“Administrando justicia en nombre del pueblo…”

“Administrando justicia en nombre del pueblo…”[1]

Por Juan Carlos Rincón Escalante

-Antes de comenzar-, dijo el abogado Francisco Correa mientras acariciaba su prominente panza, recostado sobre una costosa silla de cuero. Acababa de zamparse una bandeja paisa bien jalada, de esas que tanto le gustaban. –Debo hacerle una pregunta fundamental, de la cual va a depender el resto del caso- añadió.

Ricardo se estremeció. Estaba muy nervioso. Llevaba un par de noches sin dormir. Los días no eran nada mejor: ansiedad, miedo, dudas. El caos había tomado posesión de su vida. No podía dejar de pensar en su situación. Miró sus manos, aún jóvenes y en buen estado, y se decidió a confesar su pánico. -Lo sé, doctor. Pero hay un problema, no sé si lo hice o no…no sé cuál es la verdad.

Francisco alzó la ceja y clavó sus ojos en Ricardo. –No, hombre, no- dijo, visiblemente irritado. –Me confunde usted con un mal abogado. Cuando yo llevo el caso, la “verdad” es irrelevante.

-¿P…perdón?- balbuceó Ricardo. No lo entendía. Su mayor preocupación era no saber la verdad. Quería saberla. Necesitaba saberla. No podía seguir existiendo sin tener clara su situación. La culpa se le aparecía en todas partes, lo carcomía lentamente.

-Sí, sí, ¿no sabía usted que no hay hechos, sólo interpretaciones[2]?- dijo el abogado con una sonrisa arrogante. Ricardo seguía sin entender, pero Francisco no tenía tiempo para perder. –Lo que me interesa saber, en realidad, es lo siguiente: ¿tiene usted dinero?

El cliente miró a su abogado intentando descubrir algún indicio de broma en su rostro. No lo encontró. El doctor Correa tenía un semblante rígido. Había cambiado su posición: ahora se apoyaba sobre la mesa, con los brazos como punto de equilibrio. Al parecer esa pregunta era fundamental. –Sí, doctor, soy millonario, aunque no veo como…

-¡No se diga más!- interrumpió Francisco. –Entonces tenemos un caso. No se preocupe por nada, yo me encargo de todo y le voy avisando en cuanto nos va a salir el problemita-. El abogado saltó de su silla, apretó fuertemente la mano de un perplejo Ricardo, y emprendió camino hacia la puerta de la oficina. Cuando iba llegando, Ricardo lo detuvo. -¿Doctor?- preguntó. –Sí, dígame, ¿en qué puedo servirle?-. -¿No le interesa saber de qué trata mi caso?-. Francisco soltó una carcajada que sonó a chirrido de marrano. Cuando logró controlarse, habló: -Sólo dígame el cargo que le imputan-. –Homicidio-. -¿A quién dicen que mató?-. –A un indigente que vivía diagonal a mi apartamento-. El abogado abrió los ojos de par en par y salió corriendo hacia Ricardo. Al tenerlo cerca, lo abrazó fuertemente. Con una lágrima escapándose por su mejilla, le susurró a su cliente: -¡Que buena noticia! ¡Me acaba usted de dar un regalo de navidad anticipado!-. Sin decir más, se despidió con una palmada en la espalda de Ricardo y salió de la oficina.

El silencio regresó acompañado de la culpa y el desconcierto. El corazón le pesaba a Ricardo. Intentó distraerse observando la oficina del doctor. Estaba en un décimo piso con vista a toda la ciudad; El escritorio era de madera fina, seguramente importada; en la derecha había un enorme estante lleno de libros. Ricardo se acercó a ellos para examinarlos. Habían códigos de todo tipo y de diferentes años, manuales de aplicación del derecho procesal, un libro de filosofía para dummies, una copia de cómo hacer amigos e influenciar a la gente, ética para amador, y un montón de enciclopedias que aún conservaban el plástico original pues nunca habían sido abiertas. Una espesa capa de polvo recubría a todos los libros. Estornudando por su alergia al pasado, Ricardo continuó examinando la oficina y se encontró, de frente, con una vieja fotografía colgada en la pared. En ella se retrataba, en blanco y negro, a un hombre de apariencia pulcra y mirada profunda. No era el doctor Francisco, lo sabía por la apariencia recatada del retratado. Era un hombre mucho más sabio, un hombre que lo juzgaba con su mirada. Ricardo se alejó y volvió a sentarse. No soportaba su existencia.

