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Carta de amor prohibido a Enrique Peñalosa

Enrique Peñalosa

Por Juan Carlos Rincón Escalante

Enrique:

Confieso que compartimos un sueño. Yo también creo que la base de un país más igualitario es un espacio público digno y compartido, donde uno pueda caminar o andar en bicicleta sin el peso de la paranoia que cada colombiano interioriza para sobrevivir nuestras ciudades. Me emociona la idea de invertir en la felicidad de todas las personas, de devolver el espacio al pueblo.

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Antes

Con orgullo les presento nuestro tercer cortometraje, “Antes”. Ojalá lo disfruten.

El amor es tan breve que cabe en un cortometraje. La larga historia Juan David y Alejandra contada en seis momentos.
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Insolente

Les presento nuestro segundo cortometraje: Insolente (2013). Ojalá lo vean, me cuenten qué tal les parece (estamos aprendiendo y queremos mejorar) y lo distribuyan. Gracias por su tiempo y apoyo constante. Advertencia: el corto es un poco subido de tono (NSFW).

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Sofía y el Sol

Les presento mi primer cortometraje: Sofía y el Sol (2013). Ojalá lo vean, me cuenten qué tal les parece (estamos aprendiendo y queremos mejorar) y lo distribuyan. Gracias por su tiempo y apoyo constante.

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Soy

Por Juan Carlos Rincón Escalante

Soy el juego perpetuo de seducirte y perderte.

Soy la tristeza que te persigue cuando no quieres, cuando escondes.

Soy el aguardiente que tragas para olvidar.

Soy el olvido que no invocas.

Soy el cúmulo de miedos que ridiculizas.

Soy las mentiras que no te dije y las que me faltó decir.

Soy el orgasmo que te debo; el que fingiste.

Soy la canción que nos dolió.

Soy el baile que te rechacé.

Soy el secreto que conté; el sueño que olvidé.

Soy la respuesta inadecuada, casi inaudible.

Soy el lugar inapropiado.

Soy el pene de tu amante.

Soy las piernas de mis putas.

Soy lo que nunca aprendí.

Soy el carisma que alquilé.

Soy la redundancia de existir y amarte.

Soy lo que me falta ser; lo que quisiera ser.

Soy lo que fuimos y perdimos.

Soy el dolor de este silencio.

Soy el silencio y la tristeza. La tristeza.

Soy lo que no fui cuando me pediste que no fuese.

Soy el no tenerte.

Soy el desearte; idolatrarte.

Soy la religión que te inventé.

Soy estas ansias de no ser.

Soy mi arrepentimiento. Y poco más. Y entre lo poco, soy tuyo.

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Un Papá Noel enamorado

Mientras el descender del ascensor los alejaba paulatinamente de la música que instantes antes les nublaba hasta el alma, ambos se recostaban en límites opuestos de la máquina. Ella lo observaba con cierta preocupación que él confundía con fastidio.

Las puertas se abrieron revelando la salida del edificio. Un taxi destartalado lo esperaba. Ella llamó su atención con un suave toque en su espalda. Él la miró con tristeza. -¿No quieres que sea feliz?- preguntó ella dejando escapar el melancólico tufo de quien toma por ansiedad.

Visiblemente alterado, empezó a responder: -No. No quiero que seas feliz…- Al oír esto ella intentó irse, pero el muchacho la forzó a mirarlo. Siguió hablando con voz quebrada y palabras que parecían lágrimas: -Es decir…sí, sí lo quiero, pero sólo conmigo. Quiero que te consumas en nosotros; que te aisles; que olvides que hay algo más allá de las puertas de nuestra habitación; que los años pasen y sigamos perdidos en el laberinto de nuestras miradas. Quiero ser tu caos y tu paz; tu razón y tu dificultad. No soporto un instante más donde estés lejos, allá, en ese mundo de deseo y falsa vanidad. Porque ya no me entiendo sin ti a mi lado, y ya no quiero que te marches, ni que vivas, nunca más, si no es conmigo, y yo contigo.

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Luna enamorada

Por Juan Carlos Rincón Escalante

La luna, celosa, espera con ansias el momento. Ha estado preparándose por un par de años. Controlada por los nervios y embriagada de tristeza, repite en silencio las palabras que ha prometido pronunciar. El olvido se acerca.

Uno podría pensar, sin miedo a equivocarse, que la luna, señorita tan preciosa y codiciada, no se permitiría sufrir por hombre alguno. A diario recibe poesías, escritas por amantes furtivos que las dedican a su caprichoso brillo, desde la tierra. Es admirada, anhelada, fuente de suspiros y sueños maravillosos. Ella es la travesía, el lugar que millones de intrascendentes humanos fantasean con visitar algún día.

