Luna enamorada

Por Juan Carlos Rincón Escalante

La luna, celosa, espera con ansias el momento. Ha estado preparándose por un par de años. Controlada por los nervios y embriagada de tristeza, repite en silencio las palabras que ha prometido pronunciar. El olvido se acerca.

Uno podría pensar, sin miedo a equivocarse, que la luna, señorita tan preciosa y codiciada, no se permitiría sufrir por hombre alguno. A diario recibe poesías, escritas por amantes furtivos que las dedican a su caprichoso brillo, desde la tierra. Es admirada, anhelada, fuente de suspiros y sueños maravillosos. Ella es la travesía, el lugar que millones de intrascendentes humanos fantasean con visitar algún día.

Ella, sin embargo, es indiferente a las ilusiones humanas. De hecho, la tierra ya ha perdido su encanto. Lleva, nuestra ilustre protagonista, cerca de cuatro billones y medio de años cayendo, con suma elegancia, hacia el planeta azul. Tiempo suficiente para desencantarse de las distintas maravillas con las que la tierra ha buscado seducirla. Al principio, claro, no fue así: tierra y luna se enamoraron profundamente, y ambas se deleitaban con las particularidades de la otra. Un día, no obstante, la luna alzó su mirada más allá de la curvatura de su eterna compañera, y descubrió la magia que el resto del universo le presentaba. En ese momento, Luna perdió cualquier interés, mientras la tierra se encontró condenada a la melancolía de añorarla.

Cuando el universo se percató de poseer la atención de la muchachita, intentó conquistarla. Planetas, de distintas galaxias, convencían a las estrellas cercanas de que le enviasen mensajes y compañía al satélite natural de la tierra. La vida de la luna, entonces, se estrelló: cada tanto le llegaba el brillo de estrellas muy lejanas, hablándole del amor que por ella sentían en el resto del universo.  La señorita, muy amable, les permitía, a los mensajeros, que la acompañasen por un tiempo, pero nunca devolvía mensaje alguno.

En alguna ocasión, si la memoria no me falla, recuerdo haber visto que una estrella intentó, en su nombre y no en el de algún planeta, cautivarla. Luna le dedicó una sonrisa, de esas tan suyas que hechizan, y le dijo que entre ellos nunca podría existir amor. Al ver la decepción de la estrellita, Luna le dio un beso, y agregó: lástima que sólo seas el recuerdo de un corazón que hace muchos años pereció.

Entendí en ese momento, yo que he podido seguirla durante todo este tiempo, el dilema de la luna: está rodeada por el amor de sus admiradores, amor que ha viajado millones de años luz desde su lugar de origen, pero no les puede responder, pues entre cada mensaje pasan muchos años, suficientes para marchitar cualquier relación. La distancia es el principal enemigo del amor universal.

El romance entre el sol y la luna nació miles de años después del rompimiento con la tierra. Ya se conocían, desde el principio, y cada tantos años se encontraban de frente, pero hasta entonces habían mantenido su relación en un ámbito netamente laboral. En uno de esos encuentros, un sol particularmente radiante decidió coquetear un poco. “Me gusta tu brillo”, recuerdo que le dijo. La luna, un poco sorprendida por el comentario, le respondió con hostilidad: “Mi brillo no es mío, es tuyo, y lo sabes“.

“Sí…bueno, pero me refería a que la manera en que reflejas mi luz…es muy linda” balbuceó el gigante. Luna, por primera vez en su vida, rió con ganas. “Gracias”, le dijo sonriendo. “Uno pensaría que EL SOL sabría conquistar a cualquiera, ¿no?” agregó. “Lo que pasa es que me acaloras y me pones nervioso” le respondió el sol mientras se alejaba. Luna lo siguió con la mirada.

Después de aquel encuentro, siguieron hablándose cada vez que se encontraban de frente. Tenían sólo unos cuantos minutos, así que ambos practicaban con anticipación lo que querían decir. Su amor creció, y estuvieron muy felices por unos cuantos millones de años.

La tierra, al enterarse del noviazgo, entró en depresión. Cada vez que podía, se atravesaba entre el sol y la luna. Aprovechaba esos minuticos para hablarle a una oscura Luna que seguía sin prestarle atención: nadie podía producir, en ella, los sentimientos que el gigante lograba conjurar.

“¿Sabías que los humanos piensan que nuestros encuentros son eventos místicos?” le dijo una vez el sol. “Ellos creen que todo es místico”, dijo la luna. “No suelo prestarles atención“, añadió. “A mi me gusta creer que lo son”, le dijo el sol, dándole un beso. “Yo quisiese que fuesen más largos”, le dijo Luna, con tristeza. El sol asintió mientras seguía su recorrido que, como siempre, lo alejaba de su amada.

Durante todo ese tiempo, las estrellas seguían llegando a su lado, pero ella estaba muy concentrada en su próximo encuentro. El amor la había poseído, obsesionado, y la estaba consumiendo. A cada momento recibía rayitos provenientes del sol, recordatorios de su cercana existencia, pero no era suficiente. Luna lo quería a su lado, todo el tiempo. No era justo que sus conversaciones se redujesen a unos cuantos minutos cada par de años. ¿Por qué a ella? Maldecía su condena, maldecía la acelerada y organizada expansión del universo, y maldecía al sol por haber robado tan descaradamente su corazón. Antes estaba bien, más tranquila. Sí, no tenía momentos de euforia absoluta como los que experimentaba al tener de frente a su amante, pero tampoco tenía que sufrir años marcados por la desolación y la ansiedad.