-¡Que bueno verlo de nuevo!- gritó Francisco al entrar a la oficina. Ricardo, aún desconcertado, lo miró con cansancio. -¿Hace cuánto no nos veíamos?- preguntó el abogado. El cliente suspiró, no le agradaban las bromas del abogado. –Hace poco, doctor, no me dio chance ni de irme- le dijo. Francisco volvió a chillar como marrano. Estaba más gordo que la última vez. Su mirada estaba un poco más vieja. -¡Es usted un bromista de primera!- dijo el abogado, sentándose. –Hace un año que no nos veíamos, ¿cómo ha estado?- preguntó Francisco.

Su cliente no entendía. Hace apenas un momento que le había formulado su caso, y luego él se había quedado ahí, solo, esperándolo. No había sido capaz de salir de la oficina, ni lo había intentado. Tenía mucho para pensar, lo había hecho. Se había culpado cada instante. Ricardo miró sus manos, estaban un poco más desgastadas de lo usual. ¿Había, en verdad, pasado un año encerrado en esa oficina? –Pues…bien, doctor. No he podido dormir. No he tenido descanso. Aún no sé qué fue lo que en verdad pasó.

-Otra vez usted con ese cuentico- dijo Francisco. –No se preocupe, hombre, que yo me encargo de todo. He logrado demorar el proceso todo un año, y ya verá como lo saco de esta ileso.

-Pero quiero saber…-

-¡Señor juez!- dijo Francisco, interrumpiendo nuevamente a su cliente y levantándose a recibir a su invitado. Ricardo dirigió la mirada a la puerta de la oficina. Observó que entraba un ser inmenso, imponente, recubierto por una túnica negra que lo hacía parecer miembro de una secta. Cuando estuvieron frente a frente, Ricardo pudo detallarlo. La túnica era usada por un muñeco de madera pintada de blanco, reluciente. Su mirada era vacía, sin vida. Ricardo intentó saludarlo pero la boca del muñeco no se movió. Franciso le indicó, con un gesto, que esperase. Unos momentos después, por la misma puerta, entró un libro aún más grande que el muñeco. Era un código similar a los que tenía el abogado en su estantería, pero este era gigante y, además, tenía brazos y piernas: estaba vivo. Ricardo estaba perplejo. Su sorpresa aumentó cuando el código introdujo su brazo en la espalda del muñeco. La boca cobró vida y el juez habló: -Buenas tardes.

Lo que siguió fue una visión casi mítica: para terror de Ricardo, el muñeco y el abogado empezaron a expresarse en un lenguaje extraño. Hasta llegó a pensar, el pobre hombre, que los dos habían sido poseídos por alguna especie de espíritu maligno que se comunicaba a través de números y palabras extrañas, sin sentido. Escuchó de prescripción, y de falta de legitimación, y de imputación objetiva y subjetiva, y de normativismo, y de la norma fundamental, y de dios, y del infierno. Oyó, sin entender, al uno y otro hablarse en números: que la T no se qué del 2003, que la ley tal del 94. Descubrió que entre ellos sí entendían, y que quizás era mejor que él no entendiese. ¿Para qué? ¿Qué de bueno podría salir de allí?

Finalizó la charla pseudoreligiosa y el juez, con un exagerado ademán, se retiró del recinto, arrastrado por el libro enorme que lo controlaba. Ricardo entendió: el libro era el ventrílocuo y el juez su dummie[3]. –No se preocupe- dijo Francisco adelantándose a Ricardo. –Eso de que la ley domina al juez es pura apariencia, como para que la gente sienta seguridad. Nuestro caso no depende de la ley.

