¿Por qué estudiar Derecho?

Por Juan Carlos Rincón Escalante

Alba Reyes está sentada en una oficina que parece tres en una. Apoya sus brazos sobre una mesa redonda. Frente a ella están dos mujeres de semblante amable y preocupado. Son investigadoras del CTI. A su lado está su mejor amiga. Al otro costado, diagonal, estoy yo. La veo desgarrarse. De nuevo relata el suicidio de su hijo, Sergio Urrego, y la cadena de abusos, discriminaciones e intransigencias que lo precedieron. Otra vez, como tantas veces en las últimas semanas, se quiebra, tiembla, se apoya en los silencios para recuperar lo poco que puede de su compostura, y sigue. Cada tanto se detiene, pero no por dolor sino por duda, y me mira. Yo le hablo a sus ojos y asiento. Ella asiente también y continúa su lucha por reivindicar la memoria de su hijo, el buen nombre de su familia, y apaciguar un poco la desazón que produce la injusticia del odio irracional.

Desde antes de entrar a la universidad existe una pregunta esencial: ¿por qué estudiar Derecho? Hay quienes lo tienen claro y usualmente están motivados por un interés heredado, o por ambición privatista, o por proyectos políticos que ven en las leyes y en el prestigio una herramienta útil para su plan maestro. También hay enamorados por la técnica jurídica (si tal cosa existe) y por aprender a navegar con éxito los recovecos de áreas como el derecho administrativo. Hay otros, muchos menos, que están convencidos de que su vida debe dedicarse a la academia y se regocijan con las discusiones filosóficas de la teoría del derecho. Todos pueden responder algo cada vez que les preguntan por su carrera.

Pero hay otros, que no son pocos y donde estoy yo, que tartamudeamos respondiendo, que sufrimos internamente y nos frustramos externamente por no tener la respuesta básica. Y es que el Derecho, como carrera, es una experiencia hostil y frustrante donde los sueños y el optimismo se deconstruyen y se enfrentan constantemente a injusticias discursivas y fácticas; donde la definición de lo útil cambia y, en ocasiones, se pierde, y el conocimiento construye, pero a la vez ahoga. Basta con ver los ojos cansados y la desesperanza de algunos estudiantes de consultorio jurídico que, pese a tener el fin cerca, tienen un peso por dentro que se llama Derecho y que tal vez es el mayor error de sus vidas. O eso sienten.

Por eso sentado aquí frente al dolor de Alba y viendo funcionar a un aparato de justicia que conozco y temo en proporciones similares, me siento extraño. Excepto cuando ella me mira. Porque cuando me mira, y aunque yo apenas sea un recién graduado en representación de Colombia Diversa, siento que mis conocimientos, que los años de profesores y de estudio de casos y de ensayos y de sufrir consultorio, todos tienen una utilidad y sentido: darle certeza y seguridad para impulsar su causa. Protegerla si es necesario. Ser una luz que, aunque pequeña, es suficiente para hacer un poco más llevadera la oscuridad que la rodea.

En ese momento, seis años después de mi primera clase, encuentro una respuesta: ¿por qué estudiar Derecho? Por Alba, por Sergio, porque, parafraseando a Mauricio Albarracín, el Derecho puede ser un clamor de justicia infinita y porque a veces uno, si tiene suerte, puede convertirse en el megáfono de ese clamor.

O, por lo menos, en su abogado.

Ilustración del texto por Daniel Arzola.

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Un comentario el “¿Por qué estudiar Derecho?

  1. Me gustó el texto, es para reflexionar; me identifico contigo plenamente en el hecho de que existimos estudiantes que no nos sentimos conexos con la carrera, a pesar de estarla terminando; lamantablemente no he encontrado esa motivación que tal vez tú viste en la madre de Sergio y la cual comparto: no hay algo más motivante que luchar por las causas justas, en un país de injusticias. Sin embargo, esta ha sido para mí la carrera de las decepciones, que comienzan con la academía, la teoría y se ven reflejadas en la “mini-práctica”, que es consultorios. Espero algún día conocer esa motivación, que tú encontraste en alguien que necesita ayuda, y más que nada justicia.

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