Dolores

Pedro, Juan y Dolores

Abuelita:

Te escuché morir un poco cada noche, cada mes, cada año que dormí en el cuarto de al lado. No sé qué fue primero, o si todo fue al tiempo, pero soledad, tristeza y amargura eran tus dolores más rigurosos y constantes. Después vino la memoria que te traicionó y el rencor que sentiste al descubrirte desubicada, sin la capacidad de ser quien solías ser, sin la fuerza para resistir la soledad, la tristeza y la amargura. Te desarmaste en silencio, encerrada en tu llanto nocturno, resguardada en la oscuridad de quien se cree invisible.

Pero yo estaba ahí, escuchando. Fui tu dolor cada una de las noches que te escuché llorar. Fui tu rencor cada una de las veces que te escuché quejarte en vano de mil cosas, incluyéndome, ante mi papá, o mi mamá, o tu dios, o la vida, o quien fuese. Fui tu arrepentimiento y tu miedo cuando, después de sentirte agredida por mí o por la vida o por quien fuese, íbas a buscarme a mi cuarto con los ojos nublados a pedir que nunca te dejara sola. Fui tu desazón calmada cada vez que nos abrazábamos en la noche y me sonreías y me decías que gracias por estar contigo, que gracias por quererte, que me querías profundamente, que te sentías orgullosa de mí, que soy idéntico a mi papá, igual de noble, igual de amoroso.

-Gracias, Litos-, me decías.

-No seas boba, abuelita- te contestaba mientras te abrazaba con cierta incomodidad, porque nunca nos supimos reconocer bien, entender bien. Casi nunca nos hablábamos, y cuando lo hacíamos, la conversación estaba marcada por el fastidio, o la hipocresía, o el desinterés, o tantas cosas tan malas y tan tontas que dominan nuestras vidas sin sentido.

Porque, te tengo que ser honesto, te odié profundamente con esos odios momentáneos que son intrascendentes pero totalizantes. Contigo aprendí que las personas son muy complejas, llenas de matices y cargadas de mierda y bondad. Eras una persona muy difícil, muy dura, a veces muy cruel, siempre muy rencorosa. Y aún así me amabas con todas las fuerzas de tu corazón. Y me cuidabas. Y te preocupabas por mí cuando me demoraba más de lo normal en la universidad, o cuando era tarde y aún no había regresado a nuestro apartamento.

Por eso me dolía profundamente cuando me enteraba que me habías mentido, que te estabas quejando de mí, que hablabas mal de mis cosas a mis espaldas, que te sentías agredida y que nunca me decías nada. Me dolía profundamente tu cara de yo no fui, yo no hice, yo no dije. Lo que más me dolía era saber que ese rostro, esa máscara que usabas ante mí, era motivo del miedo a que me fuera, a que te dejara sola. Eso era lo que más me repetías:

- No te vayas a mudar, Litos.

No lo hice, abuelita. Nunca lo consideré en serio, a pesar de que era necesario para mi bienestar, para mi desarrollo, para mi mente enferma. No lo hice porque sin importar la tensión y lo poco que nos conocíamos en lo trivial, tú y yo estábamos conectados por nuestros silencios, nuestros dolores, nuestras noches llorando en cuartos distintos por motivos distintos, pero en el mismo lugar. Ese era nuestro acuerdo, saber que el otro latía en el cuarto de al lado, saber que al final del día íbamos a estar ahí. No estuvimos solos.

Fuiste mi roommate en una etapa esencial de mi vida. Mi cómplice a regañadientes. Mi resguardo infalible. Viste el proceso, estuviste ahí en cada triunfo hasta que me viste graduado. Creíste en mí más de lo que yo podría soñar en creer en mí. Hasta el último momento, en ese hospital que fue tu último cuarto, me dijiste que yo iba a llegar muy lejos, y que es una lástima que tú no ibas a poder verme.

