Soy hombre y el feminismo me ayudó a tener mejor sexo

Por Juan Carlos Rincón Escalante

“Es muy difícil hacer que las mujeres se vengan”, me dijo una vez uno de mis amigos más cercanos. Teníamos veinte años y me estaba contando sobre sus frustraciones en el sexo. La frase no la planteaba como un reto, sino como excusa: como era una verdad inevitable que el orgasmo femenino era casi imposible, no se preocupaba por eso.

No es difícil deducir que tanto él como yo, que no lo cuestioné porque no se me ocurrió hacerlo, éramos pésimos polvos.

La pregunta interesante es uno cómo llega a su segundo año de universidad, habiendo tenido varias parejas sexuales, diciendo esa barrabasada sin haber sido confrontado alguna vez. La respuesta es el privilegio masculino, que no es otra cosa que nunca haber tenido la necesidad de reflexionar sobre el placer ajeno, que va ligado a qué tan cómoda está la otra persona con algo que yo estoy haciendo.

Con todas las denuncias sobre el #MeToo y las preguntas sobre la línea divisoria entre coquetería y acoso, muchas personas (incluyendo mujeres) han lamentado que estamos llegando a una especie de Estado autoritario feminista donde los hombres ya no podemos ni mirar a una mujer. El mensaje apocalíptico es que todo lo bueno sobre el ritual de seducción se está perdiendo y que, en últimas, el feminismo va a hacer imposible el sexo bueno.

Mi experiencia ha sido totalmente opuesta. Estudiar las distintas corrientes del feminismo, leer a mujeres discutiendo sus experiencias y escuchar con atención los reclamos de las personas que se han sentido vulneradas me ha permitido abrir los ojos a un montón de prácticas que jamás me cuestioné y que estaban afectando directamente mi vida sexual y, en general, mi relación con las mujeres.

Ahora entiendo, por ejemplo, que ubicar a “las mujeres” en un pedestal que considero inaccesible por su perfección, en vez de homenajearlas, es un acto de arrogancia y condescendencia. Toda mi adolescencia y buena parte de mi universidad sentí lástima melancólica por ver que las mujeres que yo deseaba me veían como “amigo”, y creía que, antes que ser mi culpa el rechazo, eso se debía a que no valoraban a un romántico empedernido que las bañaba con halagos y que sí las podía tratar bien (en oposición a los hombres “malos” con los que ellas salían).

Hicieron falta muchos años y muchos golpes contra la pared y muchas mujeres pacientes que me explicaron cosas para darme cuenta de que el problema era yo, que no realizaba el esfuerzo de verlas como seres humanos complejos que debía entender, y que esperaba que una rima mal elaborada fuera suficiente para que me vieran como el amor de sus vidas. Cuando creía que las estaba endulzando, la realidad es que las estaba incomodando y, en ocasiones, cruzando la línea del acoso.

Además porque esa idea preconcebida de las mujeres se veía representada en el sexo que tenía con las que sí aceptaban estar conmigo. Como su placer era imposible, parafraseando a mi amigo, pues me conformaba con quedar satisfecho yo. Cuando las sentía incómodas lo entendía como un insulto en mi contra, no como una señal de alarma para detenerme y preguntar qué ocurría. Exclamar “quién las entiende”, como había escuchado en tantas películas y series y en voces cercanas de hombres, era mi vía para escapar sin hacerme preguntas difíciles: ¿será que algo en mí está fallando? ¿Será que hay una mejor forma de coger? ¿Será que el hecho de que ella no se ha venido debería preocuparme?

El feminismo enseña a preguntarse eso y mil cosas más; a despertar y sacudirse el privilegio de no tener que ver al otro como un ser con necesidades y temores y deseos que deben ser reconocidos para que haya disfrute mutuo.  La experiencia sexual es tan compleja para las mujeres, ya sea por miedos justificados o expectativas culturales de comportamiento que las cohiben o innumerables experiencias con malos amantes en el pasado, que no puede haber buen sexo sin un ejercicio de crear confianza, comodidad, de preguntar si está disfrutando, de entender que el placer ajeno también puede ser placer propio; que, sin importar el momento en el que estemos, no me he “ganado” nada y que ellas no deben cumplir mis deseos; que venirme no es el fin de la relación sexual, sino uno de tantos eventos que deben ocurrir en un encuentro.

Eso es lo que piden las mujeres cuando, en medio del #MeToo, exigen un consentimiento vehemente, entusiasta y claro. En vez de temer el apocalipsis sexual, los hombres deberíamos entender que el feminismo lo que quiere, entre muchas cosas, es que cojamos mejor.

@jkrincon

Publicado originalmente en la revista Cromos.

La fotografía es de Wesley Quinn en Unsplash.

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