Algunos apuntes desde el colapso

Por Juan Carlos Rincón Escalante

No se ve como uno esperaría.

No es un edificio que se derrumba y crea una nube de polvo y tierra y escombros y muerte. No es un grito tras otro tras otro tras otro. No es el pelo arrancado, ni la piel rasgada, ni la sangre a borbollones. No es alguien corriendo desnudo por la autopista en plena hora pico y hablando con demonios que nadie más ve. No es La Llorona, desgarrada y estigmatizada, suplicando auxilio y viendo al mundo recibirla con temor y cruel indiferencia.

No, es todo eso, pero suavecito.

Es la desesperación silenciosa, disimulada, vehemente, constante. Ahí, martillando, como un flujo infinito de gotas de agua cuyo único propósito es oxidarte.

Es fallar un poquito y cumplir con el resto, con todo, con casi todo, menos ese fallito que es perdonable y comprensible y, de hecho, casi indetectable; nadie te va a ver cojear.

Es saber que cojeas.

Es levantarte asfixiado y vestirte bien y salir y sonreír mientras la soga en el cuello te aprieta y te aprieta.

Es encerrarte en el baño y mirar fijamente la pared por cinco minutos. Así, varias veces, muchas veces, todas espaciadas en tus días laborales de 16 horas hiperproductivas y funcionales.

Es llegar a casa y sentirte sucio y desordenado y echarte sobre la decadencia mientras tocas tu piel enumerando cada uno de los defectos que comprueban que eres un monstruo que no merece existir.

Es querer hablar con alguien y tener un ejército de gente dispuesta a darte cariño, pero no decir nada; no tener nada para decir.

Es odiar estas estupideces que haces mientras estás en crisis porque crees que la elocuencia y la atención que viene con ella son equivalentes al sentido; a la salvación.

Es empezar a cortarlo todo y a todos. Primero te desconectas, fallando más. Luego te aíslas, huyendo de los demás, y con ellos de cualquier chispa de… de… ¿de qué? Ya ni recuerdas. Pero el caso es que desaparecen, las chispas y ellos y todo; quedas tú y el silencio y la oscuridad, que son la misma cosa.

Es comer mal, pésimo, a propósito; una comida a la vez, un pecadito más, una excusa tras otra, creyendo que puedes volver a cuidarte, a la senda del control; creyendo que mereces descuidarte y lastimarte.

Pero ya no hay control.

Es entender que te vas a estrellar, mucho tiempo antes de que pase.

Es sentarte a verlo todo pasar y querer ser La Llorona y su desgarrro, los gritos tras gritos tras gritos, el desnudo en la autopista, el edificio que se derrumba.

Pero no.

Tu colapso es este silencio elegante y hasta bello, prudente, inesperado, que vive y planea al mismo tiempo el día final, que viene, viene, pero toca esperar.

“¡¿Cómo voy a salir de este laberinto?!”, pregunta el Simón Bolívar de Gabriel García Márquez.

“Derechito y rápido”, responde la Alaska de John Green.

Con meticulosidad implacable, sugiere mi depresión.

La rapidez no es una opción. Nunca es como uno esperaría que sea.

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