¿Por qué la lechuza?

En Colombia hemos visto, en un corto período de tiempo, dos actos de crueldad contra animales que han causado una fuerte reacción en nuestra sociedad. Primero fue la historia de unos auxiliares de policía que torturaron y mataron a un perro, y hace unos días vimos como un jugador del Pereira pateó una lechuza que había caído dentro del terreno de juego.

El rechazo y la repulsión de muchos colombianos se ha hecho evidente en las diferentes redes sociales y en el cubrimiento que nuestros medios masivos de comunicación le han dado a los dos hechos. Hay protestas, artículos de opinión condenando lo sucedido, y actualizaciones constantes en Twitter y Facebook donde se cuestiona la humanidad de quienes protagonizaron los dos casos. Pareciese que Colombia está unida contra estos actos de barbarie.

Paralela a esas manifestaciones de rechazo, hay una pregunta recurrente que, al ver las fuertes manifestaciones, suelen plantear algunos:

¿Por qué arman tanto escándalo por una lechuza -hecho de por si deplorable- si nunca dicen nada frente al resto de atrocidades que pasan en nuestro país?

Estuve pensando un buen tiempo sobre esta inquietud y he llegado a una teoría que quiero compartir con ustedes. Creo que existen tres requisitos [que en realidad son dos] indispensables para que la gran masa de público colombiano se movilice en rechazo de un hecho: (1)una imagen que pruebe el hecho, (2)un “enemigo” claro y debil, y (3)un tema que no roce la sensibilidad de nuestra historia violenta.

1. ¡Dadme una imagen y os daré una revolución! – “Ver para creer”

El poder de las imágenes es impresionante. Las torres gemelas en llamas resumen los argumentos para iniciar la guerra contra el terrorismo, los pueblos inundados por el invierno nos mostraron las razones para donar y ayudar a nuestros compatriotas. Las cifras y las palabras no alcanzan el nivel de impacto que una fotografía o un vídeo corto puede generar en las personas. Las imágenes se sienten antes de entenderse.

Por eso la patada a la lechuza causó tanto revuelo. Cuando en los noticieros pasan una y otra vez, en cámara lenta, la patada del jugador, y cuando en los periódicos publican una fotografía de la lechuza moribunda en una caja, no se necesita más. Las personas pueden ver lo que sucedió, pueden sentirlo, pueden repudiarlo más fácil, pueden compartirlo con sus amigos en internet. ¡Todos miren lo que este hijuep*ta hizo!

Tener ese tipo de imágenes sobre la consumación de un hecho es casi imposible. Nosotros no vimos cuando los paramilitares descuartizaron a sus víctimas, no vimos cuando los militares mataron a civiles colombianos y los disfrazaron de guerrilleros, no escuchamos la grabación en la cual un funcionario del DAS le decía a una periodista que iba a cortar a su hija en pedacitos e iba a repartir los restos por toda su casa.

Todas son atrocidades que deberían ser rechazadas con tanta (o quizás más) fuerza como la del caso de la lechuza. Pero nosotros no vimos lo que sucedió, no lo sentimos, no nos consta, y por ende es más fácil sentirlo como ajeno a nosotros.

Lo que sabemos de estos temas, muy complejos y enmarañados, es gracias a informes y pequeños reportes que no tienen el impacto visual que tiene ver a alguien torturando a un perro. Y si no hemos visto, siempre cabe un pequeño espacio para la duda.

2. La naturaleza del “enemigo”

Cuando tenemos un enemigo en común es más fácil que nos unamos en su contra. Y si ese enemigo es una persona en concreto, mejor aún.

En los dos casos de estudio tenemos a un “malo” fácil de identificar. El jugador del Pereira y los dos policías se representan a si mismos (en oposición a representar una institución, de lo cual hablaré más adelante), como casos aislados, son personalmente responsables por lo que hicieron y se convierten en el foco del odio de Colombia.

Además, son personas “débiles” en su capacidad de reprender el rechazo de los colombianos. Ninguno de ellos tiene el poder para vengarse ni para afectar de alguna manera la vida de todas las personas que los han insultado.

