Las veces que no he muerto

Por Juan Carlos Rincón Escalante

En algún punto la palabra depresión se volvió banal. A momentos de tristeza, desgano o simple aburrimiento se les bautizó con ella. “Estoy deprimido” parece ser el lema indiscutido y preferido de una generación, mi generación, que no sabe lo que dice ni tiene interés por cuestionar sus propios discursos. Entonces surge un problema: nadie toma en serio al “deprimido”, ni siquiera él mismo. Lo que debería ser entendido como un desesperado grito de auxilio, se convierte en una exteriorización de caprichos.

Lo grave es que la depresión, la enfermedad, ese misterio que te destruye poco a poco hasta que, de un totazo, te apaga la vida, existe. Y no es banal. Y no es inusual. Y necesita atención, comprensión y ayuda de todos en la sociedad. Pero aún no la entendemos muy bien.

Por eso, cuando alguien intenta articular sus sentimientos confusos, la pregunta suele ser la misma: “¿qué pasó?” Lo que de entrada predispone a la persona triste porque anuncia un juicio de valor: voy a juzgar los motivos para que estés así. ¿Y si no hay, como suele pasar con la depresión, motivos tangibles? Abunda entre las personas la idea de que si alguien lo tiene todo en la vida (ustedes me dirán qué carajos significa “todo”), no tiene derecho a deprimirse. La noción de que sólo sufren los que “de verdad” sufren censura las tristezas menos “valiosas” y, en últimas, termina matando gente o, cuando menos, condenándolas a ser miserables en silencio.

Las causas de la depresión son muchas (genética, hechos traumáticos, contextos negativos, una profunda sensibilidad, entre miles de otras) y su manifestación varía: hay, por ejemplo, quien un día despierta y no tiene la energía para levantarse, pero no por pereza, sino por tener treinta ladrillos en el pecho que no sólo lo atan al lugar sino que le aplastan la esperanza. Hay otras manifestaciones más sutiles, disimuladas, que acompañan a quien vive en piloto automático, pero que ve desazón por donde mire.

Todo empeora cuando la sociedad glorifica la felicidad y la utiliza como marketing. En redes sociales como Facebook e Instagram existe una competencia tácita por ver quién es capaz de demostrarle al mundo que es plenamente feliz. Esa falta de sinceridad, esas máscaras que esconden la angustia que todos llevamos por dentro, hace que el deprimido se sienta ajeno y se empiece a juzgar a sí mismo.

Entonces aparece la peor solución: el suicidio. Lejos de esa romantización pendeja de quien lo propone como “escape”, matarse, como lo describe Kay Redfield en el New York Times, “es una mala elección pero parece la única”. Yo mismo lo he considerado con seriedad en varias ocasiones y, aunque nunca lo he intentado gracias a que cuento con una red de apoyo afectivo invaluable, siempre cargo conmigo las veces que no he muerto, las veces que he ganado una batalla que no termina y que siempre se libra en términos que desconozco: la neblina mental del desespero, de la desesperanza y de la desazón tienen su propio idioma y sus propias lógicas que la vuelven una asesina implacable.

Sin embargo, como el silencio en este tema prima, y la sociedad parece desinteresada, no hay mecanismos suficientes para combatirlo, ni una apuesta por darle ayuda a quien lo necesite. ¿Cuántas personas perdemos a diario por no tener acceso a un buen psiquiatra?

Todo porque estamos acostumbrados, desde pequeños, a distraer la tragedia de existir. Las religiones, los placeres, las carreras profesionales, las pasiones, el arte, todas son respuestas a esa desazón que compartimos pero que negamos. Siempre que hablo de este tema vuelvo a una frase de Stanley Kubrick:

“La verdad más aterradora sobre el universo no es que éste sea hostil, sino que es indiferente; pero si podemos aceptar esta indiferencia y aceptar los retos de la vida dentro de los límites de la muerte, nuestra existencia como especie puede tener un sentido genuino. Sin importar la vastedad de la oscuridad, debemos proveer nuestra propia luz”.

El reto más jodido de existir es proveer esa luz. Empecemos por combatir en serio la depresión, que es la principal aliada de la oscuridad.

Fotografía: Keoni Cabral

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