Ella, sin embargo, es indiferente a las ilusiones humanas. De hecho, la tierra ya ha perdido su encanto. Lleva, nuestra ilustre protagonista, cerca de cuatro billones y medio de años cayendo, con suma elegancia, hacia el planeta azul. Tiempo suficiente para desencantarse de las distintas maravillas con las que la tierra ha buscado seducirla. Al principio, claro, no fue así: tierra y luna se enamoraron profundamente, y ambas se deleitaban con las particularidades de la otra. Un día, no obstante, la luna alzó su mirada más allá de la curvatura de su eterna compañera, y descubrió la magia que el resto del universo le presentaba. En ese momento, Luna perdió cualquier interés, mientras la tierra se encontró condenada a la melancolía de añorarla.

Cuando el universo se percató de poseer la atención de la muchachita, intentó conquistarla. Planetas, de distintas galaxias, convencían a las estrellas cercanas de que le enviasen mensajes y compañía al satélite natural de la tierra. La vida de la luna, entonces, se estrelló: cada tanto le llegaba el brillo de estrellas muy lejanas, hablándole del amor que por ella sentían en el resto del universo.  La señorita, muy amable, les permitía, a los mensajeros, que la acompañasen por un tiempo, pero nunca devolvía mensaje alguno.

En alguna ocasión, si la memoria no me falla, recuerdo haber visto que una estrella intentó, en su nombre y no en el de algún planeta, cautivarla. Luna le dedicó una sonrisa, de esas tan suyas que hechizan, y le dijo que entre ellos nunca podría existir amor. Al ver la decepción de la estrellita, Luna le dio un beso, y agregó: lástima que sólo seas el recuerdo de un corazón que hace muchos años pereció.

Entendí en ese momento, yo que he podido seguirla durante todo este tiempo, el dilema de la luna: está rodeada por el amor de sus admiradores, amor que ha viajado millones de años luz desde su lugar de origen, pero no les puede responder, pues entre cada mensaje pasan muchos años, suficientes para marchitar cualquier relación. La distancia es el principal enemigo del amor universal.

El romance entre el sol y la luna nació miles de años después del rompimiento con la tierra. Ya se conocían, desde el principio, y cada tantos años se encontraban de frente, pero hasta entonces habían mantenido su relación en un ámbito netamente laboral. En uno de esos encuentros, un sol particularmente radiante decidió coquetear un poco. “Me gusta tu brillo”, recuerdo que le dijo. La luna, un poco sorprendida por el comentario, le respondió con hostilidad: “Mi brillo no es mío, es tuyo, y lo sabes“.

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[Tus] palabras

Se perdieron, en tu ausencia,

sin amor ni paciencia;

Se ahogaron en lejanas

cinturas, como montañas.

Suicidas, descorazonadas

mintieron y repitieron,

con belleza y sin sentido,

lo que antes te susurraban.

Mis palabras no son mías,

ni de ellas, las cinturas.

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Whatever works

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Whatever love you can get and give, whatever happiness you can filch or provide, every temporary measure of grace, whatever works.

Boris Yellnikoff en Whatever Works, de Woody Allen.

¡Cualquier excusa para celebrar el amor es buena! ¡Feliz San Valentín!

Ojalá que no te acordés de mi

Mi muerte fue magistral, un espectáculo. No fue aburrida como la de aquellos que yacen en una cama y se despiden de este mundo entre sueños e incoherencias; ni tan poco climática como la de quienes son seducidos por la muerte, que les atraviesa una disparo en el corazón (cualquier similitud con el amor no es coincidencia).

Después de un violento forcejeo con el viento obtuvimos nuestra última victoria, penetramos las líneas del ejército gris que combatía con infalible determinación, y el avión, como recién nacido, saltó imponente para presenciar el paisaje más hermoso de todos: un desierto de nubes, con el viejo sol en el horizonte…yo sólo podía imaginarme, con sorprendente serenidad, cómo se vería la escena de perfil: el avión parecía una bailarina, dando la última voltereta antes de clavarse en un mar de eternidad; la pirueta perfecta delineando la curvatura del sol, la perfección del momento, la calma antes de la tormenta.

Todo estaba en un silencio perfecto, ni los pensamientos se escuchaban, todos mirábamos, nos deleitábamos con ese instante de perfección, parecía que el tiempo se hubiese sentado a observar ese momento con nosotros. Fue un instante, uno chiquito, que nos sirvió como la mejor de las despedidas, el mundo mostrándonos su belleza por última vez, por primera vez.

Y entonces el colapso. El inicio del fin, del gran final, la tormenta. Y vaya tormenta la que se desató.

Dios probablemente estaba mirando la escena, el mejor entretenimiento que su perversa creación presentaba esa tarde.

Las explosiones de los motores, dos, marcaron el inicio de la maravillosa y frenética música de fondo. Todos gritaban mientras sus pensamientos los atropellaban, pero eran gritos melodiosos, acordes con el momento. Un bebé empezaba a llorar. Otro le hacía coro. A mi lado respiraban agitadamente, contando los suspiros. Las pestañas sonaban, tenían un chasquido peculiar cuando se juntaban con la humedad de los ojos. Yo sólo sonreía, disfrutaba del vertigo en mi estómago, y, por supuesto, pensaba en ti. Caíamos libremente, o mejor, secuestrados por la gravedad.

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