La medianoche de la puta

Estaba la puta, desnuda, sentada en su columpio favorito. Era de noche y la luna, igual de indiferente que el resto del universo, no le prestaba atención a la ilustre señorita que la observaba con melancolía. El frío era insoportable, pero la puta no lo sentía. Su piel estaba acostumbrada a no sentir.

Pensaba, la mujer, en su vida de prostitución. En la puta vida, que no es muy distinta a la vida de una puta. Observaba, al pensar, su sombra sobre el asfalto de aquel desolado parque. Lo único que le fastidiaba de aquel columpio era su ubicación: al lado del único poste de luz en toda la zona. Más allá de su sombra, todo era oscuridad. Y ella quería estar ahí, a oscuras, sin sombra, pero no podía abandonar su columpio. Llevaban encontrándose muchos años, a medianoche, antes de ella irse a trabajar. Él era el único que la escuchaba, que la arrullaba con su delicado mecer. Allí, en ese lugar, ella encontraba un pedacito de felicidad bajo la luna.

-Hola- dijo una voz que la puta sintió en su nuca. –Hola- respondió ella mirando hacia atrás. Se encontró con unos ojos azules, tímidos, que la observaban desde la frontera entre la luz del poste y la oscuridad. Con un gesto, la puta, lo invitó a acompañarla. El muchacho caminó mientras ella lo observaba con genuina curiosidad. Estaba, el pelado, vestido de negro. Tenía una larga gabardina que le llegaba hasta las rodillas, un pantalón elegante y zapatos de cuero. Su rostro era limpio y su pelo corto. La miraba, ahora, con cierto deseo.

-¿No tienes frío?- preguntó el muchacho. La puta sonrió. -¿Por qué, me darás tu abrigo?

-Si así lo deseas.

-No, muchacho, no lo necesito. Este es mi mejor abrigo- dijo mientras se pasaba un dedo por la piel de su pecho. El joven, alterado por tan seductor gesto, sintió que se le cortaba un poco la respiración. Ella soltó una carcajada y se meció un poco más fuerte en el columpio. -¿Qué haces en mi parque a medianoche?- preguntó la mujer. El muchacho bajó la mirada y caminó hacia ella. Cuando estuvieron cerca, se arrodilló para quedar a la altura de la señora sentada en el columpio. La miró y el azul de sus ojos se encontró con el desgastado café de los de la puta. –Vengo a matarte- le dijo.

-No serías el primero- dijo la mujer, aún sonriendo.

-Pero seré el último-. La voz del muchacho cambió. Ahora era tosca. La timidez lo había abandonado. La puta, mujer sabia gracias a la experiencia, entendió que el asunto iba en serio. Su sonrisa disminuyó pero no desapareció del todo.

-¿Por qué lo harás?

-No lo sé. Pero sé que debo hacerlo. Iba caminando y te ví ahí, desnuda, tan sola, tan deliciosamente seductora. Supe que tenía que acercarme a ti; matarte con la delicadeza que amerita tu belleza. Es…simplemente debo hacerlo, ¿sabes?

La puta suspiró. Estiró sus piernas para alejar el columpio del muchacho y aprovechó para observar la luna. Allí seguía la muy cabrona, siempre tan bella, siempre tan puta, siempre tan indolente. Ella, la luna, era la única más puta que ella, la puta. Regresó a su posición inicial y miró al muchacho. Descubrió en el azul de su mirada todo lo que deseaba saber. Entendió su muerte; la aceptó con profesionalidad.

-Es tu primera vez- le dijo

-Sí.

-No será la última.

-Lo sé- dijo el muchacho asintiendo.

-Entonces-, dijo la puta, sonriendo, -me agrada que sea conmigo. Verás, toda mi vida recibí entre mis piernas y mis tetas a hombres que necesitaban algo: confianza, esperanza, desahogo, ilusión. No serás mi primero, pero me agrada que seas mi último. Me necesitas y, creo, te necesito. Úsame con ganas; úsame sin remordimiento. Es mi trabajo comerme tu necesidad. Disfrútalo, tesoro. Sólo por esta noche trabajaré gratis.

El muchacho se inclinó e intentó besarla, pero ella lo detuvo. –Las putas no besan, príncipe, recuérdalo-. El joven asintió. Sus ojos se encontraron una vez más y ella cerró los suyos. Una puñalada fue suficiente para detener el viejo corazón de la mujer. El muchacho la abrazó hasta que la luz del poste junto al columpio se apagó. La puta había dejado de existir. Embriagado por la euforia y la adrenalina, el joven se levantó y se marchó a buscar otras víctimas. Atrás quedó el viejo columpio que lloraba, en silencio, la pérdida de su amante. En el cielo, la luna seguía brillando como siempre.

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4 comentarios el “La medianoche de la puta

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