La manipulación de Salud Hernández-Mora

Por Juan Carlos Rincón Escalante

Salud Hernández-Mora publicó en El Tiempo una columna de opinión que parece un perfomance instructivo sobre cómo manipular la realidad y las palabras para declararse “victoriosa” en cualquier debate. Sería un espectáculo aplaudible si no implicase tantas tácticas para causar cortocircuitos mentales en quien la lee. 

Indignadísima por un editorial de El Espectador que le recuerda al presidente Iván Duque que todos los expertos respetables en derecho penal creen que la cadena perpetua es inútil y una táctica populista, Hernández-Mora se declara ofendida, tilda al periódico (y a su director) de “arrogante” y escribe un texto que pretende demostrar cómo ella (y el “pueblo colombiano” al cual dice defender) tiene la razón sobre el tema. Para hacerlo, utiliza cinco tácticas deshonestas para tratar de despistar a su audiencia. Veámoslas. 

Primero: la columnista del pueblo. Hernández-Mora empieza bañando a El Espectador en adjetivos despectivos. Lo llama “arrogante” en el título y luego dice que parte de una “pretendida superioridad moral y académica”. Lo acusa de creer que quienes apoyan la cadena perpetua son una “plebe enardecida” y un pueblo “ignorante, primario, (lleno de) borregos de escaso o nulo cerebro”. Más tarde agrega que el editorial la trata a ella y a quienes piensan de la misma manera como “brutos vengativos”. Hay tantas cosas mal aquí que vamos por partes. 

La columnista está mintiendo. Por ningún lado del editorial se encuentran adjetivos similares a los que menciona Hernández-Mora y sólo una pésima comprensión lectora (o una rigurosa lectura de mala fe) llevaría a concluir que El Espectador cree eso de los colombianos. Pero, bueno, supongamos que se trata de una caricaturización y que en efecto hay un tufillo de superioridad en lo escrito. ¿Eso qué prueba, exactamente? Nada, en realidad. 

Incluso si El Espectador fuese arrogante y creyera que los colombianos son unos “brutos vengativos”, eso no le resta ninguna validez lógica a su tesis central de que la cadena perpetua es una mala política criminal. Hernández-Mora empieza por ahí, sin embargo, porque sabe que las falacias ad-hominem, esas que atacan al mensajero y no al mensaje, son la herramienta más útil del columnista perezoso. Al querer enemistar a la audiencia con El Espectador, la columna de El Tiempo plantea una (inexistente) dicotomía de “ellos, los que se creen los sabios” y nosotros, el pueblo verdadero. (Se sobreentiende que vox populi, vox Dei).

¿Dónde he visto usar esa táctica? Ah, sí, en todos los discursos populistas que se han dado sobre la faz de la Tierra.

Al victimizarse intelectualmente, Hernández-Mora busca que eso le otorgue puntos políticos sin necesidad de criticar los argumentos de fondo de El Espectador. ¿En algún momento desvirtúa, por ejemplo, que la “superioridad académica” invocada por el editorial sea falsa? ¿Aporta estudios rigurosos de criminalística que vayan en contravía de los expertos mencionados por El Espectador? No. ¿Para qué? Basta con decir que todo es “pretendido” y listo, ¡qué viva la columnista del pueblo!

Segundo: contradícete y reinarás. Hernández-Mora dice que El Espectador sólo ve en la cadena perpetua un deseo por “saciar la sed de venganza”. Como esa es la postura que ella va a criticar, uno asumiría que su columna va a demostrar lo contrario. Sin embargo, más adelante reconoce que su “himno” es “sencillo (y) primitivo: que se pudran tras las rejas el resto de sus días”. Luego, agrega que desea que los condenados pasen “el resto de su asquerosa existencia en una celda y boten la llave. Punto”. 

¿Esa no es, básicamente, la definición de venganza? ¿Entonces El Espectador tenía razón? 

