Natalia
mayo 14th, 2012 § Dejar un comentario

SÉPTIMA
Natalia existe. Ese es el problema.
Ojalá fuese un sueño. De esos que perturban al despertar y se digieren con el desayuno. Una de tantas que no fueron. Una excusa más para regodearse en la deliciosa miseria de sufrir controladamente. Pero no. Existe. La amo. Cabrona.
-Hay que nutrir el coraje con lágrimas mesuradas- dice un tipo cuyo nombre no es recordado.
-¿Sabe por qué duele tanto lo físico? – pregunta el muchacho creyéndose lúcido.
-Claro- responde el tipo, mirando al muchacho con pesar. -Somos animales. La inteligencia no importa. Siempre duele más lo físico. La ansiedad en el pecho, que luego se come la dignidad y el orgullo. Los celos irresistibles, carnívoros, incesantes e intransigentes. Verla con otro. Pensarla con él. Sentirla feliz. Satisfecha. Somos meros instrumentos. Eso…eso mi hermano es lo que tortura del amor y del sexo: saber que somos reemplazables. Innecesarios.
Desconcertado, el muchacho murmura: -Sí, supongo. Pero no es suficiente.
-¿Y quién dijo que se trata de ser suficiente? ¿o justo? ¿o bueno? ¿o algo? A lo mejor la puta vida es para ser nada. Disfrutar la prerrogativa de ser nada en un mundo que glorifica un todo incomprensible.
-No funciona, para mí.
-¿Y entonces?
No sabe. No tiene idea. Pero responde: -Natalia.
-Natalia- repite el tipo. -Natalia- enfatiza el muchacho. Natalia, narro yo. -Natalia.
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Insignificante
diciembre 29th, 2011 § Dejar un comentario
Entre las piernas de una puta descansó por fin en paz. La muchacha, al sentirlo inerte, lo entendió satisfecho. Con delicadeza se levantó, vistió, vació la billetera de su cliente (por estrictas órdenes de él) y abandonó el cuarto.
La mañana siguiente no hubo escándalo. Rosita, veterana enfermera acostumbrada a la muerte de los pacientes que cuidaba, apenas respondió con un suspiro al cerciorarse de que Antonio carecía de signos vitales. El médico del asilo confirmó que se trataba de un paro cardiaco. Al atardecer ya había un nuevo inquilino en aquella habitación.
Esa muerte, a diferencia de tantas otras que ocurrían en aquel lugar, no fue problemática. El señor Pérez no tenía familia que necesitase ser informada ni valiosos objetos que debiesen ser conservados. Los de la funeraria llegaron rápido. Un año atrás, cuando el mismo Antonio pidió que lo internaran, todo quedó muy claro. Pagó lo suficiente para vivir allí tres años con la única condición de que le permitiesen una visita nocturna cada fin de mes. En aquel acuerdo original, redactado por una firma de abogados que solía presidir el difunto, también se pactó que las pertenencias encontradas en su cuarto una vez muriese (porque desde el principio era bien sabido que él se internaba para morir) serían donadas a las enfermeras del lugar. Lo único que dejó, sin embargo, fue una colección enorme de libros, la gran mayoría aún vírgenes de cualquier lector.