Hemos visto que hay un gran movimiento contra los violadores de niños, otro ejemplo de lo que intento decir. El rechazo de Colombia y el odio está dirigido a un enemigo claro (esas “bestias” como Garavito) y débil. Los violadores son pocos y su campo de retaliación es reducido. Sería tonto pensar que se van a vengar de cada uno de nosotros. No hay una amenaza.

La situación cambiaría si no estuviésemos hablando de un jugador de fútbol, o de un violador x, sino de Pablo Escobar (en la época de su mayor influencia). ¿Cuántos de ustedes estarían dispuestos a dirigir, en público, protestas contra un acto de este señor? En este caso, el enemigo es claro, pero ya no es débil.

Sucedió -y sucede- mucho que, cuando se hacían marchas o protestas públicas contra figuras poderosas de dudosa reputación, las personas que lo hacían pasaban -y pasan- a las listas de desaparecidos, o de secuestrados, o de asesinados.

Se podría argumentar, para desvirtuar lo que acabo de mencionar, que en la marcha del 4 de febrero contra las FARC no sucedió nada de eso. Sin embargo, creo que el contexto de esa marcha no es comparable con el de las marchas usuales. El millón de voces contra las FARC fue (1)una marcha con una participación masiva que protestaba contra (2)un enemigo claro (y algo abstracto) que había sido fuertemente debilitado. La gran afluencia de personas y el rechazo del público en general hacía inconcebible una retaliación personal.

Pero no todos los enemigos son las FARC, y casi nunca Colombia está unida frente a un mismo enemigo. Mucha gente amaba a Pablo Escobar, y eso aumentaba su peligrosidad. Cuando los temas son más controversiales la hostilidad está en el aire de cada marcha o de cada manifestación.

Una periodista me contaba que, cuando estaba cubriendo la marcha contra Chávez y Uribe en Bogotá, la tensión era palpable. Eventualmente se desataron enfrentamientos y disturbios, la violencia infiltró esa marcha.

Lo mismo ha sucedido en otras manifestaciones que buscaban rechazar algo. Caminando por la carrera séptima de Bogotá se pueden encontrar con una placa dedicada a un estudiante que murió en un enfrentamiento con la policía (durante una manifestación).

No se puede decir que protestar, en Colombia, es totalmente seguro. Y el nivel de riesgo aumenta a medida que aumenta (1)el poder del “enemigo” y/o (2)la controversia del tema.

Si a eso le sumamos un hecho que no tiene actor claro, el asunto se complica aún más. ¿Contra quién se protesta en el caso de los falsos positivos? ¿Contra quién se protesta en el caso de las chuzadas? Hablar mal de nuestras fuerzas armadas es considerado como una imperdonable traición a la patria, lo mismo que hablar mal del gobierno. Especialmente porque no sabemos quién lo hizo en realidad. ¿De dónde vino la orden? ¿Es seguro quejarnos?

Hay muchos temas sensibles en nuestro país, y no podemos olvidarnos de que nuestras libertades y nuestra democracia están altamente condicionadas por fuerzas de un poder violento que no puede ser ignorado. Protestar contra la iglesia, contra el gobierno, contra determinado mafioso o determinado político corrupto, no es sólo cuestión de argumentos sino también de valentía (algunos dirían estupidez).

Yo creo que en Colombia nos callamos acerca de muchas cosas porque hemos visto las consecuencias que trae consigo hablar. Para sentirnos seguros criticando o repudiando algún hecho, tiene que cumplir con los requisitos que he mencionado (y quizás algunos más). No somos insensibles, pero sí somos precavidos y temerosos.

PD: Me irritan las personas que dicen que el actuar del jugador del Pereira es por falta de educación. En su argumento -simplista- asumen que educar implica humanizar. Al parecer no recuerdan que los actos más grandes de “maldad” en este mundo han sido perpetrados por personas brillantes y muy educadas. La humanidad no es cuestión de educación.

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Un comentario el “¿Por qué la lechuza?

  1. Comparto tu teoría y pienso que es una buena explicación del porque la violencia y la corrupción no se atacan en este país. Muy buen artículo.

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