Pékerman y De la Calle, reinventen ustedes la patria
Publicado el 8 septiembre, 2012 1 comentario
Por Juan Carlos Rincón Escalante
“Colombia” es un concepto débil, sin lógica interna. Nuestra nación se construye como puede. Entre tanta diferencia irreconciliable, hay dos pilares fundamentales para la “unión”: el fútbol y la guerra.
La violencia nos tortura, pero la guerra es la que nos identifica. El conflicto nos regala un enemigo común que podemos nombrar, clasificar y utilizar para elaborar ideas de país. Las FARC, esa vehemente agonía, son el punto de partida para cualquier político. Son la amenaza más clara (aunque quizás no la más potente) y la narrativa coherente. Derrotarlas es nuestro fin (y quien no esté de acuerdo, es parte de los malos) y nos convoca a todos por igual. Así seamos víctimas pasivas, Colombia lucha perpetua e incansablemente su guerra, nuestra guerra, la de todos y todas.
La selección, por su parte, controla nuestra ambición. El estado de ánimo del país, incluso de aquellos y aquellas que no disfrutan el fútbol, depende de nuestro camino hacia el mundial. No hay mejor y más recurrente excusa para encontrarnos que ver un partido de la tricolor y sufrir nuestra sequía mundialista.
En esos dos sentidos, la identidad colombiana es clara: somos un país en guerra acostumbrado a perder. Esa visión permea el resto y nos invade en la rutina diaria. Es una visión colectiva que hemos interiorizado.
Por eso, José Pékerman y Humberto De la Calle tienen el país en sus manos. Si el técnico de la selección logra clasificarnos al mundial, el país recordará que la victoria es una opción (algo así pasó con las medallas olímpicas, pero nada más contundente que un triunfo en fútbol). Si el negociador del Gobierno logra un acuerdo de paz con las FARC, el país perderá su enemigo más claro y se enfrentará a una nueva realidad. Ambos cambios, que no dependen sólo de ellos dos, pero los responsabilizo porque soy colombiano y amo individualizar, implicarán un estado de ánimo diferente. Si pasa, nos tocará reinventarnos; buscar una nueva identidad colombiana.
Si no pasa, pues nada, seguiremos siendo el país que sobrevive y convive con la derrota. Pero ojalá nos toque volvernos a inventar.
Por ahora somos dioses
Publicado el 9 agosto, 2012 1 comentario

Por Juan Carlos Rincón Escalante
En los sesenta, las agencias de publicidad tuvieron una idea brillante: seducir a los jóvenes. Si lograban enamorar a un joven de una marca, era muy probable que lo convertirían en un cliente de por vida. Las grandes empresas vieron en la contracultura una oportunidad de oro y, ayudadas por la industria del entretenimiento (cine, música, literatura, etc), decidieron patrocinar la rebeldía de la época, lo que Thomas Frank llamó «la conquista de lo cool«. Fue así como empezó un movimiento que giraba en torno a la edad y proponía la reivindicación y glorificación de la juventud a través de la cultura.
Antes de eso, nuestro centro de adoración eran la experiencia y la inteligencia. El mundo y la cultura pertenecían a los astutos. Cinco décadas después de aquella idea publicista, nuestra sociedad es la primera en la historia que celebra la juventud como la cualidad más importante. Ni siquiera los griegos, quienes tenían una pasión desmedida por la belleza, habían destronado a la sabiduría como la mayor aspiración.
El problema con el cambio es que la juventud es inexperta y, por ende, estúpida. Esto, de entrada, no es malo: los errores estúpidos construyen la experiencia y, cuando se piensan, construyen cierto tipo de inteligencia. Pero cuando se enaltece la estupidez como fin en sí misma (¡seamos jóvenes y estúpidos!), no hacemos más que crear una deidad imbécil.
Además, las redes sociales multiplican la adoración. Desde nuestro inexpresivo silencio frente a un computador nos hemos convertido en la generación que, a punta de «me gusta»(s), celebramos el caos estúpido y deseamos pertenecer a él. Nos define lo que vemos y nos fundamenta la banal admiración que recibimos cuando nos dejamos llevar. Aspiramos a ser lo que ya somos, y poco más.
