Censurados: Cero no es objetivo
julio 29th, 2010 § Dejar un comentario
Mi editorial en Censurados: Cero

En una ocasión, en el facebook de Censurados: Cero, me preguntaron que si no estábamos perdiendo objetividad al promover tan abiertamente las opiniones. En ese momento respondí lo que creo, y lo que tácitamente comparten quienes han estado trabajando conmigo en este proyecto: la objetividad es una utopía. Y una utopía peligrosamente engañosa.
Todo lo que “somos”, hacemos y, más aún, comunicamos, está subordinado a nuestras experiencias. Uso una definición amplia de experiencias, en la cual incluyo los prejuicios (conscientes o inconscientes) y las convicciones, para referirme a ese paquete de opiniones que estructura la forma en que vemos el mundo. Todos tenemos diferentes formas de entender (Nietzche diría que no hay hechos sino interpretaciones) las situaciones, los debates, los conflicto morales, y por más que intentemos abstraernos de lo que pensamos en búsqueda de esa preciada objetividad, al final del día somos esclavos de ese paquete de experiencias que nos define.
Es por lo anterior que la objetividad, si bien es un noble fin, no deja de ser un sueño inalcanzable. Nuestra forma de ver el mundo se manifiesta incluso sin darnos cuenta. Puede estar presente en un signo de puntuación puesto de tal manera, o en la elección de un título para lo que reportamos. Les dejo como tarea comparar titulares de la misma noticia en El Tiempo y El Espectador para ver hacia que lado del asunto de inclina cada uno.
Creo que la mejor manera de aproximarse a temas tan complejos como los que se tratan en este y otros espacios es a través de la sinceridad y la transparencia. Admiro la sinceridad de un autor que dice “yo creo en a, b, c y d” por las razones”e, f y g”, y luego pregunta “¿qué opinan ustedes?”. De esta manera, quien lee puede tener una visión más amplia de la opinión expuesta, y, además, puede contrastar sus propias convicciones.
Ahora, por supuesto, surge un problema importante: las opiniones son construidas sobre hechos. La opinión de alguien sobre el presidente electo, por ejemplo, puede depender de si cree o no que los asesinatos extrajudiciales (falsos positivos) son su responsabilidad. El problema empieza en los hechos. ¿Cómo sabemos que los hechos que nos reportan los medios son objetivos?, ¿cómo sabemos que no persiguen una agenda política? ¿cómo sabemos que nos están contando toda la historia? ¿cómo conocemos lo que no ha sido desvelado?
Aprender es mejor que ganar
julio 23rd, 2010 § 1 comentario
Permítanme divagar un poco.
Al finalizar las elecciones logré llegar a una conclusión que había empezado a construirse desde el momento en que empecé mi carrera.
En los últimos dos años (el tiempo pasa y la vida no me alcanza…) me he encontrado con debates en todas partes. En lógica y retórica me enseñaron a hilar argumentos y, entre otras cosas, a identificar mentiras o argumentos tontos en los demás (falacias). No aprendí del todo, pero mi profesora logró expandir mi visión y me demostró que, al final, todos son puntos de vista.
Una de las lecciones más complicadas y dolorosas que viví consistía en destruir mis convicciones. En la universidad te demuestran, sobriamente, cómo esos argumentos que tenías endiosados en tu cabeza están errados, o no son poderosos. Cuando estaba en once me sentía feliz parafraseando a Nietzche y profesando que las convicciones son peor enemigo de la verdad que las mismas mentiras; en la universidad entendí a lo que se refería.
Y digo que es doloroso porque es sentir que te quedas sin piso. Me sentí humillado. Y cuándo volvía a armar nuevos argumentos, ésta vez un poco más fuertes, me volvían a demostrar que estaban incompletos. Después de vivir humillación tras humillación, y de ser atacado -con éxito- en el único lugar de mi autoestima que yo nunca había cuestionado, me di cuenta de que el proceso de humillación no era en vano, no era una simple tortura intelectual (porque, eso sí, jamás se burlaron ni me trataron mal, la humillación provenía de mi ego herido y de mis convicciones agonizantes). El constante enfrentamiento de argumentos y, más importante aún, la prevalencia del argumento más convincente (que en ocasiones era producto de una fusión de varios argumentos), tenía cómo fin enseñarme a debatir para aprender, no para ganar.