La historia de dos personas que compartieron el camino momentáneamente

Por Juan Carlos Rincón Escalante

Mientras caminaban, juntos, fingiendo estar perdidos en sus propios pensamientos, ambos se preguntaban si esa sería la última vez que andarían de la mano.

Varios años atrás, un momento como aquel hubiese sido tildado de insensato y desechado en el olvido para siempre. Eran tiempos más sencillos. Menos fastidiosos.

Manuel estudiaba la vida y el arte, que era una manera bonita de confesar que no hacía un carajo. Sofía estaba por graduarse del colegio y se ahogaba en todas las güevonaditas propias de esa época. El hombre había cultivado, por varios años, una larga cabellera negra de aspecto repugnante. Sofía tenía unos rizos dorados calcados de una película de Disney. Es importante lo que tienen en la cabeza, -más allá de sus pensamientos-, pues fue en una peluquería donde se conocieron.

Alfredo, con sus rizos café y su elegante panza, estaba muy estresado. Ese día, justo antes de navidad, tenía que soportar a viejas arrugadas luchando por su atención y tiempo. Su salón, que, por cierto, era de verdad suyo, comprado a punta de tijeras y tintes para la vanidad descolorida de los cucuteños, no tenía espacio para un alma más.

“Yo llevo esperando todo el día”, le gritó una amable señora al peluquero, justo después de percatarse que Alfredo le había hecho señas a un joven recién llegado indicándole que lo atendería en cinco minutos. “Le tocará esperar, papito, usted entiende…” dijo la misma señora, mirando a Manuel que observaba desconcertado el caos del lugar.

“Pero…yo solamente…quiero raparme”, murmuró el muchacho. Su voz, sin embargo, se perdió en el insistente chuchicheo de los distintos grupos de mujeres. A su derecha estaba Alicita, amiga de toda la vida de su abuela, que le contaba a una señora algo acerca del doctor Eustaquio Rivera y su secretaria. A la izquierda habían tres señoras que sostenían la revista Caras y celebraban que la hija de una de ellas había salido allí. Al frente, al lado de Alfredo, estaba Cecilia, cuarentona de labios gordos y tetas operadas que le pedía una rebaja al dueño del lugar en el precio de las extensiones de cabello. Manuel vio una pequeña silla desocupada y corrió a sentarse.

“Me quitaste el único asiento disponible”, le dijo una voz al oído. Manuel, claramente fastidiado, preparó su discurso y se dispuso a responderle a la arpía que estaba detrás suyo, pero una visión lo detuvo en seco. Era Sofía que le sonreía juguetonamente (ella, por supuesto, ya había aprendido que la sonrisa de una mujer bonita compra más cosas que el oro mismo). “No se preocupe, yo me puedo sentar en el piso”, dijo ya adivinarán quién, que se levantó con un exagerado ademan y le cedió el puesto a la niña.

La conversación continuó porque Sofía había escuchado los planes asesinos de pelo que Manuel había confesado en un susurro, y el resto fue la magia usual. Ella era habladora y a él le gustaba escuchar. Ambos amaban la fotografía, la poesía de Neruda y la habilidad de Alfredo. A él le gustaba la energía que le imprimía Sofía a sus palabras, y a ella le gustaba la visión del mundo de Manuel (sea lo que sea que eso signifique). Tuvieron que pasar horas para que las hienas presentes dejasen que atendieran al joven, quien, después de su radical corte, se quedó esperando a que terminaran con Sofía. La invitó a un helado y siguieron conversando hasta que el novio de la chica llegó en su carro de papá con plata. Pasaron un par de horas hasta que se percató, Manuel, de que no le había pedido el teléfono. ¡Ni siquiera sabía su apellido para encontrarla en Facebook!

Una colorida explosión interrumpió el silencio de la desolada calle. Junto a la pareja pasó, velozmente, un perro callejero aterrorizado por los fuegos artificiales. “No tarda en hacer un comentario de cómo la polvora tortura a los pobres animalitos”, pensó Sofía con cansancio. Lo que ella no sabía, no obstante, era que Manuel estaba distraído y ni se había percatado del perro. Ya habían llegado al final de la caminata, ¿la última juntos?, y él miraba el horizonte con desolación. Sofía soltó su mano y se acomodó a su lado para ver los fuegos artificiales.

