Dolores

Abuelita:

Te escuché morir un poco cada noche, cada mes, cada año que dormí en el cuarto de al lado. No sé qué fue primero, o si todo fue al tiempo, pero soledad, tristeza y amargura eran tus dolores más rigurosos y constantes. Después vino la memoria que te traicionó y el rencor que sentiste al descubrirte desubicada, sin la capacidad de ser quien solías ser, sin la fuerza para resistir la soledad, la tristeza y la amargura. Te desarmaste en silencio, encerrada en tu llanto nocturno, resguardada en la oscuridad de quien se cree invisible.

Pero yo estaba ahí, escuchando. Fui tu dolor cada una de las noches que te escuché llorar. Fui tu rencor cada una de las veces que te escuché quejarte en vano de mil cosas, incluyéndome, ante mi papá, o mi mamá, o tu dios, o la vida, o quien fuese. Fui tu arrepentimiento y tu miedo cuando, después de sentirte agredida por mí o por la vida o por quien fuese, íbas a buscarme a mi cuarto con los ojos nublados a pedir que nunca te dejara sola. Fui tu desazón calmada cada vez que nos abrazábamos en la noche y me sonreías y me decías que gracias por estar contigo, que gracias por quererte, que me querías profundamente, que te sentías orgullosa de mí, que soy idéntico a mi papá, igual de noble, igual de amoroso.

-Gracias, Litos-, me decías.

-No seas boba, abuelita- te contestaba mientras te abrazaba con cierta incomodidad, porque nunca nos supimos reconocer bien, entender bien. Casi nunca nos hablábamos, y cuando lo hacíamos, la conversación estaba marcada por el fastidio, o la hipocresía, o el desinterés, o tantas cosas tan malas y tan tontas que dominan nuestras vidas sin sentido.

Porque, te tengo que ser honesto, te odié profundamente con esos odios momentáneos que son intrascendentes pero totalizantes. Contigo aprendí que las personas son muy complejas, llenas de matices y cargadas de mierda y bondad. Eras una persona muy difícil, muy dura, a veces muy cruel, siempre muy rencorosa. Y aún así me amabas con todas las fuerzas de tu corazón. Y me cuidabas. Y te preocupabas por mí cuando me demoraba más de lo normal en la universidad, o cuando era tarde y aún no había regresado a nuestro apartamento.

Por eso me dolía profundamente cuando me enteraba que me habías mentido, que te estabas quejando de mí, que hablabas mal de mis cosas a mis espaldas, que te sentías agredida y que nunca me decías nada. Me dolía profundamente tu cara de yo no fui, yo no hice, yo no dije. Lo que más me dolía era saber que ese rostro, esa máscara que usabas ante mí, era motivo del miedo a que me fuera, a que te dejara sola. Eso era lo que más me repetías:

– No te vayas a mudar, Litos.

No lo hice, abuelita. Nunca lo consideré en serio, a pesar de que era necesario para mi bienestar, para mi desarrollo, para mi mente enferma. No lo hice porque sin importar la tensión y lo poco que nos conocíamos en lo trivial, tú y yo estábamos conectados por nuestros silencios, nuestros dolores, nuestras noches llorando en cuartos distintos por motivos distintos, pero en el mismo lugar. Ese era nuestro acuerdo, saber que el otro latía en el cuarto de al lado, saber que al final del día íbamos a estar ahí. No estuvimos solos.

Fuiste mi roommate en una etapa esencial de mi vida. Mi cómplice a regañadientes. Mi resguardo infalible. Viste el proceso, estuviste ahí en cada triunfo hasta que me viste graduado. Creíste en mí más de lo que yo podría soñar en creer en mí. Hasta el último momento, en ese hospital que fue tu último cuarto, me dijiste que yo iba a llegar muy lejos, y que es una lástima que tú no ibas a poder verme.

Lo que da lástima, abuelita, es que te me fuiste, que no fui mejor cuando pude serlo, que el tiempo no tiene misericordia, y que la vida sigue a pesar de que una parte de mi ser murió contigo. Este apartamento no tiene sentido sin tí. Estoy dejando la puerta de tu cuarto cerrada. Así, cuando me paro, a veces engaño a mi mente diciéndole que aún estás ahí, que no te has ido, que no estoy solo.

Porque, la verdad, no quiero este dolor. No quiero las muertes que me faltan. No quiero el arrepentimiento que cargo dentro. No quiero las palabras de la gente, sus eufemismos, sus falsas ilusiones, sus historias de dolor y tragedia. No quiero en unas semanas tener que volver a todo y que me digan que si estoy bien y tener que decir que sí y seguir con este mundo que confunde mi tristeza con antipatía, mi cansancio con desinterés, mis silencios con grosería. No quiero sus juicios, su violencia, su ritmo que me queda grande. No quiero que se acabe este año y que tú te vuelvas una fecha, un recuerdo cada vez más difuso. No quiero que la vida siga, no quiero todo lo que sé que tengo que hacer. 

Sí quiero abrazos, lo confieso. Quiero sus abrazos, los del mundo. Pero no los tendré porque, como sabes, soy insoportable y no soporto. Soy una condena a una soledad antipática. Me parezco a tí en ese desastre, y tal vez por eso tú sí me soportabas, tú sí me acompañabas a tu manera, a nuestra manera, una manera defectuosa, una manera de mierda, una manera insuficiente, pero una manera necesaria, una manera que me salvó la vida.

Creo que nunca te agradecí por los dulces, esos dulces que me comprabas cada día con dinero que no tenías y me dejabas en mi mesita de noche; esos dulces que más de una vez me ayudaron a seguir adelante; esos dulces que eran el recuerdo de que a pesar de todo en este mundo tan complejo, la bondad existía y dormía en el cuarto de al lado. Tampoco te dije que me encantaba empezar mis días saludándote en la madrugada.

No me mudé, abuelita. Estuve contigo hasta el final, incluso cuando dormías y ya no me escuchabas. Te amo profundamente. Siempre te voy a amar.

Adiós, Dolores. Lola. Abuelita.

De todo corazón, gracias por los dulces.

 

Juan.

 

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