Un partido melodioso

Por Juan Carlos Rincón Escalante

“Siento una emoción muy grande porque es un momento muy especial…como si fuesemos la selección Colombia a punto de jugar una final”

Son palabras del director Mauricio Parra quien, momentos antes del inicio del evento, repasa con sus dirigidos el plan de acción. En el lugar, al mismo tiempo, las luces se prenden y apagan para comprobar su adecuado funcionamiento. Diana Pérez, organizadora de la logística, imparte órdenes a las trece personas contratadas para que todo salga bien esta noche. El público se acumula en la entrada. Se esperan 326 asistentes. La expectativa es evidente en el ambiente. Diez minutos antes del inicio, el director decide acabar la práctica. “La bendición” dice como despedida.

Inicia la serenata para cuerdas de Anton Dvorak y la tranquilidad se apodera del lugar. El público le presta total atención a las notas que provienen del escenario. Un hombre mayor cierra los ojos y alza el mentón para recibir la música.

Están en el auditorio B del edificio Mario Laserna de los Andes. El espectáculo es un concierto de la Orquesta de cuerdas Filarmonía, un grupo de músicos profesionales que solían pertenecer a la Orquesta sinfónica de Colombia y que se agruparon para no perder el vínculo con la música. Ya se habían presentado en la universidad en el 2009. Según Mónica Uribe, encargada de traerlos, fueron invitados de nuevo por ser “una Orquesta increíble con miembros de larga trayectoria”.

Mauricio Parra se entrega con alegría a la presentación. Dirige bailando con sus manos, moviéndose con elegancia. La serenata entra a su finale y la música da un sobresalto antes de terminar con delicadeza. El público aplaude mientras la Orquesta se retira dando inicio al intermedio.

Se abren las puertas del auditorio y entran varias personas con instrumentos al hombro. Son estudiantes de música que llegaron tarde y debieron esperar hasta el final de la serenata. Con ellos, según los organizadores, hay un total de 300 personas en el concierto, suficientes para llenar el 85% del lugar. En términos de asistencia, el evento es un éxito.

Regresa la Orquesta con un nuevo integrante: el reconocido violinista Miguel Ángel Guevara. La audiencia lo recibe con aplausos expectantes pues él es el solista para las cuatro estaciones porteñas de Astor Piazolla, la pieza principal del concierto.

Inicia la interpretación del tango del compositor argentino y el público se deja transportar. El entusiasmo y la agitación se alternan durante la primavera y el verano porteños, para luego dar paso a la melancolía del otoño y la calma del invierno. Un joven de la audiencia, inspirado por la música, escribe lo que parece un cuento en su iPhone. Ana María, guardia de seguridad encargada de que nadie olvide sus pertenencias en el auditorio, confiesa que le encanta cuando le asignan este tipo de eventos pues disfruta la música.

Finaliza el invierno y el público rompe en entusiastas aplausos. Alzan los brazos para acentuar su reconocimiento al solista y a la Orquesta. El violinista se retira, pero antes saluda a Martha y a Miguel Ángel, su esposa e hijo que lo observan desde la primera fila. La insistencia de los aplausos obligan a que el solista regrese un par de veces más al escenario. Cuando se marcha definitivamente, una docena de personas también dejan el lugar. Eran las estaciones de Piazolla la mayor atracción del concierto.

El director se dirige al auditorio para introducir la última pieza. Harán, dice, un homenaje a Fernando León, un compositor colombiano. El homenaje dura poco pero es suficiente para que el público aplauda felizmente al final. La Orquesta se retira y el auditorio se empieza a desocupar.

A la salida, después de casi dos horas de música, las personas no ocultan su felicidad. “Me encantó” dice Jessica, una mujer con acento argentino. “Muy, muy bueno. Es bacano que la universidad traiga gente de afuera con tan buen repertorio. Sonó muy bien” dice Miguel Ángel, un estudiante de los Andes. “Muy bonito” dice Miguel Espinel, un hombre de avanzada edad que se mueve con rápidez para escapar del frío nocturno. “Excelente” dice Pablo Ardila, estudiante de Derecho de los Andes. “Un viaje sensacional” concluye antes de marcharse con su pareja. Los grupos de personas se dispersan, cada uno con su propio destino, aún discutiendo el concierto. Atrás queda Ana María revisando el auditorio. El director de la Orquesta, quien dice que “la música es muy exigente porque nada está, lo único que vale es el sonido que logramos dar en el momento del concierto”, dormirá tranquilo esta noche. Su equipo jugó un muy buen partido.

Este artículo será publicado en la segunda edición de la revista Skéne.

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Un comentario el “Un partido melodioso

  1. Excelente me sentia ahi escuchando cada melodia, sintiendo cada estado de animo de los ocupantes del lugar como si estuvieran a mi lado muy bueno.

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