Sin embargo, la juventud no se construye. Es un estado que obtenemos sin esfuerzo; una oda a la mediocridad conformista. No requiere que nos pensemos, ni que nos cultivemos. Solo nos pide estar. Por eso agonizamos impotentes cuando la sentimos esfumar y nos aferramos a cualquier producto, procedimiento o evento que nos prometa una prórroga. Pero, como buen amante, siempre se marcha. Y después de la juventud, ¿qué nos queda?
Sofía y el Terco
Publicado el 6 agosto, 2012 Deja un comentario

Por Juan Carlos Rincón Escalante
A Madrid llegó un guión que contaba una historia sobre los sueños. Iba dirigido a Carmen Maura, actriz española que cuenta en su repertorio con cuatro premios Goya y un premio a mejor actriz en Cannes. En él iba depositado el sueño de Andrés Burgos y sus productoras: convencer a Carmen de protagonizar una película colombiana.
La historia del guión giraba en torno a dos ancianos pasmados por la rutina en uno de tantos pueblos olvidados de Colombia. La mujer, el papel ofrecido a Maura, soñaba con realizar un viaje al mar. El terco, quien luego sería interpretado a la perfección por Gustavo Angarita, estaba muy cómodo en la tranquilidad de su hogar y su vejez como para realizar un esfuerzo genuino por acompañarla en el viaje.
Ahora, en nuestras carteleras, pueden ir a ver a la española en Sofía y el Terco. Ojo, pueden verla, sentirla, entenderla, pero no oírla. La película, ópera prima de Andrés Burgos (quien la escribió, dirigió, y tiene un libro publicado bajo el mismo nombre), es el primer protagónico de la actriz en el que no dice ni una palabra.
Y es en el diálogo, donde muchas producciones de nuestro país sufren, cuando Sofía y el Terco triunfa. Y lo consigue reduciéndolo al máximo. La protagonista nos habla con todo, menos con la voz. Todos los otros personajes se ahorran sus frases. Sólo un personaje habla por hablar, y la película lo aprovecha para demostrar que es innecesario.
Esta es una cinta de silencios hechizantes. Cada toma es cuidada, pensada y acompañada por una banda sonora hermosa. La belleza y cultura de nuestro territorio son retratadas y utilizadas con propósito dentro de lo que se cuenta. La violencia no está ausente, pero no es protagonista. Por primera vez nuestro cine logra plasmar el ambiente que nuestra literatura lleva tantos años narrando.
Con una hora y veinte minutos de duración, Sofía y el Terco entiende que el cine es un arte de historias. Es un relato sencillo contado con un cariño inspirador. Nuestro país necesita contarse de esta manera más a menudo. Esta es la clase de producciones que debemos apoyar y, en esta Colombia hambrienta de identidad, es el cine del que nos podemos sentir orgullosos. Vayan a verla, por favor.
Soy
Publicado el 17 julio, 2012 1 comentario
Por Juan Carlos Rincón Escalante
Soy el juego perpetuo de seducirte y perderte.
Soy la tristeza que te persigue cuando no quieres, cuando escondes.
Soy el aguardiente que tragas para olvidar.
Soy el olvido que no invocas.
Soy el cúmulo de miedos que ridiculizas.
Soy las mentiras que no te dije y las que me faltó decir.
Soy el orgasmo que te debo; el que fingiste.
Soy la canción que nos dolió.
Soy el baile que te rechacé.
Soy el secreto que conté; el sueño que olvidé.
Soy la respuesta inadecuada, casi inaudible.
Soy el lugar inapropiado.
Soy el pene de tu amante.
Soy las piernas de mis putas.
Soy lo que nunca aprendí.
Soy el carisma que alquilé.
Soy la redundancia de existir y amarte.
Soy lo que me falta ser; lo que quisiera ser.
Soy lo que fuimos y perdimos.
Soy el dolor de este silencio.
Soy el silencio y la tristeza. La tristeza.
Soy lo que no fui cuando me pediste que no fuese.
Soy el no tenerte.
