de marzo, lanzó varios chistes.

—Sus manos son del tamaño de alguien que mide metro y medio —dijo—. Y ya saben lo que dicen de los hombres con manos pequeñas.

Rubio terminaría perdiendo ese estado junto con otros seis ante Trump el martes pasado, pero algo más grave estaba ocurriendo: el senador, y el resto del Partido Republicano, se había rendido en su intento por hacer una campaña con dignidad. El mayor truco de Trump fue arrastrar al resto de sus contrincantes a los debates vulgares y personalistas con los que se siente cómodo.

Y en esos términos, Trump parece invencible.

Los Estados Unidos lisiados

“Estados Unidos necesita empezar a ganar de nuevo”, escribió Trump el año pasado en Crippled America: How to Make America Great Again (Estados Unidos lisiados: cómo devolverles su grandeza). “A nadie le gusta un perdedor y a nadie le gusta ser matoneado. Y aun así, aquí estamos: somos la más grandiosa superpotencia, pero el resto del mundo se está comiendo nuestro almuerzo. Eso no es ganar”.

Trump dice creer que Estados Unidos es un desastre. En la Presidencia y el Congreso, “la incompetencia es increíble”, la infraestructura del país está en ruinas, se desperdiciaron billones de dólares en guerras inútiles en Oriente Medio, se aisló a Israel —“nuestro único aliado real”—, se negoció un inservible tratado nuclear con Irán, todos los países con los que se firmaron tratados de libre comercio están llevándose los empleos y las ganancias, la clase media es cada vez más pobre y, como si fuera poco, EE. UU. se convirtió en el basurero del mundo, a donde van a parar todos los criminales, violadores y malas personas de otros países, lo que representa “un buen negocio para los presidentes del resto del mundo, pues se deshacen de lo peor”.

Antes de su campaña a la Presidencia, Trump se convirtió en el rostro más famoso del movimiento que le exigía al presidente Barack Obama probar que no había nacido en Kenia. Cuando Obama publicó su registro de nacimiento en Hawái, el ahora candidato dijo que “no estaba seguro de si era real”, pero que se enorgullecía de haber forzado al presidente a enfrentar la controversia.

Ese es Trump. Nunca pierde. Y lo repite una y otra vez. Por eso, dice, es la mejor opción para la Presidencia: “Necesitamos alguien con un historial de éxito en los negocios, alguien que nos pueda llevar a la excelencia y que sea capaz de explicar lo que debe hacerse”.

Hablar sin tapujos hace parte de su marca. No tiene tiempo para la corrección política, lo que es un arma de doble filo: funciona cuando le sirve para hablar mal de los políticos de Washington, “que sólo hablan y nunca hacen nada”, pero lo traiciona cuando, por ejemplo, se sintió cuestionado injustamente por Megyn Kelly, periodista de Fox News, y después dijo que a ella se le veían las malas intenciones pues “botaba sangre por los ojos y por su… lo que sea”.

Sus votantes ven honestidad en esa forma de hablar. La clave está en que los miedos a los que está apelando Trump vienen trasnochando por varios años a un fragmento considerable de la población estadounidense, y han sido, cuando no fomentados, sí tolerados por el Partido Republicano, que ahora no sabe cómo detenerlo.

La culpa es de Obama

La llegada a la Presidencia de Estados Unidos del primer afroamericano, con una agenda progresiva reformista además, fue confrontada por un obstruccionismo terco por parte de los republicanos en el Congreso. Desde el principio, la orden era clara: no pasarle nada al presidente que, después de quemar todo su capital político en una ambiciosa reforma al sistema de salud, vio desaparecer las mayorías de su partido en el Senado y la Cámara de Representantes.

