Padre, hijo y espíritu armado

Por Juan Carlos Rincón Escalante

El fotoreportero Álvaro Cardona viajó al Catatumbo, en Norte de Santander, y regresó con quince imágenes que narran las heridas que dejó la guerra en esta región del país. Exposición en el colegio Gimnasio Moderno en Bogotá.

Álvaro Cardona, comunicador social y periodista de la Universidad de Manizales, fue corresponsal gráfico de El Espectador en esa ciudad, trabajó para La Patria, fotografió muertos para Q´hubo, capturó modelos para SoHo, se convirtió en la mano derecha de los cronistas de esa revista, ganó el Premio Nacional de Fotografía Colombo-Suizo (del Ministerio de Cultura y la Embajada Colombo-Suiza), y ahora quiere que los bogotanos vean el trabajo que lo hizo merecer dicho premio: la exposición Padre, Hijo y Espíritu Armado.

La muestra estuvo abierta del 16 al 26 de octubre de 2012 en el Gimnasio Moderno (Carrera 9 # 74-99). La entrada era gratuita y se podía visitar de 8:00am a 5:00pm. 

¿Cómo llegó a la fotografía?

Mi álbum familiar es inmenso. Mi abuelo, mi mamá, todos en mi familia siempre se han preocupado por mostrar nuestros recuerdos. A partir de ese interés infundido, a mis 15 años arrancó mi proceso en la fotografía. Me llamaba la atención la posibilidad de guardar recuerdos en un papel. En esos momentos estábamos trabajando con rollo y con un montón de herramientas análogas, lo que era muy interesante. No digo que lo digital no sea interesante, pero lo análogo despertaba en mí ese niño que es inquieto y quiere aprender algo.

¿Y cómo surgió la idea de unir fotografía y periodismo?

Siempre he intentado generar sentido y contenidos a través de lo que he hecho. La fotografía es un lenguaje visual que me permite expresar temas periodísticos, pero también sé que esos mismos temas se pueden traducir a otros tipos de lenguaje. Entonces, lo que vi en la fotografía es la oportunidad de tomar todo ese bagaje y toda esa vena artística de mi casa, unirla con el periodismo y buscar que los temas sean relevantes. Busco la unión entre el periodismo y el arte. Es ahí donde se produjo el trabajo que ahora estamos exponiendo. Ese es el resultado de poder decir: es un tema de interés, actual, inmediato, pero también es un tema que nos inspira, que nos muestra el dolor humano y nos hace llegar a lo más profundo del corazón.

¿Por qué narrar visualmente en Colombia y no en otros países?

Colombia, primero, es mi patria; es tanto mi dolor como el dolor de cualquiera. En Colombia está la materia prima de la fotografía, que a mi parecer es la memoria. El conflicto ha dejado muchas víctimas, muchas historias por contar.

Pienso que si se logra un diálogo y un cese de todo tipo con los grupos armados, lo que viene es una guerra de memoria. Se nos viene un trabajo mucho más grande que es poder decirle a las víctimas: lo sentimos. Reconocer que el Estado muchas veces fue cómplice, que las personas comunes también fueron cómplices porque en ningún momento hablaron ni asumieron responsabilidad. El periodismo y el interés de poder retratar Colombia a través de la fotografía es decirle a las víctimas: miren, ustedes tienen una representación y una posibilidad de hablar a través de mi arte.

Su exposición Padre, Hijo y Espíritu Armado es un homenaje a las víctimas de la masacre en el Catatumbo (La Gabarra, Norte de Santander). Yo soy de Norte y es la primera vez que oigo de ese tema fuera de mi departamento. ¿Cómo llegó usted a él?

Llegué por historias que me llegaron, distintas personas que me habían contado ciertas cosas.

Mirá, ese proceso es bien irónico. Empecé a trabajar en la revista SoHo produciendo fotografía de estudio. Aprendí muchísimo técnicamente, pero sentía que no me dejaba nada, que me faltaba sentido y que no estaba nutriendo mi alma. Mi corazón me decía: yo tengo que hacer mi reportería, no estoy generando sentido. Por eso salí de SoHo buscando un ideal. Me enteré de una petrolera que estaba entrando a la zona del Catatumbo y que ya llevaba un trabajo de siete años solamente en la parte social. Eso me hizo respetarla y creer en la responsabilidad social de las empresas, a pesar de los conflictos éticos que se arman en torno a la naturaleza con ese tipo de exploraciones. Con la intención de entrar con ellos, les ofrecí hacer un banco de imágenes y aceptaron. Mi trabajo les gustó y me pidieron que les hiciera un periódico (llamado El Mulero) y un documental.

A la par que iba haciendo el trabajo privado para ellos, trabajé con las víctimas buscando aportarles algo con lo que yo hacía. Así pude entrar a la zona y estar un año casi que viviendo allá.

