Cómo matar a un periodista

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Por Juan Carlos Rincón Escalante

Esta columna fue originalmente publicada en Vice Colombia

Matar a un periodista es muy fácil, hay mil maneras. Todo depende del poder que usted tenga.

Si, por ejemplo, hace parte de algún grupo marginado por la sociedad en la que vive, es perseguido por el Gobierno y por grupos discriminatorios, y no tiene mayor capacidad adquisitiva ni de influencia política, lo único que necesita es conseguir un arma. Dese gusto, es sencillo conseguir unas buenas Kalashnikov gratuitas y, de paso, recibir entrenamiento militar en cómo usarlas. Lo que hay es oferta. Pero si usted es un marginado perezoso, no desespere: hasta un cuchillo bien afilado puede funcionar. Me han dicho que la piel de periodista es particularmente blanda.

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Papers, please

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Por Juan Carlos Rincón Escalante

Esta reseña fue publicada originalmente en el impreso de Vice Colombia.

Creador: Lucas Pope

Plataforma: http://papersple.se

Soy una maldita marioneta. Mi hijo y mi suegra están enfermos. Mi esposa tiene hambre y frío porque llevo dos días sin pagar la calefacción y comprar comida. Ayer pasó un terrorista de Kolechia (esos cabrones del país vecino) y se inmoló a unos pasos de mi cabina. Ojalá me hubiese alcanzado la explosión. Al menos así no tendría que estar escuchando a este coronel hablá ndome de cómo están buscando a un grupo de rebeldes de quienes, por cierto, acabo de aceptar un regalo. Necesito esa plata para que mi familia no se muera y el Gobierno no me corra de mi puesto. Soy una maldita marioneta. Y creo que me encanta.

Soy el protagonista de Papers, Please, extrañamente el juego más adictivo que ha salido en los últimos años. Mi trabajo es ser agente de inmigración de Arstotzka, un país comunista de la década de los 80. Todos los días corro contra el reloj para comparar varios documentos buscando incongruencias, mentiras, falsedades. Todas las personas que pasan por mi cabina tienen una historia, un interés, y yo tengo que decidir si entran o no. Puedo equivocarme (a veces, lo confieso, a cambio de sobornos y otras bobadas), pero si lo hago me llegará un memorando.

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The Wolf Among Us

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Por Juan Carlos Rincón Escalante

Esta reseña fue publicada originalmente en el impreso de Vice Colombia.

Creador: Telltale Games

Plataforma: Android, PlayStation 4, PlayStation Vita, PlayStation 3, iOS, Xbox One, Xbox 360, OS X, Microsoft Windows. Básicamente todas menos Nintendo

Alguien está degollando princesas de cuentos, pero eso no es lo peor que está pasando en Fabletown, un barrio ficticio de Nueva York donde se refugian los personajes de cuentos clásicos que, por algún motivo perverso, tuvieron que huir de sus tierras mágicas y refugiarse disfrazados de humanos. En ese universo lleno de drogas, tráfico de mujeres, mafiosos y corruptos, el único que puede hacer algo para “salvar” (si es que tal cosa es posible) a las futuras víctimas es un villano con ganas de olvidar su pasado: el gran lobo malvado, Bigby Wolf.

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WKF

By Juan Carlos Rincón Escalante

This story was originally published on the Apogee Literary Journal.

“And so….” He typed.

“Goodbye.”

“So long.”

He paused, contemplating the screen. He read the whole thing.

“Farewell.” He pushed the blue publish button. His profile picture appeared next to the letter. He read it again. It was good. The warmth of satisfaction took over him. He put his phone in his pocket, wondering if it would break badly with the fall. That thought entertained him. As if the phone were the most important thing on the verge of breaking.

Or was it?

He chased that question away as he walked towards the edge. The sky was clean and lonely. The night made his nose drip. He regretted not wearing his scarf, but, then again, regret had always been useless.

He stopped when there was no more room to continue. The city lights blinked at him, indifferent to his pain. Their beauty, he thought, as all beauty tends to be, was numb.

A rush of thoughts flooded his mind, but they were all passers-by, none staying or changing anything. He was ready to surrender to the darkness.

But then, one thought stuck.

He laughed a little and backed away. He had to see how many likes his letter was going to get.

It was a really good letter.

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La rebelión del estereotipo

Katrina Day

Por Juan Carlos Rincón Escalante

Una versión breve de esta entrevista fue publicada en El Espectador bajo el título “La rebelión del estereotipo”.
Una versión extendida, que es la que se encuentra continuación, fue publicada en 070 bajo el título “[Se busca mujer] Papel con parlamento.

Si lo prefiere, puede leer una versión en inglés titulada “The damsel in distress is boring”.

