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	<title>Jkrincon &#187; Cuentero/Novelista</title>
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	<description>Hablando con el espejo sin esperar respuesta.</description>
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		<title>Jkrincon &#187; Cuentero/Novelista</title>
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		<title>Insignificante</title>
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		<pubDate>Thu, 29 Dec 2011 02:25:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jkrincon</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuentero/Novelista]]></category>
		<category><![CDATA[Antonio]]></category>
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		<description><![CDATA[Entre las piernas de una puta descansó por fin en paz. La muchacha, al sentirlo inerte, lo entendió satisfecho. Con delicadeza se levantó, vistió, vació la billetera de su cliente (por estrictas órdenes de él) y abandonó el cuarto. La mañana siguiente no hubo escándalo. Rosita, veterana enfermera acostumbrada a la muerte de los pacientes [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=jkrincon.com&amp;blog=2007757&amp;post=1132&amp;subd=jkrincon&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align:justify;">Entre las piernas de una puta descansó por fin en paz. La muchacha, al sentirlo inerte, lo entendió satisfecho. Con delicadeza se levantó, vistió, vació la billetera de su cliente (por estrictas órdenes de él) y abandonó el cuarto.</p>
<p style="text-align:justify;">La mañana siguiente no hubo escándalo. Rosita, veterana enfermera acostumbrada a la muerte de los pacientes que cuidaba, apenas respondió con un suspiro al cerciorarse de que Antonio carecía de signos vitales. El médico del asilo confirmó que se trataba de un paro cardiaco. Al atardecer ya había un nuevo inquilino en aquella habitación.</p>
<p style="text-align:justify;">Esa muerte, a diferencia de tantas otras que ocurrían en aquel lugar, no fue problemática. El señor Pérez no tenía familia que necesitase ser informada ni valiosos objetos que debiesen ser conservados. Los de la funeraria llegaron rápido. Un año atrás, cuando el mismo Antonio pidió que lo internaran, todo quedó muy claro. Pagó lo suficiente para vivir allí tres años con la única condición de que le permitiesen una visita nocturna cada fin de mes. En aquel acuerdo original, redactado por una firma de abogados que solía presidir el difunto, también se pactó que las pertenencias encontradas en su cuarto una vez muriese (porque desde el principio era bien sabido que él se internaba para morir) serían donadas a las enfermeras del lugar. Lo único que dejó, sin embargo, fue una colección enorme de libros, la gran mayoría aún vírgenes de cualquier lector.</p>
<p style="text-align:justify;">La vida de Antonio fue similar a su muerte. Cotidiana, aburrida e irrelevante. Temprano en su adolescencia comprendió que quien vive, sufre. La muerte lo aterrorizaba casi tanto como el sufrimiento. Tomó entonces la decisión de vivir sólo lo necesario para no matarse antes de tiempo. Justificó su existir en el pánico. Suprimió el alcohol, las drogas legales e ilegales, las fiestas, las religiones y las mujeres con el ideal de estar siempre en control de su mente y su sentir. Aprendió a disfrutar con precaución el arte. Intentó escribir pero después de varios años se rindió al descubrir que sus textos eran tan superfluos como sus sueños. Tuvo un par de amigos que abandonó cuando decidió que no tenía nada para aportarles. Después de estudiar becado descubrió en el derecho tributario su mejor opción. Pasó, desde entonces, la mayor parte de sus días encerrado en una oficina realizando cálculos y ganándose comisiones millonarias por obtener grandes deducciones aduaneras para sus clientes. Odió enriquecer a los ricos pero lo hizo de todas maneras. Evitó reflexiones ideológicas. No hubo año de su vida en el cual no tuviese suscripción a un gimnasio; no hubo día en el cual fuese a uno. Conoció muchas mujeres y hombres pero con ninguno intimó. Le desesperaba imaginarlos en el caos de la vida y los odiaba con envidia recalcitrante. Probó la masturbación pero la abandonó por sentirse patético cada vez que lo hacía. Muchas veces consideró cambiar su decisión, perderse un poquito; amar un poquito; vivir un poquito; sufrir un poquito. Pero con los años el miedo crece y el carácter se esconde. Su madre murió sin tener nietos. Su padre se suicidó no sin antes confesarle lo decepcionado que estaba de él. Después de los cincuenta años la melancolía y el arrepentimiento eran lo único que Antonio sentía. A los cincuenta y un años le descubrieron un cáncer de mierda. Gastó su fortuna intentando curarse pero fue en vano. A los cincuenta y tres, flaco y demacrado, se internó en el asilo. El último día de cada mes recibía en su habitación  a una adolescente llamada Esperanza. Le pagaba por conversar. Ella le contaba todas las aventuras inherentes a la prostitución de alto nivel y él sonreía. Se encogía de hombros con timidez cuando se agotaban las historias y la chica indagaba por sus motivos para no acostarse con ella. Las reuniones acababan cuando él se dormía mientras la prostituta le acariciaba el rostro.</p>
<p style="text-align:justify;"><span id="more-1132"></span></p>
<p style="text-align:justify;">-Esperanza- dijo Antonio con debilidad la última noche.</p>
<p style="text-align:justify;">La muchacha observó el miel de sus ojos que se escondía entre pesados y arrugados párpados. Descubrió en ellos que el pudor estaba censurando a su amigo nocturno. Entendió. Con una sonrisa coqueta apretó su mano y la guió hasta su cintura. Antonio vio cómo lo utilizaba para desvestirla. Se embriagó con la desnudez de Esperanza. La belleza de su relieve era insoportable. Ahogado buscó aliento y, cuando pudo recobrarlo, un par de lágrimas recorrieron su agrietado rostro. La chica lo desvistió con cariño. Se estremeció cada vez que los dedos de la puta lo tocaron. La observó sentarse sobre él y la poca fuerza que le restaba se dirigió a la cintura. Con la luna colándose por la ventana, se deleitó con el cuerpo de la morena. El ritmo de la cadera lo embelesó. Ella sonreía y se arqueaba, él sólo la miraba. De repente olvidó su fragilidad y su melancolía y su arrepentimiento y su miedo y su fracaso y su edad y su irrelevante vida que podía resumirse en un párrafo largo. De repente sólo quedaban ella y el placer. De repente el dolor tenía sentido. De repente sonrió y su corazón estalló.</p>
<p style="text-align:justify;">Su tumba es visitada cada fin de mes por una prostituta que se sienta a contarle sus aventuras. Hace falta el señor Antonio Pérez.</p>
<br />  <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gocomments/jkrincon.wordpress.com/1132/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/comments/jkrincon.wordpress.com/1132/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godelicious/jkrincon.wordpress.com/1132/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/delicious/jkrincon.wordpress.com/1132/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gofacebook/jkrincon.wordpress.com/1132/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/facebook/jkrincon.wordpress.com/1132/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gotwitter/jkrincon.wordpress.com/1132/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/twitter/jkrincon.wordpress.com/1132/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gostumble/jkrincon.wordpress.com/1132/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/stumble/jkrincon.wordpress.com/1132/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godigg/jkrincon.wordpress.com/1132/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/digg/jkrincon.wordpress.com/1132/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/goreddit/jkrincon.wordpress.com/1132/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/reddit/jkrincon.wordpress.com/1132/" /></a> <img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=jkrincon.com&amp;blog=2007757&amp;post=1132&amp;subd=jkrincon&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></content:encoded>
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		<title>Un Papá Noel enamorado</title>
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		<pubDate>Sat, 03 Dec 2011 18:27:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jkrincon</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuentero/Novelista]]></category>
		<category><![CDATA[Amor]]></category>
		<category><![CDATA[Ansiedad]]></category>
		<category><![CDATA[Desesperanza]]></category>
		<category><![CDATA[Navidad]]></category>
		<category><![CDATA[Papá Noel]]></category>
		<category><![CDATA[Santa Claus]]></category>

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		<description><![CDATA[Mientras el descender del ascensor los alejaba paulatinamente de la música que instantes antes les nublaba hasta el alma, ambos se recostaban en límites opuestos de la máquina. Ella lo observaba con cierta preocupación que él confundía con fastidio. Las puertas se abrieron revelando la salida del edificio. Un taxi destartalado lo esperaba. Ella llamó [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=jkrincon.com&amp;blog=2007757&amp;post=1124&amp;subd=jkrincon&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align:justify;">Mientras el descender del ascensor los alejaba paulatinamente de la música que instantes antes les nublaba hasta el alma, ambos se recostaban en límites opuestos de la máquina. Ella lo observaba con cierta preocupación que él confundía con fastidio.</p>
<p style="text-align:justify;">Las puertas se abrieron revelando la salida del edificio. Un taxi destartalado lo esperaba. Ella llamó su atención con un suave toque en su espalda. Él la miró con tristeza. -¿No quieres que sea feliz?- preguntó ella dejando escapar el melancólico tufo de quien toma por ansiedad.</p>
<p style="text-align:justify;">Visiblemente alterado, empezó a responder: -No. No quiero que seas feliz…- Al oír esto ella intentó irse pero el muchacho la forzó a mirarlo. Siguió hablando con voz quebrada y palabras que parecían lágrimas: -Es decir…sí, sí lo quiero, pero sólo conmigo. Quiero que te consumas en nosotros; que te aisles; que olvides que hay algo más allá de las puertas de nuestra habitación; que los años pasen y sigamos perdidos en el laberinto de nuestras miradas. Quiero ser tu caos y tu paz; tu razón y tu dificultad. No soporto un instante más donde estés lejos, allá, en ese mundo de deseo y falsa vanidad. Porque ya no me entiendo sin ti a mi lado, y ya no quiero que te marches, ni que vivas, nunca más, si no es conmigo, y yo contigo.</p>
<p style="text-align:justify;"><span id="more-1124"></span></p>
<p style="text-align:justify;">Después de un momento de silencio ella suspiró y sonrió cansadamente. –Eres un imbécil-, le dijo. –¿Me llamas en la mañana?- le preguntó mientras le daba un beso con sabor a despedida. El muchacho asintió y se montó al taxi mientras ella se devolvía a la fiesta.</p>
<p style="text-align:justify;">Aquella noche el muchacho no durmió. Sentía dolor en el pecho y ansiedad en las manos. Su cama, usualmente cómoda, parecía una prisión. Tenía en su garganta, además, un desagradable sabor que parecía la mezcla de fluídos corporales con el huevo que había desayunado la mañana anterior. Su celular sonó puntual y él se vistió de Papá Noel, era su trabajo por el momento. Antes de salir decidió, por primera vez en su vida, robarse una botella de whiskey de su padre. La bebió entera en el bus camino al centro comercial donde debía animar a los niños por ser navidad.</p>
<p style="text-align:justify;">Sentado en su trono observó a su primer cliente del día: una niña de cinco años con pocos dientes y cabello oscuro. Cuando la tenía sentada en sus piernas, ella habló primero: -¿Qué te pasa, Santa?-</p>
<p style="text-align:justify;">Sorprendido y un poco confundido gracias al alcohol, el muchacho sólo atinó a reírse como Santa Claus. –Cuéntame, muchachita, ¿qué quieres de navidad?</p>
<p style="text-align:justify;">La niña se inclinó y le habló al oído a Santa. Él no entendió lo que le dijo pues estaba viendo cómo la mamá de su cliente hablaba malhumoradamente con el supervisor de seguridad del centro comercial. Algo no andaba bien.</p>
<p style="text-align:justify;">Cuando sintió que la chiquilla había terminado de hablar, él volvió a soltar unos desganados “Jo jo jo” y le dijo que haría lo posible por traerle esos regalos. Ella lo miró y realizó una última pregunta: -¿Tú qué quieres de navidad?</p>
<p style="text-align:justify;">El muchacho observó a la criatura. Se perdió por unos momentos en la dulce inocencia de los ojos café de la chica y pensó en la pregunta. La primer respuesta que llegó a su mente fue “ser feliz”, pero decidió censurar su ridiculez. Después de otro silencio el muchacho respondió: -Una sonrisa tuya.</p>