Su estado de ánimo se deterioraba cada vez más, y los encuentros con el sol se volvieron conflictivos. Utilizaba cada minuto que tenía con él para quejarse, para pedirle soluciones a un problema irresoluble. Su amante la escuchaba, con la mirada perdida en el infinito, y se despedía con un beso. Después de un tiempo, abandonó los besos, y dudo que siguiese escuchándola. Luna dejó de hablar, y cada eclipse solar se convirtió en el encuentro de dos amantes amargados: la chica lloraba con la mirada baja, y el chico aparentaba insensibilidad.

El 10 de Julio de 2010 (en fecha humana, por supuesto) fue su encuentro más reciente. Pasaron frente al otro,  como tantas veces, pero el sol le dio la espalda. Luna lo observó, ahogada por el dolor. Había tanto por decir pero tan pocas ganas.

Poco tiempo después, Venus, el irritante vecino de la tierra, le contó que el sol estaba saliendo con Mercurio. Luna, mi bella Luna, murió en ese instante. Lágrimas invisibles se convirtieron en su maquillaje usual, y empezó a vivir sin hacerlo: se dejaba llevar por el usual devenir, sin intervenir mucho.  Las noches del planeta azul se volvieron tristes, y el resto del universo la observaba con desazón. Las estrellas acampaban a su lado, buscando que sonriese, pero fracasaban. Ella era sólo un caparazón que ocultaba su corazón roto.

Los meses cercanos al día de hoy, Luna buscó fuerzas y empezó a prepararse. Practicó sus palabras, las dijo intentando no partirse en lágrimas. Fracasó, suspiró y volvió intentar. Hoy, 13 de noviembre del 2012, está nerviosa. El sol se acerca, de nuevo con la mirada en otra parte, y ella sonríe. Hasta sus sonrisas fingidas se ven preciosas.

“Oye”, le dice en un susurro. “Oye”, repite, con más fuerza. El sol da la vuelta y la observa. Sus miradas se cruzan por primera vez en mucho tiempo, y entre ellos se siente la nostálgica calidez de quienes han amado y sufrido juntos. “¿Estás saliendo con Mercurio?” pregunta Luna. “Sí” le responde con sequedad el sol. “¿Y…y nosotros?” pregunta la luna, disfrazando su tristeza con una sonrisa. “Necesitas alguien con quien puedas estar más tiempo…y yo también” le responde el sol. “Lo merecemos”, dice mientras intenta acariciarla. Luna baja la mirada, se ha quedado sin palabras. “Lo encontrarás, hermosa” le dice el sol mientras se marcha.

El tiempo y el universo son indetenibles, con ritmo implacable. A ellos no les importa el amor.

Luna empieza a llorar. La soledad le duele; sus pensamientos le duelen. Extrañará al sol, pero eso no es lo que más le molesta. Lo que él dijo, es verdad. Necesita alguien cercano; alguien que la acompañe. Está encadenada a la tierra, y el resto del universo tiene sus propias cadenas. ¿Será esa su verdadera condena? ¿La soledad? ¿Billones de años buscando el amor; billones de años sin encontrarlo?

Mientras la observo llorar, siento que no puedo resistir más. Allí está, la mujer más hermosa del universo, la razón de mi sonrisa, y siento que debo hacer algo para alegrarla. Alivianar su carga. Todos estos años he preferido estar escondido en el silencio; observarla sin intervenir. Puede que se moleste, si le hablo. Quizás me crea un perturbado; un entrometido. ¿Y si se asusta? ¿Y si pierdo la única oportunidad de hablarle? No importa…verla llorar así, desconsolada, es una tortura Debe saber que en su soledad no estará sola, por lo menos.

“Si voy y golpeo al sol, ¿dejarías de llorar?” le digo. Ella me mira. Por primera vez en cuatro billones y medio de años, me mira. A mí, sólo a mí. Siento que toda su dulzura me embarga. Deja de llorar y sonríe. Sonríe por un momento, el instante más feliz de mi vieja existencia. “¿No te preocupa que es un poco más grande que tú?” me pregunta, entretenida por mi comentario.

“Dije que lo golpearía, no que lo vencería” le respondo. Luna sonríe nuevamente y brilla un poquito más fuerte. “Todo va a estar bien…te lo aseguro” le digo. “¿Cómo sabes?” me pregunta mientras seca sus lágrimas.

“Sólo lo sé”, le digo. “Y no me cuestiones, que soy viejo y sabio” añado con una gran sonrisa. Ella rie, y siento que todo está bien de nuevo. Valió la pena arriesgarme. “Nunca te había notado allí” me dice. “No te preocupes, hay tantas cosas para ver que es fácil perderse algunas” le digo. Luna asiente. Está más tranquila, creo que le ha servido llorar. “¿Quién eres?” me pregunta. Pienso un instante. Hay tantas cosas que quiero decirle: confesarle que la he observado desde el principio, que conozco sus gustos, sus sueños, sus miedos, pero supongo que ya habrá tiempo para eso. “Soy Marte”, le respondo, feliz de poder, por fin, presentarme. Ella me sonríe y agradece mis palabras.

Tardé unos cuantos billones de años en hablarle, pero aún quedan otros cuatro o cinco billones más. Algún día le diré que estoy locamente enamorado de ella.

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