Una Colombia feliz

COMUNICACIÓN CONFIDENCIAL

REMITENTE CERTIFICADO

MENSAJE:

Honorable Primer Ministra. El día de hoy, tal y como lo dispone la ley de la república, hice la inspección judicial de la casa del periodista Juan Carlos Rincón. Allí el susodicho fue encontrado inerte, con heridas en sus muñecas. Después de una extensiva revisión de su habitación, encontré el texto que anexo. Creo que su contenido explica su suicidio y la causa del retraso en el informe que debía entregar sobre el magistrado Rodríguez. El documento anexo es el original. No existe copia alguna. Ya entenderá la motivación de mi prudencia.

DOCUMENTO ANEXO:

Colombia “feliz”

“Todo es una farsa” dice con debilidad Ernesto Rodríguez mientras detalla la pared. En ella hay un letrero muy elegante, de fondo rojo y tipografía dorada, que dice: “Colombia: tierra del gobierno amado por el pueblo”[1]. Ernesto, con un cuchillo peligrosamente afilado que le había regalado un guardia, talló, el día que llegó a ese lugar, una “r” entre la “a” y la “m” de “amado”. Ahora el letrero hablaba de un gobierno armado por el pueblo. “El sistema está diseñado para justificar cualquier tipo de atrocidad. Todo es legítimo cuando está acorde a la ley. La ley es legítima cuando el pueblo es convencido de que esa ley es lo que en verdad quiere” concluye.

A sus cincuenta años, el señor Rodríguez aparenta el doble de edad. Graduado como abogado de la Universidad de los Andes gracias a la cuna de oro en la que nació, obtuvo rápidamente reconocimiento por sus habilidades en el derecho penal. Después de adelantar investigaciones que serían el fundamento para la reforma judicial que adelantó el Gobierno Supremo vigente, el señor Rodríguez fue nombrado como magistrado supremo de la nueva Corte Penal Colombiana (superior en jerarquía a la Corte Constitucional y la Corte Suprema de antaño, y dotada con ambiguas funciones que le daban un amplio poder discrecional al magistrado Rodríguez). Hoy, sin embargo, luce devastado. Lleva varios días sin comer y sus ojos, de inusual color azabache, denuncian su profunda tristeza. Está a punto de morir, condenado por la misma institución que antes presidía.

“De la misma manera en que no hay dios” continua Ernesto en su monólogo, “tampoco existe el bien común ni la esfera pública”. Una tos seca que termina en sangrientos escupitajos interrumpe al juez. Cuando logra detener la tos, empieza a reír con el cinismo que sólo un condenado puede disfrutar. “La vida política organizada llegó tarde en la evolución del hombre[2], compañero, siempre hemos sido animales. Animales egoístas y necesitados. Depredadores, además”. Sigue hablando y mientras lo hace explica que al pueblo se le manipula con esos conceptos los cuales, gracias a ser nulos en contenido, son fáciles de vender. “Nadie cuestiona a dios; nadie cuestiona el bien común. Así se convence al pueblo de que una ley es lo que quiere: es por el bien común. Y el pueblo no se atreve a preguntarse por el bien común porque hacerlo sería aceptar que son animales. ¿Cómo no voy a saber lo que es el bien común? Claro que lo sé, dicen los pobres ingenuos, lo sé porque no soy un simple animal. Soy algo más. Soy…importante” sentencia el juez. Las lágrimas invaden sus ojos pero sigue riéndose.

Después de ser el funcionario público estrella del Gobierno Supremo, el magistrado Rodríguez fue condenado a muerte recientemente por aplicación indebida de la ley. Después de ser juzgado por un tribunal ad hoc conformado por la mismísima primer ministra de Colombia y tres expertos internacionales en derecho penal, se programó la ejecución de su condena en horario prime time. Pasa sus últimas horas en una habitación llena de objetos filosos, sin luz natural y con varias cámaras que monitorean su comportamiento. Junto a él estoy yo, el periodista asignado por el Gobierno Supremo.

“Yo diseñé tu presencia aquí” me dice con pesar. “Sé que no me puedes responder, es la ley. Estás aquí porque estas habitaciones están diseñadas para que el prisionero se suicide. Por eso tanta herramienta para matarse; por eso tu presencia. Todo lo que escribas de mí será evaluado para saber si la habitación cumple con su efecto” dice, esta vez hablando sin mirar algo en particular.