De ese año salieron las 15 fotos de la exposición…

De ese año salieron muchas cosas. La memoria entra por todos los lenguajes. Hay material audiovisual, hay fotografías, hay textos, hay un montón de cosas.

En la exposición hay 15 fotografías que son el resultado de la confianza, del trabajo investigativo, de llegar a un lugar y tener una persona al frente y no disparar en el mismo momento que me la encuentro. Son fruto de saber qué piensa esa persona, qué siente, cuál es el dolor, cuál es el sufrimiento. Es acercarse, escucharlo, mirarlo, y, después de todo un proceso, tomarle una foto. No es como el proceso normal mediático, en el que vos te aprovechás por la inmediatez. No es como un periódico cualquiera que llega y tenés un minuto para tomar la foto por lo que te aprovechás, te aprovechás de la realidad.

Usted decía en otra entrevista que esta exposición es un homenaje a esas personas. ¿Cuál es la labor del periodista en zona de conflicto, más allá de visibilizar y darle eco a esos problemas?

Es necesario, ético y de orden primario que el periodista, en vez de estar alejado de la persona, se siente en sus zapatos. Más allá de hacer un trabajo en el que hay un entrevistado y un periodista, más allá de que exista un muro que separa realidades -mi cámara hace evidente ese muro-, hay que sentarse con ellos. Por eso siento que la responsabilidad social del periodismo debe ser aplicada para esas personas que han tenido problemas, a quienes el conflicto ha dejado sin moral. Por ahí debería ser.

Lo que sucede es que es muy complejo porque los medios ahora no patrocinan este tipo de cosas. Vos te vas para el Catatumbo y no te encontrás ningún periodista. Llegué a sentirme como el único periodista que estaba contando la realidad de allá. Viéndolo a nivel nacional, todos los periodistas están en la capital. Hay muy pocos, como los extranjeros, que sí se meten a las zonas y que acceden a la realidad de una Colombia que no es vista por la otra Colombia. Todas esas historias y toda esa información que se está perdiendo es inmensa. El periodismo debe recopilar esas historias y actualizar la memoria colectiva. Esa es nuestra responsabilidad en zonas de conflicto.

¿Por qué el título Padre, Hijo y Espíritu Armado?

Ahí hay una trilogía, la tríada de la iglesia. En el Padre, tenemos a una esposa. En el Hijo, a una madre. Espíritu Armado es el complementario de hermano. Es un triángulo familiar en el que todos han sufrido desapariciones. Desde el 1995 hasta 2005, hubo una masacre colectiva. La tríada permite crear un panorama claro de lo que sucedió en esos momentos allá.

Además, si a “Espíritu Armado” le quitamos la “r”, queda “Padre, Hijo y Espíritu Amado”, pero sí vuelves y le colocas la “r”, queda “armado”. Es en ese sentido la idea de las fotos: la posibilidad de armar con el presente, con la persona que está viva, el rostro del que está muerto. En la exposición compuse y armé un rostro que es el rostro genético, que es el rostro de la moral. Y lo armé de tal forma que queda Padre, Hijo y Espíritu Armado.

Y eso es lo que hay en la exposición, rostros…

Son retratos. Pero son retratos con una técnica de montaje dentro del mismo espacio, en el mismo momento en que se toma la foto. Para llegar a ese montaje y para llegar a esa foto, se necesita tener todo un proceso de confianza, de investigación, de catarsis, de sentir el dolor de los demás. Esa es la exposición.

En todo el proceso, ¿cuál fue el momento más peligroso?

El peligro fue una constante. El peligro es sentir que no hay peligro. Si llegas a una zona de conflicto y sabes que debes cuidarte, pero no sabes cuándo va a pasar algo, te llenas de ansiedad. Manejarlo es muy difícil. La gente, como cualquier animal, huele el miedo y lo huele lejos. Y cuando huele el miedo es cuando tu das desconfianza. Ese fue un problema constante.

Además, tuve un miedo enorme cuando los grupos armados hacían paros. No se podía salir y nadie podía entrar, ni siquiera la comida. Uno quedaba sitiado. Tocaba quedarse en ese lugar o tocaba quedarse en ese lugar, no había opción.  Con un agravante: en el Catatumbo, por el plan Colombia, fumigaron con glifosato y dañaron todos los cultivos y la tierra. Para revivir la tierra se necesita un proceso que implica mucho dinero y no se ha podido hacer. Entonces, cuando hay paro y no entra comida, la zona entera se queda sin comer. Los alimentos se quedan en el camino pudriéndose. Imagínate lo complejo que es vivir para los habitantes del Catatumbo.

¿Cuál fue el momento de mayor frustración o dolor?

