Cómo matar a un periodista

Por Juan Carlos Rincón Escalante

(Esta columna fue originalmente publicada en Vice Colombia

Matar a un periodista es muy fácil, hay mil maneras. Todo depende del poder que usted tenga.

Si, por ejemplo, hace parte de algún grupo marginado por la sociedad en la que vive, es perseguido por el Gobierno y por grupos discriminatorios, y no tiene mayor capacidad adquisitiva ni de influencia política, lo único que necesita es conseguir un arma. Dese gusto, es sencillo conseguir unas buenas Kalashnikov gratuitas y, de paso, recibir entrenamiento militar en cómo usarlas. Lo que hay es oferta. Pero si usted es un marginado perezoso, no desespere: hasta un cuchillo bien afilado puede funcionar. Me han dicho que la piel de periodista es particularmente blanda.

No se preocupe por la logística, la enorme mayoría de los periodistas son pobres. Basta con seguirlos durante un par de días y encontrará suficientes oportunidades para quebrarles la existencia. Si lo que quiere es hacer un espectáculo, entre disparando a la sede del periódico/noticiero/revista. Cuando mucho habrá un par de porteros mal pagos en su camino. Otra opción es seguirlos los fines de semana y, cuando estén bien ebrios, o drogados, o embebidos en algún duermeconciencias, taz, hace justicia como debe ser (porque, no me cabe duda, usted tiene una buena razón para matar al periodista).

Ahora, si es de las personas de bien que no quiere mancharse con sangre de periodista (quitarla del traje es una pesadilla), sonría, le tengo sendo buffet de oportunidades. Contratar un sicario es de quinta y casi un crimen teniendo en cuenta todas las formas que hay de hacerlos sufrir sin tener que matarlos inmediatamente. Podría pagarle a alguien para que empiece una campaña de difamación en su contra, o contratar personas que llamen a amenazarle la familia (esto es especialmente eficiente si hay niños involucrados), o, si tiene suficientes amigos en los medios, pedirle al jefe del periodista que lo ponga a cubrir notas insoportables, o que lo envíen a zonas de riesgo sin ninguna protección, o que simplemente lo despidan. Es fácil garantizar que no vuelva a conseguir trabajo en ningún medio respetable (hay tantos periodistas y tan pocas plazas que nadie notará la ausencia de su víctima). Si es uno de los periodistas con más poder, o más amenazados, no se preocupe, sobornar a sus guardaespaldas es muy barato y así compra acceso a todos los aspectos de su vida íntima. Nadie es santo y Colombia tiene muchas hogueras públicas esperando ser utilizadas.

Si, por alguna casualidad, el periodista resulta ser una mujer (¿existen?), todo se hace mucho más fácil. Riegue rumores sobre cómo “consiente” a sus fuentes para obtener notas, o sobre cómo hay alguien que le escribe los artículos por ella, o sobre aquel aborto que tuvo, o sobre sus evidentes plagios intelectuales. El país entero se encargará de matarla por usted.

La creatividad es el límite. En el peor de los casos, si usted es dueño de un medio y un columnista dice alguna barbaridad (como que dios se equivoca, por ejemplo), ponga una nota de la dirección al final del texto aceptando la renuncia del periodista. Sí, las redes sociales arderán por un día o máximo dos, pero usted podrá ver el resto de la vida cómo ese periodista se desangra gracias a la indiferencia de una audiencia distraída, y gracias a una simple y dolorosa verdad: matar a un periodista es muy fácil.

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