“Sé que matarme es mejor, menos doloroso” dice mientras juega con unas tijeras. Observa su afilado resplandor con curiosidad. “También diseñé el mecanismo con el que matan a los prisioneros” dice y sus ojos brillan por un instante. “Es fascinante” habla mientras disminuye su tono hasta ser un susurro. “Es un aparatico que te pincha el cuello y empieza a matarte, lentamente. Cada minuto aumenta el dolor, paralizando los órganos de tu cuerpo. Tres horas después la muerte, feliz, te recibe. Pero antes has pagado por todo lo que hiciste y no hiciste en este mundo. Antes Colombia entera te ve retorcerte de dolor y aprende que es mejor no desafiar nuestro eficaz sistema jurídico”.

Rodríguez sigue hablando, concentrando todas sus fuerzas en las ideas que rondan su agotada cabeza, y llega a una conclusión personal. Afirma que el éxito del Gobierno Supremo radica en su capacidad para entender que Aldous Huxley tenía más razón que George Orwell[3]. Según él, la legitimidad del Gobierno nace de su capacidad para enamorar a los colombianos de aquello que los oprime. Piensa que, gracias a que cada clase social tiene su dosis diaria de comida altamente alucinógena y boletas semanales para partidos de fútbol y películas, el pueblo colombiano es una masa feliz indiferente a cualquier atrocidad y atropello del gobierno. Además, argumenta el prisionero, las constantes demostraciones de poder estatal con las ejecuciones públicas imparten una sensación de orgullo patrio (pues crea un enemigo común al que todos puedan odiar) y miedo (a romper la ley) que fundamentan la legitimidad del Gobierno.

“Cuando el pueblo olvida que tiene la libertad de ser miserable” dice Rodríguez, “se vuelve dócil y, peor aún, indiferente”[4]. Ahí no importa, asegura el prisionero, el modelo de democracia que se tenga. “Participativa o representativa, a nadie le importa porque todos creen estar felices. Si las cosas funcionan, ¿para qué cambiarlas?”.

Ernesto entra en un silencio profundo. En el ambiente se siente su desolación, su frustración, su intranquilidad. “Pero sí importa, ¡maldita sea!” grita. “¡Importa porque hay desigualdad, y porque se obliga a la gente a seguir en su misma tragedia, su mismo caos, a olvidarse de que es un individuo y a trabajar en lo que se le ordene, a sufrir, semana a semana, para poder tener el dinero que le permitirá vivir una semana más[5]! ¡Importa porque todos tenemos un corazón soñador, que merece tener el derecho a soñar, a cumplir esos sueños, a mejorar, a sufrir, a crear arte, a vivir tranquilo! Y eso, mi compañero, eso no lo arregla un pedazo de pollo envenenado y un estúpido partido de fútbol a la semana”.

Confieso, y sé que esto no es periodístico, que en ese momento las palabras del magistrado causaron impresión en mí. Recordé que siempre que iba a haber una marcha para protestar por algo se programaba, en el mismo horario, un partido de fútbol, o el final de alguna novela. Recordé que en un informe publicado hace poco pero hundido en un mar de información se afirmaba que la expectativa de vida de los colombianos decrecía peligrosamente cada día. Recordé que la educación se suprimió para las clases media y baja, y que el abstencionismo en las elecciones es cercano al 99% porque, en día electoral, suele programarse la final del torneo de fútbol.

“La maldad no existe, muchacho” prosigue Rodríguez. “Dado el contexto adecuado, tu harás, sin dudarlo, lo que sea”[6]. Sus palabras se quiebran y por primera vez llora sin reír. “En ese sentido, el derecho es el mejor contexto. Cuando te quitan tu autonomía moral, y eso es lo que pasa cuando te dan cargos como el que yo tenía, tu moralidad viene a ser reemplazada por el derecho. Lo correcto es lo que sea que diga el derecho[7]. ¿Por qué? Porque está pensado para parecer sabio, abstracto, impersonal. Es la voluntad del pueblo…es lo que debe hacerse”. Después de intentar levantarse Rodríguez se derrumba contra la pared. “Maté mucha gente porque el Derecho me ordenaba que lo hiciese. Y lo lamento. Me dí cuenta tarde y fue ahí cuando decidí absolver a todos aquellos que no merecían morir. Por eso terminé aquí. Merezco morir, pero no por romper la ley, sino por haber sido injusto…si es que hay tal cosa como la justicia”.