Tercero: inventarse cosas. Son varias las imprecisiones de Hernández-Mora en la columna, pero tal vez la más descarada le sirve para inventarse un argumento que el editorial no hizo. “Para El Espectador”, escribe, “las familias de Sharick Alejandra y de los 100 pequeños a los que Garavito violó y asesinó, por citar solo unos casos entre miles, rechazan que pasen el resto de sus vidas en las cárceles”. 

En ningún momento el editorial insinúa tal cosa. El Espectador sí concluye que gastar tantos recursos en promover la cadena perpetua “es una ofensa contra las víctimas”, pero eso lo dice porque (a) ya hay penas que, bien aplicadas, se asemejan básicamente a una vida entera en prisión y porque (b) respetar a las víctimas es enfrentar un problema complejo con seriedad, tomando acciones integrales que intervengan en varios ámbitos de la sociedad. 

Hacer espectáculo subiendo las penas es fácil, pero, siendo sinceros, es una manera de crear mucho ruido para lograr poco. Eso es no tomarse en serio el sufrimiento de las víctimas. 

Cuarto: hacerse la que no sabe de lo que habla. Hernández-Mora está de acuerdo con El Espectador en que se debe enfrentar el “problema de raíz”, pero al momento de explicar esa postura decide volver a construir otra caricatura. Dice que, junto a la cadena perpetua, el país deberá liderar “un gran esfuerzo mundial en investigar el cerebro de los pederastas, convertirlo en prioridad de los Estados”. Una de dos: o la columnista está burlándose, o no tiene ni idea del tema del que está escribiendo. 

Por supuesto que tratar “el problema de raíz”, en el contexto del editorial, no tiene nada que ver con estudiar el cerebro de los pederastas. El argumento complejo hecho por El Espectador y por quienes se oponen a la cadena perpetua es que si se adelantan políticas públicas que eliminen las condiciones que permiten que estos delitos ocurran en muchos casos, como la desigualdad social, el abandono, la cultura de que los “trapos sucios se lavan en casa” y tantos otros factores tangibles, eso reduciría mucho más los índices de asesinatos y violaciones a menores que seguir endureciendo las penas. No sólo eso, sino que el país saldría muy beneficiado. ¿Difícil? Por supuesto. Por eso es tan frustrante que los líderes políticos sigan gastando su tiempo en decir que la cadena perpetua es la panacea. 

Quinto: ¿alguien puede pensar en los niños? Hernández-Mora saca su mejor interpretación de Helena Alegría al finalizar diciendo que el problema es que “ustedes piensan demasiado en los derechos de los adultos. Y a nosotros solo nos preocupan los niños”. ¡Otra falacia! Esta vez la ad-misericordiam, que pretende utilizar un sentimiento para darle validez lógica a todo lo dicho. Como ella es tan buena, tan humilde, tan luchadora, tan sacrificada que no hace más que pensar en los niños, entonces lo que dice debe ser cierto. Sólo que así no funciona la lógica y, además, es deshonesto negar que los opositores a la cadena perpetua también han demostrado su preocupación por los menores. Esto no es un concurso de ver quién es más piadoso. 

A los columnistas les pagan por pensar, investigar, contrastar fuentes y reflexionar sobre temas complejos de tal manera que sus textos le aporten algo al lector. Hernández-Mora, en cambio, confesó que no hace nada de eso; lo suyo es vomitar sus sentimientos “sencillos y primitivos”. En otras épocasEl Tiempo hubiera interpretado eso como una carta de renuncia. 

Posdata. Dirá Hernández-Mora que esta columna la escribió un arrogante (cierto) cuyo sueldo es cortesía de El Espectador (doblemente cierto). Eso no invalida lo aquí expuesto y, para aclarar, yo denunciaría sus manipulaciones de gratis, también. Por puro deporte.

@jkrincon

Esta columna fue publicada originalmente en El Espectador.

Anuncios

¿Qué piensas?

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.

A %d blogueros les gusta esto: