La violencia que sufrimos a diario
mayo 15th, 2012 § Dejar un comentario
Cuando a María del Carmen Ruíz, una señora de 60 años, le mataron a su esposo, periodista de 70 años con el que se conocía hacía 40 años, dijo una frase que resume nuestro país:
“Mi esposo defendía las cosas del pueblo y era valiente para decirlas; pero no era pa ́ que lo maten de esa forma. Díganle, no queremos que siga acá, pero no hagan eso con un viejo de 70 años, déjenlo acabar su vida”.
Su testimonio se repite a diario en distintas voces colombianas. Damos por sentada la violencia. Hemos aprendido a vivir con ella, a negociar con ella. Listo, yo me callo, pero no me mate. Lo mismo con la corrupción. Somos una sociedad que se ha construido partiendo de una base perversa: hay actores corruptos que hacen parte del sistema. Vivir y prosperar, ser colombiano, entonces, es lidiar con esa situación que parece inherente a nuestro país. Nos ha tocado. Convivimos con el mal para sobrevivirlo.
Por eso, en días como hoy, cuando la capital tiembla por un atentado atroz, la sorpresa es fuerte, pero tímida. Lo que sorprende no es el dolor, sino la rimbombancia. El ruido de hoy no es más que la manifestación de una realidad diaria. Los violentos no suelen poner bombas ni atacar públicamente, pero ahí siguen. Existen con nuestra complicidad. La batalla frontal está perdida porque el enemigo se difuminó. Logró el triunfo más importante: se afianzó en la cultura; en el sentido común.
Mi invitación es la de siempre: a decir no más. Pero no sólo hoy, cuando el dolor es tan público. No. Lo que nutre la violencia y corroe nuestro país es esa pugna diaria que perdemos con la injusticia. El cambio, en realidad, empieza por nosotros. Si queremos paz, debemos decirle no más a la corrupción, la pequeña, la del día a día. Esos pecaditos que nos favorecen. También decirle no a los capos, y a los subalternos, y a los políticos que se aprovechan, y al familiar que hace trampa. Todos ustedes han visto la maldad y la violencia en sus vidas. En ocasiones, incluso, somos nosotros quienes la perpetuamos.
Mientras no detengamos las pequeñas atrocidades, seguiremos sufriendo a lo grande.
Juan Carlos Rincón
La mordaza que más aprieta
abril 16th, 2012 § Dejar un comentario

Cuando Bladimir Espitia despertó al país, descubrió que el periodismo no paga. El hombre, que causó revuelo nacional con la publicación en YouTube de un vídeo denunciando los atropellos de la fuerza pública contra unos pescadores en El Quimbo, no podía salir del Huila por no tener plata. Tuvo que encerrarse con su familia para protegerse de amenazas que provenían de lugares difusos. De no ser por la Fundación para la Libertad de Prensa, FLIP, quién sabe qué hubiese sucedido con él una vez Colombia encontrase otra distracción. Aún cuando capta nuestra atención, el periodista de provincia sufre.
En Colombia aprendimos a inutilizar la libertad de expresión con sutileza. México, que nos sigue los pasos, es un reflejo de cómo éramos antes en nuestro país. El año pasado decapitaron a la jefa de redacción de un diario mexicano. Literalmente. María Elizabeth Macías se unió a los más de ochenta periodistas de aquel país que han muerto en los últimos doce años. Allá, la guerra fomentada por narcos y políticos no discrimina, pero sí tiene una víctima recurrente: cualquier comunicador. Están en la etapa de brutalidad desalmada, donde la violencia rimbombante es el mejor mecanismo de censura. Aquí, en la tierra de la prosperidad, podemos celebrar, pues ya no matamos periodistas. No es necesario.
Colombia, según la FLIP, es el país de América Latina donde más periodistas han muerto, aunque México nos quiere quitar ese honor. En el 2011, sólo mataron a un periodista en nuestro territorio. Considerando que Luis Eduardo Gómez, hombre de setenta años que cubría el Urabá antioqueño, es el asesinado número ciento treinta y nueve desde 1977, tendríamos que celebrar el avance en seguridad. Sin embargo, la reducción en los números es una falsa ilusión.