-No lo dudo- dijo Ricardo con un suspiro en el cual casi se le escapa el alma. El abogado, siempre perceptivo, le preguntó si algo sucedía. –Tengo miedo- confesó Ricardo. -¿De qué?-. -¿Qué tal que sí lo haya matado?-. –Usted no lo hizo- dijo el abogado con certeza. -¿Cómo lo sabe si ni yo lo sé?- indagó Ricardo un poco molesto. Francisco se acercó y sujetó el rostro de su cliente con sus dos manos. Se miraron a los ojos. Francisco vio miedo en Ricardo; Ricardo vio nada en Francisco. –Usted es mi cliente, entiéndalo. Usted no lo hizo.

Ricardo asintió con brusquedad para librarse de la presión de su abogado. Francisco sonrió, recuperó su efusividad y volvió a despedirse. –Ya regreso, voy a conversar con un par de invisibles- dijo. Ricardo le preguntó a que se refería y su abogado le explicó que iba a entrevistarse con una pareja homosexual que deseaba adoptar un hijo. –No existen para el Derecho, luego son invisibles- dijo el abogado como explicando una lógica elemental. –Quieren que los aparezca-, agregó. –Ilusos[4].

Cuando Ricardo se encontró de nuevo solo, decidió que saldría de la oficina. Empezó a caminar hacia la puerta, pero cada paso que daba venía acompañado de una pesadumbre sin comparación. Al llegar al marco de la salida, sentía que estaba siendo aplastado por una fuerza sobrenatural. Se detuvo a pensar. ¿Y si el doctor regresaba? ¿Y si habían noticias sobre su caso? ¿Y si lo condenaban? ¿Y si, peor aún, descubrían la verdad antes que él? No. No podía marcharse. Debía quedarse ahí, en la oficina, hasta que su caso se resolviese. Necesitaba respuestas y sólo allí las encontraría, aunque a su abogado no le importase su historia, aunque en el Derecho lo que menos importe es la verdad. Regresó al escritorio del abogado y se recostó en él. Estaba solo, completamente solo. No sabía qué hacer.

-Señor Mendoza- dijo Francisco, anunciándole a Ricardo su llegada. –Doctor, ¿hace cuánto no nos vemos?- preguntó Ricardo. No había podido dormir, no desde aquella vez. Llevaba encerrado en aquella oficina, prisionero de su conciencia y de un caso lento, un tiempo que él no sintió, no vivió. –Dos años, si no estoy mal. Y eso que nuestro caso va rápido- dijo el abogado. El cliente falseó una sonrisa y le preguntó cómo iban las cosas. -¡A eso vengo!- dijo Francisco. –Quiero darle la excelente noticia de que arreglé todo con Justicia.

¿Justicia?¡Justicia! Ricardo se emocionó. Con la justicia, por lógica, debía venir la verdad[5]. Lamentó haber dudado de su abogado. La justicia sí funcionaba. El derecho le diría la verdad, y lo sacaría de su eterna duda. No importaba si tenía que ir a la cárcel, sólo necesitaba saber si él lo había hecho. -¿Qué es justicia?- preguntó Ricardo, revivido.

El doctor Correa guardó silencio, como si esperase algo. Después, viendo que su cliente estaba muy desubicado, decidió resolver su inquietud. –Justicia no es algo, sino alguien[6]. La fiscal, Justicia Pérez. Linda chica, bien vivaz en la cama[7]. Lástima que cualquiera le mete mano.

-Yo le meto mano a cualquiera- dijo una mujer que entraba a la oficina. Era alta, delgada, con una sonrisa hechizante y unos ojos que hablaban de una inocencia hace muchos años extraviada. Ricardo olvidó todo por un momento para enfocarse en la belleza de la fiscal. –No al revés- añadió Justicia, quien procedió a presentarse. Francisco se levantó, la abrazó y ambos ríeron. –Señor Mendoza- dijo con solemnidad, Ricardo no podía despegar su mirada de esos labios que le hablaban. –He decidido procluír su caso, está usted libre.