<p style="text-align:justify;">La chiquilla rió tímidamente y esbozó su sonrisa desmueletada. Santa le agradeció y le deseó una feliz navidad. Cuando alzó la mirada vio que su jefe lo llamaba. De ahí en adelante todo fue borroso. Lo fundamental es que lo despidieron por atreverse a ir a trabajar borracho y le pidieron que se marchase del lugar. Él, con calma, pidió un momento para ir al baño antes de irse. Allí, sentado en un inodoro mal lavado, la llamó. Ella contestó entre risas: -Hola lindo- dijo la chica. –Hola- dijo él al borde de las lágrimas. Hubo otro silencio donde las risas de la mujer regresaron. -¿Me puedes llamar más tarde, bonito?- preguntó ella. Él entendió y colgó.</p>
<p style="text-align:justify;">La ansiedad ya no era sólo en sus manos y pecho. Ahora le recorría todo el cuerpo, aprisionándolo, desestabilizándolo. Caminó lentamente hasta las escaleras del cuarto piso y miró hacia abajo. Nunca lo hacía pues sufría de vertigo. La sensación fue placentera: por primera vez no sintió miedo a caerse. Observó la excesiva decoración navideña del lugar. Le gustaban las luces. Fijó sus ojos en un anuncio navideño y procuró no parpadear. Cuando sus ojos no veían mas, saltó. Al caer salpicó el lugar con sangre que parecía escarcha.</p>
<p style="text-align:justify;">La niñita de cinco años caminaba con su madre por el parqueadero del centro comercial cuando pasó cerca de un vigilante y escuchó, en su walkie talkie, un angustioso anuncio: -Papá Noel muerto en el primer piso.</p>
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		<title>Navidad en el norte</title>
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		<pubDate>Wed, 30 Nov 2011 01:03:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jkrincon</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuentero/Novelista]]></category>
		<category><![CDATA[Bogota]]></category>
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		<category><![CDATA[Cuento]]></category>
		<category><![CDATA[Esperanza]]></category>
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		<description><![CDATA[Después de mucho caminar el muchacho encontró lo que buscaba. Luces verdes y rojas iluminaban la fachada de la hacienda Santa Bárbara, el único lugar en Bogotá que le faltaba por conocer. Una hora entera estuvo ahí, quieto, extasiado, observando los colores parpadeantes. Siempre le había gustado la navidad. Era, pensaba él, una excusa para [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=jkrincon.com&amp;blog=2007757&amp;post=1118&amp;subd=jkrincon&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align:justify;">Después de mucho caminar el muchacho encontró lo que buscaba. Luces verdes y rojas iluminaban la fachada de la hacienda Santa Bárbara, el único lugar en Bogotá que le faltaba por conocer.</p>
<p style="text-align:justify;">Una hora entera estuvo ahí, quieto, extasiado, observando los colores parpadeantes. Siempre le había gustado la navidad. Era, pensaba él, una excusa para que la ciudad se vistiese de esperanza. Recordó en aquel momento a su mamá, desaparecida varios años atrás. Fue feliz pues alucinó con ella. La vio allí tal y como la había visto durante la primer docena de años de su vida: pelinegra y churca, trigueña con bronceado bogotano, piernas largas pero bien tapadas, pancita y postura de madre trabajadora. Vio sus ojos miel que, gracias a la oscuridad, aparentaban ser negros, y sintió su mirada amorosa y extenuada. Ella también amaba navidad.</p>
<p style="text-align:justify;">El veinticuatro de diciembre, desde las seis de la tarde, todos los vecinos del barrio se reunían. Eran una gran disfuncional familia. Cada uno tenía su asiento reservado en un gran óvalo de sillas de plástico. El centro de gravedad de la reunión eran dos mesas llenas de frutas, lechona, trago y gaseosita.</p>
<p style="text-align:justify;"><span id="more-1118"></span></p>
<p style="text-align:justify;">Siempre se sentaban según sus gustos: Doña Dolores, la más anciana de todos, se dejaba caer en la silla de la esquina. Desde allí, decía ella, podía vigilar la calle y escuchar las conversaciones de todos los que estaban en la reunión. Junto a ella, siempre en silencio por ser un hombre sin dentadura y con mucha vanidad, se acomodaba Don Pedro, el segundo más veterano del barrio. Lolita, como le decían los vecinos, le llevaba diez años a Don Pedro. Él llevaba cuarenta años enamorado de ella pero jamás había tenido el valor de decirle algo. Con poder sentarse junto a ella cada año en navidad le bastaba.</p>
<p style="text-align:justify;">Más cerca del centro estaban tres parejas. Yullieth, de treinta y cinco años, solía acariciar a Polonio (Polito, de cariño), su marido de cuarenta diciembres, mientras él discutía de política con Ramiro, el tendero de la esquina, Francisca, panadera y esposa del tendero, y Roberto, el soltero codiciado de la cuadra. Cerrando esa pequeña comunidad estaba María, estudiante de antropología en la nacional, que era el levante más reciente de Roberto.</p>
<p style="text-align:justify;">El muchacho recuerda que todos eran uribistas radicales, enemigos mortales de las lagartijas de las FARC, de Chávez y de los del Polo que tenían a Bogotá vuelta mierda. Él, por ser niño, no entendía mucho, y su mamá solía decirle que no les prestase atención; que entre más tiempo durase sin interesarse en la política más tiempo viviría feliz.</p>
<p style="text-align:justify;">Cerrando el óvalo quedaban tres personas: la madre del chico, el chico y Angelita, hija del tendero y culicagadita de diez años, dos menos que el muchacho en aquel entonces, que lo tenía tragadísimo pero que no le concedía ni un piquito. ¡Ni siquiera en navidad!</p>
<p style="text-align:justify;">Así transcurrió aquella navidad, la que el muchacho recordaba, igual que todas las anteriores. Los ancianos se fueron a dormir después de las doce, los adultos se emborracharon y empezaron a debatir sobre sexo, y los niños jugaron a las escondidas hasta el amanecer. La madre del chico comió tranquila y guardó sus palabras, como solía hacerlo, para otra noche. Fue, aquella navidad, la última de todos juntos.</p>
<p style="text-align:justify;">Repentinamente cansado y, por primera vez en toda la noche, al tanto del amargo frío capitalino, el muchacho decidió sentarse en los escalones de la entrada a la hacienda. Junto a él estaba una pareja de bien vestidos jóvenes que lo observaron con desconfianza mientras se acercaba y que, cuando lo vieron sentarse cerca, decidieron marcharse. La carrera séptima estaba tan solitaria como la vida del quinceañero.</p>
<p style="text-align:justify;">La imagen de su madre se desvaneció entre las luces navideñas y el chico sufrió de nuevo. Recordó los disparos de aquella noche de mayo. Recordó los gritos. Nunca supo quién había sido: si los hijueputas de las FARC, o los hijuepuetas paracos, o los hijueputas tombos, o los hijupuetas narcos, o todos juntos. Sólo sabía que habían sido unos hijueputas y que habían ido a buscar a Roberto pero que, por no encontrarlo, decidieron apagarle la vida a todos los del barrio. Porque sí, porque era necesario que todos entendiesen que en este país se hacía lo que los hijueputas de las armas decían. A su madre la habían matado. A él y a Angelita, por tiernos, les habían perdonado la existencia. El muchacho estaba convencido de que hubiese sido mejor haber muerto aquella noche.</p>
<p style="text-align:justify;">¿Y después? Pues nada, lo que siempre pasa en esta nación de oportunidades. A sufrir; a mendigar; a mentir en los buses que van hacia las universidades de más platica de la ciudad; a robar; a ensuciarse; a ser perseguido por los guardianes de la paz; a rezar, aunque no sirva; a sufrir bajo el cartón las lágrimas de un cielo que, sin dudarlo, llora por tener que ver este país a diario. A pensar esto, pero a no decirlo en voz alta porque entonces, además de ser arrastrado, se convierte en mamerto, o subversivo, o mentiroso, o enemigo de la patria, o, lo que resume todo lo anterior, hijueputa. Por eso él sufre, aquella noche como muchas otras, en el silencio de Bogotá: la alucinación de un país fallido cuyo pueblo sueña con ser algo más.</p>
<p style="text-align:justify;">El chico observó de nuevo los colores del árbol navideño y de la fachada del centro comercial. Sonrió y se quedó dormido allí, en la acera. A la mañana siguiente un parte policial que nadie leyó reportó cómo, entrada la madrugada, se encontró un indigente de por lo menos quince años muerto por hambre extrema junto a la hacienda Santa Bárbara. Aquel comunicado, como todos los de la policía en diciembre, terminaba con un mensaje muy bonito: <span style="color:#800000;">Feliz navidad,</span> <span style="color:#008000;">Colombia</span>.</p>
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	</item>
		<item>
		<title>Una Colombia feliz</title>
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		<pubDate>Fri, 25 Nov 2011 02:30:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jkrincon</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuentero/Novelista]]></category>
		<category><![CDATA[Derecho]]></category>
		<category><![CDATA[Dictadura]]></category>
		<category><![CDATA[Huxley]]></category>
		<category><![CDATA[Orwell]]></category>
		<category><![CDATA[Poder]]></category>

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		<description><![CDATA[COMUNICACIÓN CONFIDENCIAL REMITENTE CERTIFICADO MENSAJE DEL REMITENTE: Honorable primer ministra. El día de hoy, como lo mandaba la ley, hicimos la inspección de la casa del periodista Juan Carlos Rincón. Allí lo encontramos muerto, con heridas en sus muñecas. Después de revisar extensivamente su cuarto encontramos el siguiente texto. Creemos que esto explica los motivos [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=jkrincon.com&amp;blog=2007757&amp;post=1104&amp;subd=jkrincon&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p align="center"><span style="color:#800000;"><strong>COMUNICACIÓN CONFIDENCIAL</strong></span></p>
<p><span style="color:#800000;">REMITENTE CERTIFICADO</span></p>
<p><span style="color:#800000;">MENSAJE DEL REMITENTE:</span></p>
<p style="text-align:justify;"><em>Honorable primer ministra. El día de hoy, como lo mandaba la ley, hicimos la inspección de la casa del periodista Juan Carlos Rincón. Allí lo encontramos muerto, con heridas en sus muñecas. Después de revisar extensivamente su cuarto encontramos el siguiente texto. Creemos que esto explica los motivos por los cuales decidió acabar con su vida y porque no había presentado el informe sobre el magistrado Rodríguez. La copia que remitimos es la única del documento. Ya entenderá los motivos por los que manejamos esto con total discreción.</em></p>
<p><strong><span style="color:#800000;">ÚNICA COPIA DEL MENSAJE REMITIDO:</span></strong></p>
<p align="center">Colombia “feliz”</p>
<p style="text-align:justify;">“Todo es una farsa” dice con debilidad Ernesto Rodríguez mientras observa con atención la pared. En ella hay un letrero muy elegante, de fondo rojo y tipografía dorada, que dice “Colombia: tierra del gobierno amado por el pueblo”<a title="" href="#_ftn1">[1]</a>. Ernesto, con un cuchillo peligrosamente afilado que le había regalado un guardia, talló, el día que llegó a ese lugar, una “r” entre la “a” y la “m” de “amado”. Ahora el letrero hablaba de un gobierno <em>armado </em>por el pueblo. “El sistema está diseñado para justificar cualquier tipo de atrocidad. Todo es legítimo cuando está acorde a la ley. La ley es legítima cuando el pueblo es convencido de que esa ley es lo que en verdad quiere” concluye.</p>
<p style="text-align:justify;">A sus cincuenta años, el señor Rodríguez aparenta el doble de edad. Graduado como abogado de la Universidad de los Andes gracias a la cuna de oro en la que nació, obtuvo rápidamente reconocimiento por sus habilidades en el derecho penal. Después de adelantar investigaciones que serían el fundamento para la reforma judicial que adelantó el Gobierno Supremo vigente, el señor Rodríguez fue nombrado como magistrado supremo de la nueva Corte Penal Colombiana (superior en jerarquía a la Corte Constitucional y la Corte Suprema de antaño, y dotada con ambiguas funciones que le daban un amplio poder discrecional al magistrado Rodríguez). Hoy, sin embargo, luce devastado. Lleva varios días sin comer y sus ojos, de inusual color azabache, denuncian su profunda tristeza. Está a punto de morir, condenado por la misma institución que antes presidía.</p>
<p style="text-align:justify;"><span id="more-1104"></span></p>
