Sobre la tristeza

Querida Helena,

Estoy empeorando.

Aprovecho tu situación para hablarme a mí mismo. Quizás en mis palabras encuentres algo que retumbe en tu corazón. No lo sé. Verás, ese es el primer problema que afrontas: la ignorancia de tu individualidad. ¿Eres único en lo que sientes? Si es así, más que un incentivo a la originalidad, este pensamiento se convierte en una terrible condena: estás solo, completamente solo. Pero, si no es único, ¿es normal lo que sientes? ¿Acaso todos cargamos en silencio la inconmensurable tristeza de estar vivos? Esta, sin duda, es la situación más probable. Aunque hay que preguntarse: ¿qué es lo que comparas? ¿Comparas la tristeza y el dolor como sensaciones cuantificables, o los comparas como conceptos? Todos sufren y todos están tristes, de eso no hay duda. La soledad está en la magnitud.

Pero eso es mentira. No puedes medir tu tristeza; no la puedes comparar. Tu tristeza es tuya, única, solitaria. Es la suma de todas las sensaciones que has vivido. Eres particular porque nadie ha sentido el mundo en exactamente las mismas condiciones que tú. Entonces, eres única, y tu sufrimiento es único. Recuerda: el de los demás también lo es. No hagas lo que ellos hacen. No juzgues, no compares. Se sufre porque duele, y punto. No se duele más ni se duele menos. Una estupidez para ti puede ser la tragedia más cabrona para otro. Eso no le quita validez a su tristeza. No deslegitimes. ¿Quién eres para hacerlo? Tu particularidad no te hace especial a ti sola, nos hace a todos especiales por igual. Pero ellos no lo entienden.

Entonces, aquí viene mi primer advertencia: no sufras en público, que eso incomoda. Lo sé, lo sé, el silencio no es una opción. No te callarás ni esconderás. Hay algo perverso en la complicidad del mundo, ¿no? En ese acuerdo tácito de ahorrarnos las debilidades. Sí, es protección, pero es insuficiente. Necesitas ayuda. Necesitamos ayuda.

Recuerda, no obstante, que la tristeza es persistente. Se acostumbra. Se perpetúa. Y si es pública, se vuelve rutinaria. Deja de importar. ¿Debería? No lo sé. Algo me dice que no, pero no soy de fiar en estos momentos (lo que, por cierto, demerita el contenido de esta carta). El caso es que quienes se acercan a ti se irán desesperando. Ven en ti su redención: quieren y creen poder ayudarte, así que lo intentan. Primero, te hablan, te aconsejan, pero sus consejos son como esta carta: más para sí mismos que para ti. Después, cuando fallan, te invitan al ruido, a lo que se supone que funciona. Empiezas por el trago y las fiestas y el caos. Hay algo maravilloso en el caos: no te deja pensar. Pero el caos es una puta, como todas, y se va con el amanecer, y allí están, tu amor de siempre y tu conciencia, esperándote para destruirte un poco más. Tienes dos opciones: eliges la ruta de los vicios usuales y te sumerges en ese mundo de melancolía opacada, o te alejas por completo. Debe haber un punto medio por ahí, pero no soy lo suficientemente inteligente para encontrarlo. Si decides socializar tu existir, vas a encontrarte con un vacío recurrente. Disfrazable, pero con un costo grande. Si decides, como yo, alejarte, bueno…acabas como yo. También te sugieren las películas y la música y la literatura, pero tú sabes que el arte es el dolor glorificado. Y cuando no es el dolor, es un testimonio de lo que no tienes, lo que añoras, y termina siendo una tortura. De la religión ni te hablo, ya estás muy grandecita para creer en pendejadas. ¡Distráete! ¿Cómo, si todo duele y nada motiva? Todo es anestesia insuficiente para un corazón inquieto. No hay ruido para ese silencio. Cuando todo falla, ellos se ofuscan y se vuelven agresivos. Te dicen que no van a justificarte; que no justificarán tu tristeza. Ahí está el problema. La tristeza no necesita justificación ni racionalización. Llega y planta bandera. No habla tu idioma. No entiende de nada. Es, y punto. Está, que es lo grave. Rendidos, lloran. Lloran por tí, y tú lloras con ellos. Porque, y esto es lo más cruel, tú también quieres rescatarlos; hacerlos felices. Pero no puedes, por tu tristeza, que te consume y los consume. Los amas, pero los lastimas. Te lastimas.

Te odias. Te odias. Te odias. Cada vez más. Te vuelves experto, punzante, ideal para lastimarte, menospreciarte. Buscas ayuda médica, pero tampoco sirve. O eres un animal con una disfunción física que necesita drogarse para “mejorar”, o eres, como yo, un condenado que aún no tiene una falla, pero que para allá va. Te vas degradando hasta que un día te ganes las pastillas. Dulce destino humano.

Pero no te matas. No. Porque tienes la esperanza, esa misma que te mueve a sufrir en voz alta, de que las cosas pueden mejorar, que el mundo puede reaccionar y ayudarse a disfrutar la intrascendente momentaneidad de la existencia. Nadie se muere por querer morir. Se matan por no querer vivir. Esa diferencia es fundamental, porque el no querer vivir es saneable. La muerte, con su eternidad de nada, ya llegará. Pero mientras haya vida, habrá razones.

Puedes hacer como yo, aunque no funcione. Publicas cartas como esta con la idea de que alguien te diga “sé feliz, hijueputa”, y tu puedas responder, con una bella sonrisa fúnebre, “no soy capaz”.

Y ahora, escribiendo esto, debo decir que me repugnan mis palabras. Todo lo que te he escrito. Verás, ese es el problema de la tristeza: su intermitencia. Te da unos instantes de claridad y entonces ves que no tenías razón. Pero cuando sufres, la razón es irrelevante. La tristeza es totalidad. Cuando te das cuenta, te repugna, pero ya hiciste, ya dijiste, ya lloraste. Pierdes tu legitimidad y pierdes tu vida, un instante a la vez.

Por eso, Helena, no me hagas caso. Sufre, pero recuerda que hay motivos. Vivir es resistir y, ocasionalmente, ser feliz. He visto la felicidad. La he besado. Ese es mi mayor miedo: sabotearla. Porque cuando la encuentras, entiendes que lo que funcione, mientras funcione, es más que suficiente.

Ve y grítale al mundo tu tristeza. Quizá tu belleza los haga reaccionar. No olvides, entre lágrima y lágrima, encontrar una razón; tu razón.

Mi razón eres tú.

Con eterno cariño,

Juan.

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