Hillary Clinton, por fin

Por Juan Carlos Rincón Escalante

A veces en una risa demasiado larga, o en un discurso de victoria, o en una mirada en un video viral, a Hillary Clinton se le escapa, por un instante, el desdén que siente por tener que hacer campaña. Ella, que lleva una década buscando la Casa Blanca, que fue una primera dama influyente tanto en Arkansas como en Washington, que junto con su esposo, Bill, forma un imperio político con tentáculos en todas las ramas del poder de EE. UU., siente que ya debería estar en la Presidencia. Pero eso, claro, no lo va a decir en público: todos los aspectos de su candidatura están finamente calculados para apelar a la masa. Por eso, seguramente, y ante un Partido Republicano en caos, será la primera mujer en ocupar la Presidencia de EE.UU. Pero por eso, también, es que hasta sus votantes desconfían de ella.

¿Cuál Clinton?

Cuando Clinton anunció su candidatura para las elecciones de 2008, lo hizo con un video solemne, desde su casa, sola, en el centro de la cámara, y enunció todas las razonas por las cuales ella era la mejor —y, en su visión, la única— presidenta que podría tener EE.UU. El año pasado, después de una derrota amarga contra el senador primíparo Barack Obama, lanzó un video donde personas de distintas razas, estratos sociales y configuraciones familiares hablan sobre sus planes, y luego sale ella, un poco a la derecha de la toma, anunciando que también tiene un plan, y habla de servirle al pueblo. Los Clinton recibieron el mensaje: un poco de humildad ayuda en las urnas.

Sin embargo, ese es el problema principal de su campaña: Clinton ha cambiado tanto de imagen, de posición y de mensaje, siempre aparentemente favoreciendo el vaivén de las encuestas y no las convicciones, que a la gente le cuesta confiar en ella. En una encuesta reciente, el 53,6 % de los estadounidenses tienen una visión desfavorable de ella. ¿El único de los candidatos con peor registro que ella? Donald Trump, con 62,4 % de personas que lo ven desfavorablemente.

Pese a ser demócrata y a tener una larga historia en favor de movimientos sociales (especialmente el de mujeres), las consideraciones de estrategia política la han llevado al centro y, en ocasiones, un poco a la derecha, lo que le ha ganado enemigos entre los liberales de izquierda. Durante la presidencia de su esposo, en la que ella jugó un papel de difusión importante, se aprobaron muchas causas que ahora son condenadas por la izquierda estadounidense: la desregulación de Wall Street, el recorte del gasto público, la prohibición del matrimonio de parejas del mismo sexo, una ley contra el crimen que desembocó en números desbocados de personas afro y latinas en la cárcel, y el acuerdo de libre comercio de Norteamérica (Nafta, en inglés), que llevó a la pérdida de muchos puestos de trabajo en lugares como Michigan, donde la semana pasada Bernie Sanders venció a Clinton contra todos los pronósticos.

Esas posturas, en un Estados Unidos poscrisis económica que se ha recuperado, pero en donde la clase media ha tenido que sufrir los peores coletazos de la recesión, le han pasado factura a Clinton. La presencia de Sanders en la campaña, un autoproclamado socialista que sin compromisos habla de la desigualdad social y de la corrupción en Wall Street, ha servido de contraste al pragmatismo taimado de la exsecretaria de Estado.

Sus lazos con la bolsa de Nueva York han sido particularmente útiles para poner en duda su independencia. Los seguidores de Sanders dicen que ella hace parte de la misma élite corrupta que recibe dinero de los culpables del colapso financiero. Los US$275.000 que Clinton cobró por dar un discurso en Wall Street, del cual no ha querido publicar una transcripción, refuerzan esa visión.

Clinton ha contestado moviéndose a la izquierda, condenando públicamente los excesos del 1% más rico del país, hablando de la necesidad de luchar contra la desigualdad, criticando el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (en inglés: Trans-Pacific Partnership, TPP), que ella misma ayudó a negociar cuando fue secretaria de Estado, pidiendo una reforma migratoria y alineándose con las políticas de la administración Obama.

Su argumento es simple: promete luchar por todas las causas liberales y por la protección de las minorías, pero con planes basados en la realidad política de no contar con una mayoría en el Congreso. Ante la idílica revolución política de Sanders, Clinton propone una Presidencia de compromisos, pero con resultados.

Aunque esa forma de entender la política no genera la misma emoción que catapultó a Obama a la Casa Blanca, o que tiene a Sanders nadando en dinero de donaciones individuales, parece ser suficiente para que Clinton gane la nominación y, enfrentada con el radicalismo conservador de un Trump o un Ted Cruz, o incluso con el discurso más moderado (aunque aún así radical) de un John Kasich, para que se convierta, por fin, en presidente de Estados Unidos.

Habrá qué ver qué políticas implementará esa versión de Clinton.

Este artículo fue publicado originalmente en El Espectador.

 

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