La violencia que sufrimos a diario

Cuando a María del Carmen Ruíz, una señora de 60 años, le mataron a su esposo, periodista de 70 años con el que se conocía hacía 40 años, dijo una frase que resume nuestro país:

“Mi esposo defendía las cosas del pueblo y era valiente para decirlas; pero no era pa ́ que lo maten de esa forma. Díganle, no queremos que siga acá, pero no hagan eso con un viejo de 70 años, déjenlo acabar su vida”.

Su testimonio se repite a diario en distintas voces colombianas. Damos por sentada la violencia. Hemos aprendido a vivir con ella, a negociar con ella. Listo, yo me callo, pero no me mate. Lo mismo con la corrupción. Somos una sociedad que se ha construido partiendo de una base perversa: hay actores corruptos que hacen parte del sistema. Vivir y prosperar, ser colombiano, entonces, es lidiar con esa situación que parece inherente a nuestro país. Nos ha tocado. Convivimos con el mal para sobrevivirlo.

Por eso, en días como hoy, cuando la capital tiembla por un atentado atroz, la sorpresa es fuerte, pero tímida. Lo que sorprende no es el dolor, sino la rimbombancia. El ruido de hoy no es más que la manifestación de una realidad diaria. Los violentos no suelen poner bombas ni atacar públicamente, pero ahí siguen. Existen con nuestra complicidad. La batalla frontal está perdida porque el enemigo se difuminó. Logró el triunfo más importante: se afianzó en la cultura; en el sentido común.

Mi invitación es la de siempre: a decir no más. Pero no sólo hoy, cuando el dolor es tan público. No. Lo que nutre la violencia y corroe nuestro país es esa pugna diaria que perdemos con la injusticia. El cambio, en realidad, empieza por nosotros. Si queremos paz, debemos decirle no más a la corrupción, la pequeña, la del día a día. Esos pecaditos que nos favorecen. También decirle no a los capos, y a los subalternos, y a los políticos que se aprovechan, y al familiar que hace trampa. Todos ustedes han visto la maldad y la violencia en sus vidas. En ocasiones, incluso, somos nosotros quienes la perpetuamos.

Mientras no detengamos las pequeñas atrocidades, seguiremos sufriendo a lo grande.

Juan Carlos Rincón

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