Cuando un director le dijo a Katrina Day que una escena donde la iban a violar no iba a tener coreógrafo ni ningún tipo de protección, salió corriendo. En otra ocasión, un profesor le dijo a Day –actriz estadounidense– que tenía que aprovechar que era bonita para conseguir más papeles. Siempre que busca trabajo encuentra llamadas a audicionar donde describen al mismo personaje femenino: “Chica voluptuosa que va al gimnasio únicamente para levantar manes. No habla en la película” o “Veinteañera, típica damisela en apuros”. Las mujeres, en ese mundo de la actuación, parecen existir únicamente como utopías mudas que torturan o motivan a los hombres. Meros dulces visuales.

Por eso se cansó y abrió el blog Some Lady Parts (“Algunas partes femeninas”, en español), donde publica las descripciones más sexistas y ridículas de personajes femeninos que se encuentra. Su crítica se volvió viral y ha puesto a conversar al gremio sobre la discriminación contra las mujeres. La buscamos para conversar sobre feminismo, actuación, favores sexuales, la competencia entre mujeres y la indiferencia de los hombres blancos heterosexuales.

¿Qué te llevó a volverte actriz? Leímos que también escribes y diriges: ¿Qué clase de historias te gusta contar?

He estado actuando y escribiendo desde que tenía 12 años. Lo primero que escribí e interpreté fue un show que trataba sobre la muerte de Sócrates y donde salía yo sola. Era una doceañera muy seria. Tenía jugo de mora como cicuta, una toga dibujada con los 101 dálmatas, y me fui con toda. Descubrí que amo contar historias y no he parado desde entonces. Como crecí en el centro de Nueva Jersey, Nueva York estaba a sólo una hora en tren. Me obsesionaba Broadway y siempre le rogaba a mis padres que me llevaran a la ciudad. Creo que ya había decidido mudarme a NYC cuando tenía trece años. Finalmente tuve la oportunidad de hacer justo lo que quería cuando me aceptaron a la Escuela de Artes de NYU para estudiar actuación. Me mudé a la ciudad cuando tenía 18 y no he mirado hacia atrás desde entonces.

Desde que me gradué he trabajado con algunas compañías nuevas de teatro y cine que son maravillosas, he probado el trabajo comercial, grabé un libro de audio y algunas de mis obras ya han sido producidas. Amo escribir e interpretar historias sobre relaciones poco convencionales, sobre lo sobrenatural, y sobre lo que sucede cuando la gente tiene que abandonar sus nociones preconcebidas sobre lo que significa ser humano.

En varias entrevistas has mencionado que parece que las mujeres están entrenadas para mantenerse en silencio e ignorar toda la basura que les dicen/hacen. ¿Por qué es una actitud generalizada permanecer en silencio? ¿Puedes recordar cuándo empezaste a adoptar el silencio como tu forma de reaccionar a las cosas?

El silenciamiento de las mujeres es un problema global que se mete en todos los rincones de la sociedad, incluyendo la industria del entretenimiento. Creo que la forma específica en que este problema se expresa en mi industria tiene mucho que ver con lo competitiva que es. Hay muchas mujeres aspirando a convertirse en actrices y nos ponen a todas a enfrentarnos en nuestros caminos. Nos dicen que si decimos lo que estamos pensando, nos volvemos “difíciles”, o nos comportamos como “divas”, hay un millón de otras chicas que nos pueden reemplazar en un instante. El mito de que las mujeres son intercambiables es uno de los aspectos más descorazonadores de esta industria.

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Dolores

Pedro, Juan y Dolores

Abuelita:

Te escuché morir un poco cada noche, cada mes, cada año que dormí en el cuarto de al lado. No sé qué fue primero, o si todo fue al tiempo, pero soledad, tristeza y amargura eran tus dolores más rigurosos y constantes. Después vino la memoria que te traicionó y el rencor que sentiste al descubrirte desubicada, sin la capacidad de ser quien solías ser, sin la fuerza para resistir la soledad, la tristeza y la amargura. Te desarmaste en silencio, encerrada en tu llanto nocturno, resguardada en la oscuridad de quien se cree invisible.

Pero yo estaba ahí, escuchando. Fui tu dolor cada una de las noches que te escuché llorar. Fui tu rencor cada una de las veces que te escuché quejarte en vano de mil cosas, incluyéndome, ante mi papá, o mi mamá, o tu dios, o la vida, o quien fuese. Fui tu arrepentimiento y tu miedo cuando, después de sentirte agredida por mí o por la vida o por quien fuese, íbas a buscarme a mi cuarto con los ojos nublados a pedir que nunca te dejara sola. Fui tu desazón calmada cada vez que nos abrazábamos en la noche y me sonreías y me decías que gracias por estar contigo, que gracias por quererte, que me querías profundamente, que te sentías orgullosa de mí, que soy idéntico a mi papá, igual de noble, igual de amoroso.