Hacía frío, igual que la primera vez que habían visitado ese lugar. Igual que todas las veces que habían estado allí. ¿Sería pecado pedir un abrazo? Lo triste era tener que hacerse esa pregunta. Antes no. El permiso para robar calor y besos era tácito, antes. Todo tiempo pasado fue mejor. “No te preocupes”, pensó ella, “cuando este presente se convierta en pasado, no será mejor que el futuro que nos queda…me queda”.

“¿Qué nos pasó?…¿Será esa la pregunta que debo hacer?…¿Quiero hacerla?” Manuel estaba, por primera vez en su existencia, vuelto nada. Sus mayores sufrimientos y fracasos podían conectarse lógicamente a su relación con Sofía y, aún así, no quería que acabase. “¿Qué nos pasó?” Se preguntó a si mismo, intentando idenficar señales de alerta, en su pasado, sobre la inminente tragedia. Ya no tenía la fuerza ni los ánimos con los que la había buscado siete años atrás. Tantos años cambian muchas cosas. ¡Y pensar que, en aquel entonces, no logró encontrarla, sino que ella lo encontró a él!

“¿Por qué tardaste tanto…?” empezó a preguntar Manuel. “Hablo de Facebook”, agregó ante el rostro desconcertado de la que solía ser el amor de su vida. Sofía esbozó una sonrisa pequeñita, de esas que duelen en el alma de quien las entiende, y le confesó que esperó varios días a que él la buscara. “¿Por qué me preguntas eso…ahora?”

“Creo que necesitaba que me encontraras”.

Y lo encontró, un par de días antes de irse de intercambio a Frosinone, Italia. Durante ese año, en el cual ella cumplió diecinueve años y él perpetuó su dedicación a hacer nada, se escribieron constantemente. Ella le contaba del pueblito, de la comida, de la familia que la albergaba, de sus nuevas amigas, de los italianos que querían devorarsela, del idioma que aprendía a medias, de lo mucho que le gustaba escribirle. Él hablaba de sus nuevos descubrimientos en la vida, y en el arte, y le hacía prometer que se verían cuando ella regresase. Así pasó el año, y cuando regresó cumplieron las promesas.

Se mudaron a Bogotá, ella a estudiar ingeniería industrial en la Javeriana y él a seguir haciendo nada. No juntos, ni crean, ella era niña de buena familia y vivía con sus tíos. Lo que sí hicieron fue follar, y lo hacían rico. Se experimentaron hasta el cansancio, y un poquito más después del cansancio. Todo iba de maravilla.

“¿Cómo llegamos aquí?” Preguntó la lágrima que acariciaba la mejilla de Sofía. “¿Qué nos pasó, Manu?”

“Llegamos caminando”, respondió Manuel, esperando hacer reír a la chica de al lado. No lo logró. Sólo fomentó el silencio. Chispitas amarillas iluminaron el cielo, y los ojos de la pareja brillaron por unos segundos. El viento, a escondidas, trajo consigo el susurro de una canción. La música aumentaba su intensidad progresivamente, y ya se podían distinguir ciertas palabras, Ven…cura esta pena…quítame estas ganas de tí…

Llevaban año y medio viviendo en Bogotá. Ella estaba a punto de cumplir veintiún años, y fue durante los preparativos de su fiesta cuando decidió que no soportaba más. Era tiempo de intervenir a su novio. Sofía, mujer prudente que solía reservar sus gritos para el dormitorio, se despachó contra Manuel y su insoportable pasividad. ¿Cómo era posible que, con veinticuatro años, no le asustase no haber estudiado, ni tener un trabajo fijo? ¿Pretendía, acaso, vivir de sus padres por el resto de su vida? ¿Nada lo apasionaba? ¿Nada lo motivaba? ¿Y cuándo se acabase el dinero, qué? ¿Lo tendría que mantener ella? Manuel, soberbio sabelotodo, le respondió que sí tenía una pasión, y que era ella, y que él escribía, que confiase en él.

Esa respuesta de parlero, para ella, no fue suficiente. La pelea se prolongó un poco más, y ella le explicó que lo amaba con el corazón, y que por eso le daba miedo el futuro. Él le dio la razón en lo que tenía razón, y prometió estudiar literatura. Ahí terminó la primera gran pelea. Esa noche, entre amigos y conocidos de Sofía, bailaron toda la noche, y a Manuel le dio por hacer algo que jamás había querido hacer: dedicar una canción.

