¿Cómo es el amor cuando la mente no funciona bien?

Advertencia: este artículo discute de manera cruda relatos de pensamientos suicidas y otras situaciones que pueden ser difíciles de procesar. Si estás en un mal momento, te recomiendo que lo guardes para después. Tu salud mental es prioridad.

Cuando el escritor David Foster Wallace se ahorcó, sus dos perros se acostaron bajo el cadáver.

Su hermana Amy Wallace Havens le dijo al periodista David Lipsky que al cerrar los ojos lo puede ver, en la oscuridad de su casa, con sus perros: “estoy segura de que los besó en la boca y les pidió perdón antes de colgarse”.

Esa imagen me ha acompañado durante años.

¿Cómo tanta bondad, tanta ternura, tanta empatía y amor pueden convivir con un desespero autodestructivo?

¿Cómo se siente, además, ser esa hermana? ¿O ser su esposa, la artista Karen Green, quien le contó a The Guardian que “cuando la persona que amas se mata, el tiempo se detiene, simplemente se detiene en ese momento”?

Este es un intento por entender el amor mediado por enfermedades de la mente, desde quienes las padecen y desde las personas que aman a quienes las padecen.

No me interesa el después de la muerte, me interesa el antes. Los años en los que la enfermedad mental, ese desequilibrio químico que poco entendemos, acompaña a la vida como si fuera su sombra, donde la persona enferma es mucho más que su enfermedad: una madre cariñosa, una mejor amiga esencial, una pareja que se ama.

¿Cómo se esparce ese amor en medio de ramas contaminadas por aflicciones que, en sus peores manifestaciones, dejan a las personas sin capacidad de sentir?

Es una pregunta existencial para mí y para mi depresión diagnosticada hace siete años. Pero también lo es para muchísimas personas que lidian con enfermedades mentales en un país donde la atención médica en salud mental es precaria y risible.

Intercambié mensajes con cerca de 40 personas, algunas de ellas padecen distintos cuadros y hay otras que no los padecen, pero que aman a amigos, familia o parejas que sí.

Me contaron sus miedos, frustraciones, problemas de comunicación, complejos de salvadores, prejuicios y desconocimiento. También me contaron sobre la empatía y la esperanza madura, esa que entiende lo difícil de la situación, pero aun así le apuesta a la vida.

A continuación, les comparto algunos hilos que pude identificar entre todas las historias. De pronto ayudan a entender un poco el amor que acampa al lado del abismo.

Fotografía por nikko macaspac.

¿Qué es esta mierda?

Las enfermedades mentales confunden a todos los involucrados. La mayoría de las personas con las que hablé sufren, en particular, de depresión, pero durante mucho tiempo no fueron diagnosticadas ni recibieron el tratamiento adecuado.

A menudo, incluso, llegan a dudar de su patología. Porque eso hacen este tipo de aflicciones: te llevan a cuestionar todo, te nublan la realidad, te convencen de que tal vez el problema esencial eres tú y tu existencia inmerecida.

La ciencia no arroja muchas respuestas. Andrew Solomon lo confiesa en El demonio de la depresión: “no nos andemos con rodeos: en realidad desconocemos cuál es la causa de la depresión y no sabemos en qué consiste ni cómo se abrió paso a través del proceso evolutivo. Ignoramos por qué ciertos tratamientos pueden ser eficaces contra esa enfermedad y por qué ciertas personas se deprimen frente a circunstancias que a otras no las perturban en lo más mínimo. Tampoco sabemos cómo opera la voluntad en este contexto”.

Además, los síntomas varían en cada paciente. Cada cual tiene que construir sus propios relatos y apelar a distintas analogías para narrar lo que les ocurre.

Una mujer me dijo: “la depresión me extravió y aún no he podido encontrarme. Es como estar en medio del mar y sentir que, entre más braceas, más te hundes. Tengo ataques de ansiedad que te hacen crujir los dientes. Ya no quería despertarme, ya no quería salir. Me costaba tomar decisiones como bañarme, vestirme, verme con alguien. Siempre estaba temblando de nervios”.

Otra me explicó: “el diagnóstico y tratamiento de las enfermedades mentales son como fantasmas. Es relativamente fácil imaginar que se siente un golpe o una fractura, porque el dolor físico es algo muy “real”, por ponerlo en esos términos. Las enfermedades mentales no generan eso, porque muchas veces no se puede explicar con palabras”.

Lo que sí puede hacerse es crear una jerarquía artificial de síntomas. A algunos, la enfermedad los paraliza y los condena a postrarse voluntariamente en la cama. A otros, los acompaña en todo lo que hacen mientras intentan llevar una rutina productiva. Siempre está ahí, latente, incesante. Como me dijo una mujer con trastorno límite de la personalidad, “esta vaina algunas veces me supera, es como una sombra que me despierta en las noches y me hace sufrir como nada en el mundo”.