Lo que da lástima, abuelita, es que te me fuiste, que no fui mejor cuando pude serlo, que el tiempo no tiene misericordia, y que la vida sigue a pesar de que una parte de mi ser murió contigo. Este apartamento no tiene sentido sin tí. Estoy dejando la puerta de tu cuarto cerrada. Así, cuando me paro, a veces engaño a mi mente diciéndole que aún estás ahí, que no te has ido, que no estoy solo.

Porque, la verdad, no quiero este dolor. No quiero las muertes que me faltan. No quiero el arrepentimiento que cargo dentro. No quiero las palabras de la gente, sus eufemismos, sus falsas ilusiones, sus historias de dolor y tragedia. No quiero en unas semanas tener que volver a todo y que me digan que si estoy bien y tener que decir que sí y seguir con este mundo que confunde mi tristeza con antipatía, mi cansancio con desinterés, mis silencios con grosería. No quiero sus juicios, su violencia, su ritmo que me queda grande. No quiero que se acabe este año y que tú te vuelvas una fecha, un recuerdo cada vez más difuso. No quiero que la vida siga, no quiero todo lo que sé que tengo que hacer. 

Sí quiero abrazos, lo confieso. Quiero sus abrazos, los del mundo. Pero no los tendré porque, como sabes, soy insoportable y no soporto. Soy una condena a una soledad antipática. Me parezco a tí en ese desastre, y tal vez por eso tú sí me soportabas, tú sí me acompañabas a tu manera, a nuestra manera, una manera defectuosa, una manera de mierda, una manera insuficiente, pero una manera necesaria, una manera que me salvó la vida.

Creo que nunca te agradecí por los dulces, esos dulces que me comprabas cada día con dinero que no tenías y me dejabas en mi mesita de noche; esos dulces que más de una vez me ayudaron a seguir adelante; esos dulces que eran el recuerdo de que a pesar de todo en este mundo tan complejo, la bondad existía y dormía en el cuarto de al lado. Tampoco te dije que me encantaba empezar mis días saludándote en la madrugada.

No me mudé, abuelita. Estuve contigo hasta el final, incluso cuando dormías y ya no me escuchabas. Te amo profundamente. Siempre te voy a amar.

Adiós, Dolores. Lola. Abuelita.

De todo corazón, gracias por los dulces.

 

Juan.

 

The damsel in distress is boring

CC3

By Juan Carlos Rincón Escalante

Katrina Day got tired of finding blatant sexism on the casting calls she read everyday. That’s why she opened Some Lady Parts, a blog where she calls out the bullshit of an entertainment industry ridden with clichés and non-speaking female roles. She does so by posting the casting calls she finds, and by publishing testimonies by other actresses that have experienced discrimination. As soon as it opened, the blog became viral, Katrina became the focus of several pieces, and the entertainment industry began a long delayed conversation about female representations. In this interview, we talk about sexism, sexual favors, the cluelessness of white heterosexual males, and the unfair competition women are forced to be in.

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¿Por qué estudiar Derecho?

Sergio Urrego

Por Juan Carlos Rincón Escalante

Alba Reyes está sentada en una oficina que parece tres en una. Apoya sus brazos sobre una mesa redonda. Frente a ella están dos mujeres de semblante amable y preocupado. Son investigadoras del CTI. A su lado está su mejor amiga. Al otro costado, diagonal, estoy yo. La veo desgarrarse. De nuevo relata el suicidio de su hijo, Sergio Urrego, y la cadena de abusos, discriminaciones e intransigencias que lo precedieron. Otra vez, como tantas veces en las últimas semanas, se quiebra, tiembla, se apoya en los silencios para recuperar lo poco que puede de su compostura, y sigue. Cada tanto se detiene, pero no por dolor sino por duda, y me mira. Yo le hablo a sus ojos y asiento. Ella asiente también y continúa su lucha por reivindicar la memoria de su hijo, el buen nombre de su familia, y apaciguar un poco la desazón que produce la injusticia del odio irracional.