Ricardo empezó a llorar. Abogado y fiscal lo miraron, desconcertados. Sus lágrimas no eran del júbilo que ellos habían deseado despertar en él. Eran lágrimas llenas de rabia y dolor. -¿Cómo pueden dejarme en libertad si ni si quiera saben cuál es mi caso? ¿Cómo me dejan con la maldita duda de si lo asesiné o no? ¿Por qué no han querido escucharme? ¿Por qué…?- su voz se cortó. Justicia lo ayudó a sentarse y luego se acomodó a su lado. Con una mirada tierna le pidió que le contase su caso. Ricardo empezó a decir, por fin, lo que necesitaba gritar desde hace años. –Él era mi mejor amigo…mi único amigo. Yo soy una persona muy solitaria. No tengo familia, no tengo novia, trabajo solo y sin contacto con otras personas. Soy extremadamente rico, pero igual de triste. En mis caminatas por el parque de mi barrio, lo conocí. Santiago, se llamaba Santiago. Era un desplazado que había visto al ejército asesinar a sus dos hijas, y a su esposa. Era uno de los olvidados por un Estado que no quería reconocer su error, de los invisibles- dijo mirando con repugnancia a Francisco. –Empezamos a conversar y nos hicimos amigos. Yo le llevaba comida cada noche y él me acompañaba. Creo que lo hacía de corazón. Él también necesitaba compañía. Todos necesitamos compañía. De repente me encontré más feliz, más tranquilo. Él se convirtió en esa razón para seguir adelante. Sin importar lo mal que fuese un día, en la noche tendría un momento para hablar con mi buen amigo. Todo hasta que…una noche, no lo sé, les juro que no sé lo que pasó. Y eso me está consumiendo. Lo último que recuerdo es ir caminando hacia el parque, iba a encontrarme con él. Después desperté, con la policía frente a mi y Santiago en mis brazos. Estaba muerto, ensangrentado, yo tenía el cuchillo asesino en mis manos. Pero no sé qué pasó…no entiendo qué pasó. Fui a donde un doctor y me explicó que cuando vivimos un shock muy fuerte nuestra mente nos protege, nos borra el recuerdo traumático. Que quizás lo maté, pero también pudo haber sucedido que lo encontré allí, herido, y que fui a intentar salvarlo. Pero que no lo logré y perdí a mi mejor amigo, y con él mi memoria de lo que pasó. Eso no me deja vivir. No he vuelto a dormir. No me importa ir a la cárcel. ¡Maldita sea, si lo maté merezco ir a la cárcel! Lo único que quiero es saber si lo hice…y acudí a ustedes, al Derecho, a donde está la verdad. Pero ahora me dicen que la verdad no existe. Pero yo no existo desde que no sé qué pasó. Ayúdenme, por favor.

Justicia acarició con delicadeza el rostro de Ricardo. Intentó consolarlo con su sonrisa, pero esa tristeza no se curaba con un simple gesto. –Señor Mendoza- dijo con suavidad la fiscal. –Santiago era un indigente, sin familia, sin nombre. Para lo que nos importa,  no existía. El Estado no va a desgastar sus recursos en un caso donde no hay testigos, ni hay a quien reparar. Lo lamento, pero eso es todo lo que puedo hacer[8]. Está usted libre.

La mujer se despidió de Francisco con un beso y se marchó. El abogado extendió su mano a Ricardo. –Ha sido un placer trabajar para usted- le dijo. Ricardo no levantó la cabeza, no podía. –Doctor, una última pregunta- dijo Ricardo. -¿Quién es el de esa fotografía?- preguntó indicando al retrato que había examinado antes. Francisco sonrió. –Franz Kafka, mi ídolo- dijo. –Él le diría- dijo el abogado, refiriéndose a Kafka, -que se quede en silencio y sea paciente. Deje que la maldad y el malestar pasen por usted[9]– concluyó. Cuando Ricardo le dijo que no entendía la frase, el abogado le confesó que él tampoco. En ese instante, y sólo en ese instante, ambos fueron sinceros. Sin decir más, Francisco se marchó.

Ricardo suspiró. Examinó sus manos de nuevo. Estaban más viejas, ajenas, irreconocibles. Entendió que le quedaba toda una vida sin saber la verdad. Y lo peor: ya no tenía a su mejor amigo para contarle de su problema. Estaba libre y, aún así, nunca se había sentido tan esclavo. Lloró un poco más. Observó a Kafka y ya no se sintió juzgado. Vislumbró, en la mirada del retrato, un atisbo de comprensión. Compasión, tal vez. Ricardo le sonrió al retrato. Decidió no salir jamás de esa oficina. Viviría el resto de sus días ahí, solo, acompañando a Kafka. Esa sería su condena.