Más allá de los delirios capitalinos, el caos reina. Los armados siguen imponiéndose. Cambian los nombres, y a veces los hombres, pero la realidad es la misma. La relación entre agentes legales e ilegales es tan compleja que reconocer al enemigo es imposible. ¿Y el periodismo? Mantiene una distancia prudente. Hace investigaciones superficiales que no alcanzan a desenmascarar las perversas alianzas que plagan nuestro territorio. La libertad de expresión, tan linda en nuestra Constitución, se convierte en un fósil de papel que nadie se atreve a ejercer.
¿Qué más puede hacer un periodista de provincia? Está ejerciendo una profesión mal remunerada. Recibe, incesantemente, amenazas de políticos y agentes armados. Sabe que la justicia no está de su lado y la impunidad es la ley. Si decide, motivado por el ideal del vicio llamado periodismo, arriesgarse a publicar una nota que esclarezca un poco la telaraña de corrupción en su zona, tiene un obstáculo mayor: un país indiferente. ¿A quién le importa un informe profundo sobre el secuestro de la institucionalidad en Arauca? Colombia se ha vuelto selectiva. Pasa tanto en Macondo que no podemos encarretarnos con cualquier mariposa amarilla.
La autocensura es la única opción razonable para el periodismo regional. Así lo demuestra el último informe de la FLIP. Los “temas relacionados con corrupción, mafias locales u orden público, se evitan”. Así de sencillo. El periodismo se rindió para sobrevivir. Pierde Colombia, que seguirá sumida en el oscurantismo. Ganan los políticos corruptos y los narcos y los terroristas (al final, son los mismos) que siguen traficando con nuestro futuro. Pierde la prosperidad que busca el Gobierno pues el país sigue secuestrado. Reina la prudencia, tan nociva para la democracia y la libertad.
Para cambiar, empecemos por sacudirnos la indiferencia. Lo único que va a permitirnos construir país es romper con la aprobación tácita que da el silencio de la sociedad. Son los periodistas los llamados a traer el estruendo de la verdad, pero, para eso, la libertad debe dejar de ser sólo para los prudentes.
Un estado en Facebook es insuficiente
enero 22nd, 2012 § Dejar un comentario
La industria del entretenimiento parece creer que sus clientes somos una manada de criminales desalmados sin el más mínimo respeto por el valor del contenido que consumimos. Cree que sólo nos interesa la gratuidad y que internet, tan anarquista e incontrolable, no es más que un simple mercado negro de piratería.
La piratería en internet no es un problema de dinero sino de servicio. Hay un enorme público que desea entretenerse a cualquier hora del día desde la comodidad de su computador. Cuevana triunfa por lo práctica y eficiente que es. Si llegase a desaparecer, ¿dónde está la alternativa legal que supla ese vacío? Netflix, por ejemplo, acierta con un buen precio pero no sólo llegó penosamente tarde a Latinoamérica sino que tiene un catálogo de películas y series muy reducido (principalmente porque la industria, esa misma que ha invertido vastos recursos en tumbar páginas con contenido pirata, es terca y se aferra a sus modelos de difusión obsoletos).
Internet cambió el panorama. Ya no hay fronteras, los costos de distribución son casi nulos y, más que nunca, los artistas pueden dar a conocer su trabajo y estar cerca de sus admiradores. La libertad y la facilidad son pilares de la cultura web, y hay modelos económicos muy exitosos que han sabido comprender esto (Indaguen sobre Steam, una tienda de juegos online). La respuesta no es, como pretende la industria, violar la privacidad de los usuarios de internet en una cruzada perdida contra la piratería.
Pero, como ellos no entienden, es tiempo de tomar las riendas. Las protestas tumbaron SOPA y PIPA, pero esos proyectos son sólo el síntoma de un virus que ve la violación de la privacidad y la libertad como la única salida contra la piratería. Hollywood no gastó cerca de 100 millones de dólares en lobby (un eufemismo que esconde la palabra “soborno”) para irse tranquilo después de una derrota. Ya hay otros proyectos que, con más sutileza, pretenden hacer lo mismo (ejemplo: Protect Children from Online Pornographers Act).
