¿Cuánto vale la voluntad popular?

Mi artículo de esta semana en Censura20.com

Por Jkrincon

Hablemos de fútbol.

Supongamos que Colombia está jugando la final del mundial (¡ja!) y el partido está empatado. De repente, en el último minuto, un jugador del equipo contrario agarra el balón con las manos, sale corriendo y se mete al arco colombiano (con todo y balón); el arbitro declara que fue un gol legítimo y da por terminado el partido. Colombia pierde el partido mientras todos vemos con las bocas abiertas como el equipo contrario celebra su «victoria».

¿Qué no cuadra en lo que les acabo de decir? (aparte, por supuesto, de la idea de que Colombia esté en la final de un mundial)

¡Ese gol no vale! ¡Hay reglas! ¿Cómo van a permitir un gol con la mano? ¿cómo van a permitir que un jugador recoja la pelota y la lleve en brazos hasta la otra portería? ¡¿están locos?!

Sin duda ese gol no valdría porque hay una regla clara que dice que el balón no se puede tocar con las manos a menos que sea en determinadas circunstancias (un saque de banda, o que lo haga el arquero dentro de su área). Y, ¿para qué sirve esa regla? ¿para qué tenemos reglas básicas antes de empezar el juego?

Esa regla existe para garantizar un punto de partida igual entre los dos equipos, para equilibrar, en cierta manera, las cargas. Hay límites en lo que cada uno puede hacer, y así garantizamos que ambos están en igualdad de condiciones y que sólo ganará el más habilidoso (o, como suele pasar en el fútbol, el que más suerte tenga).

Igual que el fútbol, la vida en sociedad y la democracia poseen una estructura de reglas básicas que permiten equilibrar las cargas entre las clases sociales.

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¡Sí Señor! (Yes Man) El cine del buen rato

¿La recomiendo? ¡SÍ SEÑOR! Pero con una advertencia: es una película que requiere dejar el cinismo a un lado y dejarse llevar por el esperanzador ambiente.

¿Para qué está el cine? ¿para qué se hace cine? ¿para entretener? ¿para generar conciencia? ¿para inspirar? ¿para manipular sentimientos? Yo creo, y estoy seguro de que estarán de acuerdo conmigo, de que cualquier excusa es válida para hacer y ver cine. El cine, el arte, al igual que la vida, tiene un poquito de todo. ¡Sí Señor!, con Jim Carrey y Zooey Deschanel hace parte del cine realizado para generar un buen rato, para que sentirnos bien.

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Amor sin escalas (Up in the Air) y la filosofía del solitario

¿La recomiendo? ¡Sin duda! Es más, salgan a verla ya mismo, antes de leer mi opinión, es una película que hay que disfrutar sin saber mucho de ella.

Jason Reitman (Gracias por fumar, Juno) tiene la agradable costumbre de centrar sus películas en un protagonista poco usual. En Gracias por fumar (Thank you for smoking) humanizó y matizó la vida de un hombre encargado de defender a la empresa del tabaco; En Juno nos mostró lo difícil que es el embarazo adolescente, y logró que nos enamoraramos de su protagonista (la hermosa Ellen Page); Ahora, en su mejor guión hasta la fecha, nos introduce en la vida de un hombre contratado por diferentes empresas para encargarse de despedir a sus empleados, y que pasa la mayor parte de su tiempo en aviones y aeropuertos.

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La decencia de Obama y su costo político

Mi artículo más reciente en Censura20.com

Por Jkrincon

En mi familia la palabra «político» es grosería, una vulgaridad. Desde que tengo memoria me han dicho que los políticos son corruptos, groseros, unos depredadores desalmados que hacen lo que sea por mantener una imagen superficial. La política de ideales que vende nuestra educación elemental al hablarnos de democracia, me enseñaron, es puro opio para las masas, una ilusión.

Crecí y comprobé que, si bien no todos los políticos son despreciables, la política es un sistema que está diseñado para corromper. Nuestra democracia depende de besar c*los, sacrificar ideas, realizar favores y recibir dinero de dudosa procedencia que termina condicionando el plan a desarrollar una vez el candidato es elegido.

Y en Estados Unidos es lo mismo, incluso peor.

El sistema político es bipardista, es decir: o sós rojo, o sós azul, o sós nadie (con las contadas excepciones de unos cuantos independientes que logran llegar al congreso y a puestos inferiores).