<p style="text-align:justify;">“De la misma manera en que no hay dios” continua Ernesto en su monólogo, “tampoco existe el bien común ni la esfera pública”. Una tos seca que termina en sangrientos escupitajos interrumpe al juez. Cuando logra detener la tos, empieza a reír con el cinismo que sólo un condenado puede disfrutar. “La vida política organizada llegó tarde en la evolución del hombre<a title="" href="#_ftn2">[2]</a>, compañero, siempre hemos sido animales. Animales egoístas y necesitados. Depredadores, además”. Sigue hablando y mientras lo hace explica que al pueblo se le manipula con esos conceptos los cuales, gracias a ser nulos en contenido, son fáciles de vender. “Nadie cuestiona a dios; nadie cuestiona el bien común. Así se convence al pueblo de que una ley es lo que quiere: es por el bien común. Y el pueblo no se atreve a preguntarse por el bien común porque hacerlo sería aceptar que son animales. ¿Cómo no voy a saber lo que es el bien común? Claro que lo sé, dicen los pobres ingenuos, lo sé porque no soy un simple animal. Soy algo más. Soy…importante” sentencia el juez. Las lágrimas invaden sus ojos pero sigue riéndose.</p>
<p style="text-align:justify;">Después de ser el funcionario público estrella del Gobierno Supremo, el magistrado Rodríguez fue condenado a muerte recientemente por aplicación indebida de la ley. Después de ser juzgado por un tribunal <em>ad hoc</em> conformado por la mismísima primer ministra de Colombia y tres expertos internacionales en derecho penal, se programó la ejecución de su condena en horario <em>prime time</em>. Pasa sus últimas horas en una habitación llena de objetos filosos, sin luz natural y con varias cámaras que monitorean su comportamiento. Junto a él estoy yo, el periodista asignado por el Gobierno Supremo.</p>
<p style="text-align:justify;">“Yo diseñé tu presencia aquí” me dice con pesar. “Sé que no me puedes responder, es la ley. Estás aquí porque estas habitaciones están diseñadas para que el prisionero se suicide. Por eso tanta herramienta para matarse; por eso tu presencia. Todo lo que escribas de mí será evaluado para saber si la habitación cumple con su efecto” dice, esta vez hablando sin mirar algo en particular.</p>
<p style="text-align:justify;">“Sé que matarme es mejor, menos doloroso” dice mientras juega con unas tijeras. Observa su afilado resplandor con curiosidad. “También diseñé el mecanismo con el que matan a los prisioneros” dice y sus ojos brillan por un instante. “Es fascinante” habla mientras disminuye su tono hasta ser un susurro. “Es un aparatico que te pincha el cuello y empieza a matarte, lentamente. Cada minuto aumenta el dolor, paralizando los órganos de tu cuerpo. Tres horas después la muerte, feliz, te recibe. Pero antes has pagado por todo lo que hiciste y no hiciste en este mundo. Antes Colombia entera te ve retorcerte de dolor y aprende que es mejor no desafiar nuestro eficaz sistema jurídico”.</p>
<p style="text-align:justify;">Rodríguez sigue hablando, concentrando todas sus fuerzas en las ideas que rondan su agotada cabeza, y llega a una conclusión personal. Afirma que el éxito del Gobierno Supremo radica en su capacidad para entender que Aldous Huxley tenía más razón que George Orwell<a title="" href="#_ftn3">[3]</a>. Según él, la legitimidad del Gobierno nace de su capacidad para enamorar a los colombianos de aquello que los oprime. Piensa que, gracias a que cada clase social tiene su dosis diaria de comida altamente alucinógena y boletas semanales para partidos de fútbol y películas, el pueblo colombiano es una masa feliz indiferente a cualquier atrocidad y atropello del gobierno. Además, argumenta el prisionero, las constantes demostraciones de poder estatal con las ejecuciones públicas imparten una sensación de orgullo patrio (pues crea un enemigo común al que todos puedan odiar) y miedo (a romper la ley) que fundamentan la legitimidad del Gobierno.</p>
<p style="text-align:justify;">“Cuando el pueblo olvida que tiene la libertad de ser miserable” dice Rodríguez, “se vuelve dócil y, peor aún, indiferente”<a title="" href="#_ftn4">[4]</a>. Ahí no importa, asegura el prisionero, el modelo de democracia que se tenga. “Participativa o representativa, a nadie le importa porque todos creen estar felices. Si las cosas funcionan, ¿para qué cambiarlas?”.</p>
<p style="text-align:justify;">Ernesto entra en un silencio profundo. En el ambiente se siente su desolación, su frustración, su intranquilidad. “Pero sí importa, ¡maldita sea!” grita. “¡Importa porque hay desigualdad, y porque se obliga a la gente a seguir en su misma tragedia, su mismo caos, a olvidarse de que es un individuo y a trabajar en lo que se le ordene, a sufrir, semana a semana, para poder tener el dinero que le permitirá vivir una semana más<a title="" href="#_ftn5">[5]</a>! ¡Importa porque todos tenemos un corazón soñador, que merece tener el derecho a soñar, a cumplir esos sueños, a mejorar, a sufrir, a crear arte, a vivir tranquilo! Y eso, mi compañero, eso no lo arregla un pedazo de pollo envenenado y un estúpido partido de fútbol a la semana”.</p>
<p style="text-align:justify;">Confieso, y sé que esto no es periodístico, que en ese momento las palabras del magistrado causaron impresión en mí. Recordé que siempre que iba a haber una marcha para protestar por algo se programaba, en el mismo horario, un partido de fútbol, o el final de alguna novela. Recordé que en un informe publicado hace poco pero hundido en un mar de información se afirmaba que la expectativa de vida de los colombianos decrecía peligrosamente cada día. Recordé que la educación se suprimió para las clases media y baja, y que el abstencionismo en las elecciones es cercano al 99% porque, en día electoral, suele programarse la final del torneo de fútbol.</p>
<p style="text-align:justify;">“La maldad no existe, muchacho” prosigue Rodríguez. “Dado el contexto adecuado, tu harás, sin dudarlo, lo que sea”<a title="" href="#_ftn6">[6]</a>. Sus palabras se quiebran y por primera vez llora sin reír. “En ese sentido, el derecho es el mejor contexto. Cuando te quitan tu autonomía moral, y eso es lo que pasa cuando te dan cargos como el que yo tenía, tu moralidad viene a ser reemplazada por el derecho. Lo correcto es lo que sea que diga el derecho<a title="" href="#_ftn7">[7]</a>. ¿Por qué? Porque está pensado para parecer sabio, abstracto, impersonal. Es la voluntad del pueblo…es lo que <em>debe </em>hacerse”. Después de intentar levantarse Rodríguez se derrumba contra la pared. “Maté mucha gente porque el Derecho me ordenaba que lo hiciese. Y lo lamento. Me dí cuenta tarde y fue ahí cuando decidí absolver a todos aquellos que no merecían morir. Por eso terminé aquí. Merezco morir, pero no por romper la ley, sino por haber sido injusto…si es que hay tal cosa como la justicia”.</p>
<p style="text-align:justify;">“Hijo” dijo el magistrado hablándome. “El Gobierno, la democracia, no es cuestión de ideología…es cuestión de poder. El Derecho es el poder<a title="" href="#_ftn8">[8]</a>. El derecho justifica todo lo que ha pasado acá, pero también puede justificar todo lo contrario. Puede liberarnos. El derecho es lo que el pueblo quiere que sea. Tu estás aquí, cumpliendo tu labor, pero sabes que algo está fundamentalmente mal. Sabes que Colombia ha estado dormida y que han traficado con nuestros sueños. Hijo, aún eres joven, puedes cambiar esto”.</p>
<p style="text-align:justify;">Como lo dicta la ley, a las siete de la noche entra el guardia, me indica que es hora de marcharme e invita al magistrado para que lo siga. Le pido que me permita acompañarlo, pues quiero hacer un trabajo más extensivo. Él, un poco extrañado, accede. El magistrado me observa y, con la mirada, me agradece. Yo sólo lo miro. Caminamos por un pasillo largo, lleno de cuadros de los presidentes de Colombia. Al final hay uno gigante que dice “María del Socorro Rodríguez. Primer Ministra de Colombia. 2014 &#8211; ¿?”. Estamos en el año 2030.</p>
<p style="text-align:justify;">A las siete de la noche toda Colombia está pegada a sus televisores. La cadena es la auspiciada por el gobierno. Con cámaras de tecnología 4D el país entero puede experimentar la emoción de una ejecución. El verdugo cita los fundamentos de ley que hacen de la ejecución un acto de pleno derecho. Al final, termina diciendo “en nombre Dios y en defensa del bien común yo, verdugo, ejecuto esta sentencia”. Todo el mundo aplaude, la emoción es animal. El ejecutado sonríe. Sabe que el pueblo es víctima de un contexto diseñado para legitimar la crueldad. Se aplica el mecanismo y el sufrimiento empieza.</p>
<p style="text-align:justify;">Al día siguiente el Gobierno publica, celebrando, datos que indican que esa fue la ejecución más vista en la historia del país. Nadie, sin embargo, presta atención a esos datos. Todos están emocionados pues hay partido. Es otro insoportable día en un país feliz.</p>
<div>
<hr align="left" size="1" width="33%" />
<div style="text-align:justify;">
<p><a name="_ftn1"></a>[1] Me robo y adapto aquí la frase de C.B. Macpherson que Adela Cortina cita: “se trata (hablando sobre el gobierno representativo) de un sistema de <em>limitación y control </em>del poder, en el que cabe hablar, más que de un gobierno del pueblo, de un <em>gobierno querido por el pueblo”.</em> CORTINA, Adela (1993) Ética aplicada y democracia radical. Dos conceptos de democracia: hombre económico frente a hombre político. Editorial Tecnos. Madrid.</p>
</div>
<div style="text-align:justify;">
<p><a name="_ftn2"></a>[2] Frase de R. Dahl citada por CORTINA, Adela (1993) Ibídem.</p>
</div>
<div style="text-align:justify;">
<p><a name="_ftn3"></a>[3] Tesis sacada de POSTMAN, Neil (1985) Amusing Ourselves to Death: Public Discourse in the Age of Show Business. Kindle edition. Se pueden encontrar las ideas principales del libro en <span style="text-align:center; display: block;"><a href="http://jkrincon.com/2011/11/25/una-colombia-feliz/"><img src="http://img.youtube.com/vi/fMZejVltDDs/2.jpg" alt="" /></a></span></p>
<p>También <a href="http://www.prosebeforehos.com/image-of-the-day/08/24/huxley-vs-orwell-infinite-distraction-or-government-oppression/">aquí</a>.</p>
</div>
<div style="text-align:justify;">
<p><a name="_ftn4"></a>[4] En A Brave New World de Huxley se lee “<em>There was something called liberalism. Parliament, if you know what that was, passed a law against it. The records survive. Speeches about liberty of the subject. Liberty to be inefficient and miserable. Freedom to be a round peg in a square hole.”</em></p>
</div>
<div style="text-align:justify;">
<p><a name="_ftn5"></a>[5] Recupero la crítica que a Habermas le hace Nancy Fraser. Ella considera, y estoy de acuerdo, que “an adequate conception of the public sphere requires not merely the bracketing but rather the elimination of social inequality”. FRASER, Nancy. Rethinking the Public Sphere. A contribution to the Critique of actually existing democracy en: The phantom public sphere. Bruce Robbins editor. Cultural Politics, Volume 5. University of Minnesota Press.</p>
</div>
<div style="text-align:justify;">
<p><a name="_ftn6"></a>[6] ZIMBARDO, Philip G (2004). The Social Pyschology of Good and Evil. Cap. 2. A situationist Perspective on the Psychology of Evil: Understanding How Good People Are Transformed into Perpetrators. Ed. The Guilford Press. New York. London. Al respecto recomiendo <a href="http://www.ted.com/talks/view/lang/es//id/272">esta charla de TED</a>.</p>
</div>
<div style="text-align:justify;">
<p><a name="_ftn"></a>[7]“Si esta dimensión (el ámbito moral) de interioridad se disuelve, también se desvanece la normatividad moral y no queda sino la jurídico-política”. CORTINA, Adela (1993) Op. Cit.</p>
</div>
<div>
<p style="text-align:justify;"><a name="_ftn8"></a>[8] Esta es una tesis que defendí en un foro de introducción al derecho. Se puede encontrar más al respecto <a href="http://jkrincon.com/2011/06/16/el-derecho-es-el-poder/">aquí</a>.</p>
</div>
</div>
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		<title>[Aquí va tu nombre]</title>
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		<pubDate>Sun, 06 Nov 2011 03:01:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jkrincon</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuentero/Novelista]]></category>

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		<description><![CDATA[Anoche te soñé y, al despertar, te sufrí. Abrí los ojos, de la misma forma en que muchos otros que te sueñan lo hacen, y observé el vacío a mi lado con un ridículo asomo de pesar. Esperaba, quizás, ver los tímidos rayos del amanecer posarse sobre tu rostro dormido y poder estirar mi mano [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=jkrincon.com&amp;blog=2007757&amp;post=1085&amp;subd=jkrincon&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align:justify;">Anoche te soñé y, al despertar, te sufrí. Abrí los ojos, de la misma forma en que muchos otros que te sueñan lo hacen, y observé el vacío a mi lado con un ridículo asomo de pesar. Esperaba, quizás, ver los tímidos rayos del amanecer posarse sobre tu rostro dormido y poder estirar mi mano para sentir el calor de tu espalda desnuda. Esperaba, quizás, que no fueses un sueño. Esperaba, mejor, que aún siguiese soñando.</p>