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“¿Me regala un minuto, amigo?” Comprar tiempo en la gran ciudad

Minutero en Bogotá

Por Juan Carlos Rincón Escalante

(Artículo publicado originalmente en el Humboldt Magazin)

Quien se detiene un momento en Bogotá puede escuchar el sonido de la ansiedad. 7.776.845 personas conviven diariamente y se pierden en serpientes interminables de camionetas, autos particulares, taxis, buses rojos y azules, motos, bicicletas y peatones que creen que son autos. Pero ese número no refleja la individualidad, cada una de las historias que comparten el mismo temor: la falta de tiempo.

“Todo el mundo cree que puede hacer trampa”, dicen los veinticuatro años de experiencia como taxista de Jorge Lemus. “Creen que uno puede atravesar la ciudad en diez minutos”. Pero cuando, después de unos minutos en el tráfico donde lo único que se mueve es el tiempo y, ocasionalmente, el viento, se dan cuenta de que les espera por lo menos una hora de no hacer nada, desesperan. “Algunos empiezan a pegarle suavecito al vidrio, otros a mover el pie, a respirar duro. Los menos sutiles me insultan por no pasarme un semáforo en rojo, pero si lo hago y la policía me multa, ellos se bajan tranquilos con su prisa y a mí me dejan el problema”, dice Lemus. El problema es simple: en la gran ciudad, nadie tiene tiempo.

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Las veces que no he muerto

Depresión

Por Juan Carlos Rincón Escalante

En algún punto la palabra depresión se volvió banal. A momentos de tristeza, desgano o simple aburrimiento se les bautizó con ella. “Estoy deprimido” parece ser el lema indiscutido y preferido de una generación, mi generación, que no sabe lo que dice ni tiene interés por cuestionar sus propios discursos. Entonces surge un problema: nadie toma en serio al “deprimido”, ni siquiera él mismo. Lo que debería ser entendido como un desesperado grito de auxilio, se convierte en una exteriorización de caprichos.

Lo grave es que la depresión, la enfermedad, ese misterio que te destruye poco a poco hasta que, de un totazo, te apaga la vida, existe. Y no es banal. Y no es inusual. Y necesita atención, comprensión y ayuda de todos en la sociedad. Pero aún no la entendemos muy bien.

Por eso, cuando alguien intenta articular sus sentimientos confusos, la pregunta suele ser la misma: “¿qué pasó?” Lo que de entrada predispone a la persona triste porque anuncia un juicio de valor: voy a juzgar los motivos para que estés así. ¿Y si no hay, como suele pasar con la depresión, motivos tangibles? Abunda entre las personas la idea de que si alguien lo tiene todo en la vida (ustedes me dirán qué carajos significa “todo”), no tiene derecho a deprimirse. La noción de que sólo sufren los que “de verdad” sufren censura las tristezas menos “valiosas” y, en últimas, termina matando gente o, cuando menos, condenándolas a ser miserables en silencio.

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Uribe debe aprender del Polo

Álvaro Uribe

Por Juan Carlos Rincón Escalante

Álvaro Uribe y el Centro democrático deben entender que hacer oposición no tiene los mismos lujos que gobernar. Cuando se tiene el poder de las mayorías y se ocupa la Presidencia, las arbitrariedades se pueden disfrazar con mayor facilidad y al irrespeto a la Constitución y las instituciones se le puede llamar “reformismo” sin mayor atisbo de vergüenza. Cuando se es minoría, sin embargo, ser arbitrario e irrespetuoso con la institucionalidad equivale a perder legitimidad pública y, además, a convertirse en un blanco fácil. Es injusto, sí, y el país sufre por eso, sí, pero esas son las reglas con las que tiene que jugar cualquier oposición que tenga vocación de poder. Por eso Uribe debe dejar las mañas presidenciales y aprender de los errores y aciertos del Polo Democrático.