Fue lindo ver un montón de mensajes pro-libertad en Facebook pero protestar es insuficiente. ¿Qué podemos hacer? Empezar por Colombia. ¿Qué tal si agregamos “todo colombiano tiene derecho a un internet libre, neutral y sin intervención alguna” a nuestra Constitución, quizás en su artículo 20? Aprovechemos, además, que Santos y su congreso desean pasar a la historia: presionemos para que se digitalicen todos los trámites estatales (empezando por los procesos judiciales) y para que la cobertura de internet se expanda. La unión y el progreso de nuestro país encontrará un gran aliado en la tecnología.
En cuanto a la industria del entretenimiento, empecemos a fomentar modelos que sean dignos de este siglo. Apoyemos todo artista o proyecto que (1) no venda un producto altamente restringido y (2) entienda la dinámica de internet.
Es tiempo de leer, proponer y debatir. Es tiempo de tomar nuestros derechos online en serio. Nuestra generación cuenta con un gran número de herramientas a su disposición para hacer que nuestra voz se escuche y construir una nueva realidad. Es nuestro deber usarlas.
En un mundo donde las libertades personales se reducen cada vez más con fundamento en el miedo y en el “bien común”, internet quizás sea nuestra última trinchera de una libertad que no responda a los intereses económicos de los más poderosos. Es necesario que la defendamos.
Carta abierta a los estudiantes de Colombia
noviembre 15th, 2011 § 1 comentario
Estudiantes de Colombia,
Cuidado. Los políticos son expertos estrategas. Ellos saben que el ruido de la cotidianidad es suficiente máscara para pasar, en silencio, una infinidad de normas que modifican la estructura nacional para favorecer a intereses muy particulares.
La insistencia del Gobierno Nacional en la reforma educativa prueba que es un proyecto con promotores poderosos (aunque aún peligrosamente desconocidos). Sí, Santos retiró la iniciativa, pero no lo hizo por convicción (el amenazar con pasarla a menos que se detenga el paro indica que aún la considera adecuada). Los senadores de la Unidad Nacional que le retiraron el apoyo lo hicieron por la misma razón: la presión de los marchantes.
Por eso, el camino que sigue es el más complicado. Sin marchas, los morbosos medios de comunicación pasarán a preocuparse por noticias más coloridas y la educación dejará de ser prioridad nacional. Colombia se enfocará en cientos de problemas (el ruido de lo cotidiano) y olvidará que en este momento hay una pugna histórica por responder a la pregunta fundamental de nuestra generación: ¿cuánto cuesta nuestro futuro?
No podemos permitir que esa pregunta se olvide. Hay que hablar del tema en todos los espacios. Discutan la educación con su familia, con sus grupos de amigos, con sus maestros, con los taxistas, con el vecino en el bus, con el policía de la cuadra. Es necesario que nos tomemos el sentido común de Colombia y, para eso, es necesario que hablemos con los colombianos. Hay que mantenerlos al tanto de los avances que vayamos logrando. Cada uno de ustedes tiene ese compromiso.
El otro bache en el camino es la diversidad de opiniones. La MANE ha estado unida porque tenía un enemigo claro: el proyecto de Santos. Sin él, es momento de que afloren las distintas visiones que hay dentro del movimiento. La gran virtud de la MANE se convierte en su principal reto: es un movimiento nacional. El gran número de miembros hará muy difícil llegar a un consenso. Ya se observó, en la reunión más reciente, que fácilmente se generan tensiones ideológicas.
