La nueva mordaza

Altavoz

Por Juan Carlos Rincón Escalante

Vuelvo a esta histórica tribuna llamada columna de opinión con la intención de celebrar que el año pasado en Colombia no mataron a un periodista (a menos, claro, que el pendiente informe de la FLIP revele algo distinto a lo que dice en su página). Eso sí, secuestraron a uno, amenazaron a otros setenta y siete, arrestaron/detuvieron ilegalmente a seis, uno tuvo que exiliarse, treinta y dos sufrieron tratos inhumanos o degradantes, y dieciocho vieron obstruido su pésimamente recompensado trabajo periodístico, pero no entremos en minucias.

Celebremos. Colombia culminó su evolución: ya no matamos periodistas. Se ha vuelto tan irrelevante la profesión, y se han sofisticado tanto los mecanismos de censura, que la barbarie es innecesaria. La opinión se despacha a sus anchas en periódicos nacionales y locales donde abunda la sangre que entretiene unos cuantos egos, inquieta a algunos indignados y destituye al desgraciado de turno (cuando le va bien, que no es siempre).

Mientras tanto la investigación agoniza. Se publican libros paridos con el sudor de valientes (o la plata de apellidos acaudalados), torpes revistas universitarias gritan en el vacío sus denuncias diezmadas por la incapacidad de profundizar en las sombras que cómodamente adornan nuestro país, algunos tercos (soñadores, ingenuos, elijan ustedes el sinónimo) periodistas de región se aventuran a repetir los secretos a voces de los malvados adueñados de las provincias (y no tan provincias), pero todos se enfrentan al indestructible muro de la indiferencia colombiana. ¿Para qué?, ¿para quién?, mejor no molestar.

El periodismo, ese incansable guerrero que ha desafiado tiranos, mafias, guerrillas y corruptos, ese ideal que ha visto a mártires inmolarse en su nombre a través de décadas, ese cuarto poder que fortalece la democracia y fertiliza los estados, está de rodillas ante su nuevo amo: el dinero. Y el dinero no entiende de ideología.

Este altavoz que hoy utilizo es el mismo que ha sido usado por hombres y mujeres mucho más elocuentes y sabios que yo. Lo que acaban de leer no es más que un melancólico homenaje a un ideal que quizá nunca fue, pero que sin duda hoy no es. Aquí, y sólo aquí, está nuestra defensa: en las palabras que se queman tan pronto se publican, en las columnas de opinión que se desgarran por fines abstractos e inalcanzables, en las investigaciones que se rehusan a desaparecer. Desde esta tribuna construida con la grandeza de figuras ya olvidadas, los invito a celebrar que no fue necesario matar ningún periodista colombiano en el 2012.

Dicho eso, me retiro, me voy a trabajar. No me pagan por escribir periodismo.

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