La vida de Antonio fue similar a su muerte. Cotidiana, aburrida e irrelevante. Temprano en su adolescencia comprendió que quien vive, sufre. La muerte lo aterrorizaba casi tanto como el sufrimiento. Tomó entonces la decisión de vivir sólo lo necesario para no matarse antes de tiempo. Justificó su existir en el pánico. Suprimió el alcohol, las drogas legales e ilegales, las fiestas, las religiones y las mujeres con el ideal de estar siempre en control de su mente y su sentir. Aprendió a disfrutar con precaución el arte. Intentó escribir pero después de varios años se rindió al descubrir que sus textos eran tan superfluos como sus sueños. Tuvo un par de amigos que abandonó cuando decidió que no tenía nada para aportarles. Después de estudiar becado descubrió en el derecho tributario su mejor opción. Pasó, desde entonces, la mayor parte de sus días encerrado en una oficina realizando cálculos y ganándose comisiones millonarias por obtener grandes deducciones aduaneras para sus clientes. Odió enriquecer a los ricos pero lo hizo de todas maneras. Evitó reflexiones ideológicas. No hubo año de su vida en el cual no tuviese suscripción a un gimnasio; no hubo día en el cual fuese a uno. Conoció muchas mujeres y hombres pero con ninguno intimó. Le desesperaba imaginarlos en el caos de la vida y los odiaba con envidia recalcitrante. Probó la masturbación pero la abandonó por sentirse patético cada vez que lo hacía. Muchas veces consideró cambiar su decisión, perderse un poquito; amar un poquito; vivir un poquito; sufrir un poquito. Pero con los años el miedo crece y el carácter se esconde. Su madre murió sin tener nietos. Su padre se suicidó no sin antes confesarle lo decepcionado que estaba de él. Después de los cincuenta años la melancolía y el arrepentimiento eran lo único que Antonio sentía. A los cincuenta y un años le descubrieron un cáncer de mierda. Gastó su fortuna intentando curarse pero fue en vano. A los cincuenta y tres, flaco y demacrado, se internó en el asilo. El último día de cada mes recibía en su habitación a una adolescente llamada Esperanza. Le pagaba por conversar. Ella le contaba todas las aventuras inherentes a la prostitución de alto nivel y él sonreía. Se encogía de hombros con timidez cuando se agotaban las historias y la chica indagaba por sus motivos para no acostarse con ella. Las reuniones acababan cuando él se dormía mientras la prostituta le acariciaba el rostro.
Un Papá Noel enamorado
diciembre 3rd, 2011 § 2 comentarios
Mientras el descender del ascensor los alejaba paulatinamente de la música que instantes antes les nublaba hasta el alma, ambos se recostaban en límites opuestos de la máquina. Ella lo observaba con cierta preocupación que él confundía con fastidio.
Las puertas se abrieron revelando la salida del edificio. Un taxi destartalado lo esperaba. Ella llamó su atención con un suave toque en su espalda. Él la miró con tristeza. -¿No quieres que sea feliz?- preguntó ella dejando escapar el melancólico tufo de quien toma por ansiedad.
Visiblemente alterado, empezó a responder: -No. No quiero que seas feliz…- Al oír esto ella intentó irse pero el muchacho la forzó a mirarlo. Siguió hablando con voz quebrada y palabras que parecían lágrimas: -Es decir…sí, sí lo quiero, pero sólo conmigo. Quiero que te consumas en nosotros; que te aisles; que olvides que hay algo más allá de las puertas de nuestra habitación; que los años pasen y sigamos perdidos en el laberinto de nuestras miradas. Quiero ser tu caos y tu paz; tu razón y tu dificultad. No soporto un instante más donde estés lejos, allá, en ese mundo de deseo y falsa vanidad. Porque ya no me entiendo sin ti a mi lado, y ya no quiero que te marches, ni que vivas, nunca más, si no es conmigo, y yo contigo.
Navidad en el norte
noviembre 30th, 2011 § Dejar un comentario
Después de mucho caminar el muchacho encontró lo que buscaba. Luces verdes y rojas iluminaban la fachada de la hacienda Santa Bárbara, el único lugar en Bogotá que le faltaba por conocer.
Una hora entera estuvo ahí, quieto, extasiado, observando los colores parpadeantes. Siempre le había gustado la navidad. Era, pensaba él, una excusa para que la ciudad se vistiese de esperanza. Recordó en aquel momento a su mamá, desaparecida varios años atrás. Fue feliz pues alucinó con ella. La vio allí tal y como la había visto durante la primer docena de años de su vida: pelinegra y churca, trigueña con bronceado bogotano, piernas largas pero bien tapadas, pancita y postura de madre trabajadora. Vio sus ojos miel que, gracias a la oscuridad, aparentaban ser negros, y sintió su mirada amorosa y extenuada. Ella también amaba navidad.
El veinticuatro de diciembre, desde las seis de la tarde, todos los vecinos del barrio se reunían. Eran una gran disfuncional familia. Cada uno tenía su asiento reservado en un gran óvalo de sillas de plástico. El centro de gravedad de la reunión eran dos mesas llenas de frutas, lechona, trago y gaseosita.