Soy el desearte; idolatrarte.
Soy la religión que te inventé.
Soy estas ansias de no ser.
Soy mi arrepentimiento. Y poco más. Y entre lo poco, soy tuyo.
La violencia que sufrimos a diario
Publicado el 15 mayo, 2012 Deja un comentario
Cuando a María del Carmen Ruíz, una señora de 60 años, le mataron a su esposo, periodista de 70 años con el que se conocía hacía 40 años, dijo una frase que resume nuestro país:
“Mi esposo defendía las cosas del pueblo y era valiente para decirlas; pero no era pa ́ que lo maten de esa forma. Díganle, no queremos que siga acá, pero no hagan eso con un viejo de 70 años, déjenlo acabar su vida”.
Su testimonio se repite a diario en distintas voces colombianas. Damos por sentada la violencia. Hemos aprendido a vivir con ella, a negociar con ella. Listo, yo me callo, pero no me mate. Lo mismo con la corrupción. Somos una sociedad que se ha construido partiendo de una base perversa: hay actores corruptos que hacen parte del sistema. Vivir y prosperar, ser colombiano, entonces, es lidiar con esa situación que parece inherente a nuestro país. Nos ha tocado. Convivimos con el mal para sobrevivirlo.
Por eso, en días como hoy, cuando la capital tiembla por un atentado atroz, la sorpresa es fuerte, pero tímida. Lo que sorprende no es el dolor, sino la rimbombancia. El ruido de hoy no es más que la manifestación de una realidad diaria. Los violentos no suelen poner bombas ni atacar públicamente, pero ahí siguen. Existen con nuestra complicidad. La batalla frontal está perdida porque el enemigo se difuminó. Logró el triunfo más importante: se afianzó en la cultura; en el sentido común.
Mi invitación es la de siempre: a decir no más. Pero no sólo hoy, cuando el dolor es tan público. No. Lo que nutre la violencia y corroe nuestro país es esa pugna diaria que perdemos con la injusticia. El cambio, en realidad, empieza por nosotros. Si queremos paz, debemos decirle no más a la corrupción, la pequeña, la del día a día. Esos pecaditos que nos favorecen. También decirle no a los capos, y a los subalternos, y a los políticos que se aprovechan, y al familiar que hace trampa. Todos ustedes han visto la maldad y la violencia en sus vidas. En ocasiones, incluso, somos nosotros quienes la perpetuamos.
Mientras no detengamos las pequeñas atrocidades, seguiremos sufriendo a lo grande.
Juan Carlos Rincón
La mordaza que más aprieta
Publicado el 16 abril, 2012 Deja un comentario

Cuando Bladimir Espitia despertó al país, descubrió que el periodismo no paga. El hombre, que causó revuelo nacional con la publicación en YouTube de un vídeo denunciando los atropellos de la fuerza pública contra unos pescadores en El Quimbo, no podía salir del Huila por no tener plata. Tuvo que encerrarse con su familia para protegerse de amenazas que provenían de lugares difusos. De no ser por la Fundación para la Libertad de Prensa, FLIP, quién sabe qué hubiese sucedido con él una vez Colombia encontrase otra distracción. Aún cuando capta nuestra atención, el periodista de provincia sufre.
En Colombia aprendimos a inutilizar la libertad de expresión con sutileza. México, que nos sigue los pasos, es un reflejo de cómo éramos antes en nuestro país. El año pasado decapitaron a la jefa de redacción de un diario mexicano. Literalmente. María Elizabeth Macías se unió a los más de ochenta periodistas de aquel país que han muerto en los últimos doce años. Allá, la guerra fomentada por narcos y políticos no discrimina, pero sí tiene una víctima recurrente: cualquier comunicador. Están en la etapa de brutalidad desalmada, donde la violencia rimbombante es el mejor mecanismo de censura. Aquí, en la tierra de la prosperidad, podemos celebrar, pues ya no matamos periodistas. No es necesario.
