Insignificante

Por Juan Carlos Rincón

Entre las piernas de una puta descansó por fin en paz. La muchacha, al sentirlo inerte, lo entendió satisfecho. Con delicadeza se levantó, vistió, vació la billetera de su cliente (por estrictas órdenes de él) y abandonó el cuarto.

La mañana siguiente no hubo escándalo. Rosita, veterana enfermera acostumbrada a la muerte de los pacientes que cuidaba, apenas respondió con un suspiro al cerciorarse de que Antonio carecía de signos vitales. El médico del asilo confirmó que se trataba de un paro cardiaco. Al atardecer ya había un nuevo inquilino en aquella habitación.

Esa muerte, a diferencia de tantas otras que ocurrían en aquel lugar, no fue problemática. El señor Pérez no tenía familia que necesitase ser informada ni valiosos objetos que debiesen ser conservados. Los de la funeraria llegaron rápido. Un año atrás, cuando el mismo Antonio pidió que lo internaran, todo quedó muy claro. Pagó lo suficiente para vivir allí tres años con la única condición de que le permitiesen una visita nocturna cada fin de mes. En aquel acuerdo original, redactado por una firma de abogados que solía presidir el difunto, también se pactó que las pertenencias encontradas en su cuarto una vez muriese (porque desde el principio era bien sabido que él se internaba para morir) serían donadas a las enfermeras del lugar. Lo único que dejó, sin embargo, fue una colección enorme de libros, la gran mayoría aún vírgenes de cualquier lector.

La vida de Antonio fue similar a su muerte. Cotidiana, aburrida e irrelevante. Temprano en su adolescencia comprendió que quien vive, sufre. La muerte lo aterrorizaba casi tanto como el sufrimiento. Tomó entonces la decisión de vivir sólo lo necesario para no matarse antes de tiempo. Justificó su existir en el pánico. Suprimió el alcohol, las drogas legales e ilegales, las fiestas, las religiones y las mujeres con el ideal de estar siempre en control de su mente y su sentir. Aprendió a disfrutar con precaución el arte. Intentó escribir pero después de varios años se rindió al descubrir que sus textos eran tan superfluos como sus sueños. Tuvo un par de amigos que abandonó cuando decidió que no tenía nada para aportarles. Después de estudiar becado descubrió en el derecho tributario su mejor opción. Pasó, desde entonces, la mayor parte de sus días encerrado en una oficina realizando cálculos y ganándose comisiones millonarias por obtener grandes deducciones aduaneras para sus clientes. Odió enriquecer a los ricos pero lo hizo de todas maneras. Evitó reflexiones ideológicas. No hubo año de su vida en el cual no tuviese suscripción a un gimnasio; no hubo día en el cual fuese a uno. Conoció muchas mujeres y hombres pero con ninguno intimó. Le desesperaba imaginarlos en el caos de la vida y los odiaba con envidia recalcitrante. Probó la masturbación pero la abandonó por sentirse patético cada vez que lo hacía. Muchas veces consideró cambiar su decisión, perderse un poquito; amar un poquito; vivir un poquito; sufrir un poquito. Pero con los años el miedo crece y el carácter se esconde. Su madre murió sin tener nietos. Su padre se suicidó no sin antes confesarle lo decepcionado que estaba de él. Después de los cincuenta años la melancolía y el arrepentimiento eran lo único que Antonio sentía. A los cincuenta y un años le descubrieron un cáncer de mierda. Gastó su fortuna intentando curarse pero fue en vano. A los cincuenta y tres, flaco y demacrado, se internó en el asilo. El último día de cada mes recibía en su habitación  a una adolescente llamada Esperanza. Le pagaba por conversar. Ella le contaba todas las aventuras inherentes a la prostitución de alto nivel y él sonreía. Se encogía de hombros con timidez cuando se agotaban las historias y la chica indagaba por sus motivos para no acostarse con ella. Las reuniones acababan cuando él se dormía mientras la prostituta le acariciaba el rostro.

-Esperanza- dijo Antonio con debilidad la última noche.

La muchacha observó el miel de sus ojos que se escondía entre pesados y arrugados párpados. Descubrió en ellos que el pudor estaba censurando a su amigo nocturno. Entendió. Con una sonrisa coqueta apretó su mano y la guió hasta su cintura. Antonio vio cómo lo utilizaba para desvestirla. Se embriagó con la desnudez de Esperanza. La belleza de su relieve era insoportable. Ahogado buscó aliento y, cuando pudo recobrarlo, un par de lágrimas recorrieron su agrietado rostro. La chica lo desvistió con cariño. Se estremeció cada vez que los dedos de la puta lo tocaron. La observó sentarse sobre él y la poca fuerza que le restaba se dirigió a la cintura. Con la luna colándose por la ventana, se deleitó con el cuerpo de la morena. El ritmo de la cadera lo embelesó. Ella sonreía y se arqueaba, él sólo la miraba. De repente olvidó su fragilidad y su melancolía y su arrepentimiento y su miedo y su fracaso y su edad y su irrelevante vida que podía resumirse en un párrafo largo. De repente sólo quedaban ella y el placer. De repente el dolor tenía sentido. De repente sonrió y su corazón estalló.

Su tumba es visitada cada fin de mes por una prostituta que se sienta a contarle sus aventuras. Hace falta el señor Antonio Pérez.

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