Una Colombia feliz
noviembre 25th, 2011 § Dejar un comentario
COMUNICACIÓN CONFIDENCIAL
REMITENTE CERTIFICADO
MENSAJE DEL REMITENTE:
Honorable primer ministra. El día de hoy, como lo mandaba la ley, hicimos la inspección de la casa del periodista Juan Carlos Rincón. Allí lo encontramos muerto, con heridas en sus muñecas. Después de revisar extensivamente su cuarto encontramos el siguiente texto. Creemos que esto explica los motivos por los cuales decidió acabar con su vida y porque no había presentado el informe sobre el magistrado Rodríguez. La copia que remitimos es la única del documento. Ya entenderá los motivos por los que manejamos esto con total discreción.
ÚNICA COPIA DEL MENSAJE REMITIDO:
Colombia “feliz”
“Todo es una farsa” dice con debilidad Ernesto Rodríguez mientras observa con atención la pared. En ella hay un letrero muy elegante, de fondo rojo y tipografía dorada, que dice “Colombia: tierra del gobierno amado por el pueblo”[1]. Ernesto, con un cuchillo peligrosamente afilado que le había regalado un guardia, talló, el día que llegó a ese lugar, una “r” entre la “a” y la “m” de “amado”. Ahora el letrero hablaba de un gobierno armado por el pueblo. “El sistema está diseñado para justificar cualquier tipo de atrocidad. Todo es legítimo cuando está acorde a la ley. La ley es legítima cuando el pueblo es convencido de que esa ley es lo que en verdad quiere” concluye.
A sus cincuenta años, el señor Rodríguez aparenta el doble de edad. Graduado como abogado de la Universidad de los Andes gracias a la cuna de oro en la que nació, obtuvo rápidamente reconocimiento por sus habilidades en el derecho penal. Después de adelantar investigaciones que serían el fundamento para la reforma judicial que adelantó el Gobierno Supremo vigente, el señor Rodríguez fue nombrado como magistrado supremo de la nueva Corte Penal Colombiana (superior en jerarquía a la Corte Constitucional y la Corte Suprema de antaño, y dotada con ambiguas funciones que le daban un amplio poder discrecional al magistrado Rodríguez). Hoy, sin embargo, luce devastado. Lleva varios días sin comer y sus ojos, de inusual color azabache, denuncian su profunda tristeza. Está a punto de morir, condenado por la misma institución que antes presidía.
[Aquí va tu nombre]
noviembre 6th, 2011 § 3 comentarios
Anoche te soñé y, al despertar, te sufrí. Abrí los ojos, de la misma forma en que muchos otros que te sueñan lo hacen, y observé el vacío a mi lado con un ridículo asomo de pesar. Esperaba, quizás, ver los tímidos rayos del amanecer posarse sobre tu rostro dormido y poder estirar mi mano para sentir el calor de tu espalda desnuda. Esperaba, quizás, que no fueses un sueño. Esperaba, mejor, que aún siguiese soñando.
Apareciste, en mi sueño, de la mano de quien fue mi obsesión cuando fui primíparo. Descubrí en ese momento que Laura, mi antigua obsesión, siempre conoció mis delirios. Al presentarte me susurró, con pícaro tono, ”ella te gustará, se parece a mí”.
“Te pareces a alguien que conozco” me dijiste de entrada, sin rodeos, con la sonrisa que esperaba de ti.
“Te pareces a un sueño que tengo” respondí sin atisbo de duda. Detrás tuyo, cuando dije eso, apareció Mariana, una amiga que crítica los diálogos que escribo por carecer de credibilidad. Ignoré, sin embargo, la mirada aburrida que me dedicaba. La ignoré porque mi atención, claramente, eras tú. Y yo era tu atención, lo que era sensacional y doloroso en magnitudes equivalentes.