Sin embargo, estudiantes, no podemos olvidar que la unión es la que nos ha dado la fuerza. El debate dentro del movimiento debe darse, sólo así garantizaremos ser una propuesta genuinamente democrática. No obstante, no olviden que la causa es la misma y que las ideas del Gobierno siguen rondando en los círculos de poder. Si permitimos que se disuelva el movimiento, que cada grupo arme tolda aparte y defienda con terquedad sus ideas, los políticos habrán ganado. Sin unidad, el año entrante se presentarán distintos proyectos y, en río revuelto, los estrategas sabrán colar sus propuestas y todo el esfuerzo de este año habrá sido en vano.
No permitamos que eso suceda. Logramos demostrar que no estamos dispuestos a permanecer en silencio ante la injusticia. Durante mucho tiempo Colombia ha sido un pueblo dormido. Gracias a esa pasividad han traficado con nuestros sueños y nos han vendido al mejor postor. No harán lo mismo con la educación.
Estudiantes, nuestro futuro no tiene precio. La paz no tiene precio. La educación es la puerta a las oportunidades, y las oportunidades son nuestra mejor arma contra la desigualdad y la violencia. Somos tan grandes como nuestros sueños. Juntos lograremos una reforma educativa que piense en el estudiante, en el maestro y en el padre de familia antes de pensar en el dinero.
Estudiantes, Colombia es nuestra. Construyamos país; construyamos historia.
“Lástima que los mataron”
agosto 13th, 2011 § 3 comentarios
Colombia es una promesa sin cumplir. Más allá de las disputas ideológicas sobre cómo dirigir nuestro país, siempre ha existido un deseo (muchas veces escondido en el silencio del temor) por tener una Colombia donde se pueda discutir con franqueza, sin miedo, y donde se pueda construir futuro sin tener que arrodillarse ante la corrupción.
Ese sueño, sin embargo, se ha tenido que enfrentar a un país que resuelve las diferencias con sangre. Por eso, al mirar atrás, vemos pequeños focos de esperanza que terminan en lo mismo. Gaitán prometió romper con el hipócrita elitismo de las clases dirigentes pero nunca tuvo la oportunidad de hacerlo. Muchos periodistas, sin nombre pero con mucho coraje, se desaparecieron mientras el Gobierno de turno abusaba del estado de sitio perpetuo en el que vivía Colombia. La UP, izquierda que abogaba por un país en paz y con espacio para todos los partidos políticos, fue aniquilada. Galán y cientos de concejales, alcaldes y jueces, personas que le apostaban a la institucionalidad como fundamento de nuestro país, también fueron silenciados. Jaime Garzón, quizás el más sincero de todos, aquel que entre tanto murmullo se atrevió a denunciar, gritando, el secuestro sistemático de nuestro país, lleva doce años enterrado. A quienes sobrevivimos sólo nos queda repetir una frase que resume la historia colombiana: “lástima que los mataron”.
Lo que no ha muerto, ni morirá, es ese deseo por un país libre, honesto. Por eso la “ola verde” se expandió más allá de Bogotá, y demostró que hay un enorme número de personas soñando con un país donde la vida se respete y la corrupción no sea la norma sino la excepción. Por eso Vargas Lleras, cabeza del esfuerzo anticorrupción del Gobierno Santos, es el político más popular en el país. Por eso Colombia esboza una pequeña sonrisa cada vez que la justicia desmantela redes institucionales construidas sobre asesinatos y dineros del narcotráfico. Son pequeñas señales de que, tal vez, aún podemos construir.
¿Por qué la lechuza?
marzo 3rd, 2011 § 1 comentario
En Colombia hemos visto, en un corto período de tiempo, dos actos de crueldad contra animales que han causado una fuerte reacción en nuestra sociedad. Primero fue la historia de unos auxiliares de policía que torturaron y mataron a un perro, y hace unos días vimos como un jugador del Pereira pateó una lechuza que había caído dentro del terreno de juego.
El rechazo y la repulsión de muchos colombianos se ha hecho evidente en las diferentes redes sociales y en el cubrimiento que nuestros medios masivos de comunicación le han dado a los dos hechos. Hay protestas, artículos de opinión condenando lo sucedido, y actualizaciones constantes en Twitter y Facebook donde se cuestiona la humanidad de quienes protagonizaron los dos casos. Pareciese que Colombia está unida contra estos actos de barbarie.