[1] Forma en que, constitucionalmente, deben ir firmadas las sentencias.

[2] Juego un poco alrededor la noción trabajada en GUTIÉRREZ, Carlos B. (2004). No hay hechos, sólo interpretaciones. La universalidad de la interpretación. Universidad de los Andes. Bogotá.

[3] “El juez debe ser únicamente la boca de la ley” diría Montesquieu, quien de seguro estaría muy contento con la noción de que el juez es el muñeco de la ventriloquista ley. Al respecto: LÓPEZ SANTAELLA, Manuel (1995). Montesquieu: el legislador y el arte de legislar. Universidad Pontificia Comillas de Madrid. España.

[4] El fetichismo jurídico, según Julieta Lemaitre, es la esperanza de los grupos con causas ignoradas que ven en el reconocimiento del Derecho su mejor opción para adelantar su causa. Un claro ejemplo es el de los homosexuales. LEMAITRE, Julieta (2009). El derecho como conjuro. Fetichismo legal, violencia y movimientos sociales. CIJUS, Bogotá. A otro tipo de invisibilidad también se refiere Daniel Bonilla en su texto de Kafka: “Don Jairo Cubillos estaba feliz. En esa apartada región rural de Colombia en la que vivía, era él de los pocos hombres que había obtenido la cédula de ciudadanía. Luego de cientos de engorrosos trámites la había conseguido. Al fin era colombiano y podía entonces adquirir derechos y obligaciones, al fin era reconocido como igual, como perteneciente a una comunidad. Cuarenta y cinco años esperando ese momento y al fin se había concretado. Ese minúsculo papel era su pasaporte hacia otro mundo: hacia el mundo de la ley, de la legalidad.” BONILLA, Daniel (1994) Kafka y la ley. Publicado en Revista de Derecho Privado. Edición 14. Universidad de los Andes. Puedes leer una copia oprimiendo [aquí].

[5] Ricardo comparte la idea de mínimos morales básicos para el funcionamiento de una sociedad. En este caso, un mínimo es la idea de que en la justicia se encuentra la verdad. Al respecto: CORTINA, Adela (1994) “Ética Mínima. Introducción a la filosofía práctica”. Editorial Tecnos.

[6] Quiero, con la idea de que la justicia es “alguien”, rescatar la conclusión a la que llega Kelsen de que no se puede responder a qué es justicia de manera universal. Al respecto habla el jurista: “Sería más que presunción de mi parte hacerles creer a mis lectores que puedo alcanzar aquello que no lograron los pensadores más grandes. En rigor, yo no sé ni puedo decir qué es la justicia, la justicia absoluta, ese hermoso sueño de la humanidad. Debo conformarme con la justicia relativa: tan sólo puedo decir qué es para mí la justicia.” KELSEN, Hans. ¿Qué es la justicia? Puedes leer una copia oprimiendo [aquí]

[7] Dice Daniel Bonilla sobre El Proceso de Kafka: “El jurista no conocía entonces la ley, tampoco la acusación en contra de su representado. Actuaba sólo a través de sus contactos: jueces y funcionarios de la justicia, quienes organizados se encargaban de la aplicación de la norma. Pero ni siquiera ellos la conocían.” BONILLA, Daniel. Op. Cit. Subrayado fuera de texto.

[8] “En Kafka, la ley en tanto discurso, es manipulada por los procedimientos de control anotados, que hacen que para la gran mayoría de hombres la norma no sea ya una obra que lo afirma como ser humano, sino una creación que lo aliena, que destruye sus potencialidades y lo convierte en una máquina a su servicio.” BONILLA, Daniel. Op. Cit. Subrayado fuera de texto.

[9] Dijo Kafka: “Just be quiet and patient. Let evil and unpleasantness pass quietly over you. Do not try to avoid them. On the contrary, observe them carefully. Let active understanding take the place of reflex irritation, and you will grow out of your trouble. Men can achieve greatness only by surmounting their own littleness.” JANOUCH, Gustav (1968) Conversations with Kafka. New Direction Books. Estados Unidos.

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