La Presidencia simbólica (y poco más) de Barack Obama

Por Juan Carlos Rincón Escalante

“Les estoy pidiendo que crean”, escribió el presidente saliente de Estados Unidos en Twitter el pasado 11 de enero, “no en mi capacidad de crear el cambio, sino en la de ustedes”. Justo arriba de ese tuit hay una fotografía de Barack Obama y su familia marchando en Selma, Alabama, conmemorando la manifestación liderada por Martin Luther King el 25 de marzo de 1965 para combatir la segregación racial del sur estadounidense.

En unos días esa imagen seguramente cambiará, pues Donald Trump heredará la cuenta (@potus), si no es que decide cerrarla para mantener la suya, que de por sí tiene más seguidores. Ahí hay un triste resumen de la presidencia que termina: el simbolismo histórico del primer afromericano en ocupar la Casa Blanca seguido por un blanco multimillonario que está conformando el equipo de Gobierno menos diverso desde la era de Ronald Reagan.

Por eso Obama ha tenido que pasar los últimos meses de su presidencia pidiéndoles a sus seguidores que no pierdan las fuerzas, que resistan, que recuerden sus palabras, las del tuit, que fueron repetidas innumerables veces durante su campaña en el 2008.

Aun así, no deja de ser paradójico que el hombre que llegó a ser el más poderoso del mundo impulsado por una ola de esperanza que le mereció la adoración nacional e internacional, y que fue suficiente para concederle un premio Nobel de Paz en el 2009 (menos de un año después de estar en el cargo) por su “visión” del mundo, termine con un Estados Unidos lleno de divisiones profundas, sectarismos mezquinos y en manos de un narcisista, misógino, guerrerista y xenófobo que causa desesperanza en más de la mitad de la población de ese país y que se coronó prometiendo borrar a Obama de la historia.

En medio del ruido y de los años turbios que se avecinan, ¿cuál será el legado por el que la historia recuerde a Barack Obama? ¿Quedará algo después del fuego?

El orgullo de Obama

El 10 de enero del 2017, en Chicago, su hogar adoptivo y donde construyó su meteórica carrera política, Obama dio un último discurso para despedirse. Más de 20.000 personas fueron a verlo y otros 24 millones prendieron su televisión. El presidente no perdió tiempo en enumerar sus logros:

“Si les hubiese dicho hace ocho años que Estados Unidos iba a revertir una gran recesión, reiniciar su industria automotriz, desencadenar el período más largo de creación de empleos; que ganaríamos el matrimonio igualitario y que fortaleceríamos el derecho a tener seguro de salud de unos veinte millones de nuestros ciudadanos, me hubieran dicho que nuestras expectativas estaban demasiado elevadas”. Más adelante habló de racismo, de “caminar en la piel del otro”, citando Matar a un ruiseñor, de Harper Lee, y de la importancia de creer en los demás a pesar del miedo que produce la diferencia.

Aunque en cada uno de esos temas puede rastrearse la influencia de Obama y sus intentos (unos más exitosos que otros) por marcar el rumbo del país, también allí están las raíces de la debilidad de su legado. Veamos.

Ya no es la economía neoliberal, estúpido

Bill Clinton popularizó una frase durante su presidencia: “Es la economía, estúpido”. Se refería a que el principal énfasis de todo gobierno tiene que ser la creación de puestos de trabajo y la generación de riqueza que les dé oportunidades a todos los ciudadanos.

En ese tema, Obama tiene las cifras que respaldan su éxito. Después del colapso económico del 2008, que sumió a Estados Unidos en la peor recesión desde la Gran Depresión (y arrastró al resto del mundo consigo), su gobierno adoptó medidas de inversión y subsidios que permitieron que la industria automotriz sobreviviera, los bancos recuperaran su fortaleza y el país tuviera 75 meses ininterrumpidos en los que se crearon puestos de trabajo. En total, durante la administración Obama, 11,3 millones de personas se emplearon, muy por debajo de los 22,9 millones durante la era Clinton y un poco menos de los 15,9 millones durante Ronald Reagan, pero muchísimos más de los 2,1 millones de empleos creados durante los ocho años de George W. Bush, según reporta CNN Money. Nada mal considerando que, cuando se posesionó, el país dejaba 800.000 personas sin empleo cada mes.