Colombia, según la FLIP, es el país de América Latina donde más periodistas han muerto, aunque México nos quiere quitar ese honor. En el 2011, sólo mataron a un periodista en nuestro territorio. Considerando que Luis Eduardo Gómez, hombre de setenta años que cubría el Urabá antioqueño, es el asesinado número ciento treinta y nueve desde 1977, tendríamos que celebrar el avance en seguridad. Sin embargo, la reducción en los números es una falsa ilusión.
Más allá de los delirios capitalinos, el caos reina. Los armados siguen imponiéndose. Cambian los nombres, y a veces los hombres, pero la realidad es la misma. La relación entre agentes legales e ilegales es tan compleja que reconocer al enemigo es imposible. ¿Y el periodismo? Mantiene una distancia prudente. Hace investigaciones superficiales que no alcanzan a desenmascarar las perversas alianzas que plagan nuestro territorio. La libertad de expresión, tan linda en nuestra Constitución, se convierte en un fósil de papel que nadie se atreve a ejercer.
¿Qué más puede hacer un periodista de provincia? Está ejerciendo una profesión mal remunerada. Recibe, incesantemente, amenazas de políticos y agentes armados. Sabe que la justicia no está de su lado y la impunidad es la ley. Si decide, motivado por el ideal del vicio llamado periodismo, arriesgarse a publicar una nota que esclarezca un poco la telaraña de corrupción en su zona, tiene un obstáculo mayor: un país indiferente. ¿A quién le importa un informe profundo sobre el secuestro de la institucionalidad en Arauca? Colombia se ha vuelto selectiva. Pasa tanto en Macondo que no podemos encarretarnos con cualquier mariposa amarilla.
La autocensura es la única opción razonable para el periodismo regional. Así lo demuestra el último informe de la FLIP. Los “temas relacionados con corrupción, mafias locales u orden público, se evitan”. Así de sencillo. El periodismo se rindió para sobrevivir. Pierde Colombia, que seguirá sumida en el oscurantismo. Ganan los políticos corruptos y los narcos y los terroristas (al final, son los mismos) que siguen traficando con nuestro futuro. Pierde la prosperidad que busca el Gobierno pues el país sigue secuestrado. Reina la prudencia, tan nociva para la democracia y la libertad.
Para cambiar, empecemos por sacudirnos la indiferencia. Lo único que va a permitirnos construir país es romper con la aprobación tácita que da el silencio de la sociedad. Son los periodistas los llamados a traer el estruendo de la verdad, pero, para eso, la libertad debe dejar de ser sólo para los prudentes.
Un estado en Facebook es insuficiente
Publicado el 22 enero, 2012 Deja un comentario
La industria del entretenimiento parece creer que sus clientes somos una manada de criminales desalmados sin el más mínimo respeto por el valor del contenido que consumimos. Cree que sólo nos interesa la gratuidad y que internet, tan anarquista e incontrolable, no es más que un simple mercado negro de piratería.
La piratería en internet no es un problema de dinero sino de servicio. Hay un enorme público que desea entretenerse a cualquier hora del día desde la comodidad de su computador. Cuevana triunfa por lo práctica y eficiente que es. Si llegase a desaparecer, ¿dónde está la alternativa legal que supla ese vacío? Netflix, por ejemplo, acierta con un buen precio pero no sólo llegó penosamente tarde a Latinoamérica sino que tiene un catálogo de películas y series muy reducido (principalmente porque la industria, esa misma que ha invertido vastos recursos en tumbar páginas con contenido pirata, es terca y se aferra a sus modelos de difusión obsoletos).
Internet cambió el panorama. Ya no hay fronteras, los costos de distribución son casi nulos y, más que nunca, los artistas pueden dar a conocer su trabajo y estar cerca de sus admiradores. La libertad y la facilidad son pilares de la cultura web, y hay modelos económicos muy exitosos que han sabido comprender esto (Indaguen sobre Steam, una tienda de juegos online). La respuesta no es, como pretende la industria, violar la privacidad de los usuarios de internet en una cruzada perdida contra la piratería.