Perdóname. Estoy escribiendo muy rebuscado; muy poco yo. Lo hago porque mientras escribo, mientras observo estas letricas aparecer de la nada, desprevenidas, en una pantalla de computador, no dejo de pensar en que no me lees. Lees, sin duda (si no leyeses no tendría interés en ti), pero no me lees. Por eso te admiro. Sabes no perder el tiempo en hombres que se repiten. Lees, por ejemplo, a mi compadre Andrés, que sí sabe de vicios y de consumirse como dios (o el diablo, o la ciencia, o el gran electrón) manda. Yo sólo sé de consumirme entre sueños.
La medianoche de la puta
septiembre 18th, 2011 § 4 comentarios
Estaba la puta, desnuda, sentada en su columpio favorito. Era de noche y la luna, igual de indiferente que el resto del universo, no le prestaba atención a la ilustre señorita que la observaba con melancolía. El frío era insoportable, pero la puta no lo sentía. Su piel estaba acostumbrada a no sentir.
Pensaba, la mujer, en su vida de prostitución. En la puta vida, que no es muy distinta a la vida de una puta. Observaba, al pensar, su sombra sobre el asfalto de aquel desolado parque. Lo único que le fastidiaba de aquel columpio era su ubicación: al lado del único poste de luz en toda la zona. Más allá de su sombra, todo era oscuridad. Y ella quería estar ahí, a oscuras, sin sombra, pero no podía abandonar su columpio. Llevaban encontrándose muchos años, a medianoche, antes de ella irse a trabajar. Él era el único que la escuchaba, que la arrullaba con su delicado mecer. Allí, en ese lugar, ella encontraba un pedacito de felicidad bajo la luna.
-Hola- dijo una voz que la puta sintió en su nuca. –Hola- respondió ella mirando hacia atrás. Se encontró con unos ojos azules, tímidos, que la observaban desde la frontera entre la luz del poste y la oscuridad. Con un gesto, la puta, lo invitó a acompañarla. El muchacho caminó mientras ella lo observaba con genuina curiosidad. Estaba, el pelado, vestido de negro. Tenía una larga gabardina que le llegaba hasta las rodillas, un pantalón elegante y zapatos de cuero. Su rostro era limpio y su pelo corto. La miraba, ahora, con cierto deseo.
-¿No tienes frío?- preguntó el muchacho. La puta sonrió. -¿Por qué, me darás tu abrigo?
-Si así lo deseas.
-No, muchacho, no lo necesito. Este es mi mejor abrigo- dijo mientras se pasaba un dedo por la piel de su pecho. El joven, alterado por tan seductor gesto, sintió que se le cortaba un poco la respiración. Ella soltó una carcajada y se meció un poco más fuerte en el columpio. -¿Qué haces en mi parque a medianoche?- preguntó la mujer. El muchacho bajó la mirada y caminó hacia ella. Cuando estuvieron cerca, se arrodilló para quedar a la altura de la señora sentada en el columpio. La miró y el azul de sus ojos se encontró con el desgastado café de los de la puta. –Vengo a matarte- le dijo.
“Administrando justicia en nombre del pueblo…”
septiembre 1st, 2011 § Dejar un comentario
“Administrando justicia en nombre del pueblo…”[1]
-Antes de comenzar-, dijo el abogado Francisco Correa mientras acariciaba su prominente panza, recostado sobre una costosa silla de cuero. Acababa de zamparse una bandeja paisa bien jalada, de esas que tanto le gustaban. –Debo hacerle una pregunta fundamental, de la cual va a depender el resto del caso- añadió.
Ricardo se estremeció. Estaba muy nervioso. Llevaba un par de noches sin dormir. Los días no eran nada mejor: ansiedad, miedo, dudas. El caos había tomado posesión de su vida. No podía dejar de pensar en su situación. Miró sus manos, aún jóvenes y en buen estado, y se decidió a confesar su pánico. -Lo sé, doctor. Pero hay un problema, no sé si lo hice o no…no sé cuál es la verdad.
Francisco alzó la ceja y clavó sus ojos en Ricardo. –No, hombre, no- dijo, visiblemente irritado. –Me confunde usted con un mal abogado. Cuando yo llevo el caso, la “verdad” es irrelevante.