<p style="text-align:justify;">Apareciste, en mi sueño, de la mano de quien fue mi obsesión cuando fui primíparo. Descubrí en ese momento que Laura, mi antigua obsesión, siempre conoció mis delirios. Al presentarte me susurró, con pícaro tono, &#8221;ella te gustará, se parece a mí&#8221;.</p>
<p style="text-align:justify;">&#8220;Te pareces a alguien que conozco&#8221; me dijiste de entrada, sin rodeos, con la sonrisa que esperaba de ti.</p>
<p style="text-align:justify;">&#8220;Te pareces a un sueño que tengo&#8221; respondí sin atisbo de duda. Detrás tuyo, cuando dije eso, apareció Mariana, una amiga que crítica los diálogos que escribo por carecer de credibilidad. Ignoré, sin embargo, la mirada aburrida que me dedicaba. La ignoré porque mi atención, claramente, eras tú. Y yo era tu atención, lo que era sensacional y doloroso en magnitudes equivalentes.</p>
<p style="text-align:justify;">Perdóname. Estoy escribiendo muy rebuscado; muy poco yo. Lo hago porque mientras escribo, mientras observo estas letricas aparecer de la nada, desprevenidas, en una pantalla de computador, no dejo de pensar en que no me lees. Lees, sin duda (si no leyeses no tendría interés en ti), pero no me lees. Por eso te admiro. Sabes no perder el tiempo en hombres que se repiten. Lees, por ejemplo, a mi compadre Andrés, que sí sabe de vicios y de consumirse como dios (o el diablo, o la ciencia, o el gran electrón) manda. Yo sólo sé de consumirme entre sueños.</p>
<p style="text-align:justify;"><span id="more-1085"></span></p>
<p style="text-align:justify;">Así que regresemos. Ahí estabas, tan tú, tan desconocida, tan inventada por mi imaginación. No me culpes por enamorarme de ti. Lo hago porque no te conozco. A lo mejor no eres lo que creo que eres, pero no me interesa descubrirte. No, ¿para qué? He visto tus ojos y tu sonrisa en la vida real, con eso me basta para construirte un mundo idílico.</p>
<p style="text-align:justify;">Además, no quiero que me conozcas. Así no te cansas de mis mediocres tristezas que no alcanzan a ser depresión médica (lo sé porque para eso estudié un poco de psicología), ni del odio que siento hacia el espejo. Así no sufres mis poemas baratos y arrítmicos que aparentan estabilidad y madurez sentimental. Así no descubres las lágrimas que derramo por sentirme insuficiente de manera constante y reiterada. Así no aprendes de Derecho, ni de cine comercial, ni de periodismo, ni de toda esa basura que conozco a medias. Así eres feliz sin saber que existo.</p>
<p style="text-align:justify;">¿Ves? Me repito. Ahí están de nuevo mis debilidades, expuestas para que el mundo las ingiera y vomite. Es un problema: me repito. Me repito. Me repito.</p>
<p style="text-align:justify;">Me repito.</p>
<p style="text-align:justify;">Y tú te repites en mis sueños.</p>
<p style="text-align:justify;">Pero ese sueño, del que te hablaba, del que se supone que escribo, fue el mejor de todos. El más doloroso, pero el mejor. Caminábamos juntos en la madrugada, abrigados por el viento de la coqueta capital. Yo era feliz por sentir tan cerca tu aroma, tu existencia, tu corazón palpitando y dándole vida a la perfección que sueño que eres. Curiosamente, y vale la pena aclararlo, no nos besamos. No entiendas mal: muero por devorar cada rincón de tu cuerpo a besos, pero vivo (o, mejor, sueño) por ver tus ojos al amanecer. Y eso hice, en el sueño, te miré mientras amanecía. Y luego te miré mientras atardecía. Te miré, y me miraste, y yo me quedé a vivir en tus ojos y tú en mis sueños.</p>
<p style="text-align:justify;">Pero ajá, desperté y no estabas, y sufrí, y decidí escribirte esto, aunque no lo leas, aunque pocos pongan &#8220;me gusta&#8221; en facebook. Lo escribo para repetirme; para que mi subconciente entienda el mensaje: que esta noche, que todas las noches, quiero repetirte. Aunque sea en mis sueños. Aunque te sufra al despertar.</p>
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		<title>La medianoche de la puta</title>
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		<pubDate>Sun, 18 Sep 2011 03:06:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jkrincon</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuentero/Novelista]]></category>
		<category><![CDATA[Cuento]]></category>
		<category><![CDATA[Luna]]></category>
		<category><![CDATA[Medianoche]]></category>
		<category><![CDATA[Puta]]></category>
		<category><![CDATA[sexo]]></category>

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		<description><![CDATA[Estaba la puta, desnuda, sentada en su columpio favorito. Era de noche y la luna, igual de indiferente que el resto del universo, no le prestaba atención a la ilustre señorita que la observaba con melancolía. El frío era insoportable, pero la puta no lo sentía. Su piel estaba acostumbrada a no sentir. Pensaba, la [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=jkrincon.com&amp;blog=2007757&amp;post=1053&amp;subd=jkrincon&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align:justify;">Estaba la puta, desnuda, sentada en su columpio favorito. Era de noche y la luna, igual de indiferente que el resto del universo, no le prestaba atención a la ilustre señorita que la observaba con melancolía. El frío era insoportable, pero la puta no lo sentía. Su piel estaba acostumbrada a no sentir.</p>
<p style="text-align:justify;">Pensaba, la mujer, en su vida de prostitución. En la puta vida, que no es muy distinta a la vida de una puta. Observaba, al pensar, su sombra sobre el asfalto de aquel desolado parque. Lo único que le fastidiaba de aquel columpio era su ubicación: al lado del único poste de luz en toda la zona. Más allá de su sombra, todo era oscuridad. Y ella quería estar ahí, a oscuras, sin sombra, pero no podía abandonar su columpio. Llevaban encontrándose muchos años, a medianoche, antes de ella irse a trabajar. Él era el único que la escuchaba, que la arrullaba con su delicado mecer. Allí, en ese lugar, ella encontraba un pedacito de felicidad bajo la luna.</p>
<p style="text-align:justify;">-Hola- dijo una voz que la puta sintió en su nuca. –Hola- respondió ella mirando hacia atrás. Se encontró con unos ojos azules, tímidos, que la observaban desde la frontera entre la luz del poste y la oscuridad. Con un gesto, la puta, lo invitó a acompañarla. El muchacho caminó mientras ella lo observaba con genuina curiosidad. Estaba, el pelado, vestido de negro. Tenía una larga gabardina que le llegaba hasta las rodillas, un pantalón elegante y zapatos de cuero. Su rostro era limpio y su pelo corto. La miraba, ahora, con cierto deseo.</p>
<p style="text-align:justify;">-¿No tienes frío?- preguntó el muchacho. La puta sonrió. -¿Por qué, me darás tu abrigo?</p>
<p style="text-align:justify;">-Si así lo deseas.</p>
<p style="text-align:justify;">-No, muchacho, no lo necesito. Este es mi mejor abrigo- dijo mientras se pasaba un dedo por la piel de su pecho. El joven, alterado por tan seductor gesto, sintió que se le cortaba un poco la respiración. Ella soltó una carcajada y se meció un poco más fuerte en el columpio. -¿Qué haces en <em>mi</em> parque a medianoche?- preguntó la mujer. El muchacho bajó la mirada y caminó hacia ella. Cuando estuvieron cerca, se arrodilló para quedar a la altura de la señora sentada en el columpio. La miró y el azul de sus ojos se encontró con el desgastado café de los de la puta. –Vengo a matarte- le dijo.</p>
<p><strong><span id="more-1053"></span></strong></p>
<p style="text-align:justify;">-No serías el primero- dijo la mujer, aún sonriendo.</p>
<p style="text-align:justify;">-Pero seré el último-. La voz del muchacho cambió. Ahora era tosca. La timidez lo había abandonado. La puta, mujer sabia gracias a la experiencia, entendió que el asunto iba en serio. Su sonrisa disminuyó pero no desapareció del todo.</p>
<p style="text-align:justify;">-¿Por qué lo harás?</p>
<p style="text-align:justify;">-No lo sé. Pero sé que debo hacerlo. Iba caminando y te ví ahí, desnuda, tan sola, tan deliciosamente seductora. Supe que tenía que acercarme a ti; matarte con la delicadeza que amerita tu belleza. Es…simplemente debo hacerlo, ¿sabes?</p>
<p style="text-align:justify;">La puta suspiró. Estiró sus piernas para alejar el columpio del muchacho y aprovechó para observar la luna. Allí seguía la muy cabrona, siempre tan bella, siempre tan puta, siempre tan indolente. Ella, la luna, era la única más puta que ella, la puta. Regresó a su posición inicial y miró al muchacho. Descubrió en el azul de su mirada todo lo que deseaba saber. Entendió su muerte; la aceptó con profesionalidad.</p>
<p style="text-align:justify;">-Es tu primera vez- le dijo</p>
<p style="text-align:justify;">-Sí.</p>
<p style="text-align:justify;">-No será la última.</p>
<p style="text-align:justify;">-Lo sé- dijo el muchacho asintiendo.</p>
<p style="text-align:justify;">-Entonces-, dijo la puta, sonriendo, -me agrada que sea conmigo. Verás, toda mi vida recibí entre mis piernas y mis tetas a hombres que <em>necesitaban</em> algo: confianza, esperanza, desahogo, ilusión. No serás mi primero, pero me agrada que seas mi último. Me necesitas y, creo, te necesito. Úsame con ganas; úsame sin remordimiento. Es mi trabajo comerme tu necesidad. Disfrútalo, tesoro. Sólo por esta noche trabajaré gratis.</p>
<p style="text-align:justify;">El muchacho se inclinó e intentó besarla, pero ella lo detuvo. –Las putas no besan, príncipe, recuérdalo-. El joven asintió. Sus ojos se encontraron una vez más y ella cerró los suyos. Una puñalada fue suficiente para detener el viejo corazón de la mujer. El muchacho la abrazó hasta que la luz del poste junto al columpio se apagó. La puta había dejado de existir. Embriagado por la euforia y la adrenalina, el joven se levantó y se marchó a buscar otras víctimas. Atrás quedó el viejo columpio que lloraba, en silencio, la pérdida de su amante. En el cielo, la luna seguía brillando como siempre.</p>
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		<title>“Administrando justicia en nombre del pueblo…”</title>
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		<pubDate>Thu, 01 Sep 2011 22:16:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jkrincon</dc:creator>
				<category><![CDATA[Abogado (principiante)]]></category>
		<category><![CDATA[Cuentero/Novelista]]></category>
		<category><![CDATA[Ética]]></category>
		<category><![CDATA[Derecho]]></category>
		<category><![CDATA[Justicia]]></category>
		<category><![CDATA[Verdad]]></category>

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		<description><![CDATA[“Administrando justicia en nombre del pueblo…”[1] Un ejercicio para mi clase de ética. Había que hacer algo para representar los dilemas que el ser humano afronta al acudir al sistema jurídico. -Antes de comenzar-, dijo el abogado Francisco Correa mientras acariciaba su prominente panza, recostado sobre una costosa silla de cuero. Acababa de zamparse una [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=jkrincon.com&amp;blog=2007757&amp;post=1044&amp;subd=jkrincon&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p align="center"><strong>“Administrando justicia en nombre del pueblo…”<a href="#_ftn1">[1]</a></strong></p>
<p style="text-align:justify;" align="center"><em>Un ejercicio para mi clase de ética. Había que hacer algo para representar los dilemas que el ser humano afronta al acudir al sistema jurídico.</em></p>
<p style="text-align:justify;">-Antes de comenzar-, dijo el abogado Francisco Correa mientras acariciaba su prominente panza, recostado sobre una costosa silla de cuero. Acababa de zamparse una bandeja paisa bien jalada, de esas que tanto le gustaban. –Debo hacerle una pregunta fundamental, de la cual va a depender el resto del caso- añadió.</p>
<p style="text-align:justify;">Ricardo se estremeció. Estaba muy nervioso. Llevaba un par de noches sin dormir. Los días no eran nada mejor: ansiedad, miedo, dudas. El caos había tomado posesión de su vida. No podía dejar de pensar en su situación. Miró sus manos, aún jóvenes y en buen estado, y se decidió a confesar su pánico. -Lo sé, doctor. Pero hay un problema, no sé si lo hice o no…no sé cuál es la verdad.</p>
<p style="text-align:justify;">Francisco alzó la ceja y clavó sus ojos en Ricardo. –No, hombre, no- dijo, visiblemente irritado. –Me confunde usted con un mal abogado. Cuando yo llevo el caso, la “verdad” es irrelevante.</p>
<p style="text-align:justify;">-¿P…perdón?- balbuceó Ricardo. No lo entendía. Su mayor preocupación era no saber la verdad. Quería saberla. Necesitaba saberla. No podía seguir existiendo sin tener clara su situación. La culpa se le aparecía en todas partes, lo carcomía lentamente.</p>