A su vez, estos dos partidos son financiados por inversiones de cientos de empresas del sector privado, los denominados lobbyists. Es así como, por ejemplo, los republicanos reciben grandes donaciones de las empresas que apoyan el libre porte de armas, y los demócratas, ayudados por el millonario Al Gore, reciben donaciones de empresas del sector verde que necesitan un cambio en la política energética de USA para ver florecer sus negocios.

Las empresas pagan por la publicidad de los candidatos (la cual, eventualmente, se transforma en votos) para poder imponer su agenda una vez los políticos estén ejerciendo sus cargos. Siempre ha sido así, y parece que siempre será así.

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Ojalá que no te acordés de mi

Mi muerte fue magistral, un espectáculo. No fue aburrida como la de aquellos que yacen en una cama y se despiden de este mundo entre sueños e incoherencias; ni tan poco climática como la de quienes son seducidos por la muerte, que les atraviesa una disparo en el corazón (cualquier similitud con el amor no es coincidencia).

Después de un violento forcejeo con el viento obtuvimos nuestra última victoria, penetramos las líneas del ejército gris que combatía con infalible determinación, y el avión, como recién nacido, saltó imponente para presenciar el paisaje más hermoso de todos: un desierto de nubes, con el viejo sol en el horizonte…yo sólo podía imaginarme, con sorprendente serenidad, cómo se vería la escena de perfil: el avión parecía una bailarina, dando la última voltereta antes de clavarse en un mar de eternidad; la pirueta perfecta delineando la curvatura del sol, la perfección del momento, la calma antes de la tormenta.

Todo estaba en un silencio perfecto, ni los pensamientos se escuchaban, todos mirábamos, nos deleitábamos con ese instante de perfección, parecía que el tiempo se hubiese sentado a observar ese momento con nosotros. Fue un instante, uno chiquito, que nos sirvió como la mejor de las despedidas, el mundo mostrándonos su belleza por última vez, por primera vez.

Y entonces el colapso. El inicio del fin, del gran final, la tormenta. Y vaya tormenta la que se desató.

Dios probablemente estaba mirando la escena, el mejor entretenimiento que su perversa creación presentaba esa tarde.

Las explosiones de los motores, dos, marcaron el inicio de la maravillosa y frenética música de fondo. Todos gritaban mientras sus pensamientos los atropellaban, pero eran gritos melodiosos, acordes con el momento. Un bebé empezaba a llorar. Otro le hacía coro. A mi lado respiraban agitadamente, contando los suspiros. Las pestañas sonaban, tenían un chasquido peculiar cuando se juntaban con la humedad de los ojos. Yo sólo sonreía, disfrutaba del vertigo en mi estómago, y, por supuesto, pensaba en ti. Caíamos libremente, o mejor, secuestrados por la gravedad.

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Las últimas palabras

Hace mucho no encontraba el tiempo necesario para escribir, y creo que soy víctima de ese abandono al espejo –porque, no sé si lo sepáis, pero el mejor espejo del alma son las palabras, escribir es como dibujar nuestro propio reflejo, sólo que un poco más elaborado-.

Las palabras, que antes nacían como crías de conejos, encuentran hoy problemas para lograr que unas cuantas letras se junten, voy a paso de tortuga, según parece, el tiempo deja estéril hasta a las palabras…¿habrán inventado el viagra para los novelistas?

Apuesto a que nadie se preocupa por la suerte de estos pobres infelices, y no los culpo…es decir, ¿cómo pretender que ellos entiendan una impotencia que sólo se conoce al haberle dedicado toda una vida a las palabras? Miento, se le puede dedicar toda una vida a las palabras y no terminar estéril, se necesita más que eso, se necesita haber probado de todo.

Es algo similar a lo que pasa con el hombre: los que llegan acostados a sus años de madurez han recorrido un camino de vicios y extra-limitaciones que terminan por desgastar su cuerpo (y, especialmente en este caso, su virilidad).