-Gracias, Litos-, me decías.

-No seas boba, abuelita- te contestaba mientras te abrazaba con cierta incomodidad, porque nunca nos supimos reconocer bien, entender bien. Casi nunca nos hablábamos, y cuando lo hacíamos, la conversación estaba marcada por el fastidio, o la hipocresía, o el desinterés, o tantas cosas tan malas y tan tontas que dominan nuestras vidas sin sentido.

Porque, te tengo que ser honesto, te odié profundamente con esos odios momentáneos que son intrascendentes pero totalizantes. Contigo aprendí que las personas son muy complejas, llenas de matices y cargadas de mierda y bondad. Eras una persona muy difícil, muy dura, a veces muy cruel, siempre muy rencorosa. Y aún así me amabas con todas las fuerzas de tu corazón. Y me cuidabas. Y te preocupabas por mí cuando me demoraba más de lo normal en la universidad, o cuando era tarde y aún no había regresado a nuestro apartamento.

Por eso me dolía profundamente cuando me enteraba que me habías mentido, que te estabas quejando de mí, que hablabas mal de mis cosas a mis espaldas, que te sentías agredida y que nunca me decías nada. Me dolía profundamente tu cara de yo no fui, yo no hice, yo no dije. Lo que más me dolía era saber que ese rostro, esa máscara que usabas ante mí, era motivo del miedo a que me fuera, a que te dejara sola. Eso era lo que más me repetías:

– No te vayas a mudar, Litos.

No lo hice, abuelita. Nunca lo consideré en serio, a pesar de que era necesario para mi bienestar, para mi desarrollo, para mi mente enferma. No lo hice porque sin importar la tensión y lo poco que nos conocíamos en lo trivial, tú y yo estábamos conectados por nuestros silencios, nuestros dolores, nuestras noches llorando en cuartos distintos por motivos distintos, pero en el mismo lugar. Ese era nuestro acuerdo, saber que el otro latía en el cuarto de al lado, saber que al final del día íbamos a estar ahí. No estuvimos solos.

Fuiste mi roommate en una etapa esencial de mi vida. Mi cómplice a regañadientes. Mi resguardo infalible. Viste el proceso, estuviste ahí en cada triunfo hasta que me viste graduado. Creíste en mí más de lo que yo podría soñar en creer en mí. Hasta el último momento, en ese hospital que fue tu último cuarto, me dijiste que yo iba a llegar muy lejos, y que es una lástima que tú no ibas a poder verme.

Lo que da lástima, abuelita, es que te me fuiste, que no fui mejor cuando pude serlo, que el tiempo no tiene misericordia, y que la vida sigue a pesar de que una parte de mi ser murió contigo. Este apartamento no tiene sentido sin tí. Estoy dejando la puerta de tu cuarto cerrada. Así, cuando me paro, a veces engaño a mi mente diciéndole que aún estás ahí, que no te has ido, que no estoy solo.

Porque, la verdad, no quiero este dolor. No quiero las muertes que me faltan. No quiero el arrepentimiento que cargo dentro. No quiero las palabras de la gente, sus eufemismos, sus falsas ilusiones, sus historias de dolor y tragedia. No quiero en unas semanas tener que volver a todo y que me digan que si estoy bien y tener que decir que sí y seguir con este mundo que confunde mi tristeza con antipatía, mi cansancio con desinterés, mis silencios con grosería. No quiero sus juicios, su violencia, su ritmo que me queda grande. No quiero que se acabe este año y que tú te vuelvas una fecha, un recuerdo cada vez más difuso. No quiero que la vida siga, no quiero todo lo que sé que tengo que hacer. 

Sí quiero abrazos, lo confieso. Quiero sus abrazos, los del mundo. Pero no los tendré porque, como sabes, soy insoportable y no soporto. Soy una condena a una soledad antipática. Me parezco a tí en ese desastre, y tal vez por eso tú sí me soportabas, tú sí me acompañabas a tu manera, a nuestra manera, una manera defectuosa, una manera de mierda, una manera insuficiente, pero una manera necesaria, una manera que me salvó la vida.

Creo que nunca te agradecí por los dulces, esos dulces que me comprabas cada día con dinero que no tenías y me dejabas en mi mesita de noche; esos dulces que más de una vez me ayudaron a seguir adelante; esos dulces que eran el recuerdo de que a pesar de todo en este mundo tan complejo, la bondad existía y dormía en el cuarto de al lado. Tampoco te dije que me encantaba empezar mis días saludándote en la madrugada.

No me mudé, abuelita. Estuve contigo hasta el final, incluso cuando dormías y ya no me escuchabas. Te amo profundamente. Siempre te voy a amar.