-¿P…perdón?- balbuceó Ricardo. No lo entendía. Su mayor preocupación era no saber la verdad. Quería saberla. Necesitaba saberla. No podía seguir existiendo sin tener clara su situación. La culpa se le aparecía en todas partes, lo carcomía lentamente.
-Sí, sí, ¿no sabía usted que no hay hechos, sólo interpretaciones[2]?- dijo el abogado con una sonrisa arrogante. Ricardo seguía sin entender, pero Francisco no tenía tiempo para perder. –Lo que me interesa saber, en realidad, es lo siguiente: ¿tiene usted dinero?
El cliente miró a su abogado intentando descubrir algún indicio de broma en su rostro. No lo encontró. El doctor Correa tenía un semblante rígido. Había cambiado su posición: ahora se apoyaba sobre la mesa, con los brazos como punto de equilibrio. Al parecer esa pregunta sí era fundamental. –Sí, doctor, soy millonario, aunque no veo como…
-¡No se diga más!- interrumpió Francisco. –Entonces tenemos un caso. No se preocupe por nada, yo me encargo de todo y le voy avisando en cuanto nos va a salir el problemita-. El abogado saltó de su silla, apretó fuertemente la mano de un perplejo Ricardo, y emprendió camino hacia la puerta de la oficina. Cuando iba llegando, Ricardo lo detuvo. -¿Doctor?- preguntó. –Sí, dígame, ¿en qué puedo servirle?-. -¿No le interesa saber de qué trata mi caso?-. Francisco soltó una carcajada que sonó a chirrido de marrano. Cuando logró controlarse, habló: -Sólo dígame el cargo que le imputan-. –Homicidio-. -¿A quién dicen que mató?-. –A un indigente que vivía diagonal a mi apartamento-. El abogado abrió los ojos de par en par y salió corriendo hacia Ricardo. Al tenerlo cerca, lo abrazó fuertemente. Con una lágrima escapándose por su mejilla, le susurró a su cliente: -¡Que buena noticia! ¡Me acaba usted de dar un regalo de navidad anticipado!-. Sin decir más, se despidió con una palmada en la espalda de Ricardo y salió de la oficina.
Luna enamorada
junio 10th, 2011 § 1 comentario
La luna, celosa, espera con ansias el momento. Ha estado preparándose por un par de años. Controlada por los nervios y embriagada de tristeza, repite en silencio las palabras que ha prometido pronunciar. El olvido se acerca.
Uno podría pensar, sin miedo a equivocarse, que la luna, señorita tan preciosa y codiciada, no se permitiría sufrir por hombre alguno. A diario recibe poesías, escritas por amantes furtivos que las dedican a su caprichoso brillo, desde la tierra. Es admirada, anhelada, fuente de suspiros y sueños maravillosos. Ella es la travesía, el lugar que millones de intrascendentes humanos fantasean con visitar algún día.
Ella, sin embargo, es indiferente a las ilusiones humanas. De hecho, la tierra ya ha perdido su encanto. Lleva, nuestra ilustre protagonista, cerca de cuatro billones y medio de años cayendo, con suma elegancia, hacia el planeta azul. Tiempo suficiente para desencantarse de las distintas maravillas con las que la tierra ha buscado seducirla. Al principio, claro, no fue así: tierra y luna se enamoraron profundamente, y ambas se deleitaban con las particularidades de la otra. Un día, no obstante, la luna alzó su mirada más allá de la curvatura de su eterna compañera, y descubrió la magia que el resto del universo le presentaba. En ese momento, Luna perdió cualquier interés, mientras la tierra se encontró condenada a la melancolía de añorarla.
Cuando el universo se percató de poseer la atención de la muchachita, intentó conquistarla. Planetas, de distintas galaxias, convencían a las estrellas cercanas de que le enviasen mensajes y compañía al satélite natural de la tierra. La vida de la luna, entonces, se estrelló: cada tanto le llegaba el brillo de estrellas muy lejanas, hablándole del amor que por ella sentían en el resto del universo. La señorita, muy amable, les permitía, a los mensajeros, que la acompañasen por un tiempo, pero nunca devolvía mensaje alguno.