<p style="text-align:justify;">-Sí, sí, ¿no sabía usted que no hay hechos, sólo interpretaciones<a title="" href="#_ftn2">[2]</a>?- dijo el abogado con una sonrisa arrogante. Ricardo seguía sin entender, pero Francisco no tenía tiempo para perder. –Lo que me interesa saber, en realidad, es lo siguiente: ¿tiene usted dinero?</p>
<p style="text-align:justify;">El cliente miró a su abogado intentando descubrir algún indicio de broma en su rostro. No lo encontró. El <em>doctor </em>Correa tenía un semblante rígido. Había cambiado su posición: ahora se apoyaba sobre la mesa, con los brazos como punto de equilibrio. Al parecer esa pregunta <em>sí </em>era fundamental. –Sí, doctor, soy millonario, aunque no veo como…</p>
<p style="text-align:justify;">-¡No se diga más!- interrumpió Francisco. –Entonces tenemos un caso. No se preocupe por nada, yo me encargo de todo y le voy avisando en cuanto nos va a salir el problemita-. El abogado saltó de su silla, apretó fuertemente la mano de un perplejo Ricardo, y emprendió camino hacia la puerta de la oficina. Cuando iba llegando, Ricardo lo detuvo. -¿Doctor?- preguntó. –Sí, dígame, ¿en qué puedo servirle?-. -¿No le interesa saber de qué trata mi caso?-. Francisco soltó una carcajada que sonó a chirrido de marrano. Cuando logró controlarse, habló: -Sólo dígame el cargo que le imputan-. –Homicidio-. -¿A quién dicen que mató?-. –A un indigente que vivía diagonal a mi apartamento-. El abogado abrió los ojos de par en par y salió corriendo hacia Ricardo. Al tenerlo cerca, lo abrazó fuertemente. Con una lágrima escapándose por su mejilla, le susurró a su cliente: -¡Que buena noticia! ¡Me acaba usted de dar un regalo de navidad anticipado!-. Sin decir más, se despidió con una palmada en la espalda de Ricardo y salió de la oficina.</p>
<p style="text-align:justify;"><span id="more-1044"></span></p>
<p style="text-align:justify;">El silencio regresó acompañado de la culpa y el desconcierto. El corazón le pesaba a Ricardo. Intentó distraerse observando la oficina del doctor. Estaba en un décimo piso con vista a toda la ciudad; El escritorio era de madera fina, seguramente importada; en la derecha había un enorme estante lleno de libros. Ricardo se acercó a ellos para examinarlos. Habían códigos de todo tipo y de diferentes años, manuales de aplicación del derecho procesal, un libro de <em>filosofía para dummies</em>, una copia de<em> cómo hacer amigos e influenciar a la gente</em>, <em>ética para amador</em>, y un montón de enciclopedias que aún conservaban el plástico original pues nunca habían sido abiertas. Una espesa capa de polvo recubría a todos los libros. Estornudando por su alergia al pasado, Ricardo continuó examinando la oficina y se encontró, de frente, con una vieja fotografía colgada en la pared. En ella se retrataba, en blanco y negro, a un hombre de apariencia pulcra y mirada profunda. No era el doctor Francisco, lo sabía por la apariencia recatada del retratado. Era un hombre mucho más sabio, un hombre que lo juzgaba con su mirada. Ricardo se alejó y volvió a sentarse. No soportaba su existencia.</p>
<p style="text-align:justify;">-¡Que bueno verlo de nuevo!- gritó Francisco al entrar a la oficina. Ricardo, aún desconcertado, lo miró con cansancio. -¿Hace cuánto no nos veíamos?- preguntó el abogado. El cliente suspiró, no le agradaban las bromas del abogado. –Hace poco, doctor, no me dio chance ni de irme- le dijo. Francisco volvió a chillar como marrano. Estaba más gordo que la última vez. Su mirada estaba un poco más vieja. -¡Es usted un bromista de primera!- dijo el abogado, sentándose. –Hace un año que no nos veíamos, ¿cómo ha estado?- preguntó Francisco.</p>
<p style="text-align:justify;">Su cliente no entendía. Hace apenas un momento que le había formulado su caso, y luego él se había quedado ahí, solo, esperándolo. No había sido capaz de salir de la oficina, ni lo había intentado. Tenía mucho para pensar, lo había hecho. Se había culpado cada instante. Ricardo miró sus manos, estaban un poco más desgastadas de lo usual. ¿Había, en verdad, pasado un año encerrado en esa oficina? –Pues…bien, doctor. No he podido dormir. No he tenido descanso. Aún no sé qué fue lo que en verdad pasó.</p>
<p style="text-align:justify;">-Otra vez usted con ese cuentico- dijo Francisco. –No se preocupe, hombre, que yo me encargo de todo. He logrado demorar el proceso todo un año, y ya verá como lo saco de esta ileso.</p>
<p style="text-align:justify;">-Pero quiero saber…-</p>
<p style="text-align:justify;">-¡Señor juez!- dijo Francisco, interrumpiendo nuevamente a su cliente y levantándose a recibir a su invitado. Ricardo dirigió la mirada a la puerta de la oficina. Observó que entraba un ser inmenso, imponente, recubierto por una túnica negra que lo hacía parecer miembro de una secta. Cuando estuvieron frente a frente, Ricardo pudo detallarlo. La túnica era usada por un muñeco de madera pintada de blanco, reluciente. Su mirada era vacía, sin vida. Ricardo intentó saludarlo pero la boca del muñeco no se movió. Franciso le indicó, con un gesto, que esperase. Unos momentos después, por la misma puerta, entró un libro aún más grande que el muñeco. Era un código similar a los que tenía el abogado en su estantería, pero este era gigante y, además, tenía brazos y piernas: estaba vivo. Ricardo estaba perplejo. Su sorpresa aumentó cuando el código introdujo su brazo en la espalda del muñeco. La boca cobró vida y el juez habló: -Buenas tardes.</p>
<p style="text-align:justify;">Lo que siguió fue una visión casi mítica: para terror de Ricardo, el muñeco y el abogado empezaron a expresarse en un lenguaje extraño. Hasta llegó a pensar, el pobre hombre, que los dos habían sido poseídos por alguna especie de espíritu maligno que se comunicaba a través de números y palabras extrañas, sin sentido. Escuchó de prescripción, y de falta de legitimación, y de imputación objetiva y subjetiva, y de normativismo, y de la norma fundamental, y de dios, y del infierno. Oyó, sin entender, al uno y otro hablarse en números: que la T no se qué del 2003, que la ley tal del 94. Descubrió que entre ellos sí entendían, y que quizás era mejor que él no entendiese. ¿Para qué? ¿Qué de bueno podría salir de allí?</p>
<p style="text-align:justify;">Finalizó la charla pseudoreligiosa y el juez, con un exagerado ademán, se retiró del recinto, arrastrado por el libro enorme que lo controlaba. Ricardo entendió: el libro era el ventrílocuo y el juez su dummie<a title="" href="#_ftn3">[3]</a>. –No se preocupe- dijo Francisco adelantándose a Ricardo. –Eso de que la ley domina al juez es pura apariencia, como para que la gente sienta seguridad. Nuestro caso no depende de la ley.</p>
<p style="text-align:justify;">-No lo dudo- dijo Ricardo con un suspiro en el cual casi se le escapa el alma. El abogado, siempre perceptivo, le preguntó si algo sucedía. –Tengo miedo- confesó Ricardo. -¿De qué?-. -¿Qué tal que sí lo haya matado?-. –Usted no lo hizo- dijo el abogado con certeza. -¿Cómo lo sabe si ni yo lo sé?- indagó Ricardo un poco molesto. Francisco se acercó y sujetó el rostro de su cliente con sus dos manos. Se miraron a los ojos. Francisco vio miedo en Ricardo; Ricardo vio nada en Francisco. –Usted es mi cliente, entiéndalo. Usted no lo hizo.</p>
<p style="text-align:justify;">Ricardo asintió con brusquedad para librarse de la presión de su abogado. Francisco sonrió, recuperó su efusividad y volvió a despedirse. –Ya regreso, voy a conversar con un par de invisibles- dijo. Ricardo le preguntó a que se refería y su abogado le explicó que iba a entrevistarse con una pareja homosexual que deseaba adoptar un hijo. –No existen para el Derecho, luego son invisibles- dijo el abogado como explicando una lógica elemental. –Quieren que los aparezca-, agregó. –Ilusos<a title="" href="#_ftn4">[4]</a>.</p>
<p style="text-align:justify;">Cuando Ricardo se encontró de nuevo solo, decidió que saldría de la oficina. Empezó a caminar hacia la puerta, pero cada paso que daba venía acompañado de una pesadumbre sin comparación. Al llegar al marco de la salida, sentía que estaba siendo aplastado por una fuerza sobrenatural. Se detuvo a pensar. ¿Y si el doctor regresaba? ¿Y si habían noticias sobre su caso? ¿Y si lo condenaban? ¿Y si, peor aún, descubrían <em>la verdad</em> antes que él? No. No podía marcharse. Debía quedarse ahí, en la oficina, hasta que su caso se resolviese. Necesitaba respuestas y sólo allí las encontraría, aunque a su abogado no le importase su historia, aunque en el Derecho lo que menos importe es la verdad. Regresó al escritorio del abogado y se recostó en él. Estaba solo, completamente solo. No sabía qué hacer.</p>
<p style="text-align:justify;">-Señor Mendoza- dijo Francisco, anunciándole a Ricardo su llegada. –Doctor, ¿hace cuánto no nos vemos?- preguntó Ricardo. No había podido dormir, no desde aquella vez. Llevaba encerrado en aquella oficina, prisionero de su conciencia y de un caso lento, un tiempo que él no sintió, no vivió. –Dos años, si no estoy mal. Y eso que nuestro caso va rápido- dijo el abogado. El cliente falseó una sonrisa y le preguntó cómo iban las cosas. -¡A eso vengo!- dijo Francisco. –Quiero darle la excelente noticia de que arreglé todo con Justicia.</p>
<p style="text-align:justify;">¿Justicia?¡Justicia! Ricardo se emocionó. Con la justicia, por lógica, debía venir la verdad<a title="" href="#_ftn5">[5]</a>. Lamentó haber dudado de su abogado. La justicia sí funcionaba. El derecho le diría la verdad, y lo sacaría de su eterna duda. No importaba si tenía que ir a la cárcel, sólo necesitaba saber si él lo había hecho. -¿Qué es justicia?- preguntó Ricardo, revivido.</p>
<p style="text-align:justify;">El doctor Correa guardó silencio, como si esperase algo. Después, viendo que su cliente estaba muy desubicado, decidió resolver su inquietud. –Justicia no es <em>algo</em>, sino alguien<a title="" href="#_ftn6">[6]</a>. La fiscal, Justicia Pérez. Linda chica, bien vivaz en la cama<a title="" href="#_ftn7">[7]</a>. Lástima que cualquiera le mete mano.</p>
<p style="text-align:justify;">-Yo le meto mano a cualquiera- dijo una mujer que entraba a la oficina. Era alta, delgada, con una sonrisa hechizante y unos ojos que hablaban de una inocencia hace muchos años extraviada. Ricardo olvidó todo por un momento para enfocarse en la belleza de la fiscal. –No al revés- añadió Justicia, quien procedió a presentarse. Francisco se levantó, la abrazó y ambos ríeron. –Señor Mendoza- dijo con solemnidad, Ricardo no podía despegar su mirada de esos labios que le hablaban. –He decidido procluír su caso, está usted libre.</p>
<p style="text-align:justify;">Ricardo empezó a llorar. Abogado y fiscal lo miraron, desconcertados. Sus lágrimas no eran del júbilo que ellos habían deseado despertar en él. Eran lágrimas llenas de rabia y dolor. -¿Cómo pueden dejarme en libertad si ni si quiera saben cuál es mi caso? ¿Cómo me dejan con la maldita duda de si lo asesiné o no? ¿Por qué no han querido escucharme? ¿Por qué…?- su voz se cortó. Justicia lo ayudó a sentarse y luego se acomodó a su lado. Con una mirada tierna le pidió que le contase su caso. Ricardo empezó a decir, por fin, lo que necesitaba gritar desde hace años. –Él era mi mejor amigo…mi único amigo. Yo soy una persona muy solitaria. No tengo familia, no tengo novia, trabajo solo y sin contacto con otras personas. Soy extremadamente rico, pero igual de triste. En mis caminatas por el parque de mi barrio, lo conocí. Santiago, se llamaba Santiago. Era un desplazado que había visto al ejército asesinar a sus dos hijas, y a su esposa. Era uno de los olvidados por un Estado que no quería reconocer su error, de los invisibles- dijo mirando con repugnancia a Francisco. –Empezamos a conversar y nos hicimos amigos. Yo le llevaba comida cada noche y él me acompañaba. Creo que lo hacía de corazón. Él también necesitaba compañía. Todos necesitamos compañía. De repente me encontré más feliz, más tranquilo. Él se convirtió en esa razón para seguir adelante. Sin importar lo mal que fuese un día, en la noche tendría un momento para hablar con mi buen amigo. Todo hasta que…una noche, no lo sé, les juro que no sé lo que pasó. Y eso me está consumiendo. Lo último que recuerdo es ir caminando hacia el parque, iba a encontrarme con él. Después desperté, con la policía frente a mi y Santiago en mis brazos. Estaba muerto, ensangrentado, yo tenía el cuchillo asesino en mis manos. Pero no sé qué pasó…no entiendo qué pasó. Fui a donde un doctor y me explicó que cuando vivimos un <em>shock </em>muy fuerte nuestra mente nos protege, nos borra el recuerdo traumático. Que quizás lo maté, pero también pudo haber sucedido que lo encontré allí, herido, y que fui a intentar salvarlo. Pero que no lo logré y perdí a mi mejor amigo, y con él mi memoria de lo que pasó. Eso no me deja vivir. No he vuelto a dormir. No me importa ir a la cárcel. ¡Maldita sea, si lo maté merezco ir a la cárcel! Lo único que quiero es saber si lo hice…y acudí a ustedes, al Derecho, a donde está la verdad. Pero ahora me dicen que la verdad no existe. Pero yo no existo desde que no sé qué pasó. Ayúdenme, por favor.</p>