Adiós, Dolores. Lola. Abuelita.

De todo corazón, gracias por los dulces.

 

Juan.

 

The damsel in distress is boring

CC3

By Juan Carlos Rincón Escalante

Katrina Day got tired of finding blatant sexism on the casting calls she read everyday. That’s why she opened Some Lady Parts, a blog where she calls out the bullshit of an entertainment industry ridden with clichés and non-speaking female roles. She does so by posting the casting calls she finds, and by publishing testimonies by other actresses that have experienced discrimination. As soon as it opened, the blog became viral, Katrina became the focus of several pieces, and the entertainment industry began a long delayed conversation about female representations. In this interview, we talk about sexism, sexual favors, the cluelessness of white heterosexual males, and the unfair competition women are forced to be in.

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¿Por qué estudiar Derecho?

Sergio Urrego

Por Juan Carlos Rincón Escalante

Alba Reyes está sentada en una oficina que parece tres en una. Apoya sus brazos sobre una mesa redonda. Frente a ella están dos mujeres de semblante amable y preocupado. Son investigadoras del CTI. A su lado está su mejor amiga. Al otro costado, diagonal, estoy yo. La veo desgarrarse. De nuevo relata el suicidio de su hijo, Sergio Urrego, y la cadena de abusos, discriminaciones e intransigencias que lo precedieron. Otra vez, como tantas veces en las últimas semanas, se quiebra, tiembla, se apoya en los silencios para recuperar lo poco que puede de su compostura, y sigue. Cada tanto se detiene, pero no por dolor sino por duda, y me mira. Yo le hablo a sus ojos y asiento. Ella asiente también y continúa su lucha por reivindicar la memoria de su hijo, el buen nombre de su familia, y apaciguar un poco la desazón que produce la injusticia del odio irracional.

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“¿Me regala un minuto, amigo?” Comprar tiempo en la gran ciudad

Minutero en Bogotá

Por Juan Carlos Rincón Escalante

(Artículo publicado originalmente en el Humboldt Magazin)

Quien se detiene un momento en Bogotá puede escuchar el sonido de la ansiedad. 7.776.845 personas conviven diariamente y se pierden en serpientes interminables de camionetas, autos particulares, taxis, buses rojos y azules, motos, bicicletas y peatones que creen que son autos. Pero ese número no refleja la individualidad, cada una de las historias que comparten el mismo temor: la falta de tiempo.

“Todo el mundo cree que puede hacer trampa”, dicen los veinticuatro años de experiencia como taxista de Jorge Lemus. “Creen que uno puede atravesar la ciudad en diez minutos”. Pero cuando, después de unos minutos en el tráfico donde lo único que se mueve es el tiempo y, ocasionalmente, el viento, se dan cuenta de que les espera por lo menos una hora de no hacer nada, desesperan. “Algunos empiezan a pegarle suavecito al vidrio, otros a mover el pie, a respirar duro. Los menos sutiles me insultan por no pasarme un semáforo en rojo, pero si lo hago y la policía me multa, ellos se bajan tranquilos con su prisa y a mí me dejan el problema”, dice Lemus. El problema es simple: en la gran ciudad, nadie tiene tiempo.

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Las veces que no he muerto

Depresión

Por Juan Carlos Rincón Escalante

En algún punto la palabra depresión se volvió banal. A momentos de tristeza, desgano o simple aburrimiento se les bautizó con ella. “Estoy deprimido” parece ser el lema indiscutido y preferido de una generación, mi generación, que no sabe lo que dice ni tiene interés por cuestionar sus propios discursos. Entonces surge un problema: nadie toma en serio al “deprimido”, ni siquiera él mismo. Lo que debería ser entendido como un desesperado grito de auxilio, se convierte en una exteriorización de caprichos.

Lo grave es que la depresión, la enfermedad, ese misterio que te destruye poco a poco hasta que, de un totazo, te apaga la vida, existe. Y no es banal. Y no es inusual. Y necesita atención, comprensión y ayuda de todos en la sociedad. Pero aún no la entendemos muy bien.

Por eso, cuando alguien intenta articular sus sentimientos confusos, la pregunta suele ser la misma: “¿qué pasó?” Lo que de entrada predispone a la persona triste porque anuncia un juicio de valor: voy a juzgar los motivos para que estés así. ¿Y si no hay, como suele pasar con la depresión, motivos tangibles? Abunda entre las personas la idea de que si alguien lo tiene todo en la vida (ustedes me dirán qué carajos significa “todo”), no tiene derecho a deprimirse. La noción de que sólo sufren los que “de verdad” sufren censura las tristezas menos “valiosas” y, en últimas, termina matando gente o, cuando menos, condenándolas a ser miserables en silencio.

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