Por eso es que sólo algunos escritores ven como sus palabras pierden fuerza y a las letras les cuesta encontrar coherencia (¡y ni pensar en exigirles pasión!). Para llegar a ese punto de impotencia, hay que pasar por todos los vicios que un prepotente como yo ha probado: la escritura automática, la poesía (con rima, sin rima, consonante, disonante, romántica, realista, dedicada, asesina, alejandrina y sin orden aparente), la política (que se empieza a escribir con la izquierda pero pone al lado derecho del cerebro a funcionar), la novela (larga, corta, en trilogía, en servilletas), el cine (guiones vendidos, otros quemados y otros plagiados), los blogs (de actualidad, de historicidad, de relevancia, de irrelevancia), y, finalmente, el porno meta-físico.

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¿Monte adentro hay salamandras?

Por Jkrincon

(cc)eqqman

La guerra interna colombiana es brutal. Ha sido brutal desde sus modestos inicios hace ya muchos años (¿será que la guerra superará la expectativa de vida de un colombiano promedio?) y actualmente se ha recrudecido gracias a la mano firme del presidente Uribe (o de los colombianos, o de las mayorías, o como prefieran ustedes generalizar, yo ya me cansé de las distinciones que nos polarizan).

Es redundante decir que estamos hastiados, que queremos la paz. Hemos marchado, hemos armado campañas, elegimos a un presidente (sí, yo era uribista, lo confieso) cuya promesa más fuerte era liberarnos -a las malas- de ese tumor que no nos ha dejado ser país.

Ahora, lo que me parece muy curioso es que, a medida que pasan los años, nuestras ansías de sangre crecen: estamos convencidos de que este conflicto se acabará militarmente (idea reforzada por el humillante fracaso del proceso de paz de Pastrana). Pero, como decía Nietzche ,“Las convicciones son más peligrosos enemigos de la verdad que las mentiras”.

No voy a dar más vueltas, lo que quiero decir se resume en un viejo y popular adagio: el que a hierro mata, a hierro muere.

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Sueño las fantasías que sólo ciertas sonrisas comprenden, suspiro esos momentos que mi mente recrea con ilusión, canto las canciones que defienden mi causa y juegan con la poca esperanza del pesimista…escribo, escribo porque es lo único que tengo de ti: mis palabras describiéndote.

¡Un brindis en honor a los traidores!

Lo poco que tiene por decir Jkrincon

Dolor

(cc)merindah

¿Cuanto cuesta una lágrima? ¿cuantas putas lágrimas compran un arma? ¿cuantas lágrimas compran misericordia? ¿qué tan alto debe ser el llanto para que sea un zumbido en la oreja de quienes toman las decisiones? ¿cuantos muertos se necesitan para que se agoten los cementerios?

¿Cuanto cuesta, hoy en día, un granito de sentido común? Y, ya que estamos en la onda de preguntas ingenuas: ¿cuanto poder tiene mi voto?

¡Un brindis en honor a los traidores! ¡Un brindis por los cabrones! ¡Un brindis por Uribe! ¡Un brindis por Chávez! ¡Un brindis por las instituciones! ¡Un brindis por los tanques! ¡Un brindis por los subordinados, por los soldaditos! ¿Ya estamos borrachos? Sigamos brindando hasta quedar inconscientes, sólo nos queda la esperanza de que todo sea un mal sueño.

Pero no lo es, y amaneceremos con un guayabo muy berraco.

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De la igualdad, la neutralidad y otras utopías

Ensayo para Derecho Romano.

De la igualdad, la neutralidad y otras utopías

“Los cobardes son los que se cobijan bajo las normas.”

“Como todos los soñadores, confundí el desencanto con la verdad.”

“El hombre nace libre, responsable y sin excusas”

Jean-Paul Sartre[1]

La primera vez que me enfrenté a la idea de que la neutralidad no es más que una ilusión, mi mente estuvo a punto de colapsar.

El argumento era contundente, y sin embargo, no podía aceptar que un valor tan fundamental en lo que había aprendido de la sociedad era un imposible, una utopía, una ilusión de la humanidad.

Pero, en realidad, es una situación muy fácil de entender con el siguiente ejemplo: si uno va caminando por la calle y ve un atraco, ¿cuál es la posición neutral? No existe tal cosa, sí llamamos a la policía o si intervenimos en la escena, estamos tomando el lado de la víctima, y si nos quedamos quietos sin hacer algo, estamos beneficiando al ladrón.

Entendiendo que la neutralidad no existe, surge otra pregunta: ¿entonces por qué la profesamos?

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