<p style="text-align:justify;">Justicia acarició con delicadeza el rostro de Ricardo. Intentó consolarlo con su sonrisa, pero esa tristeza no se curaba con un simple gesto. –Señor Mendoza- dijo con suavidad la fiscal. –Santiago era un indigente, sin familia, sin nombre. Para lo que nos importa,&nbsp; no existía. El Estado no va a desgastar sus recursos en un caso donde no hay testigos, ni hay a quien reparar. Lo lamento, pero eso es todo lo que puedo hacer<a title="" href="#_ftn8">[8]</a>. Está usted libre.</p>
<p style="text-align:justify;">La mujer se despidió de Francisco con un beso y se marchó. El abogado extendió su mano a Ricardo. –Ha sido un placer trabajar para usted- le dijo. Ricardo no levantó la cabeza, no podía. –Doctor, una última pregunta- dijo Ricardo. -¿Quién es el de esa fotografía?- preguntó indicando al retrato que había examinado antes. Francisco sonrió. –Franz Kafka, mi ídolo- dijo. –Él le diría- dijo el abogado, refiriéndose a Kafka, -que se quede en silencio y sea paciente. Deje que la maldad y el malestar pasen por usted<a title="" href="#_ftn9">[9]</a>- concluyó. Cuando Ricardo le dijo que no entendía la frase, el abogado le confesó que él tampoco. En ese instante, y sólo en ese instante, ambos fueron sinceros. Sin decir más, Francisco se marchó.</p>
<p style="text-align:justify;">Ricardo suspiró. Examinó sus manos de nuevo. Estaban más viejas, ajenas, irreconocibles. Entendió que le quedaba toda una vida sin saber la verdad. Y lo peor: ya no tenía a su mejor amigo para contarle de su problema. Estaba libre y, aún así, nunca se había sentido tan esclavo. Lloró un poco más. Observó a Kafka y ya no se sintió juzgado. Vislumbró, en la mirada del retrato, un atisbo de comprensión. Compasión, tal vez. Ricardo le sonrió al retrato. Decidió no salir jamás de esa oficina. Viviría el resto de sus días ahí, solo, acompañando a Kafka. Esa sería su condena.</p>
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<hr align="left" size="1" width="33%" />
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<p><a name="_ftn1"></a>[1] La manera en que suele firmar las sentencias la Corte Constitucional.</p>
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<div style="text-align:justify;">
<p><a name="_ftn2"></a>[2] Juego un poco alrededor la noción trabajada en GUTIÉRREZ, Carlos B. (2004). <em>No hay hechos, sólo interpretaciones. La universalidad de la interpretación.</em> Universidad de los Andes. Bogotá.</p>
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<div style="text-align:justify;">
<p><a name="_ftn3"></a>[3] “El juez debe ser únicamente la boca de la ley” diría Montesquieu, quien de seguro estaría muy contento con la noción de que el juez es el muñeco de la ventriloquista ley. Al respecto: LÓPEZ SANTAELLA, Manuel (1995). Montesquieu: el legislador y el arte de legislar. Universidad Pontificia Comillas de Madrid. España.</p>
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<div style="text-align:justify;">
<p><a name="_ftn4"></a>[4] El fetichismo jurídico, según Julieta Lemaitre, es la esperanza de los grupos con causas ignoradas que ven en el reconocimiento del Derecho su mejor opción para adelantar su causa. Un claro ejemplo es el de los homosexuales. LEMAITRE, Julieta (2009). <em>El derecho como conjuro</em>. <em>Fetichismo legal, violencia y movimientos sociales. </em>CIJUS, Bogotá. A otro tipo de invisibilidad también se refiere Daniel Bonilla en su texto de Kafka: “Don Jairo Cubillos estaba feliz. En esa apartada región rural de Colombia en la que vivía, era él de los pocos hombres que había obtenido la cédula de ciudadanía. Luego de cientos de engorrosos trámites la había conseguido. Al fin era colombiano y podía entonces adquirir derechos y obligaciones, al fin era reconocido como igual, como perteneciente a una comunidad. Cuarenta y cinco años esperando ese momento y al fin se había concretado. Ese minúsculo papel era su pasaporte hacia otro mundo: hacia el mundo de la ley, de la legalidad.” BONILLA, Daniel (1994) <em>Kafka y la ley</em>. Publicado en Revista de Derecho Privado. Edición 14. Universidad de los Andes. Puedes leer una copia oprimiendo&nbsp;<a href="http://derechoprivado.uniandes.edu.co/pdfs/R14_A8.pdf">[aquí]</a>.</p>
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<div style="text-align:justify;">
<p><a name="_ftn5"></a>[5] Ricardo comparte la idea de mínimos morales básicos para el funcionamiento de una sociedad. En este caso, un mínimo es la idea de que en la justicia se encuentra la verdad. Al respecto: CORTINA, Adela (1994) “Ética Mínima. Introducción a la filosofía práctica”. Editorial Tecnos.</p>
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<div style="text-align:justify;">
<p><a name="_ftn6"></a>[6] Quiero, con la idea de que la justicia es “alguien”, rescatar la conclusión a la que llega Kelsen de que no se puede responder a qué es justicia de manera universal. Al respecto habla el jurista: “Sería más que presunción de mi parte hacerles creer a mis lectores que puedo alcanzar aquello que no lograron los pensadores más grandes. En rigor, yo no sé ni puedo decir qué es la justicia, la justicia absoluta, ese hermoso sueño de la humanidad. Debo conformarme con la justicia relativa: tan sólo puedo decir qué es para mí la justicia.” KELSEN, Hans. <em>¿Qué es la justicia? </em>Puedes leer una copia oprimiendo <a href="http://www.usma.ac.pa/web/DI/images/Eticos/Hans%20Kelsen.%20La%20Juticia.pdf">[aquí]</a></p>
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<div style="text-align:justify;">
<p><a name="_ftn7"></a>[7] Dice Daniel Bonilla sobre <em>El Proceso de Kafka: “</em>El jurista no conocía entonces la ley, tampoco la acusación en contra de su representado. <strong><span style="text-decoration:underline;">Actuaba sólo a través de sus contactos</span></strong>: jueces y funcionarios de la justicia, quienes organizados se encargaban de la aplicación de la norma. Pero ni siquiera ellos la conocían.” BONILLA, Daniel. Op. Cit. Subrayado fuera de texto.<em></em></p>
</div>
<div style="text-align:justify;">
<p><a name="_ftn8"></a>[8] “En Kafka, la ley en tanto discurso, es manipulada por los procedimientos de control anotados, que hacen que para la gran mayoría de hombres <strong>la norma no sea ya una obra que lo afirma como ser humano, sino una creación que lo aliena, que destruye sus potencialidades y lo convierte en una máquina a su servicio</strong>.” BONILLA, Daniel. Op. Cit. Subrayado fuera de texto.</p>
</div>
<div>
<p style="text-align:justify;"><a name="_ftn9"></a>[9] Dijo Kafka: “Just be quiet and patient. Let evil and unpleasantness pass quietly over you. Do not try to avoid them. On the contrary, observe them carefully. Let active understanding take the place of reflex irritation, and you will grow out of your trouble. Men can achieve greatness only by surmounting their own littleness.” JANOUCH, Gustav (1968) <em>Conversations with Kafka. </em>New Direction Books. Estados Unidos.</p>
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		<title>Luna enamorada</title>
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		<pubDate>Fri, 10 Jun 2011 03:49:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jkrincon</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuentero/Novelista]]></category>
		<category><![CDATA[Amor]]></category>
		<category><![CDATA[Cuento]]></category>
		<category><![CDATA[Luna]]></category>
		<category><![CDATA[Mercurio]]></category>
		<category><![CDATA[Sol]]></category>

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		<description><![CDATA[La luna, celosa, espera con ansias el momento. Ha estado preparándose por un par de años. Controlada por los nervios y embriagada de tristeza, repite en silencio las palabras que ha prometido pronunciar. El olvido se acerca. Uno podría pensar, sin miedo a equivocarse, que la luna, señorita tan preciosa y codiciada, no se permitiría [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=jkrincon.com&amp;blog=2007757&amp;post=960&amp;subd=jkrincon&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La luna, celosa, espera con ansias el momento. Ha estado preparándose por un par de años. Controlada por los nervios y embriagada de tristeza, repite en silencio las palabras que ha prometido pronunciar. El olvido se acerca.</p>
<p style="text-align:justify;">Uno podría pensar, sin miedo a equivocarse, que la luna, señorita tan preciosa y codiciada, no se permitiría sufrir por hombre alguno. A diario recibe poesías, escritas por amantes furtivos que las dedican a su caprichoso brillo, desde la tierra. Es admirada, anhelada, fuente de suspiros y sueños maravillosos. Ella es la travesía, el lugar que millones de intrascendentes humanos fantasean con visitar algún día.</p>
<p style="text-align:justify;">Ella, sin embargo, es indiferente a las ilusiones humanas. De hecho, la tierra ya ha perdido su encanto. Lleva, nuestra ilustre protagonista, cerca de <a href="http://www.larazon.com.ar/interesa/verdadera-edad-Tierra-Luna_0_138600029.html">cuatro billones y medio</a> de años <a href="http://www.acienciasgalilei.com/fis/fis-recreativa/gravitacion.htm#lalunanocae">cayendo</a>, con suma elegancia, hacia el planeta azul. Tiempo suficiente para desencantarse de las distintas maravillas con las que la tierra ha buscado seducirla. Al principio, claro, no fue así: tierra y luna se enamoraron profundamente, y ambas se deleitaban con las particularidades de la otra. Un día, no obstante, la luna alzó su mirada más allá de la curvatura de su eterna compañera, y descubrió la magia que el resto del universo le presentaba. En ese momento, Luna perdió cualquier interés, mientras la tierra se encontró condenada a la melancolía de añorarla.</p>
<p style="text-align:justify;">Cuando el universo se percató de poseer la atención de la muchachita, intentó conquistarla. Planetas, de distintas galaxias, convencían a las <a href="http://bibliotecadigital.ilce.edu.mx/sites/ciencia/volumen1/ciencia2/38/html/sec_5.html">estrellas</a> cercanas de que le enviasen mensajes y compañía al satélite natural de la tierra. La vida de la luna, entonces, se estrelló: cada tanto le llegaba el brillo de estrellas muy lejanas, hablándole del amor que por ella sentían en el resto del universo.  La señorita, muy amable, les permitía, a los mensajeros, que la acompañasen por un tiempo, pero nunca devolvía mensaje alguno.</p>
<p style="text-align:justify;">En alguna ocasión, si la memoria no me falla, recuerdo haber visto que una estrella intentó, en su nombre y no en el de algún planeta, cautivarla. Luna le dedicó una sonrisa, de esas tan suyas que hechizan, y le dijo que entre ellos nunca podría existir amor. Al ver la decepción de la estrellita, Luna le dio un beso, y agregó: <em>lástima que sólo seas el recuerdo de un corazón que hace muchos años pereció.</em></p>
<p style="text-align:justify;">Entendí en ese momento, yo que he podido seguirla durante todo este tiempo, el dilema de la luna: está rodeada por el amor de sus admiradores, amor que ha viajado millones de años luz desde su lugar de origen, pero no les puede responder, pues entre cada mensaje pasan muchos años, suficientes para marchitar cualquier relación. La distancia es el principal enemigo del amor universal.</p>
<p style="text-align:justify;">El romance entre el sol y la luna nació miles de años después del rompimiento con la tierra. Ya se conocían, desde el principio, y cada tantos años se encontraban de frente, pero hasta entonces habían mantenido su relación en un ámbito netamente laboral. En uno de esos encuentros, un sol particularmente radiante decidió coquetear un poco. <em>&#8220;Me gusta tu brillo&#8221;</em>, recuerdo que le dijo. La luna, un poco sorprendida por el comentario, le respondió con hostilidad: <em>&#8220;Mi brillo no es mío, <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Luna#La_observaci.C3.B3n_lunar">es tuyo</a>, y lo sabes</em>&#8220;.</p>
<p style="text-align:justify;"><span id="more-960"></span></p>
<p style="text-align:justify;"><em>&#8220;Sí&#8230;bueno, pero me refería a que la manera en que reflejas mi luz&#8230;es muy linda&#8221;</em> balbuceó el gigante. Luna, por primera vez en su vida, rió con ganas. <em>&#8220;Gracias&#8221;</em>, le dijo sonriendo. <em>&#8220;Uno pensaría que EL SOL sabría conquistar a cualquiera, ¿no?&#8221;</em> agregó. <em>&#8220;Lo que pasa es que me acaloras y me pones nervioso&#8221;</em> le respondió el sol mientras se alejaba. Luna lo siguió con la mirada.</p>
<p style="text-align:justify;">Después de aquel encuentro, siguieron hablándose cada vez que se encontraban de frente. Tenían sólo unos cuantos minutos, así que ambos practicaban con anticipación lo que querían decir. Su amor creció, y estuvieron muy felices por unos cuantos millones de años.</p>