Sentí dolor profundo cuando estuve con una de las víctimas, que más que víctimas ya son amigas mías. Fue cuando doña Benilda Jaimes me contó la historia de un hijo que ella tuvo. Este hijo tenía problemas de drogadicción grandísimos y fue el mismo papá de sangre quien lo entregó a los paramilitares para que lo desaparecieran. El señor pensaba que ellos estaban limpiando el mundo. Fue tan complejo como que ella lo vio a las ocho de la mañana y a las ocho de la noche ya no estaba. Una situación absolutamente absurda que por la ignorancia y por muchas cosas sucede.

Ese es el hijo que más le duele a ella, incluyendo al otro que también le desaparecieron. Lo más irónico de toda esta historia es que doña Benilda es partera. Le da la vida a muchos niños, pero sus dos hijos los desaparecieron.

Ahí empieza uno a sufrir, a sentir el dolor de patria, de una madre que sufre. Ella es como la madre tierra: una madre que sufre.

¿Y el momento más gratificante?

Fue con Lucy, Luz María Torres. Estábamos en el momento de la toma de las fotos y le dije que estaba despeinada. Me acerqué y empecé a organizarle el cabello, pero eso era una excusa para acariciarla. Quería sentir cómo podía contener el dolor de ella y cómo podría, en cierta forma, preparar mi zona para empezar a componer. La zona era su rostro. Cuando empecé a hacerlo, ella cerró los ojos y me dijo: no pares, no pares. Ahí me di cuenta que la fotografía sirve para curar heridas de la memoria. Es en la fotografía cuando uno debe quitarse todas los prejuicios y darle la humanidad a la otra persona. Después de acariciarla, sentí que ella estaba protegida. Ahí agarré las fotografías de su marido y empecé a partirlas por la mitad, a partir a su esposo otra vez, como si lo estuviera volviendo a matar. Empecé a componer y todo se volvió más cómodo pues ella estaba mucho más tranquila. Gracias a esa tranquilidad sentí que en verdad le estaba aportando a su duelo.

En todo su recorrido como periodista gráfico, ¿hay alguna fotografía que tenga especial valor para usted?

Hay muchas. Una que siempre me marcó la tomé en Neiva. Trabajando para los especiales regionales de Semana, estaba en un centro comercial y vi uno de esos parques donde los chorros de agua salen hacia arriba. El instinto me dijo que iba a suceder algo y me senté a esperar. Al cabo de dos horas, llegó mi foto. Una niña empezó a jugar con el agua y el chorro le subió la falda. Se parecía mucho a Marilyn Monroe en su foto clásica, pero esta era una cuestión mucho más tierna, más bonita. La niña no muestra nada, pero la expresión en su rostro es bellísima. La titulé Marylin Monroy.

Gracias a SoHo, que está muy interesada en tratar temas que nadie más aborda, he podido hacer mucha reportería de guerra. Unas fotos que recuerdo con aprecio son las que saqué en Toribío, el pueblo más hostigado del país. Allá fuimos con José Navia buscando capturar la guerra en todos sus sentidos, pero desde lo más cotidiano. Fue una oportunidad muy rara porque, curiosamente, cuando estuvimos no hubo ningún hostigamiento. Eso me permitió retratar todo un pueblo.

¿Cómo es la dinámica con los cronistas cuando ellos van a escribir y usted a fotografiar?

Ahí hay una cosa muy bella pues ellos necesitan que yo les cree atmósferas. Cuando vean mis fotografías deben poder viajar al momento en que estuvieron allá. Eso es muy importante. Por eso, antes de irnos, debe haber un diálogo entre el cronista y el fotógrafo. Tenemos que estar en la misma onda. El cronista tiene las intenciones, tiene el tono, y yo traduzco en imágenes lo que él va a contar en palabras.

Por ejemplo, la última crónica que hicimos con Alberto Salcedo fue ir a buscar Macondo en Aracataca. Allá descubrimos que cualquier persona se cree parte de la obra de García Márquez. Eso llevó a que yo invitase a todas las personas a un lugar para que escribieran en un papel quiénes se creían. “Yo me creo Úrsula”, por ejemplo. Luego los retraté con papel en mano. Así se armó el concepto directo con el texto y logramos un mensaje completo. Esa situación entre el cronista y el fotógrafo hace que el trabajo de los dos cobre importancia.

¿Qué sigue para usted?

No sé qué seguirá. Lo más seguro es que seguiré haciendo otro trabajo llamado “Las silentes”. Éste involucra gran parte de las zonas desde el eje cafetero hasta el Catatumbo, pasando por El Salado. Además, Padre, Hijo y Espíritu Armado va a itinerar por todas las bibliotecas del distrito, y después por toda Colombia. También espero salir con la exposición. Quiero llevarla a otro país y ver la reacción al conflicto desde afuera.

Entrevista publicada originalmente en 070. Las fotografías de Álvaro Cardona fueron tomadas por Juan Carlos Rincón. Las fotografías en blanco y negro son de Álvaro Cardona. 

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