El primer gran reto del amor es individual. ¿Cómo quererse en medio de esos sentimientos tan abrumadores? ¿Cómo encontrarle valor a la existencia cuando hay una agonía constante? ¿Qué hacer cuando no se siente nada de nada y uno ni siquiera sabe muy bien por qué?

Poco ayuda que nuestra sociedad esté plagada de prejuicios. Todos los relatos que conocí están mediados por la idea de que la enfermedad mental, más que una realidad, es un capricho.

Un hombre me dijo que creció creyendo que la ansiedad y la depresión se dan porque simplemente somos así: “durante mi infancia y adolescencia nunca me traté. La solución, cuando me daban ataques de ansiedad, era dormir para que se me pasara la maricada”.

Pero él mismo también terminaba arrancándose las uñas con los dientes y, a sus 25 años, llegó a tener días enteros en donde el único pensamiento era que quería matarse.

Una mujer me contó que, en un hospital público, un doctor le dijo a su pareja, quien sufre de depresión, que parecía estar en sus días: “deje que a ella le agarren esas cosas, a usted no”.

Otra mujer me dijo que abandonó su terapia por un juicio de su psiquiatra. Otra contó que su doctora le preguntó si ella no sentía que era su culpa que la hubieran violado.

Varias personas coinciden en que las terapias son sesiones de veinte minutos, donde el médico hace una serie de preguntas predeterminadas, sin mirarlas a los ojos.

Muchos señalaron que los tratamientos de calidad son costosos. Me hicieron pensar en mi terapeuta, que cobra 150.000 pesos por sesión y quiere verme dos veces por semana.

A ese torbellino de dolores incomprendidos también se enfrentan las personas que no tienen la enfermedad, pero que aman a quienes las padecen.

Fotografía por Yuris Alhumaydy.

El lenguaje de lo intangible

“Cuando intento acercarme, hablarle, puedo ver cómo lo que digo se estrella contra una especie de caja de cristal que lo rodea. Él me ve y yo lo veo, pero los sonidos son puro ruido blanco”.

Eso me cuenta una mujer sobre un amigo que viene hundiéndose en una depresión incapacitante. Ha tomado la decisión, por su propia salud, de alejarse de él.

La entiendo. Esa incapacidad de hablar, de entender, de utilizar el mismo idioma, es una frustración constante entre las personas enfermas y su alrededor.

David Foster Wallace la describió, en La persona deprimida, un cuento que arranca así: “La persona deprimida sufría una angustia emocional terrible e incesante, y la imposibilidad de compartir o manifestar esa angustia era en sí misma un componente de la angustia y un factor que contribuía a su horror esencial”.

¿Cómo funcionan las relaciones en medio de esa dificultad profunda?

“Nada lo animaba y yo trataba de invitarlo a salir, al cine o a cualquier lugar para distraerlo”, me cuenta una mujer. Pero al ver que no funcionaba viene un proceso de aprendizaje, de lidiar con el resentimiento y entender algo que parece contraevidente: aunque todo en una relación puede estar bien, el estado de ánimo de la persona enferma puede ser un desastre.

Sobre su madre, que sufre esquizofrenia, una mujer me dijo: “convivir con una persona así no se puede ver desde el cariño sino la paciencia. Es complicado, porque no se entiende lo que vive, lo que siente, lo que percibe. Tratar de comprenderlo es toda una adaptación ficticia de una realidad que no está dada ni se puede ver”.

Querer en esas condiciones es un reto. “Me enamoré de una persona que sufre un trastorno depresivo mayor y ha sido muy difícil. En la foto grande siento que ha sido más lo que él me ha llevado a su situación que lo que yo lo he traído a la luz. Hoy estoy en terapia, abandoné mi vida por darle tiempo, espacio, disponibilidad y muchas veces no lo ve, ni es algo que pueda reconocer”, me cuenta una mujer.

“Cuando entraba en crisis o se sentía muy mal, se encerraba”, me narró otra mujer sobre su expareja. “Duraba hasta una semana sin hablarme. Había semanas en las que no le importaba verme, ni siquiera me preguntaba cómo estaba, era como estar en una relación y, en paralelo, no”.

Otra me explicó que lo jodido es la resistencia que pone la depresión. Es muy difícil ser consciente de que el amor no basta.

Del lado de los pacientes, siempre hay miedo a hablar en público de la enfermedad. “Lo más difícil ha sido crear un vínculo con alguien que no le asuste mi enfermedad. Una vez, hablando del tema con un chico me dijo que madurara. Otro me preguntó si estaba en mis días, me dijo que salir conmigo era entrar en un hoyo negro”.