Paralela a esas manifestaciones de rechazo, hay una pregunta recurrente que, al ver las fuertes manifestaciones, suelen plantear algunos:
¿Por qué arman tanto escándalo por una lechuza -hecho de por si deplorable- si nunca dicen nada frente al resto de atrocidades que pasan en nuestro país?
Estuve pensando un buen tiempo sobre esta inquietud y he llegado a una teoría que quiero compartir con ustedes. Creo que existen tres requisitos [que en realidad son dos] indispensables para que la gran masa de público colombiano se movilice en rechazo de un hecho: (1)una imagen que pruebe el hecho, (2)un “enemigo” claro y debil, y (3)un tema que no roce la sensibilidad de nuestra historia violenta.
Reivindicación social a través del humor
septiembre 27th, 2010 § Dejar un comentario
Fotografía: (cc)david_shankbone
Me gusta hablar de las personas que no tienen poder…siento la necesidad de hablar por quienes no pueden hablar por si mismos…Les pedimos que vengan y trabajen, y luego les pedimos que se vayan. Ellos [los inmigrantes ilegales] sufren y no tienen derechos.”
Uno de los grandes problemas que suele presentarse en los debates de políticas a nivel nacional es la generalización. Ciertas ideas, cuyo origen es casi imposible identificar, infectan los discurso de los medios, los políticos, y, más grave aún, de la mayoría de las personas. Es en ese ámbito, el informal, el de la familia, los amigos, los compañeros de trabajo, donde las posibles soluciones a determinado problema se discuten y, al final, se elige la mejor. Por eso son tan peligrosas las ideas de las que hablo: son usadas por las personas en sus conversaciones personales, lo que implica que las interiorizan y las utilizan como base para tomar sus decisiones. Al final, esas ideas terminan influenciando la manera en que las personas piensan y se comportan. Ideas que en origen son ambiguas y frágiles terminan convirtiéndose en verdades absolutas que nadie puede negar, y quién lo intente será descartado como un ignorante.
Estoy hablando de ideas como los homosexuales no son naturales, los opositores al gobierno son terroristas, y para los alcances de este artículo, los inmigrantes nos roban nuestros trabajos.
El poder dañino de esa última frase incrementa gracias a las condiciones actuales de Estados Unidos. Con los números de desempleo por los cielos, y cientos de miles de norteamericanos perdiendo sus trabajos mensualmente, una idea que culpe a los inmigrantes ilegales es una bomba de tiempo. Se está fomentando el odio hacia un grupo de la población que ya está en el ojo del huracán, y los políticos que promueven esa idea están desviando la atención de las verdaderas razones por las cuales los números de desempleo están tan alto.
Los disfraces del presidente
septiembre 6th, 2010 § 2 comentarios
Juan Manuel Santos es un camaleón. Muy fiel a su deseo de no ser imbécil (en sus iluminadas palabras), es un hombre que ha cambiado de imagen radicalmente durante este año.
Al iniciar la campaña, y cuando sentía que su triunfo era cuestión de tiempo, intentó distanciarse ligeramente de Uribe creando una campaña centrada en Santos, el candidato de color naranja. Grave error, a los colombianos parecía gustarles más el color verde, y Juan Manuel, el político de colores difusos, se asustó.
Colombia quería a Uribe, y Santos comprendió que era tiempo de cambiar. Erradicaron el naranja de la campaña y pegaron una gran U en todos los afiches. Ahora Santos era un candidato digno de la coalición uribista: pícaro en sus metodos, hóstil en sus confrontaciones a los demás candidatos, y un poco ambigüo en sus propuestas. Luego fue cuestión de sentarse a ver como Mockus caía en el juego de ser político y destruía su propia campaña.
Ese Juan Manuel me daba miedo, porque era la viva demostración de que el fin justificaba los medios. A partir del 7 de agosto él iba a ser el nuevo dueño, así la gente no lo haya elegido a él sino a Uribe.
