Un Papá Noel enamorado

Mientras el descender del ascensor los alejaba paulatinamente de la música que instantes antes les nublaba hasta el alma, ambos se recostaban en límites opuestos de la máquina. Ella lo observaba con cierta preocupación que él confundía con fastidio.

Las puertas se abrieron revelando la salida del edificio. Un taxi destartalado lo esperaba. Ella llamó su atención con un suave toque en su espalda. Él la miró con tristeza. -¿No quieres que sea feliz?- preguntó ella dejando escapar el melancólico tufo de quien toma por ansiedad.

Visiblemente alterado, empezó a responder: -No. No quiero que seas feliz…- Al oír esto ella intentó irse, pero el muchacho la forzó a mirarlo. Siguió hablando con voz quebrada y palabras que parecían lágrimas: -Es decir…sí, sí lo quiero, pero sólo conmigo. Quiero que te consumas en nosotros; que te aisles; que olvides que hay algo más allá de las puertas de nuestra habitación; que los años pasen y sigamos perdidos en el laberinto de nuestras miradas. Quiero ser tu caos y tu paz; tu razón y tu dificultad. No soporto un instante más donde estés lejos, allá, en ese mundo de deseo y falsa vanidad. Porque ya no me entiendo sin ti a mi lado, y ya no quiero que te marches, ni que vivas, nunca más, si no es conmigo, y yo contigo.

Después de un momento de silencio ella suspiró y sonrió cansadamente. –Eres un imbécil-, le dijo. –¿Me llamas en la mañana?- le preguntó mientras le daba un beso con sabor a despedida. El muchacho asintió y se montó al taxi mientras ella se devolvía a la fiesta.

Aquella noche el muchacho no durmió. Sentía dolor en el pecho y ansiedad en las manos. Su cama, usualmente cómoda, parecía una prisión. Tenía en su garganta, además, un desagradable sabor que parecía la mezcla de fluídos corporales con el huevo que había desayunado la mañana anterior. Su celular sonó puntual y él se vistió de Papá Noel, era su trabajo por el momento. Antes de salir decidió, por primera vez en su vida, robarse una botella de whiskey de su padre. La bebió entera en el bus camino al centro comercial donde debía animar a los niños por ser navidad.

Sentado en su trono observó a su primer cliente del día: una niña de cinco años con pocos dientes y cabello oscuro. Cuando la tenía sentada en sus piernas, ella habló primero: -¿Qué te pasa, Santa?-

Sorprendido y un poco confundido gracias al alcohol, el muchacho sólo atinó a reírse como Santa Claus. –Cuéntame, muchachita, ¿qué quieres de navidad?

La niña se inclinó y le habló al oído a Santa. Él no entendió lo que le dijo pues estaba viendo cómo la mamá de su cliente hablaba malhumoradamente con el supervisor de seguridad del centro comercial. Algo no andaba bien.

Cuando sintió que la chiquilla había terminado de hablar, él volvió a soltar unos desganados “Jo jo jo” y le dijo que haría lo posible por traerle esos regalos. Ella lo miró y realizó una última pregunta: -¿Tú qué quieres de navidad?

El muchacho observó a la criatura. Se perdió por unos momentos en la dulce inocencia de los ojos café de la chica y pensó en la pregunta. La primer respuesta que llegó a su mente fue “ser feliz”, pero decidió censurar su ridiculez. Después de otro silencio el muchacho respondió: -Una sonrisa tuya.

La chiquilla rió tímidamente y esbozó su sonrisa desmueletada. Santa le agradeció y le deseó una feliz navidad. Cuando alzó la mirada vio que su jefe lo llamaba. De ahí en adelante todo fue borroso. Lo fundamental es que lo despidieron por atreverse a ir a trabajar borracho y le pidieron que se marchase del lugar. Él, con calma, pidió un momento para ir al baño antes de irse. Allí, sentado en un inodoro mal lavado, la llamó. Ella contestó entre risas: -Hola lindo- dijo la chica. –Hola- dijo él al borde de las lágrimas. Hubo otro silencio donde las risas de la mujer regresaron. -¿Me puedes llamar más tarde, bonito?- preguntó ella. Él entendió y colgó.

La ansiedad ya no era sólo en sus manos y pecho. Ahora le recorría todo el cuerpo, aprisionándolo, desestabilizándolo. Caminó lentamente hasta las escaleras del cuarto piso y miró hacia abajo. Nunca lo hacía pues sufría de vertigo. La sensación fue placentera: por primera vez no sintió miedo a caerse. Observó la excesiva decoración navideña del lugar. Le gustaban las luces. Fijó sus ojos en un anuncio navideño y procuró no parpadear. Cuando sus ojos no veían mas, saltó. Al caer salpicó el lugar con sangre que parecía escarcha.

La niñita de cinco años caminaba con su madre por el parqueadero del centro comercial cuando pasó cerca de un vigilante y escuchó, en su walkie talkie, un angustioso anuncio:

-Papá Noel muerto en el primer piso.

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2 comentarios el “Un Papá Noel enamorado

  1. me encannntaaa la historia y tambien la manera de contarla! definitivamente! geniall!! aunque el final es un poco corto. esperaba un final mas lindo 🙂

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