Y aun así, Hillary Clinton, cuya candidatura había sido propuesta por el mismo Obama como un referendo sobre su gobierno, perdió tres estados de blancos trabajadores de clase media que habían votado por el presidente saliente y que le costaron la Presidencia: Michigan, Pensilvania y Wisconsin. ¿El motivo? Es la economía, estúpido, pero no la neoliberal.

En un texto para The Guardian, Cornel West cuenta que le “rogamos y suplicamos a Obama que se olvidara de las prioridades de Wall Street y ayudara a la gente de la calle. Pero prefirió seguir los consejos de sus ‘inteligentes’ expertos neoliberales (…) y ningún banquero pagó cárcel”. Lo que, además, fue acompañado por ocho años en los que las personas más ricas de la sociedad, el llamado 1 %, “acapararon dos tercios de los aumentos en los ingresos”.

Es decir, mientras el Gobierno salía mensualmente a hablar de recuperación económica, muchos estadounidenses se estaban enfrentando a una realidad bien conocida en el resto del mundo: empleos que se van a otros países para no volver, reducción de otros (como los relacionados con el petróleo), competencia de la nueva ola de industrialización que está utilizando máquinas en puestos donde antes había humanos, y una capacidad adquisitiva reducida.

El resentimiento de estas personas, entonces, era entendible y fácil de explotar. No en vano los discursos dados en Goldman Sachs fueron uno de los puntos que más peso le hicieron a la campaña de Clinton, y por eso el discurso de Bernie Sanders consiguió tantos votantes, no muy distintos a los que terminaron eligiendo a Donald Trump, quien supo rechazar a las élites económicas que no han sabido atacar la brecha de desigualdad.

Siendo justos, este nuevo nacionalismo, que aplaude cuando Trump utiliza Twitter para matonear a las empresas que quieren invertir en México para luego exportar a Estados Unidos, se fundamenta en la idea nostálgica y errada que cree que hay forma de tener una economía rebosante en los mismos términos del siglo pasado. Ante el abrumador y vertiginoso cambio de las dinámicas económicas, muchos votantes blancos de clase media prefirieron sucumbir ante los cantos de sirena que hablan de una solución sencilla para uno de los retos más complejos de las sociedades modernas. Ante eso, el neoliberalismo humanista de Obama no tuvo la fuerza para competir.

El condenado Obamacare

La otra obsesión de Obama en su primer año de mandato, aprovechando sus mayorías en el Senado y la Cámara de Representantes, fue aprobar una reforma al sistema de salud, la Affordable Care Act, conocida como Obamacare. Sin embargo, ese proyecto le dio leña al fuego retórico de los republicanos, que se opusieron con vehemencia y utilizaron tácticas de difundir mentiras sobre la ley. Por aquel entonces, muchas personas expresaban preocupación porque el gobierno federal iba a crear “paneles de la muerte” que iban a decidir quién vivía y quién no.

Obama triunfó, y ocho años después cerca de 20 millones de estadounidenses que antes no tenían seguro médico tienen cobertura. Pero al subestimar el poder de la oposición terminó perdiendo sus mayorías, frustrando a su electorado liberal (que quería una reforma más ambiciosa) y condenando el resto de su presidencia a que todos los proyectos enviados fueran tumbados por el Congreso republicano. Como explica Charles Blow en el New York Times, su error fue “ser un soldado caballero en una guerra de guerrillas”.

Ah, y el Congreso que se acaba de posesionar ya empezó la revocatoria de todo rastro del Obamacare, y no parece haber nada que los demócratas puedan hacer para evitarlo.