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Un beso no es un crimen

Gay Love

Por Juan Carlos Rincón Escalante

Un beso no es un crimen. Un beso es un beso. Parece obvio, pero la semana pasada un policía intentó retener a una pareja por besarse en un parque. Adivinen: ¿la pareja era homosexual o heterosexual?

Acertaron. ¿Y saben por qué? Porque nadie conoce un caso de una pareja heterosexual siendo retenida por darse besos en público. Cuando mucho habrán recibido el siempre coqueto “páguele cuarto”, pero jamás un reclamo formal, y menos una amenaza policial. Las parejas hetero que se besan en los centros comerciales y en las universidades y en los parques y en los bares y en todos los espacios públicos pasan desapercibidas.

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La depresión es un juego

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Reseña de Depression Quest

Por Juan Carlos Rincón Escalante

(Publicada originalmente en la revista Vice Colombia)

¿Cuál es un buen argumento para matarse? No lo tengo, pero mientras jugaba Depression Quest, no lo necesitaba. Esa es la condena: no pasa algo particular. Son un montón de cosas diminutas que están mal y que van formando una torre de ladrillos sobre el pecho hasta que se hace imposible respirar. Es también un odio irracional —y aún así perfectamente justificado en mi mente— hacia todo lo que soy y represento. Es la incapacidad de socializar, de compartir ese mundo que los demás parecen recorrer con tanta facilidad. Es sentirse inferior y dudar de cualquier gesto amable. Es —en un buen día— vivir en piloto automático o —en uno de los peores— no poder levantarse de la cama. De eso trata Depression Quest.

Depression Quest (algo así como La aventura de la depresión) es un juego gratuito a base de texto, unas pocas imágenes y sonido. El juego propone una experiencia. Sus creadores quieren que los enfermos de depresión vean que no están solos, y que quienes no la sufren puedan entenderla mejor. Antes de empezar advierten que es mejor ir con cuidado. No es en vano: la primera vez que lo jugué, tuve que detenerme. Me sentí identificado con un par de descripciones y con la sensación de ahogo que genera su puesta en escena.

Hay que jugarlo, así sea por la curiosidad de entender cómo es la vida cuando uno sufre la pesadilla de que el cerebro se convierta en el más grande enemigo personal.

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El discurso del héroe caído

Donald Rumsfeld

Por Juan Carlos Rincón Escalante

Donald Rumsfeld es el rostro de Afganistán, Irak y Guantánamo, los colosales fracasos con que Estados Unidos arrancó este siglo. Dependiendo de a quien se le pregunte, ese rostro representa dolor (para las víctimas), traición (para los líderes y ciudadanos que respaldaron una guerra de motivos engañosos), carga política (para los republicanos que aún no se recuperan) o, en síntesis, algo vergonzoso. Pero en “The Unknown Known”, un documental donde Errol Morris lo entrevista en extenso, el ex secretario de Defensa del gobierno Bush se muestra tranquilo, alegre. Hasta satisfecho.

Esta columna fue publicada en El Espectador. Oprima aquí para seguirla leyendo.

La triste trivialidad del placer

Uma Thurman en Nymphomaniac, Vol. 1

Reseña de Nymphomaniac Volumen 1

Por Juan Carlos Rincón Escalante

El escándalo estaba programado. Una película sobre una ninfómana (¡existen!), dirigida por el polémico Lars von Trier y con una duración superior a cinco horas, no tenía otra opción que venderse con rebeldía y algo de arrogancia. Pero quedarse en la bulla superficial no es justo. La verdad es que promocionaron a punta de sexo una película sobre la tristeza y la trivialidad de existir. El resultado es un retrato abrumador que propone un espejo para que veamos la ridiculez de nuestros deseos, y pensemos en masturbarnos mientras lo hacemos. Eso también estaba programado. Todo es marketing.

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