“Hijo” dijo el magistrado hablándome. “El Gobierno, la democracia, no es cuestión de ideología…es cuestión de poder. El Derecho es el poder[8]. El derecho justifica todo lo que ha pasado acá, pero también puede justificar todo lo contrario. Puede liberarnos. El derecho es lo que el pueblo quiere que sea. Tu estás aquí, cumpliendo tu labor, pero sabes que algo está fundamentalmente mal. Sabes que Colombia ha estado dormida y que han traficado con nuestros sueños. Hijo, aún eres joven, puedes cambiar esto”.

Como lo dicta la ley, a las siete de la noche entra el guardia, me indica que es hora de marcharme e invita al magistrado para que lo siga. Le pido que me permita acompañarlo, pues quiero hacer un trabajo más extensivo. Él, un poco extrañado, accede. El magistrado me observa y, con la mirada, me agradece. Yo sólo lo miro. Caminamos por un pasillo largo, lleno de cuadros de los presidentes de Colombia. Al final hay uno gigante que dice “María del Socorro Rodríguez. Primer Ministra de Colombia. 2014 – ¿?”. Estamos en el año 2030.

A las siete de la noche toda Colombia está pegada a sus televisores. La cadena es la auspiciada por el gobierno. Con cámaras de tecnología 4D el país entero puede experimentar la emoción de una ejecución. El verdugo cita los fundamentos de ley que hacen de la ejecución un acto de pleno derecho. Al final, termina diciendo “en nombre Dios y en defensa del bien común yo, verdugo, ejecuto esta sentencia”. Todo el mundo aplaude, la emoción es animal. El ejecutado sonríe. Sabe que el pueblo es víctima de un contexto diseñado para legitimar la crueldad. Se aplica el mecanismo y el sufrimiento empieza.

Al día siguiente el Gobierno publica, celebrando, datos que indican que esa fue la ejecución más vista en la historia del país. Nadie, sin embargo, presta atención a esos datos. Todos están emocionados pues hay partido. Es otro insoportable día en un país feliz.


[1] Me robo y adapto aquí la frase de C.B. Macpherson que Adela Cortina cita: “se trata (hablando sobre el gobierno representativo) de un sistema de limitación y control del poder, en el que cabe hablar, más que de un gobierno del pueblo, de un gobierno querido por el pueblo”. CORTINA, Adela (1993) Ética aplicada y democracia radical. Dos conceptos de democracia: hombre económico frente a hombre político. Editorial Tecnos. Madrid.

[2] Frase de R. Dahl citada por CORTINA, Adela (1993) Ibídem.

[3] Tesis sacada de POSTMAN, Neil (1985) Amusing Ourselves to Death: Public Discourse in the Age of Show Business. Kindle edition. Se pueden encontrar las ideas principales del libro en

También aquí.

[4] En A Brave New World de Huxley se lee “There was something called liberalism. Parliament, if you know what that was, passed a law against it. The records survive. Speeches about liberty of the subject. Liberty to be inefficient and miserable. Freedom to be a round peg in a square hole.”

[5] Recupero la crítica que a Habermas le hace Nancy Fraser. Ella considera, y estoy de acuerdo, que “an adequate conception of the public sphere requires not merely the bracketing but rather the elimination of social inequality”. FRASER, Nancy. Rethinking the Public Sphere. A contribution to the Critique of actually existing democracy en: The phantom public sphere. Bruce Robbins editor. Cultural Politics, Volume 5. University of Minnesota Press.

[6] ZIMBARDO, Philip G (2004). The Social Pyschology of Good and Evil. Cap. 2. A situationist Perspective on the Psychology of Evil: Understanding How Good People Are Transformed into Perpetrators. Ed. The Guilford Press. New York. London. Al respecto recomiendo esta charla de TED.

[7]“Si esta dimensión (el ámbito moral) de interioridad se disuelve, también se desvanece la normatividad moral y no queda sino la jurídico-política”. CORTINA, Adela (1993) Op. Cit.

[8] Esta es una tesis que defendí en un foro de introducción al derecho. Se puede encontrar más al respecto aquí.

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