Los fuegos artificiales cesaron, y lo único que se escuchaba era la música de origen desconocido. Manuel empezó a bailar lentamente, y puso sus manos en la cintura de Sofía. “Me gusta cuando pones tus brazos alrededor de mi cuello”, susurró. Ella, con desgano, lo hizo, y empezó a bailar. Se miraron a los ojos por un tiempo. Sofía lloraba, y Manuel estaba extenuado (la manera en que solía disfrazar su tristeza). “Muuuuuuy señora mía…ten piedad de un simple mortal”, cantó el muchacho con la voz entrecortada. “Ven…cura esta herida…este blues de incierto final”.

Se movieron torpemente hasta el final de ese baile con sabor a despedida, y luego se quedaron quietos. Querían besarse, pero ninguno lo hizo. Sus besos sabían a melancolía. “Detesto que me hayas dedicado esa canción…me la dañaste. Ahora siempre que la escuche me acordaré de ti”, sentenció Sofía, que había dejado de llorar. “Nunca planeé que acordarte de mi fuese a causarte tristeza”.

“No se pueden hacer planes eternos, Manu. Nada es para siempre”.

Los años pasaron casi sin sentirse. Quizás ese fue el problema. Los sentimientos se volvieron rutina. La paciencia de Manuel servía para soportar la estampida de pretendientes que intentaban envenenarle, a veces con un inquietante nivel de éxito, el corazón a su chica. La pasión de Sofía se convirtió en la base sobre la cual Manuel construyó su carrera, su futuro, su inspiración. Ella se graduó, y él estuvo ahí. Él publicó su primer libro, y ella fue la primera en leerlo. La madre de Manuel murió, y ella le prestó su cuerpo para llorar. Sofía consiguió un trabajo, y empezó a tener éxito. Él era reconocido en su universidad. Se veían poco, follaban menos, pero se querían. Y se acompañaban. Sólo peleaban cuando alguno tenía que canalizar sus problemas, y el otro entendía. La relación envejecía. Pero no importaba porque en navidad estaban juntos. Iban a caminar junto al río, a medianoche, esperando los fuegos artificiales. Y cuando se iluminaba el cielo sus ojos brillaban, y se descubrían de nuevo. Y esa pequeña magia renacía. Todo iba bien.

Ahora están ahí, los personajes de siempre, en el lugar de siempre, a la hora de siempre, con los fuegos artificiales de siempre. Pero algo no está bien. Y no saben qué es, pero es. Existe. Está ahí, inundando sus corazones. Desean tocarse, pero no hay ganas, no hay motivos. No hay fuerzas para crear nuevos recuerdos. El camino se bifurca.

“Si alguna vez vas de gira por Italia…” empezó a decir Sofía. “Te visitaré, no te preocupes”, completó Manuel. No quedan razones, sólo la conclusión.

“No tengo nada para regalarte, lo lamento”, dijo el chico de veintiocho años. “Me has dado tu compañía, es más que suficiente. Además, tampoco te compré nada”, le respondió la muchacha de veinticinco. Manuel sonrió, esta vez de verdad, y suspiró. “Me has dado arte y vida. Gracias”.

Sofía lo miró a los ojos y le acaricio una mejilla. “Debo irme”, le dijo. “Lo sé”.

Sin decir más, Sofía le dio la espalda a su pasado y empezó a recorrer un sendero desconocido. Manuel, que la veía alejarse, recordó algo y gritó: “¡Hoy, hace siete años, nos conocimos!”

Sofía giró la cabeza y, por un instante, se transformó en la colegiala juguetona que Manuel conoció. Con un brillo en sus ojos le devolvió el grito: “¡Feliz navidad, Manu!”

Cuando siguió su camino el cielo se iluminó en una fiesta de fuegos artificiales. La luz le mostró a Manuel el camino que tenía a su derecha, también desconocido, y decidió empezar a recorrerlo. Antes de partir, sin embargo, esperó a que la fiesta acabase, y a que Sofía ya no fuese visible en el horizonte. La oscuridad regresó a la desolada calle. Sólo un murmuro interrumpió el silencio de la noche. “Buen camino para ti, Sofi. Feliz navidad”.

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Un comentario el “La historia de dos personas que compartieron el camino momentáneamente

  1. No sabe cuánto lo amo, gaymente como siempre, porque convirtió un día que había comenzado a valer nada, para ser uno digno de recordar.

    🙂

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