Símbolos, discursos y órdenes ejecutivas

Al perder sus mayorías, la administración Obama se enfrentó a la impotencia de una Presidencia sin Congreso, y se enfocó en intervenir de tres maneras: en el ámbito judicial, mediante la expedición de órdenes ejecutivas presidenciales y dando discursos con alto poder simbólico.

Es así como, por ejemplo, el concepto del Departamento de Justicia fue clave en la decisión de la Corte Suprema de legalizar el matrimonio de parejas del mismo sexo. La fiscal general, Loretta Lynch, intervino para luchar contra las leyes que buscaban discriminar a las personas transgénero, dando una declaración que bien puede resumir la actitud del gobierno Obama con las poblaciones minoritarias: “En vez de darles la espalda a nuestros vecinos, amigos y colegas, mejor aprendamos de la historia y evitemos repetir los errores del pasado. La discriminación auspiciada por el Estado nunca se ha visto bien en retrospectiva. [Si bien el rechazo] responde al miedo natural de los humanos a lo desconocido, no podemos [negarles a las personas trans] aquello que las hace humanas”.

A pocos días de que Obama abandone la Presidencia, Lynch publicó un informe que acusa a la Policía de Chicago de cometer abusos sistemáticos de los derechos humanos, un apoyo fundamental en un país dividido por las muertes de personas afros a manos de los policías. El mismo presidente dio discurso tras discurso hablando de las causas del racismo, reivindicando la importancia de proteger la diferencia (incluyendo la necesidad de entender a los blancos que están asustados), y luchando (en vano) contra la proliferación de las matanzas ayudadas en parte por las normas laxas que existen sobre armas.

Sus órdenes ejecutivas para darles protección a los hijos de inmigrantes ilegales que estudian y trabajan buscaba ganar tiempo para pasar una reforma migratoria, que tampoco llegó. Mientras tanto, en cambio, sí deportó otros 2,4 millones de inmigrantes ilegales.

A nivel internacional, probó la diplomacia suave (algo novedoso para un Estados Unidos acostumbrado a la violencia) y así consiguió que Irán abriera las puertas de su programa nuclear, restablecer relaciones con Cuba y que el mundo se pusiera de acuerdo sobre la importancia de combatir el cambio climático.

Esos tres triunfos, sin embargo, seguramente serán saboteados por una administración de Trump, dejando en firme únicamente el peor legado de Obama en política extranjera: los asesinatos con drones y la ausencia de un poder estabilizador prodemocracia.

Evitando enviar tropas al terreno, la administración Obama, no obstante, siguió su lucha contra el terrorismo con la ayuda de la tecnología: los ataques con drones en países como Yemen y Pakistán han matado a un número desconocido de civiles inocentes, y continúan la tradición estadounidense de ejecutar personas sin darles antes la oportunidad de un juicio justo. Sólo en el 2016, Estados Unidos soltó 26.171 bombas alrededor del mundo, según Medea Benjamin en The Guardian, principalmente en Siria e Irak, dos guerras fallidas y productoras de tragedias humanitarias.

La incapacidad que las potencias han demostrado para darles solución a estas crisis ha generado un flujo de refugiados y el recrudecimiento de la violencia por parte de grupos como el Estado Islámico en Europa y en el mismo Estados Unidos, lo que a su vez ha fortalecido a los partidos de ultraderecha en varios países que quieren cerrar fronteras, acorralar a los grupos minoritarios y reducir las libertades individuales. Discursos adoptados por el sucesor de Obama.

El optimismo como obligación moral

La presidencia del cambio y la esperanza termina repudiada por quienes ahora detentan el poder, con todos sus logros bajo amenaza y con un Partido Demócrata sin un plan claro para resistir y recuperar su influencia. Tal vez hay que leer ese último tuit de Obama, quien siempre ha hablado del optimismo como si fuese una obligación moral ante la adversidad, como el necesario reconocimiento de su rol en la historia: yo no pude, aunque lo intenté, pero no podemos rendirnos. El cambio, sin embargo, no llevará su apellido.

Publicado originalmente en El Espectador.

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