Mi muerte fue magistral, un espectaculo. No fue aburrida como la de aquellos que yacen en una cama y se despiden de este mundo entre sueños e incoherencias; ni tan poco climática como la de quienes son seducidos por la muerte que les atraviesa una disparo en el corazón (cualquier similitud con el amor no es coincidencia).

Después de un violento forcejeo con el viento obtuvimos nuestra última victoria, penetramos las líneas del ejército gris que combatía con infalible determinación, y el avión, como recién nacido, saltó imponente para presenciar el paisaje más hermoso de todos, un desierto de nubes, y en el horizonte al viejo sol…yo sólo podía imaginarme, con sorprendente serenidad, como se vería la escena de perfil: el avión parecía una bailarina, dando la última voltereta antes de clavarse en un mar de eternidad, la pirueta perfecta, delineando la curvatura del sol, la perfección del momento, la calma antes de la tormenta.

Todo estaba en un silencio perfecto, ni los pensamientos se escuchaban, todos mirabamos, nos deleitabamos con ese instante de perfección, parecía que el tiempo se hubiese sentado a observar ese momento con nosotros, fue un instante, uno chiquito, que nos sirvió como la mejor de las despedidas, el mundo mostrandonos su belleza por última vez, por primera vez.

Y entonces, el colapso, el inicio del fin, del gran final, la tormenta. Y vaya tormenta la que se desató.

Dios probablemente estaba mirando la escena, el mejor entretenimiento que su perversa creación presentaba esa tarde.

Las explosiones de los motores, dos, marcaron el inicio de la maravillosa y frenética música de fondo. Todos gritaban mientras sus pensamientos los atropellaban, pero eran gritos melodiosos, acordes con el momento. Un bebé empezaba a llorar. Otro le hacía coro. A mi lado respiraban agitadamente, contado los suspiros. Las pestañas sonaban, tenían un sonidito peculiar cuando se juntaban con la humedad de los ojos. Yo sólo sonreía, disfrutraba del vertigo en mi estómago, y, por supuesto, pensaba en ti. Caíamos libremente, o mejor, secuestrados por la gravedad.

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Cuatro días...cuatro historias (crónica).

Cuatro días...cuatro historias (crónica).

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En el 2006, el colegio Calasanz de Cúcuta introdujo una sub-clase en el curso de Lengua Castellana: periodismo. Como trabajo final debíamos realizar un vídeo que mostrara algún tipo de problemática. Un grupo de amigos y yo decidimos hacer un dramatizado de cuatro días en la vida de cuatro adolescentes (cada uno personalizado por nosotros).

Ficha Técnica

Las últimas palabras.

Diciembre 11, 2009

Hace mucho no encontraba el tiempo necesario para escribir, y creo que soy víctima de ese abandono al espejo –porque, no sé si lo sepáis, pero el mejor espejo del alma son las palabras, escribir es como dibujar nuestro propio reflejo, sólo que un poco más elaborado-.

Las palabras, que antes nacían como crías de conejos, encuentran hoy problemas para lograr que unas cuantas letras se junten, voy a paso de tortuga, según parece, el tiempo deja estéril hasta a las palabras…¿habrán inventado el viagra para los novelistas?

Apuesto a que nadie se preocupa por la suerte de estos pobres infelices, y no los culpo…es decir, ¿cómo pretender que ellos entiendan una impotencia que sólo se conoce al haberle dedicado toda una vida a las palabras? Miento, se le puede dedicar toda una vida a las palabras y no terminar estéril, se necesita más que eso, se necesita haber probado de todo.

Es algo similar a lo que pasa con el hombre: los que llegan acostados a sus años de madurez han recorrido un camino de vicios y extra-limitaciones que terminan por desgastar su cuerpo (y, especialmente en este caso, su virilidad).

Por eso es que sólo algunos escritores ven como sus palabras pierden fuerza y a las letras les cuesta encontrar coherencia (¡y ni pensar en exigirles pasión!). Para llegar a ese punto de impotencia, hay que pasar por todos los vicios que un prepotente como yo ha probado: la escritura automática, la poesía (con rima, sin rima, consonante, disonante, romántica, realista, dedicada, asesina, alejandrina y sin orden aparente), la política (que se empieza a escribir con la izquierda pero pone al lado derecho del cerebro a funcionar), la novela (larga, corta, en trilogía, en servilletas), el cine (guiones vendidos, otros quemados y otros plagiados), los blogs (de actualidad, de historicidad, de relevancia, de irrelevancia), y, finalmente, el porno meta-físico.

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Noviembre 16, 2009

Sueño las fantasías que sólo ciertas sonrisas comprenden, suspiro esos momentos que mi mente recrea con ilusión, canto las canciones que defienden mi causa y juegan con la poca esperanza del pesimista…escribo, escribo porque es lo único que tengo de ti: mis palabras describiéndote.

Ensayo para Derecho Romano.

De la igualdad, la neutralidad y otras utopías

“Los cobardes son los que se cobijan bajo las normas.”

“Como todos los soñadores, confundí el desencanto con la verdad.”

“El hombre nace libre, responsable y sin excusas”

Jean-Paul Sartre[1]

La primera vez que me enfrenté a la idea de que la neutralidad no es más que una ilusión, mi mente estuvo a punto de colapsar.

El argumento era contundente, y sin embargo, no podía aceptar que un valor tan fundamental en lo que había aprendido de la sociedad era un imposible, una utopía, una ilusión de la humanidad.

Pero, en realidad, es una situación muy fácil de entender con el siguiente ejemplo: si uno va caminando por la calle y ve un atraco, ¿cuál es la posición neutral? No existe tal cosa, sí llamamos a la policía o si intervenimos en la escena, estamos tomando el lado de la víctima, y si nos quedamos quietos sin hacer algo, estamos beneficiando al ladrón.

Entendiendo que la neutralidad no existe, surge otra pregunta: ¿entonces por qué la profesamos?

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Un ensayo para mi clase de Derecho Romano.

Adolescencia, depresión y falta de mujeres: la demanda contra Axe

Siendo honesto, en la pubertad no era un niño feo, pero había un par de características que me alejaban de la categoría de los agraciados. Mi nariz era de un tamaño poco proporcional al resto del rostro, y durante mucho tiempo estuve variando en las categorías de gordo y flaco, nunca un muchacho atlético, nunca un muchacho de los que paran tráfico.

Además, desde pequeño me formé como un niño silencioso y pensativo, tan pensantivo que por mucho pensar he dejado de vivir varios momentos importantes en la vida. Así que, como ya habrán deducido, no era un chico muy popular, y mi marcada tímidez era un defecto en la época de conocer chicas, y de empezar a salir en grupitos mixtos (amigas y amigos).

Fue durante este panórama que, en una tarde cualquiera, me encontré con una propaganda que anunciaba un producto llamado Axe. Lo que cautivó mi atención fue ver como mujeres extremadamente deseables (pónganle una falda y una peluca a un palo de escoba, y ya verán las ideas que le provocarán a un adolescente hormonal) perseguían al protagonista del comercial, quién usaba Axe.

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