Pero, como ellos no entienden, es tiempo de tomar las riendas. Las protestas tumbaron SOPA y PIPA, pero esos proyectos son sólo el síntoma de un virus que ve la violación de la privacidad y la libertad como la única salida contra la piratería. Hollywood no gastó cerca de 100 millones de dólares en lobby (un eufemismo que esconde la palabra «soborno») para irse tranquilo después de una derrota. Ya hay otros proyectos que, con más sutileza, pretenden hacer lo mismo (ejemplo: Protect Children from Online Pornographers Act).
Fue lindo ver un montón de mensajes pro-libertad en Facebook pero protestar es insuficiente. ¿Qué podemos hacer? Empezar por Colombia. ¿Qué tal si agregamos «todo colombiano tiene derecho a un internet libre, neutral y sin intervención alguna» a nuestra Constitución, quizás en su artículo 20? Aprovechemos, además, que Santos y su congreso desean pasar a la historia: presionemos para que se digitalicen todos los trámites estatales (empezando por los procesos judiciales) y para que la cobertura de internet se expanda. La unión y el progreso de nuestro país encontrará un gran aliado en la tecnología.
En cuanto a la industria del entretenimiento, empecemos a fomentar modelos que sean dignos de este siglo. Apoyemos todo artista o proyecto que (1) no venda un producto altamente restringido y (2) entienda la dinámica de internet.
Es tiempo de leer, proponer y debatir. Es tiempo de tomar nuestros derechos online en serio. Nuestra generación cuenta con un gran número de herramientas a su disposición para hacer que nuestra voz se escuche y construir una nueva realidad. Es nuestro deber usarlas.
En un mundo donde las libertades personales se reducen cada vez más con fundamento en el miedo y en el «bien común», internet quizás sea nuestra última trinchera de una libertad que no responda a los intereses económicos de los más poderosos. Es necesario que la defendamos.
La reposición y la súplica como medios de impugnación en Colombia
Publicado el 25 octubre, 2011 1 comentario
La reposición y la súplica como medios de impugnación en Colombia
Por Ángela Zorro y Juan Carlos Rincón
[Puedes descargar una versión en PDF de este artículo oprimiendo aquí]
En el presente trabajo haremos una exposición de la información pertinente a los recursos de reposición y súplica en el proceso civil colombiano.
Para esto, (I) haremos una pequeña introducción a la teoría de los medios de impugnación y la clasificación de los dos recursos objeto de estudio; (II) expondremos el recurso de reposición según su (a) finalidad, (b) procedencia, (c) trámite, (d) evolución histórica reciente y (e) su definición en el proyecto de código general del proceso; (III) expondremos el recurso de súplica partiendo de su (a) diferencia con el recurso de reposición, (b) finalidad y definición legal, (c) procedencia, (d) trámite, (e) evolución histórica reciente y (f) su definición en el proyecto de código general del proceso; (IV) Concluiremos con unas críticas al regímen actual. A lo largo de esto acompañaremos la teoría con jurisprudencia relevante para la comprensión del tema.
“Administrando justicia en nombre del pueblo…”
Publicado el 1 septiembre, 2011 1 comentario
“Administrando justicia en nombre del pueblo…”[1]
Por Juan Carlos Rincón Escalante
-Antes de comenzar-, dijo el abogado Francisco Correa mientras acariciaba su prominente panza, recostado sobre una costosa silla de cuero. Acababa de zamparse una bandeja paisa bien jalada, de esas que tanto le gustaban. –Debo hacerle una pregunta fundamental, de la cual va a depender el resto del caso- añadió.
Ricardo se estremeció. Estaba muy nervioso. Llevaba un par de noches sin dormir. Los días no eran nada mejor: ansiedad, miedo, dudas. El caos había tomado posesión de su vida. No podía dejar de pensar en su situación. Miró sus manos, aún jóvenes y en buen estado, y se decidió a confesar su pánico. -Lo sé, doctor. Pero hay un problema, no sé si lo hice o no…no sé cuál es la verdad.
Francisco alzó la ceja y clavó sus ojos en Ricardo. –No, hombre, no- dijo, visiblemente irritado. –Me confunde usted con un mal abogado. Cuando yo llevo el caso, la “verdad” es irrelevante.
