La anatomía de la melancolía

Por Juan Carlos Rincón Escalante

“Me sorprende”, digita un narrador sin rostro en su máquina de escribir, “que no haya más cartas de suicidio que simplemente digan: no, gracias”. Sus palabras están estampadas sobre una foto a blanco y negro de lo que parece ser un calendario. Esta es una historia de uno de los mil y pico fotocómics de A Softer World (Un mundo más amable), un cómic web que lleva 12 años revolviendo el corazón del más de un millón de personas que lo visitan cada vez que publican algo nuevo. El 1º de junio saldrá su última tira y el mundo llegará a su fin.

Joey Comeau, escritor canadiense reconocido por sus experimentos con las estructuras narrativas, se toma un momento para pensar. En retrospectiva, y tan cerca del final, ¿cómo describiría A Softer World? “Es un… fotocómic”, dice, y Emily Horne, fotógrafa canadiense y cocreadora, suelta una carcajada. “Es difícil”, continúa Comeau, “incluso ahora que estamos seleccionando nuestros mejores trabajos”. Se refiere a La anatomía de la melancolía, un libro que recopila las tiras favoritas de los creadores y que marcará el final de A Softer World. Para publicarlo pidieron a sus fanáticos apoyo mediante Kickstarter, una plataforma de financiación colectiva. Originalmente habían solicitado 25.000 dólares; actualmente van en 140.000 y todavía faltan varios días para el cierre de su campaña.

Emily Horne y Joey Comeau, creadores de A Softer World.

Emily Horne y Joey Comeau, creadores de A Softer World.

Como nunca tuvieron personajes recurrentes y sus historias suelen estar contenidas en cada tira como si fuesen un mundo independiente, describir el proyecto en general es complicado. “Son historias”, dice Comeau, “a veces graciosas, a veces crudas, a veces dolorosas, a veces esperanzadoras, a veces desgarradoras, a veces ofensivas”. “Por eso pudimos aguantar tanto tiempo”, agrega Horne, “porque no tenías un solo personaje sino que construíamos algo alrededor de un sentimiento o un estado de ánimo”. Y por eso, también, la reacción tan visceral de sus fanáticos y detractores. “La moneda de nuestro mundo son los corazones rotos”, concluye Horne.

“Al principio recibíamos muchos correos violentos de personas que esperaban otra cosa de algo llamado ‘cómic’, y yo los entiendo: llegaban a nosotros por haber leído una de nuestras historias más graciosas y ligeras y se encontraban con una sobre un narrador que no ve con malos ojos el suicidio”, dice Comeau. “Pero eso es fruto de lo que somos. Queríamos expresarnos y lo que más nos gusta es narrar un mundo complejo, donde lo gracioso y lo serio, lo correcto e incorrecto no son cuestiones claras”, dice Horne. “Hay gente a la que le gusta que un cómic hable del suicidio más allá del típico ‘esto es malo, no lo hagas’”, cuenta Comeau. “Nos hace muy felices que nos escriban que una historia particular les llegó en el momento adecuado”, dice Horne. Llevan años sin recibir correos negativos. “Ya las personas saben cómo contamos las cosas, y el archivo de la página es lo suficientemente amplio para que vean que también contamos historias positivas sobre género, tolerancia y buenos sentimientos”, dice Comeau. “Bueno”, se corrige, “Emily sí recibe correos de odio a diario”. Horne ríe: “Claro, pero eso es por mi horrible personalidad”. Ambos ríen.

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“Me gusta la forma en que sonríes cuando crees que nadie te está mirando desde el clóset”. “Rompehogares, sustantivo. Alguien que libera de una trampa a un animal herido”.

Comeau y Horne llevan toda su vida adulta juntos, aunque en ciudades distintas. Se conocieron en la fiesta de un amigo, se enamoraron, se desenamoraron, pero lo más importante fue que encontraron una pasión compartida por los zines, un tipo de revista artesanal que se hacía mucho en Estados Unidos a finales del siglo pasado y los comienzos del actual. Comeau solía utilizar recortes de periódicos a los que les ponía mensajes con su máquina de escribir para armar sus zines. Cuando conoció a Horne empezaron a utilizar capturas de pantallas de noticieros y de películas porno para los cómics. “Qué bien que superamos esa etapa porque lo que hacíamos era muy ilegal”, dice Horne.

El formato que eligieron es sencillo. Usan tres paneles, típico de cómics como Garfield, en los que Horne pone la imagen (una o varias fotografías con distintos acercamientos) y Comeau agrega un texto en tipografía de máquina de escribir. Las fotos no necesariamente representan directamente el texto, pues el interés de Horne está en las situaciones y los personajes (humanos, animales y objetos) que demuestren un sentimiento. Esa tensión entre texto e imagen les ha permitido contar todo tipo de historias, desde las terrenales (“¿Recuerdas cuando tu potencial era una promesa y no un arrepentimiento?”, dice uno) hasta reflexiones hechas por zombis (“Resulta que comerte a las personas no te da sus recuerdos, así que nunca sabremos dónde escondió mamá los regalos de Navidad”).

Cuando lanzaron su página, en febrero de 2003, no esperaban mucho. “Nuestro interés era mostrarles el trabajo a nuestros amigos. En aquel entonces los cómics web no tenían mayor presencia”, cuenta Horne. A Softer World se volvió viral y les cambió la vida. Además de recibir decenas de millones de visitas cada año, han sido publicados en varios periódicos, incluyendo The Guardian (Inglaterra), y en 2007 recibieron el premio de Caricaturistas Web en la categoría de fotocómic. “Al principio era un hobby, como una identidad secreta, pero después de varios años y hasta el día de hoy se convirtió en nuestro principal sustento. Hemos tenido la fortuna de vivir del cómic”, cuenta Horne. Aunque reciben ingresos de publicidad, el apoyo de los fanáticos ha sido esencial: reciben 1.238 dólares mensuales de sus patrones en Patreon, una plataforma que permite a las personas financiar proyectos de forma periódica. Sus dos campañas en Kickstarter también recibieron mucho más de lo que habían pedido.

Esa misma dedicación es la razón por la que deben acabarlo “antes de que se nos vuelva un trabajo que no disfrutamos”, dice Horne. ¿Y qué sigue después del fin del mundo? Silencio. Al responder, lo hacen con la voz entrecortada. “Esa es una pregunta que sigue sin respuesta. Por ahora, terminar bien nuestro libro y hacernos un tatuaje para conmemorar el fin”, dice. Horne. “La última década me he definido a mí mismo a partir del cómic, no sé muy bien qué sigue”, dice Comeau. “Seguramente escribir algo que no gane mucho dinero”, agrega. “Nuestro compromiso es con ser pobres”, concluye y, una vez más, ríen juntos.

Este artículo fue publicado originalmente en El Espectador.

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