<p style="text-align:justify;">La tierra, al enterarse del noviazgo, entró en depresión. Cada vez que podía, se atravesaba entre el sol y la luna. Aprovechaba esos minuticos para hablarle a una oscura Luna que seguía sin prestarle atención: nadie podía producir, en ella, los sentimientos que el gigante lograba conjurar.</p>
<p style="text-align:justify;"><em>&#8220;¿Sabías que los humanos piensan que nuestros encuentros son eventos místicos?&#8221;</em> le dijo una vez el sol. <em>&#8220;Ellos creen que todo es místico&#8221;</em>, dijo la luna. <em>&#8220;No suelo prestarles atención</em>&#8220;, añadió. <em>&#8220;A mi me gusta creer que lo son&#8221;</em>, le dijo el sol, dándole un beso. <em>&#8220;Yo quisiese que fuesen más largos&#8221;</em>, le dijo Luna, con tristeza. El sol asintió mientras seguía su recorrido que, como siempre, lo alejaba de su amada.</p>
<p style="text-align:justify;">Durante todo ese tiempo, las estrellas seguían llegando a su lado, pero ella estaba muy concentrada en su próximo encuentro. El amor la había poseído, obsesionado, y la estaba consumiendo. A cada momento recibía rayitos provenientes del sol, recordatorios de su cercana existencia, pero no era suficiente. Luna lo quería a su lado, todo el tiempo. No era justo que sus conversaciones se redujesen a unos cuantos minutos cada par de años. ¿Por qué a ella? Maldecía su condena, maldecía la acelerada y organizada expansión del universo, y maldecía al sol por haber robado tan descaradamente su corazón. Antes estaba bien, más tranquila. Sí, no tenía momentos de euforia absoluta como los que experimentaba al tener de frente a su amante, pero tampoco tenía que sufrir años marcados por la desolación y la ansiedad.</p>
<p style="text-align:justify;">Su estado de ánimo se deterioraba cada vez más, y los encuentros con el sol se volvieron conflictivos. Utilizaba cada minuto que tenía con él para quejarse, para pedirle soluciones a un problema irresoluble. Su amante la escuchaba, con la mirada perdida en el infinito, y se despedía con un beso. Después de un tiempo, abandonó los besos, y dudo que siguiese escuchándola. Luna dejó de hablar, y cada eclipse solar se convirtió en el encuentro de dos amantes amargados: la chica lloraba con la mirada baja, y el chico aparentaba insensibilidad.</p>
<p style="text-align:justify;">El 10 de Julio de 2010 (en fecha humana, por supuesto) fue su encuentro más reciente. Pasaron frente al otro,  como tantas veces, pero el sol le dio la espalda. Luna lo observó, ahogada por el dolor. Había tanto por decir pero tan pocas ganas.</p>
<p style="text-align:justify;">Poco tiempo después, <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Venus_%28planeta%29">Venus</a>, el irritante vecino de la tierra, le contó que el sol estaba saliendo con Mercurio. Luna, mi bella Luna, murió en ese instante. Lágrimas invisibles se convirtieron en su maquillaje usual, y empezó a vivir sin hacerlo: se dejaba llevar por el usual devenir, sin intervenir mucho.  Las noches del planeta azul se volvieron tristes, y el resto del universo la observaba con desazón. Las estrellas acampaban a su lado, buscando que sonriese, pero fracasaban. Ella era sólo un caparazón que ocultaba su corazón roto.</p>
<p style="text-align:justify;">Los meses cercanos al día de hoy, Luna buscó fuerzas y empezó a prepararse. Practicó sus palabras, las dijo intentando no partirse en lágrimas. Fracasó, suspiró y volvió intentar. Hoy, 13 de noviembre del 2012, está nerviosa. El sol se acerca, de nuevo con la mirada en otra parte, y ella sonríe. Hasta sus sonrisas fingidas se ven preciosas.</p>
<p style="text-align:justify;"><em>&#8220;Oye&#8221;</em>, le dice en un susurro. <em>&#8220;Oye&#8221;</em>, repite, con más fuerza. El sol da la vuelta y la observa. Sus miradas se cruzan por primera vez en mucho tiempo, y entre ellos se siente la nostálgica calidez de quienes han amado y sufrido juntos. <em>&#8220;¿Estás saliendo con Mercurio?&#8221;</em> pregunta Luna.<em> &#8220;Sí&#8221;</em> le responde con sequedad el sol. <em>&#8220;¿Y&#8230;y nosotros?&#8221;</em> pregunta la luna, disfrazando su tristeza con una sonrisa. <em>&#8220;Necesitas alguien con quien puedas estar más tiempo&#8230;y yo también&#8221;</em> le responde el sol. <em>&#8220;Lo merecemos&#8221;</em>, dice mientras intenta acariciarla. Luna baja la mirada, se ha quedado sin palabras. &#8220;<em>Lo encontrarás, hermosa&#8221;</em> le dice el sol mientras se marcha.</p>
<p style="text-align:justify;">El tiempo y el universo son indetenibles, con ritmo implacable. A ellos no les importa el amor.</p>
<p style="text-align:justify;">Luna empieza a llorar. La soledad le duele; sus pensamientos le duelen. Extrañará al sol, pero eso no es lo que más le molesta. Lo que él dijo, es verdad. Necesita alguien cercano; alguien que la acompañe. Está encadenada a la tierra, y el resto del universo tiene sus propias cadenas. ¿Será esa su verdadera condena? ¿La soledad? ¿Billones de años buscando el amor; billones de años sin encontrarlo?</p>
<p style="text-align:justify;">Mientras la observo llorar, siento que no puedo resistir más. Allí está, la mujer más hermosa del universo, la razón de mi sonrisa, y siento que debo hacer algo para alegrarla. Alivianar su carga. Todos estos años he preferido estar escondido en el silencio; observarla sin intervenir. Puede que se moleste, si le hablo. Quizás me crea un perturbado; un entrometido. ¿Y si se asusta? ¿Y si pierdo la única oportunidad de hablarle? No importa&#8230;verla llorar así, desconsolada, es una tortura Debe saber que en su soledad no estará sola, por lo menos.</p>
<p style="text-align:justify;"><em>&#8220;Si voy y golpeo al sol, ¿dejarías de llorar?&#8221;</em> le digo. Ella me mira. Por primera vez en cuatro billones y medio de años, me mira. A mí, sólo a mí. Siento que toda su dulzura me embarga. Deja de llorar y sonríe. Sonríe por un momento, el instante más feliz de mi vieja existencia. <em>&#8220;¿No te preocupa que es un poco más grande que tú?&#8221;</em> me pregunta, entretenida por mi comentario.</p>
<p style="text-align:justify;"><em>&#8220;Dije que lo golpearía, no que lo vencería&#8221;</em> le respondo. Luna sonríe nuevamente y brilla un poquito más fuerte. <em>&#8220;Todo va a estar bien&#8230;te lo aseguro&#8221;</em> le digo. <em>&#8220;¿Cómo sabes?&#8221;</em> me pregunta mientras seca sus lágrimas.</p>
<p style="text-align:justify;"><em>&#8220;Sólo lo sé&#8221;</em>, le digo. <em>&#8220;Y no me cuestiones, que soy viejo y sabio&#8221;</em> añado con una gran sonrisa. Ella rie, y siento que todo está bien de nuevo. Valió la pena arriesgarme. <em>&#8220;Nunca te había notado allí&#8221;</em> me dice. <em>&#8220;No te preocupes, hay tantas cosas para ver que es fácil perderse algunas&#8221;</em> le digo. Luna asiente. Está más tranquila, creo que le ha servido llorar. <em>&#8220;¿Quién eres?&#8221;</em> me pregunta. Pienso un instante. Hay tantas cosas que quiero decirle: confesarle que la he observado desde el principio, que conozco sus gustos, sus sueños, sus miedos, pero supongo que ya habrá tiempo para eso. <em>&#8220;Soy Marte&#8221;</em>, le respondo, feliz de poder, por fin, presentarme. Ella me sonríe y agradece mis palabras.</p>
<p style="text-align:justify;">Tardé unos cuantos billones de años en hablarle, pero aún quedan otros <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Sol#Nacimiento_y_muerte_del_Sol">cuatro o cinco billones más</a>. Algún día le diré que estoy locamente enamorado de ella.</p>
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		<title>La historia de dos personas que compartieron el camino momentáneamente</title>
		<link>http://jkrincon.com/2010/12/24/la-historia-de-dos-personas-que-compartieron-el-camino-momentaneamente/</link>
		<comments>http://jkrincon.com/2010/12/24/la-historia-de-dos-personas-que-compartieron-el-camino-momentaneamente/#comments</comments>
		<pubDate>Fri, 24 Dec 2010 23:07:59 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jkrincon</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuentero/Novelista]]></category>

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		<description><![CDATA[Mientras caminaban, juntos, fingiendo estar perdidos en sus propios pensamientos, ambos se preguntaban si esa sería la última vez que caminaban de la mano. Varios años atrás un momento como aquel hubiese sido tildado de insensato, y desechado en el olvido para siempre. Eran tiempos más sencillos. Menos fastidiosos. Manuel estudiaba la vida y el [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=jkrincon.com&amp;blog=2007757&amp;post=797&amp;subd=jkrincon&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align:justify;">Mientras caminaban, juntos, fingiendo estar perdidos en sus propios pensamientos, ambos se preguntaban si esa sería la última vez que caminaban de la mano.</p>
<p style="text-align:justify;">Varios años atrás un momento como aquel hubiese sido tildado de insensato, y desechado en el olvido para siempre. Eran tiempos más sencillos. Menos fastidiosos.</p>
<p style="text-align:justify;">Manuel estudiaba la vida y el arte, que era una manera bonita de confesar que no hacía un carajo. Sofía estaba por graduarse del colegio, y se ahogaba en todas las güevonaditas propias de esa época. El hombre había cultivado, por varios años, una larga cabellera negra de aspecto repugnante. Sofía tenía unos rizos dorados calcados de una película de Disney. Es importante lo que tienen en la cabeza, -más allá de sus pensamientos-, pues fue en una peluquería donde se conocieron.</p>
<p style="text-align:justify;">Alfredo, con sus rizos café y su elegante panza, estaba muy estresado. Ese día, justo antes de navidad, tenía que soportar a viejas arrugadas luchando por su atención y tiempo. Su salón, que, por cierto, era de verdad <em>suyo</em>, comprado a punta de tijeras y tintes para la vanidad descolorida de los cucuteños, no tenía espacio para un alma más.</p>
<p style="text-align:justify;"><em>&#8220;Yo llevo esperando todo el día&#8221;,</em> le gritó una amable señora al peluquero, justo después de percatarse que Alfredo le había hecho señas a un joven recién llegado indicándole que lo atendería en cinco minutos. <em>&#8220;Le tocará esperar, papito, usted entiende&#8230;&#8221;</em> dijo la misma señora, mirando a Manuel que observaba desconcertado el caos del lugar.</p>
<p style="text-align:justify;"><em>&#8220;Pero&#8230;yo solamente&#8230;quiero raparme&#8221;,</em> murmuró el muchacho. Su voz, sin embargo, se perdió en el insistente chuchicheo de los distintos grupos de mujeres. A su derecha estaba Alicita, amiga de toda la vida de su abuela, que le contaba a una señora algo acerca del doctor Eustaquio Rivera y su secretaria. A la izquierda habían tres señoras que sostenían la revista <em>Caras</em> y celebraban que la hija de una de ellas había salido allí. Al frente, al lado de Alfredo, estaba Cecilia, cuarentona de labios gordos y tetas operadas que le pedía una rebaja al dueño del lugar en el precio de las extensiones de cabello. Manuel vio una pequeña silla desocupada y corrió a sentarse.</p>
<p style="text-align:justify;"><em>&#8220;Me quitaste el único asiento disponible&#8221;,</em> le dijo una voz al oído. Manuel, claramente fastidiado, preparó su discurso y se dispuso a responderle a la arpía que estaba detrás suyo, pero una visión lo detuvo en seco. Era Sofía que le sonreía juguetonamente (ella, por supuesto, ya había aprendido que la sonrisa de una mujer bonita compra más cosas que el oro mismo). <em>&#8220;No se preocupe, yo me puedo sentar en el piso&#8221;,</em> dijo ya adivinarán quién, que se levantó con un exagerado ademan y le cedió el puesto a la niña.</p>
<p style="text-align:justify;"><span id="more-797"></span></p>
<p style="text-align:justify;">La conversación continuó porque Sofía había escuchado los planes asesinos de pelo que Manuel había confesado en un susurro, y el resto fue la magia usual. Ella era habladora, y a él le gustaba escuchar. Ambos amaban la fotografía, la poesía de Neruda y la habilidad de Alfredo. A él le gustaba la energía que le imprimía Sofía a sus palabras, y a ella le gustaba la visión del mundo de Manuel (sea lo que sea que eso signifique). Tuvieron que pasar horas para que las hienas presentes dejasen que atendieran al joven, quien, después de su radical corte, se quedó esperando a que terminaran con Sofía. La invitó a un helado y siguieron conversando hasta que el novio de la chica llegó en su carro de papá con plata. Pasaron un par de horas hasta que se percató, Manuel, de que no le había pedido el teléfono. ¡Ni siquiera sabía su apellido para encontrarla en Facebook!</p>