En ese contexto surgió el Tea Party, un grupo de políticos de ultraderecha que, entre otras cosas, suele decir que Obama es un musulmán encubierto que quiere instaurar la sharia en Estados Unidos. El fenómeno llevó a nuevos votantes a las urnas, lo que ayudó a los republicanos a recuperar las mayorías. Por eso, y aunque la retórica se volvía cada vez más violenta y llena de resentimiento hacia las minorías, los líderes del Partido Republicano callaron. Incluso al principio de este ciclo electoral, cuando Trump inauguró su campaña hablando de cómo los mexicanos que inmigraban a Estados Unidos eran en su mayoría criminales, fueron pocos los reproches que recibió de su partido. El juego era a no perder los votos radicales, que igual suman.

Mitt Romney, quien esta semana salió a criticar a Trump por ser un “fraude”, en 2012 celebró haber recibido su apoyo cuando intentó llegar a la Presidencia.

En esta pelea todos tienen rabo de paja. Y ahora Trump está usando esa indignación para catapultarse a la nominación, y cualquier intento de atacarlo fracasa porque los votantes están cansados de sentir que su ira y su frustración no han sido representados adecuadamente. Ha ganado el 46% de los delegados otorgados hasta el momento y, si las encuestas permanecen como están, su triunfo parece inevitable. En ningún estado ha obtenido menos de 30 puntos porcentuales y, mientras sus oponentes siguen repartiéndose el resto de la votación, no hay una alternativa clara para detenerlo.

En sus eventos de campaña abundan los letreros que dicen que “la mayoría silenciosa” lo apoya. Sus votantes se sienten perseguidos y amenazados y quieren recuperar el poder, y vivir en un país que logra resultados. Trump ha prometido precisamente eso. El cómo, hasta ahora, no ha parecido ser importante.

¿Cuál es el verdadero Trump?

En un debate reciente, Ted Cruz, quien va de segundo en la carrera por la nominación, estaba criticando a Trump por haber hecho donaciones en varias ocasiones a políticos demócratas.

“Sí, y también lo financié a usted cuando se lanzó al Senado”, le contestó Trump. El jueves pasado, en Detroit, cuando el tema volvió a surgir, Trump dijo que les había donado a republicanos y demócratas a lo largo de los años porque es un hombre de negocios, y que eso lo ponía en la posición de saber que Washington estaba estancado.

Lo que también prueba, no obstante, que es un candidato flexible. Un día dice estar a favor de la tortura y al otro confiesa haber cambiado de opinión. Hoy ha dicho que Hillary Clinton es lo peor que le puede pasar a Estados Unidos, pero sus donaciones a la Fundación Clinton son superiores a los US$100.000. Según reportes, en espacios cerrados ha concedido que su plan de construir la muralla entre EE. UU. y México es una táctica de negociación.

También en Detroit, confrontado respecto al cálculo de que su plan de recortes en impuestos agregaría US$10 billones al déficit fiscal, su respuesta fue, básicamente, “confíen en mí”.

En su libro, Trump confiesa que ama dar declaraciones escandalosas porque así garantiza que los medios le van a dar cubrimiento. Su experiencia en televisión, como creador del reality show El aprendíz, es útil para llamar la atención. Por eso cuesta creerle cualquier posición.

En una entrevista con Maureen Dowd, Trump admitió que sabe cómo comportarse políticamente correcto y agradable cuando lo necesita.

“Sólo que en este momento no lo necesito”, le dijo.

Si en efecto gana la nominación por el Partido Republicano, no sería nada raro un cambio radical de máscara para apelar a una audiencia mucho más amplia. De hecho, ya está pasando: a medida que obtiene el apoyo de políticos tradicionales, Trump ha empezado a moderar su tono (aunque no el contenido de lo que dice), e incluso ha defendido públicamente ideas liberales como la utilidad para la salud de las mujeres estadounidenses de Planned Parenthood, clínica reconocida por facilitar interrupciones voluntarias de embarazos.

Eso, sin embargo, no lo ha llevado a perder popularidad. En todos los discursos repite la misma idea: “Mi presidencia va a ser maravillosa. Créanme”.

Hasta el momento, 3’320.055 estadounidenses, varios de ellos latinos, le han creído. Y el número sigue creciendo.

Este artículo fue publicado originalmente en El Espectador.

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