Eso exacerba las ansiedades que ya están al rojo vivo por culpa de la aflicción. “Yo me relaciono intensamente con una persona y empiezo a imaginar que me va a abandonar, entonces empiezo a comportarme como una basura. Cuando observo que puede ser real esa posibilidad, hago de todo para que no lo hagan”, confesó una mujer.

Un hombre: “cuando estoy con alguien siento que no la merezco, que es demasiado para mí, que no podré hacerla feliz porque tiene que convivir con dos lados míos: el que la ama incondicionalmente un día y, al otro, no quiere ni verla porque no es capaz de aguantarse a sí mismo”.

Creo que hay suficiente ilustración para comprender la situación. Hay casos, además, extremos, como el de una mujer que llevaba varios años con el hombre que creía iba a ser el amor de su vida. Después llegó la depresión y, como un huracán, arrasó con todo, incluyendo su capacidad de sentir. Ahora cree que va a estar sola siempre.

Quiero volver a una escena que me describió una mujer que ama a un hombre con depresión: “Muchas veces me paré frente al espejo y me dije: ¿estás segura de que es esto lo que quieres vivir? Es difícil, es duro y probablemente vas a colapsar muchas veces”.

Sí, fue su respuesta. 

“El sol está brillando y las aves están cantando y como hoy es el verdadero último día cantarán por siempre”
– Emily Horne y Joey Comeau, A Softer World

La cosa con plumas

Voy a citar a la escritora Emily Dickinson a ver si nos ayuda a sacudirnos un poco la amargura de todo lo que he venido contando:

“La esperanza es esa cosa con plumas
que se posa en el alma,
y entona
su melodía sin palabras,
y nunca se detiene del todo,

y la más dulce se escucha en el temporal;
y dolorosa debe ser la tormenta
que pueda abatir a la avecilla
que a muchos mantuvo tibios.

La he escuchado en la tierra más fría,
y en el mar más extraño;
aunque, nunca, en el extremo,
me ha pedido alguna migaja”.

Volvamos a la mujer que decidió quedarse: “con el tiempo aprendí a separar la depresión de él. Me da muchísimos momentos de tranquilidad, amo su lucidez, su sentido del humor, sus besos, la manera en que me escucha y entiende. Quiero creer que vendrán tiempos mejores”.

Me dijo otra mujer: “amarlo es fácil porque me gusta su compañía, porque me atrae, porque pese a todo hemos construido una relación sincera, bonita. Elegí quedarme porque no sé lo que viene, pero me gusta lo que tenemos”.

Hablaron de esa cosa con plumas.

Una mujer con trastorno depresivo crónico y trastorno obsesivo compulsivo, que fue abusada por su papá, ha dado tumbos en varias relaciones de pareja plagadas de problemas. Lleva cinco meses de embarazo y su novio intentó forzarla a abortar, lo que le desató una crisis.

Pero ve con buenos ojos el futuro. “Descubrí un nuevo tipo de amor: el de madre”, dijo.

Le pregunté qué miedos sentía sobre su hija y mencionó los de toda madre, solo que con dos diferencias importantes. “Mi mayor miedo es que herede algún trastorno igual o similar al mío. Me da mucho miedo deprimirme y descuidarla o dejar de sentir cosas por ella”.

El amor mediado por enfermedades de la mente está lleno de inseguridades, ansiedad, miedos, dudas, rechazos, malentendidos, falta de comunicación, deseo, ternura, empatía, madurez y esos “labios desollados de amor”, de los que escribió Charles Bukowski.

Se parece mucho al amor sin enfermedades mentales de por medio. Solo que con algunos aspectos exacerbados y estigmatizados.

Pienso de nuevo en Andrew Solomon: “Estaría dispuesto a vivir para siempre en la confusión de la aflicción antes que renunciar a la capacidad de sentir dolor. Pero el dolor no es depresión aguda; uno ama y es amado en medio de un gran padecimiento y, mientras lo experimenta, está vivo. Lo que debemos erradicar es esa cualidad de la depresión que hace que uno parezca un muerto viviente”.

Sé que quedan muchas preguntas en el aire. También hay decenas de aflicciones que no pude conocer, que seguramente tienen dinámicas propias. Pero algo interesante me ocurrió al hablar con todas las personas que generosamente me contaron sus historias: me daban las gracias. Muchas me decían que era la primera vez que podían desahogarse. Era lindo no sentirse juzgados.

Ese es, tal vez, el reto más grande: amar sin prejuicios.

Escríbeme a jkrincon@gmail.com o por @jkrincon.

La primera fotografía es de Issam Hammoudi, de Unsplash.

Este texto fue publicado originalmente en la revista Cromos

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