<p style="text-align:justify;">Una colorida explosión interrumpió el silencio de la desolada calle. Junto a la pareja pasó, velozmente, un perro callejero aterrorizado por los fuegos artificiales. <em>&#8220;No tarda en hacer un comentario de cómo la polvora tortura a los pobres animalitos&#8221;,</em> pensó Sofía con cansancio. Lo que ella no sabía, no obstante, era que Manuel estaba distraído y ni se había percatado del perro. Ya habían llegado al final de la caminata, ¿la última juntos?, y él miraba el horizonte con desolación. Sofía soltó su mano y se acomodó a su lado para ver los fuegos artificiales.</p>
<p style="text-align:justify;">Hacía frío, igual que la primera vez que habían visitado ese lugar. Igual que todas las veces que habían estado allí. ¿Sería pecado pedir un abrazo? Lo triste era tener que hacerse esa pregunta. Antes no. El permiso para robar calor y besos era tácito, antes. Todo tiempo pasado fue mejor. <em>&#8220;No te preocupes&#8221;, </em>pensó ella, <em>&#8220;cuando este presente se convierta en pasado, no será mejor que el futuro que nos queda&#8230;me queda&#8221;.</em></p>
<p style="text-align:justify;"><em>&#8220;¿Qué nos pasó?&#8230;¿Será esa la pregunta que debo hacer?&#8230;¿Quiero hacerla?&#8221;</em> Manuel estaba, por primera vez en su existencia, vuelto nada. Sus mayores sufrimientos y fracasos podían conectarse lógicamente a su relación con Sofía y, aún así, no quería que acabase. <em>&#8220;¿Qué nos pasó?&#8221;</em> Se preguntó a si mismo, intentando idenficar señales de alerta, en su pasado, sobre la inminente tragedia. Ya no tenía la fuerza ni los ánimos con los que la había buscado siete años atrás. Tantos años cambian muchas cosas. ¡Y pensar que, en aquel entonces, no logró encontrarla, sino que ella lo encontró a él!</p>
<p style="text-align:justify;"><em>&#8220;¿Por qué tardaste tanto&#8230;?&#8221;</em> empezó a preguntar Manuel. <em>&#8220;Hablo de Facebook&#8221;,</em> agregó ante el rostro desconcertado de la que solía ser el amor de su vida. Sofía esbozó una sonrisa pequeñita, de esas que duelen en el alma de quien las entiende, y le confesó que esperó varios días a que él la buscara. <em>&#8220;¿Por qué me preguntas eso&#8230;ahora?&#8221; </em></p>
<p style="text-align:justify;"><em>&#8220;Creo que necesitaba que me encontraras&#8221;.</em></p>
<p style="text-align:justify;">Y lo encontró, un par de días antes de irse de intercambio a Frosinone, Italia. Durante ese año, en el cual ella cumplió diecinueve años y él perpetuó su dedicación a hacer nada, se escribieron constantemente. Ella le contaba del pueblito, de la comida, de la familia que la albergaba, de sus nuevas amigas, de los italianos que querían devorarsela, del idioma que aprendía a medias, de lo mucho que le gustaba escribirle. Él hablaba de sus nuevos descubrimientos en la vida, y en el arte, y le hacía prometer que se verían cuando ella regresase. Así pasó el año, y cuando regresó cumplieron las promesas.</p>
<p style="text-align:justify;">Se mudaron a Bogotá, ella a estudiar ingeniería industrial en la Javeriana y él a seguir haciendo nada. No juntos, ni crean, ella era niña de buena familia y vivía con sus tíos. Lo que sí hicieron fue follar, y lo hacían rico. Se experimentaron hasta el cansancio, y un poquito más después del cansancio. Todo iba de maravilla.</p>
<p style="text-align:justify;"><em>&#8220;¿Cómo llegamos aquí?&#8221;</em> Preguntó la lágrima que acariciaba la mejilla de Sofía. <em>&#8220;¿Qué nos pasó, Manu?&#8221;</em></p>
<p style="text-align:justify;"><em>&#8220;Llegamos caminando&#8221;, </em>respondió Manuel, esperando hacer reír a la chica de al lado. No lo logró. Sólo fomentó el silencio. Chispitas amarillas iluminaron el cielo, y los ojos de la pareja brillaron por unos segundos. El viento, a escondidas, trajo consigo el susurro de una canción. La música aumentaba su intensidad progresivamente, y ya se podían distinguir ciertas palabras, <em>Ven&#8230;cura esta pena&#8230;quítame estas ganas de tí&#8230;</em></p>
<p style="text-align:justify;">Llevaban año y medio viviendo en Bogotá. Ella estaba a punto de cumplir veintiún años, y fue durante los preparativos de su fiesta cuando decidió que no soportaba más. Era tiempo de intervenir a su novio. Sofía, mujer prudente que solía reservar sus gritos para el dormitorio, se despachó contra Manuel y su insoportable pasividad. ¿Cómo era posible que, con veinticuatro años, no le asustase no haber estudiado, ni tener un trabajo fijo? ¿Pretendía, acaso, vivir de sus padres por el resto de su vida? ¿Nada lo apasionaba? ¿Nada lo motivaba? ¿Y cuándo se acabase el dinero, qué? ¿Lo tendría que mantener ella? Manuel, soberbio sabelotodo, le respondió que sí tenía una pasión, y que era ella, y que él escribía, que confiase en él.</p>
<p style="text-align:justify;">Esa respuesta de parlero, para ella, no fue suficiente. La pelea se prolongó un poco más, y ella le explicó que lo amaba con el corazón, y que por eso le daba miedo el futuro. Él le dio la razón en lo que tenía razón, y prometió estudiar literatura. Ahí terminó la primera gran pelea. Esa noche, entre amigos y conocidos de Sofía, bailaron toda la noche, y a Manuel le dio por hacer algo que jamás había querido hacer: dedicar una canción.</p>
<p style="text-align:justify;">Los fuegos artificiales cesaron, y lo único que se escuchaba era la música de origen desconocido. Manuel empezó a bailar lentamente, y puso sus manos en la cintura de Sofía. <em>&#8220;Me gusta cuando pones tus brazos alrededor de mi cuello&#8221;,</em> susurró. Ella, con desgano, lo hizo, y empezó a bailar. Se miraron a los ojos por un tiempo. Sofía lloraba, y Manuel estaba extenuado (la manera en que solía disfrazar su tristeza). <em>&#8220;Muuuuuuy señora mía&#8230;ten piedad de un simple mortal&#8221;,</em> cantó el muchacho con la voz entrecortada. <em>&#8220;Ven&#8230;cura esta herida&#8230;este blues de incierto final&#8221;.</em></p>
<p style="text-align:justify;">Se movieron torpemente hasta el final de ese baile con sabor a despedida, y luego se quedaron quietos. Querían besarse, pero ninguno lo hizo. Sus besos sabían a melancolía.<em> &#8220;Detesto que me hayas dedicado esa canción&#8230;me la dañaste. Ahora siempre que la escuche me acordaré de ti&#8221;,</em> sentenció Sofía, que había dejado de llorar.<em> &#8220;Nunca planeé que acordarte de mi fuese a causarte tristeza&#8221;.</em></p>
<p style="text-align:justify;"><em>&#8220;No se pueden hacer planes eternos, Manu. Nada es para siempre&#8221;.</em></p>
<p style="text-align:justify;">Los años pasaron casi sin sentirse. Quizás ese fue el problema. Los sentimientos se volvieron rutina. La paciencia de Manuel servía para soportar la estampida de pretendientes que intentaban envenenarle, a veces con un inquietante nivel de éxito, el corazón a su chica. La pasión de Sofía se convirtió en la base sobre la cual Manuel construyó su carrera, su futuro, su inspiración. Ella se graduó, y él estuvo ahí. Él publicó su primer libro, y ella fue la primera en leerlo. La madre de Manuel murió, y ella le prestó su cuerpo para llorar. Sofía consiguió un trabajo, y empezó a tener éxito. Él era reconocido en su universidad. Se veían poco, follaban menos, pero se querían. Y se acompañaban. Sólo peleaban cuando alguno tenía que canalizar sus problemas, y el otro entendía. La relación envejecía. Pero no importaba porque en navidad estaban juntos. Iban a caminar junto al río, a medianoche, esperando los fuegos artificiales. Y cuando se iluminaba el cielo sus ojos brillaban, y se descubrían de nuevo. Y esa pequeña magia renacía. Todo iba bien.</p>
<p style="text-align:justify;">Ahora están ahí, los personajes de siempre, en el lugar de siempre, a la hora de siempre, con los fuegos artificiales de siempre. Pero algo no está bien. Y no saben qué es, pero es. Existe. Está ahí, inundando sus corazones. Desean tocarse, pero no hay ganas, no hay motivos. No hay fuerzas para crear nuevos recuerdos. El camino se bifurca.</p>
<p style="text-align:justify;"><em>&#8220;Si alguna vez vas de gira por Italia&#8230;&#8221;</em> empezó a decir Sofía.<em> &#8220;Te visitaré, no te preocupes&#8221;,</em> completó Manuel. No quedan razones, sólo la conclusión.</p>
<p style="text-align:justify;"><em>&#8220;No tengo nada para regalarte, lo lamento&#8221;,</em> dijo el chico de veintiocho años.<em> &#8220;Me has dado tu compañía, es más que suficiente. Además, tampoco te compré nada&#8221;,</em> le respondió la muchacha de veinticinco. Manuel sonrió, esta vez de verdad, y suspiró. <em>&#8220;Me has dado arte y vida. Gracias&#8221;.</em></p>
<p style="text-align:justify;">Sofía lo miró a los ojos y le acaricio una mejilla. <em>&#8220;Debo irme&#8221;,</em> le dijo. <em>&#8220;Lo sé&#8221;. </em></p>
<p style="text-align:justify;">Sin decir más, Sofía le dio la espalda a su pasado y empezó a recorrer un sendero desconocido. Manuel, que la veía alejarse, recordó algo y gritó: <em>&#8220;¡Hoy, hace siete años, nos conocimos!&#8221;</em></p>
<p style="text-align:justify;">Sofía giró la cabeza y, por un instante, se transformó en la colegiala juguetona que Manuel conoció. Con un brillo en sus ojos le devolvió el grito: <em>&#8220;¡Feliz navidad, Manu!&#8221;</em></p>
<p style="text-align:justify;">Cuando siguió su camino el cielo se iluminó en una fiesta de fuegos artificiales. La luz le mostró a Manuel el camino que tenía a su derecha, también desconocido, y decidió empezar a recorrerlo. Antes de partir, sin embargo, esperó a que la fiesta acabase, y a que Sofía ya no fuese visible en el horizonte. La oscuridad regresó a la desolada calle. Sólo un murmuro interrumpió el silencio de la noche. &#8220;<em>Buen camino para ti, Sofi. Feliz navidad&#8221;.</em></p>
<p style="text-align:justify;"><em><span style="text-align:center; display: block;"><a href="http://jkrincon.com/2010/12/24/la-historia-de-dos-personas-que-compartieron-el-camino-momentaneamente/"><img src="http://img.youtube.com/vi/V5wKi1ACxcw/2.jpg" alt="" /></a></span></em></p>
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		<title>Pero me queda tu sonrisa</title>
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		<pubDate>Sun, 12 Dec 2010 03:30:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jkrincon</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Cuando los obstáculos del camino han maltratado tu corazón, soy yo al que acudes. Te veo venir y la emoción me embriaga. Con una sonrisa tranquila te llamo, pido que te apartes del camino; que descanses un momento. Tus heridas gritan; me cuentan del dolor en tu corazón. Presiento que el cansancio ha sobrecogido tus [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=jkrincon.com&amp;blog=2007757&amp;post=783&amp;subd=jkrincon&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align:justify;">Cuando los obstáculos del camino han maltratado tu corazón, soy yo al que acudes.</p>
<p style="text-align:justify;">Te veo venir y la emoción me embriaga. Con una sonrisa tranquila te llamo, pido que te apartes del camino; que descanses un momento. Tus heridas gritan; me cuentan del dolor en tu corazón. Presiento que el cansancio ha sobrecogido tus ideas. Quieres llorar.</p>
<p style="text-align:justify;">Y lloras. Siembras tus lágrimas en mi pecho. Hablas mientras yo veo lo que dices en tus ojos. Amo tus ojos. Negros, vivos, profundos. Y ahora, mientras hablas, tienen formas. Imitan a tu verdugo, a tu corazón, a la indecisión, a la incertidumbre.</p>
<p style="text-align:justify;">Te tomas tu tiempo. Te ahogas y te cuesta respirar. Te detienes en la mitad de las frases, suspiras, y continuas. Yo escucho y acaricio tu piel. Poco a poco van quedando, entre el humo de tus cigarros, los recuerdos más dolorosos. Hablas hasta que se te acaban las lágrimas.</p>
<p style="text-align:justify;">Ahí es cuando entro yo y busco sonreír con mis palabras. Te digo lo que pienso de tu verdugo. Razono, contigo, sobre el camino a seguir. El sentido común se expresa fácil pero se sigue poco. Luego me pierdo en tus ojos, esa oscuridad en calma, y confieso tu perfección. Enumero tus virtudes y le doy solución a tus errores. Te hablo de esperanza, y de dolor, y de la vida, y del mañana. Te recuerdo la belleza de tu sonrisa y te ruego que la intentes esbozar. Lo haces, a regañadientes, mientras yo hago lo posible por hacerte reír. Cuento historias ridículas, abro mi corazón y regalo todo el cariño que hay en él. Te abrazo.</p>
<p style="text-align:justify;">Y no te quiero soltar. Quiero que el mañana, tu mañana, sea a mi lado. Quiero que no estés conmigo sólo por no poder caminar, sino que hagas de mi vida tu hogar. Pero nadie se queda para siempre en el hospital. Cuando estás lista, con fuerzas, te vas. Me regalas una sonrisa y regresas al camino, lista para amar de nuevo, para herir y ser herida.</p>
<p style="text-align:justify;">Entiendo que soy el curandero, la desviación momentánea. Me quedo atrás, viéndote marchar, con la dulce herida que tu sonrisa me imprimió en el pecho.</p>
<p style="text-align:justify;"><span id="more-783"></span></p>
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