[Aquí va tu nombre]

Anoche te soñé y, al despertar, te sufrí. Abrí los ojos, de la misma forma en que muchos otros que te sueñan lo hacen, y observé el vacío a mi lado con un ridículo asomo de pesar. Esperaba, quizás, ver los tímidos rayos del amanecer posarse sobre tu rostro dormido y poder estirar mi mano para sentir el calor de tu espalda desnuda. Esperaba, quizás, que no fueses un sueño. Esperaba, mejor, que aún siguiese soñando.

Apareciste, en mi sueño, de la mano de quien fue mi obsesión cuando fui primíparo. Descubrí en ese momento que Laura, mi antigua obsesión, siempre conoció mis delirios. Al presentarte me susurró, con pícaro tono, “ella te gustará, se parece a mí”.

“Te pareces a alguien que conozco” me dijiste de entrada, sin rodeos, con la sonrisa que esperaba de ti.

“Te pareces a un sueño que tengo” respondí sin atisbo de duda. Detrás tuyo, cuando dije eso, apareció Mariana, una amiga que crítica los diálogos que escribo por carecer de credibilidad. Ignoré, sin embargo, la mirada aburrida que me dedicaba. La ignoré porque mi atención, claramente, eras tú. Y yo era tu atención, lo que era sensacional y doloroso en magnitudes equivalentes.

Perdóname. Estoy escribiendo muy rebuscado; muy poco yo. Lo hago porque mientras escribo, mientras observo estas letricas aparecer de la nada, desprevenidas, en una pantalla de computador, no dejo de pensar en que no me lees. Lees, sin duda (si no leyeses no tendría interés en ti), pero no me lees. Por eso te admiro. Sabes no perder el tiempo en hombres que se repiten. Lees, por ejemplo, a mi compadre Andrés, que sí sabe de vicios y de consumirse como dios (o el diablo, o la ciencia, o el gran electrón) manda. Yo sólo sé de consumirme entre sueños.

Así que regresemos. Ahí estabas, tan tú, tan desconocida, tan inventada por mi imaginación. No me culpes por enamorarme de ti. Lo hago porque no te conozco. A lo mejor no eres lo que creo que eres, pero no me interesa descubrirte. No, ¿para qué? He visto tus ojos y tu sonrisa en la vida real, con eso me basta para construirte un mundo idílico.

Además, no quiero que me conozcas. Así no te cansas de mis mediocres tristezas que no alcanzan a ser depresión médica (lo sé porque para eso estudié un poco de psicología), ni del odio que siento hacia el espejo. Así no sufres mis poemas baratos y arrítmicos que aparentan estabilidad y madurez sentimental. Así no descubres las lágrimas que derramo por sentirme insuficiente de manera constante y reiterada. Así no aprendes de Derecho, ni de cine comercial, ni de periodismo, ni de toda esa basura que conozco a medias. Así eres feliz sin saber que existo.

¿Ves? Me repito. Ahí están de nuevo mis debilidades, expuestas para que el mundo las ingiera y vomite. Es un problema: me repito. Me repito. Me repito.

Me repito.

Y tú te repites en mis sueños.

Pero ese sueño, del que te hablaba, del que se supone que escribo, fue el mejor de todos. El más doloroso, pero el mejor. Caminábamos juntos en la madrugada, abrigados por el viento de la coqueta capital. Yo era feliz por sentir tan cerca tu aroma, tu existencia, tu corazón palpitando y dándole vida a la perfección que sueño que eres. Curiosamente, y vale la pena aclararlo, no nos besamos. No entiendas mal: muero por devorar cada rincón de tu cuerpo a besos, pero vivo (o, mejor, sueño) por ver tus ojos al amanecer. Y eso hice, en el sueño, te miré mientras amanecía. Y luego te miré mientras atardecía. Te miré, y me miraste, y yo me quedé a vivir en tus ojos y tú en mis sueños.

Pero ajá, desperté y no estabas, y sufrí, y decidí escribirte esto, aunque no lo leas, aunque pocos pongan “me gusta” en facebook. Lo escribo para repetirme; para que mi subconciente entienda el mensaje: que esta noche, que todas las noches, quiero repetirte. Aunque sea en mis sueños. Aunque te sufra al despertar.

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3 comentarios el “[Aquí va tu nombre]

  1. No es fácil encontrar al azar algo que te llene de satisfacción. Por lo general husmeo superficialmente los rincones de algunas paginas, sin detenerme o buscar algo más; pero, hoy, ha sido distinto. Gracias

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