La frustración de no saber cómo ayudarte a estar mejor

Por Juan Carlos Rincón Escalante

“Lo siento”, dicen. Y es verdad. Se ve en el cansancio de su mirada, en los gestos de dolor que solo la empatía puede producir. “Dime qué puedo hacer para ayudarte”, y ahí es cuando sé que la conversación ha llegado a su fin; no hay más palabras para continuar. “Ojalá supiera”, les contesto y con eso aterriza la oscuridad. Silencio.

Esa escena se repite demasiado a menudo en mi vida. Ante una tristeza (mía) irracional, abrumadora e incapacitante, la reacción de la gente que me quiere, que me escucha y que me sufre es ofrecer su hombro para llorar, pero, en particular, sus palabras. Desean impulsarme, levantarme, ayudarme a recuperar la marcha. Se rehúsan a ver cómo me hundo. No pretenden darse por vencidos ante lo que no comprenden. Su forma de amar es con lealtad absoluta, queriendo construir las oportunidades que yo necesite para salir del estupor. Todo lo hacen, a veces, con asombrosa elocuencia, construyendo frases que tienen todas las herramientas formales para inspirarme, para que nos regodeemos en el placer estético de la buena oratoria.

Y aún así, fracasan. Siempre llegamos al momento en el que exclaman al cielo (o al infierno) que no saben qué decirme, que lo lamentan, que por favor les diga cómo me ayudan. Ojalá supiera cómo.

La melancolía que agota las palabras no es exclusiva de la depresión ni de las enfermedades mentales. Se trata de una de las experiencias humanas más comunes y frustrantes, porque nos enfrenta con nuestras limitaciones.

Aquello que no podemos nombrar no existe; somos sujetos definidos por el lenguaje. Cuando llegamos al límite, la angustia que sentimos se debe a esa intuición de que no hay nada que se pueda hacer, no hay soluciones al alcance. El silencio es el amargo recordatorio de lo frágiles que somos. Descubrimos lo que Stanley Kubrick expresó con precisión: “El hecho más terrorífico del universo no es que sea hostil, sino que es indiferente”.

La bondad del esfuerzo que hacen quienes se quedan a mi lado a escuchar el mismo laberinto sin salida de siempre es el regalo más poderoso que puedo recibir. Se trata, también, de lo único que yo puedo darles a quienes me buscan en medio del desespero porque se encuentran atascados, porque descubrieron que no hay rumbo posible más que la resistencia resignada. Muchas veces, a lo único que podemos aspirar es a recibir y dar ese “lo siento”, “dime cómo puedo ayudarte” y “está bien que no lo sepas, igual te acompaño”.

También es necesario que reconozcamos la magnitud de la frustración que produce el no saber qué hacer, el no tener las palabras para encontrar una solución. Bajar la cabeza no siempre es un acto humillante; puede, de hecho, ser una reverencia, una aceptación de que somos seres diminutos y que hay situaciones que nos superan. Pero eso no significa que estemos vencidos. Ni que estemos solos.

Escríbeme a jkrincon@gmail.com

Este texto fue publicado originalmente en la revista Cromos.

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