Inesperadamente, al menos para quien escribe, se presentaría otro cambio de imagen más. Después de la primera vuelta, cuando ni Mockus se creía el cuentico de que si lo soñamos, lo logramos, Santos cambió. Se presentó como un hombre conciliador, abierto al diálogo, modesto en sus ideas y sus metodos. ¡Logró que Antanas pareciese un arrogante y resentido agresor!
Después fue nombrado presidente, y el disfráz de Uribe terminó en la basura –por ahora- . En menos de un mes de gobierno demostró que no compartía los metodos de su antecesor. Nombró ministros competentes (con la excepción de Rivera, el reconocimiento necesario a Uribe); va encaminado a mejorar las relaciones con Venezuela y Ecuador; se sentó con las Cortes en una genuina señal de respeto y respaldo a sus labores; dejó de criminalizar a los opositores y, en el cambio más sorpresivo, se sentó a conversar con ellos. ¡Hasta moderó ligeramente su mano dura para abrir el espacio de un diálogo con las FARC (que ellas lo hayan cerrado con su violencia es cuento aparte)!
Con este nuevo disfráz, el de presidente competente, Juan Manuel cambió el tono del país y abrió una puerta para dejar a un lado la Colombia polarizada. ¿Será esta la presidencia donde se debatan, por fin, las ideas y no las personas? Eso depende de nuestro presidente, y del comportamiento de los congresistas miembros de su coalición –sobre quienes aún hay dudas-.
Juan Manuel se ha ganado el beneficio de la duda. Sin embargo, y la historia es testigo, con él nunca se sabe. Amanecerá y veremos.
Censurados: Cero no es objetivo
julio 29th, 2010 § Dejar un comentario

En una ocasión, en el facebook de Censurados: Cero, me preguntaron que si no estábamos perdiendo objetividad al promover tan abiertamente las opiniones. En ese momento respondí lo que creo, y lo que tácitamente comparten quienes han estado trabajando conmigo en este proyecto: la objetividad es una utopía. Y una utopía peligrosamente engañosa.
Todo lo que “somos”, hacemos y, más aún, comunicamos, está subordinado a nuestras experiencias. Uso una definición amplia de experiencias, en la cual incluyo los prejuicios (conscientes o inconscientes) y las convicciones, para referirme a ese paquete de opiniones que estructura la forma en que vemos el mundo. Todos tenemos diferentes formas de entender (Nietzche diría que no hay hechos sino interpretaciones) las situaciones, los debates, los conflicto morales, y por más que intentemos abstraernos de lo que pensamos en búsqueda de esa preciada objetividad, al final del día somos esclavos de ese paquete de experiencias que nos define.
Es por lo anterior que la objetividad, si bien es un noble fin, no deja de ser un sueño inalcanzable. Nuestra forma de ver el mundo se manifiesta incluso sin darnos cuenta. Puede estar presente en un signo de puntuación puesto de tal manera, o en la elección de un título para lo que reportamos. Les dejo como tarea comparar titulares de la misma noticia en El Tiempo y El Espectador para ver hacia que lado del asunto de inclina cada uno.
Creo que la mejor manera de aproximarse a temas tan complejos como los que se tratan en este y otros espacios es a través de la sinceridad y la transparencia. Admiro la sinceridad de un autor que dice “yo creo en a, b, c y d” por las razones”e, f y g”, y luego pregunta “¿qué opinan ustedes?”. De esta manera, quien lee puede tener una visión más amplia de la opinión expuesta, y, además, puede contrastar sus propias convicciones.
Ahora, por supuesto, surge un problema importante: las opiniones son construidas sobre hechos. La opinión de alguien sobre el presidente electo, por ejemplo, puede depender de si cree o no que los asesinatos extrajudiciales (falsos positivos) son su responsabilidad. El problema empieza en los hechos. ¿Cómo sabemos que los hechos que nos reportan los medios son objetivos?, ¿cómo sabemos que no persiguen una agenda política? ¿cómo sabemos que nos están contando toda la historia? ¿cómo conocemos lo que no ha sido desvelado?
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