En alguna ocasión, si la memoria no me falla, recuerdo haber visto que una estrella intentó, en su nombre y no en el de algún planeta, cautivarla. Luna le dedicó una sonrisa, de esas tan suyas que hechizan, y le dijo que entre ellos nunca podría existir amor. Al ver la decepción de la estrellita, Luna le dio un beso, y agregó: lástima que sólo seas el recuerdo de un corazón que hace muchos años pereció.
Entendí en ese momento, yo que he podido seguirla durante todo este tiempo, el dilema de la luna: está rodeada por el amor de sus admiradores, amor que ha viajado millones de años luz desde su lugar de origen, pero no les puede responder, pues entre cada mensaje pasan muchos años, suficientes para marchitar cualquier relación. La distancia es el principal enemigo del amor universal.
El romance entre el sol y la luna nació miles de años después del rompimiento con la tierra. Ya se conocían, desde el principio, y cada tantos años se encontraban de frente, pero hasta entonces habían mantenido su relación en un ámbito netamente laboral. En uno de esos encuentros, un sol particularmente radiante decidió coquetear un poco. “Me gusta tu brillo”, recuerdo que le dijo. La luna, un poco sorprendida por el comentario, le respondió con hostilidad: “Mi brillo no es mío, es tuyo, y lo sabes“.
La historia de dos personas que compartieron el camino momentáneamente
diciembre 24th, 2010 § 1 comentario
Mientras caminaban, juntos, fingiendo estar perdidos en sus propios pensamientos, ambos se preguntaban si esa sería la última vez que caminaban de la mano.
Varios años atrás un momento como aquel hubiese sido tildado de insensato, y desechado en el olvido para siempre. Eran tiempos más sencillos. Menos fastidiosos.
Manuel estudiaba la vida y el arte, que era una manera bonita de confesar que no hacía un carajo. Sofía estaba por graduarse del colegio, y se ahogaba en todas las güevonaditas propias de esa época. El hombre había cultivado, por varios años, una larga cabellera negra de aspecto repugnante. Sofía tenía unos rizos dorados calcados de una película de Disney. Es importante lo que tienen en la cabeza, -más allá de sus pensamientos-, pues fue en una peluquería donde se conocieron.
Alfredo, con sus rizos café y su elegante panza, estaba muy estresado. Ese día, justo antes de navidad, tenía que soportar a viejas arrugadas luchando por su atención y tiempo. Su salón, que, por cierto, era de verdad suyo, comprado a punta de tijeras y tintes para la vanidad descolorida de los cucuteños, no tenía espacio para un alma más.
“Yo llevo esperando todo el día”, le gritó una amable señora al peluquero, justo después de percatarse que Alfredo le había hecho señas a un joven recién llegado indicándole que lo atendería en cinco minutos. “Le tocará esperar, papito, usted entiende…” dijo la misma señora, mirando a Manuel que observaba desconcertado el caos del lugar.
“Pero…yo solamente…quiero raparme”, murmuró el muchacho. Su voz, sin embargo, se perdió en el insistente chuchicheo de los distintos grupos de mujeres. A su derecha estaba Alicita, amiga de toda la vida de su abuela, que le contaba a una señora algo acerca del doctor Eustaquio Rivera y su secretaria. A la izquierda habían tres señoras que sostenían la revista Caras y celebraban que la hija de una de ellas había salido allí. Al frente, al lado de Alfredo, estaba Cecilia, cuarentona de labios gordos y tetas operadas que le pedía una rebaja al dueño del lugar en el precio de las extensiones de cabello. Manuel vio una pequeña silla desocupada y corrió a sentarse.
“Me quitaste el único asiento disponible”, le dijo una voz al oído. Manuel, claramente fastidiado, preparó su discurso y se dispuso a responderle a la arpía que estaba detrás suyo, pero una visión lo detuvo en seco. Era Sofía que le sonreía juguetonamente (ella, por supuesto, ya había aprendido que la sonrisa de una mujer bonita compra más cosas que el oro mismo). “No se preocupe, yo me puedo sentar en el piso”, dijo ya adivinarán quién, que se levantó con un exagerado ademan y le cedió el puesto a la niña.