No hay nada malo contigo, de verdad

Por Juan Carlos Rincón Escalante

Jeffrey Marsh llevaba cinco años soñando con su cumpleaños número 18. Cuando el día llegó se encerró varias horas en el baño a cumplir su sueño: depilarse por completo las piernas. Al terminar se puso unos shorts y bajó con la intención de ir al único bar gay de York, Pennsylvania, una ciudad con poco más de 40 mil habitantes. Sin embargo, se encontró con su papá.

-¿Qué es eso?,- le preguntó.

-Piernas,- contestó Jeffrey.

La discusión siguió y terminó a los golpes. No era la primera vez -ni sería la última- que Marsh recibía abusos e insultos por mostrarse tal y como se sentía en su interior. Y es que la hostilidad contra la diversidad arranca desde el lenguaje: Marsh, quien se identifica como género fluido, no es “él” ni “ella”, es una persona que está al margen de los géneros de los adjetivos, en ese limbo que alberga lo que no hay forma de nombrar.

Pero eso ya no lo trasnocha. Casi dos décadas después del enfrentamiento con su papá, Marsh es una superestrella de Vine, la red social en la que los usuarios publican videos de seis segundos que se reproducen continuamente, una y otra vez. Más de 250 mil personas lo siguen, sus vines han sido reproducidos 207 millones de veces y el año entrante publicará un libro con Penguin Random House. Su éxito radica en que, además de salir bailando o contando chistes -siempre maquillado, regio-, envía mensajes positivos. Entre el cinismo y el odio que caracteriza internet, Marsh siembra optimismo en pequeñas dosis. “Te veo y veo lo bueno que eres”, dice en un video de hace una semana, mirando con sus ojos aguamarina la cámara.

“A diario recibo mensajes en los que me dicen ‘me iba a matar, pero encontré tu Vine en el momento adecuado y decidí quedarme porque me diste suficiente esperanza para esperar a ver qué sucede’”. La reacción ha sido abrumadora y su cuenta no ha parado de crecer. “Vi que esos mensajes son los que la gente necesita y mi responsabilidad es seguir creando contenido positivo y darles algo para que compartan en su Facebook o su Twitter si quieren hacer parte de una conversación amable en internet”.

Su audiencia, que es mayoritariamente adolescente -y, en especial, mujeres heterosexuales-, lo busca para sentirse acompañada y para contarle sus problemas. “Casi todos los mensajes que recibo pueden resumirse en alguien que está preocupado de lo que otra gente piensa de él. Eso es lo que nos han enseñado: estar muy pendientes de la opinión que las otras personas tienen de nosotros. Por eso mi Vine tiene tanta acogida: hay tanto odio en los comentarios de mis videos y, sin embargo, sigo publicándolos. Es muy importante para los jóvenes y para todo el mundo ver que sí recibo mucho odio, pero al día siguiente publico otro video, y ese video recibe mucho odio, pero al otro día salgo con otro y así todos los días. Mi mensaje central es que lo que las otras personas piensan de uno es irrelevante”.

Llegar a esa convicción tomó tiempo. Cuando estaba en la universidad, en Filadelfia, se encontró con un libro titulado No hay nada malo contigo, escrito por Cheri Huber, una budista zen. “Qué título tan interesante y tan falso: hay mil cosas que están mal con quien soy”, recuerda haber pensado, pero después de comprarlo empezó a estudiar budismo y vivió un tiempo en un monasterio: “El proceso de abandonar ese ideal de que eres un desastre es largo y difícil, y toma toda una vida. Aún sigo en eso. Ayuda mucho tener dirección espiritual, pero no todo el mundo tiene que hacerlo así: puede que vayas a terapia, puede que seas cristiano, lo que sea que te funcione. Lo que sí creo es que la labor de todas las personas en la tierra es volverse más auténticas, más ellas, y eso sólo se logra abandonando el odio interno hacia uno mismo”.

Una clave para construirse a sí mismo “es encontrar algo que te apasione y que ayude a otras personas”. Por eso ahora dedica su vida a buscar que otras personas se valoren: “Hacer los vines es una razón para levantarme en las mañanas, para sentirme bien conmigo mismo, y los mensajes que recibo me tocan el corazón”.

En uno de sus vines, Marsh sale con un collar de flores doradas, labial rosado brillante, sombra azul, pestañina y delineador. Mira a la cámara con una sonrisa y dice: “Mientras crecía mis papás me trataron horrible porque no sabían qué hacer conmigo… eso no es mi culpa”. Esa es la raíz de su éxito, lo que hace que sus videos tengan un encanto individualista: que se sienten personales pese a ser masivos. Verlo es intuir el dolor que ha tenido que soportar. Estar ahí, diciendo que está bien valorarse, que a él le importa cada vida, es, al mismo tiempo, una declaración política y una invitación a creerle. También ayuda que Vine repite sus mensajes una y otra y otra vez, como un mantra de positividad.

En cada vine, Marsh construye y afirma su identidad, aquella que sentía negada cuando vivía con sus padres. Ser género fluido significa no tener que elegir. “Toda mi vida me han dicho ‘tienes que dejar de portarte de esta manera porque eres esto’, y eso incluso aplica si soy un hombre gay, que es una categoría con la que me identificaba en el pasado, porque ahí también te dicen ‘no puedes actuar de esta manera porque eres un hombre gay’. Quiero toda la libertad y todas las posibilidades que pueda tener y las palabras que más me acercan a eso son ‘género fluido’”.

El público interactúa con esa fluidez. Es muy distinta la reacción de un adolescente a la de alguien mayor. “Los jóvenes me escriben y me enseñan sobre este tema, me dicen cuáles son las palabras que se están usando, me hablan de las cosas que están haciendo en el colegio y con sus padres, cosas que yo jamás pude hacer”. Los mayores tienen muchas preguntas y hostilidad. “Siento que, a medida que envejecemos, nos sentimos más seguros si podemos identificarnos a nosotros mismos con claridad, y no nos percatamos de que esa comodidad es un sacrificio; que entre más nos metamos en una caja, menos libertad tenemos para explorar y crecer en nuestras vidas”.

Por ese miedo irracional a la diferencia los prejuicios no cesan. Lo único que puede hacerse es seguir hablando, reivindicando la existencia en cada vine. Eso le faltó a su relación con sus padres -su madre es una pastora luterana y su papá nunca lo ha podido aceptar-, y esa es su recomendación para los padres: la sinceridad. “Supongamos que tiene un hijo transgénero y eso le causa incomodidad, mi consejo es que hable sobre eso. No tiene que decirle ‘me incomodas’, pero sí acercarse y decirle ‘explícame esto, a mí me criaron diferente’. Y, por favor, trátelo como a un ser humano y háblele con sinceridad, porque si usted como padre tiene un montón de pensamientos en la cabeza -qué significa esto, qué pensarán los vecinos-, su hijo también está lidiando con un montón de pensamientos como ‘mis papás me odian’ o ‘mis papás son estúpidos y no entienden’. Todo eso se soluciona hablando”.

No hablar es alimentar el círculo vicioso de la violencia: niños abusados, silenciados, crecen para ser adultos que abusan y silencian, que desconfían de la libertad y lo que ven como ajeno se convierte en una amenaza.

Romper estos ciclos es la apuesta de Marsh con su idea de ser amable en internet, que, por lo simple, parece revolucionaria. A eso y a ser compañía para todos aquellos que, como él en aquel infame cumpleaños, necesitan una voz que les diga, una y otra vez, que no hay nada de malo con ser quien uno quiera ser.

Este texto fue publicado originalmente en El Espectador.

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