Navidad en el norte

Después de mucho caminar el muchacho encontró lo que buscaba. Luces verdes y rojas iluminaban la fachada de la hacienda Santa Bárbara, el único lugar en Bogotá que le faltaba por conocer.

Una hora entera estuvo ahí, quieto, extasiado, observando los colores parpadeantes. Siempre le había gustado la navidad. Era, pensaba él, una excusa para que la ciudad se vistiese de esperanza. Recordó en aquel momento a su mamá, desaparecida varios años atrás. Fue feliz pues alucinó con ella. La vio allí tal y como la había visto durante la primer docena de años de su vida: pelinegra y churca, trigueña con bronceado bogotano, piernas largas pero bien tapadas, pancita y postura de madre trabajadora. Vio sus ojos miel que, gracias a la oscuridad, aparentaban ser negros, y sintió su mirada amorosa y extenuada. Ella también amaba navidad.

El veinticuatro de diciembre, desde las seis de la tarde, todos los vecinos del barrio se reunían. Eran una gran disfuncional familia. Cada uno tenía su asiento reservado en un gran óvalo de sillas de plástico. El centro de gravedad de la reunión eran dos mesas llenas de frutas, lechona, trago y gaseosita.

Siempre se sentaban según sus gustos: Doña Dolores, la más anciana de todos, se dejaba caer en la silla de la esquina. Desde allí, decía ella, podía vigilar la calle y escuchar las conversaciones de todos los que estaban en la reunión. Junto a ella, siempre en silencio por ser un hombre sin dentadura y con mucha vanidad, se acomodaba Don Pedro, el segundo más veterano del barrio. Lolita, como le decían los vecinos, le llevaba diez años a Don Pedro. Él llevaba cuarenta años enamorado de ella pero jamás había tenido el valor de decirle algo. Con poder sentarse junto a ella cada año en navidad le bastaba.

Más cerca del centro estaban tres parejas. Yullieth, de treinta y cinco años, solía acariciar a Polonio (Polito, de cariño), su marido de cuarenta diciembres, mientras él discutía de política con Ramiro, el tendero de la esquina, Francisca, panadera y esposa del tendero, y Roberto, el soltero codiciado de la cuadra. Cerrando esa pequeña comunidad estaba María, estudiante de antropología en la nacional, que era el levante más reciente de Roberto.

El muchacho recuerda que todos eran uribistas radicales, enemigos mortales de las lagartijas de las FARC, de Chávez y de los del Polo que tenían a Bogotá vuelta mierda. Él, por ser niño, no entendía mucho, y su mamá solía decirle que no les prestase atención; que entre más tiempo durase sin interesarse en la política más tiempo viviría feliz.

Cerrando el óvalo quedaban tres personas: la madre del chico, el chico y Angelita, hija del tendero y culicagadita de diez años, dos menos que el muchacho en aquel entonces, que lo tenía tragadísimo pero que no le concedía ni un piquito. ¡Ni siquiera en navidad!

Así transcurrió aquella navidad, la que el muchacho recordaba, igual que todas las anteriores. Los ancianos se fueron a dormir después de las doce, los adultos se emborracharon y empezaron a debatir sobre sexo, y los niños jugaron a las escondidas hasta el amanecer. La madre del chico comió tranquila y guardó sus palabras, como solía hacerlo, para otra noche. Fue, aquella navidad, la última de todos juntos.

Repentinamente cansado y, por primera vez en toda la noche, al tanto del amargo frío capitalino, el muchacho decidió sentarse en los escalones de la entrada a la hacienda. Junto a él estaba una pareja de bien vestidos jóvenes que lo observaron con desconfianza mientras se acercaba y que, cuando lo vieron sentarse cerca, decidieron marcharse. La carrera séptima estaba tan solitaria como la vida del quinceañero.

La imagen de su madre se desvaneció entre las luces navideñas y el chico sufrió de nuevo. Recordó los disparos de aquella noche de mayo. Recordó los gritos. Nunca supo quién había sido: si los hijueputas de las FARC, o los hijuepuetas paracos, o los hijueputas tombos, o los hijupuetas narcos, o todos juntos. Sólo sabía que habían sido unos hijueputas y que habían ido a buscar a Roberto pero que, por no encontrarlo, decidieron apagarle la vida a todos los del barrio. Porque sí, porque era necesario que todos entendiesen que en este país se hacía lo que los hijueputas de las armas decían. A su madre la habían matado. A él y a Angelita, por tiernos, les habían perdonado la existencia. El muchacho estaba convencido de que hubiese sido mejor haber muerto aquella noche.

¿Y después? Pues nada, lo que siempre pasa en esta nación de oportunidades. A sufrir; a mendigar; a mentir en los buses que van hacia las universidades de más platica de la ciudad; a robar; a ensuciarse; a ser perseguido por los guardianes de la paz; a rezar, aunque no sirva; a sufrir bajo el cartón las lágrimas de un cielo que, sin dudarlo, llora por tener que ver este país a diario. A pensar esto, pero a no decirlo en voz alta porque entonces, además de ser arrastrado, se convierte en mamerto, o subversivo, o mentiroso, o enemigo de la patria, o, lo que resume todo lo anterior, hijueputa. Por eso él sufre, aquella noche como muchas otras, en el silencio de Bogotá: la alucinación de un país fallido cuyo pueblo sueña con ser algo más.

El chico observó de nuevo los colores del árbol navideño y de la fachada del centro comercial. Sonrió y se quedó dormido allí, en la acera. A la mañana siguiente un parte policial que nadie leyó reportó cómo, entrada la madrugada, se encontró un indigente de por lo menos quince años muerto por hambre extrema junto a la hacienda Santa Bárbara. Aquel comunicado, como todos los de la policía en diciembre, terminaba con un mensaje muy bonito: Feliz navidad, Colombia.

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