-¿P…perdón?- balbuceó Ricardo. No lo entendía. Su mayor preocupación era no saber la verdad. Quería saberla. Necesitaba saberla. No podía seguir existiendo sin tener clara su situación. La culpa se le aparecía en todas partes, lo carcomía lentamente.
-Sí, sí, ¿no sabía usted que no hay hechos, sólo interpretaciones[2]?- dijo el abogado con una sonrisa arrogante. Ricardo seguía sin entender, pero Francisco no tenía tiempo para perder. –Lo que me interesa saber, en realidad, es lo siguiente: ¿tiene usted dinero?
El cliente miró a su abogado intentando descubrir algún indicio de broma en su rostro. No lo encontró. El doctor Correa tenía un semblante rígido. Había cambiado su posición: ahora se apoyaba sobre la mesa, con los brazos como punto de equilibrio. Al parecer esa pregunta sí era fundamental. –Sí, doctor, soy millonario, aunque no veo como…
-¡No se diga más!- interrumpió Francisco. –Entonces tenemos un caso. No se preocupe por nada, yo me encargo de todo y le voy avisando en cuanto nos va a salir el problemita-. El abogado saltó de su silla, apretó fuertemente la mano de un perplejo Ricardo, y emprendió camino hacia la puerta de la oficina. Cuando iba llegando, Ricardo lo detuvo. -¿Doctor?- preguntó. –Sí, dígame, ¿en qué puedo servirle?-. -¿No le interesa saber de qué trata mi caso?-. Francisco soltó una carcajada que sonó a chirrido de marrano. Cuando logró controlarse, habló: -Sólo dígame el cargo que le imputan-. –Homicidio-. -¿A quién dicen que mató?-. –A un indigente que vivía diagonal a mi apartamento-. El abogado abrió los ojos de par en par y salió corriendo hacia Ricardo. Al tenerlo cerca, lo abrazó fuertemente. Con una lágrima escapándose por su mejilla, le susurró a su cliente: -¡Que buena noticia! ¡Me acaba usted de dar un regalo de navidad anticipado!-. Sin decir más, se despidió con una palmada en la espalda de Ricardo y salió de la oficina.
«Lástima que los mataron»
Publicado el 13 agosto, 2011 4 comentarios
Por Juan Carlos Rincón Escalante
Colombia es una promesa sin cumplir. Más allá de las disputas ideológicas sobre cómo dirigir nuestro país, siempre ha existido un deseo (muchas veces escondido en el silencio del temor) por tener una Colombia donde se pueda discutir con franqueza, sin miedo, y donde se pueda construir futuro sin tener que arrodillarse ante la corrupción.
Ese sueño, sin embargo, se ha tenido que enfrentar a un país que resuelve las diferencias con sangre. Por eso, al mirar atrás, vemos pequeños focos de esperanza que terminan en lo mismo. Gaitán prometió romper con el hipócrita elitismo de las clases dirigentes pero nunca tuvo la oportunidad de hacerlo. Muchos periodistas, sin nombre pero con mucho coraje, se desaparecieron mientras el Gobierno de turno abusaba del estado de sitio perpetuo en el que vivía Colombia. La UP, izquierda que abogaba por un país en paz y con espacio para todos los partidos políticos, fue aniquilada. Galán y cientos de concejales, alcaldes y jueces, personas que le apostaban a la institucionalidad como fundamento de nuestro país, también fueron silenciados. Jaime Garzón, quizás el más sincero de todos, aquel que entre tanto murmullo se atrevió a denunciar, gritando, el secuestro sistemático de nuestro país, lleva doce años enterrado. A quienes sobrevivimos sólo nos queda repetir una frase que resume la historia colombiana: “lástima que los mataron”.
Lo que no ha muerto, ni morirá, es ese deseo por un país libre, honesto. Por eso la “ola verde” se expandió más allá de Bogotá, y demostró que hay un enorme número de personas soñando con un país donde la vida se respete y la corrupción no sea la norma sino la excepción. Por eso Colombia esboza una pequeña sonrisa cada vez que la justicia desmantela redes institucionales construidas sobre asesinatos y dineros del narcotráfico. Son pequeñas señales de que, tal vez, aún podemos construir.
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