Insignificante

diciembre 29th, 2011 § Dejar un comentario

Entre las piernas de una puta descansó por fin en paz. La muchacha, al sentirlo inerte, lo entendió satisfecho. Con delicadeza se levantó, vistió, vació la billetera de su cliente (por estrictas órdenes de él) y abandonó el cuarto.

La mañana siguiente no hubo escándalo. Rosita, veterana enfermera acostumbrada a la muerte de los pacientes que cuidaba, apenas respondió con un suspiro al cerciorarse de que Antonio carecía de signos vitales. El médico del asilo confirmó que se trataba de un paro cardiaco. Al atardecer ya había un nuevo inquilino en aquella habitación.

Esa muerte, a diferencia de tantas otras que ocurrían en aquel lugar, no fue problemática. El señor Pérez no tenía familia que necesitase ser informada ni valiosos objetos que debiesen ser conservados. Los de la funeraria llegaron rápido. Un año atrás, cuando el mismo Antonio pidió que lo internaran, todo quedó muy claro. Pagó lo suficiente para vivir allí tres años con la única condición de que le permitiesen una visita nocturna cada fin de mes. En aquel acuerdo original, redactado por una firma de abogados que solía presidir el difunto, también se pactó que las pertenencias encontradas en su cuarto una vez muriese (porque desde el principio era bien sabido que él se internaba para morir) serían donadas a las enfermeras del lugar. Lo único que dejó, sin embargo, fue una colección enorme de libros, la gran mayoría aún vírgenes de cualquier lector.

La vida de Antonio fue similar a su muerte. Cotidiana, aburrida e irrelevante. Temprano en su adolescencia comprendió que quien vive, sufre. La muerte lo aterrorizaba casi tanto como el sufrimiento. Tomó entonces la decisión de vivir sólo lo necesario para no matarse antes de tiempo. Justificó su existir en el pánico. Suprimió el alcohol, las drogas legales e ilegales, las fiestas, las religiones y las mujeres con el ideal de estar siempre en control de su mente y su sentir. Aprendió a disfrutar con precaución el arte. Intentó escribir pero después de varios años se rindió al descubrir que sus textos eran tan superfluos como sus sueños. Tuvo un par de amigos que abandonó cuando decidió que no tenía nada para aportarles. Después de estudiar becado descubrió en el derecho tributario su mejor opción. Pasó, desde entonces, la mayor parte de sus días encerrado en una oficina realizando cálculos y ganándose comisiones millonarias por obtener grandes deducciones aduaneras para sus clientes. Odió enriquecer a los ricos pero lo hizo de todas maneras. Evitó reflexiones ideológicas. No hubo año de su vida en el cual no tuviese suscripción a un gimnasio; no hubo día en el cual fuese a uno. Conoció muchas mujeres y hombres pero con ninguno intimó. Le desesperaba imaginarlos en el caos de la vida y los odiaba con envidia recalcitrante. Probó la masturbación pero la abandonó por sentirse patético cada vez que lo hacía. Muchas veces consideró cambiar su decisión, perderse un poquito; amar un poquito; vivir un poquito; sufrir un poquito. Pero con los años el miedo crece y el carácter se esconde. Su madre murió sin tener nietos. Su padre se suicidó no sin antes confesarle lo decepcionado que estaba de él. Después de los cincuenta años la melancolía y el arrepentimiento eran lo único que Antonio sentía. A los cincuenta y un años le descubrieron un cáncer de mierda. Gastó su fortuna intentando curarse pero fue en vano. A los cincuenta y tres, flaco y demacrado, se internó en el asilo. El último día de cada mes recibía en su habitación  a una adolescente llamada Esperanza. Le pagaba por conversar. Ella le contaba todas las aventuras inherentes a la prostitución de alto nivel y él sonreía. Se encogía de hombros con timidez cuando se agotaban las historias y la chica indagaba por sus motivos para no acostarse con ella. Las reuniones acababan cuando él se dormía mientras la prostituta le acariciaba el rostro.

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Un Papá Noel enamorado

diciembre 3rd, 2011 § 2 comentarios

Mientras el descender del ascensor los alejaba paulatinamente de la música que instantes antes les nublaba hasta el alma, ambos se recostaban en límites opuestos de la máquina. Ella lo observaba con cierta preocupación que él confundía con fastidio.

Las puertas se abrieron revelando la salida del edificio. Un taxi destartalado lo esperaba. Ella llamó su atención con un suave toque en su espalda. Él la miró con tristeza. -¿No quieres que sea feliz?- preguntó ella dejando escapar el melancólico tufo de quien toma por ansiedad.

Visiblemente alterado, empezó a responder: -No. No quiero que seas feliz…- Al oír esto ella intentó irse pero el muchacho la forzó a mirarlo. Siguió hablando con voz quebrada y palabras que parecían lágrimas: -Es decir…sí, sí lo quiero, pero sólo conmigo. Quiero que te consumas en nosotros; que te aisles; que olvides que hay algo más allá de las puertas de nuestra habitación; que los años pasen y sigamos perdidos en el laberinto de nuestras miradas. Quiero ser tu caos y tu paz; tu razón y tu dificultad. No soporto un instante más donde estés lejos, allá, en ese mundo de deseo y falsa vanidad. Porque ya no me entiendo sin ti a mi lado, y ya no quiero que te marches, ni que vivas, nunca más, si no es conmigo, y yo contigo.

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Navidad en el norte

noviembre 30th, 2011 § Dejar un comentario

Después de mucho caminar el muchacho encontró lo que buscaba. Luces verdes y rojas iluminaban la fachada de la hacienda Santa Bárbara, el único lugar en Bogotá que le faltaba por conocer.

Una hora entera estuvo ahí, quieto, extasiado, observando los colores parpadeantes. Siempre le había gustado la navidad. Era, pensaba él, una excusa para que la ciudad se vistiese de esperanza. Recordó en aquel momento a su mamá, desaparecida varios años atrás. Fue feliz pues alucinó con ella. La vio allí tal y como la había visto durante la primer docena de años de su vida: pelinegra y churca, trigueña con bronceado bogotano, piernas largas pero bien tapadas, pancita y postura de madre trabajadora. Vio sus ojos miel que, gracias a la oscuridad, aparentaban ser negros, y sintió su mirada amorosa y extenuada. Ella también amaba navidad.

El veinticuatro de diciembre, desde las seis de la tarde, todos los vecinos del barrio se reunían. Eran una gran disfuncional familia. Cada uno tenía su asiento reservado en un gran óvalo de sillas de plástico. El centro de gravedad de la reunión eran dos mesas llenas de frutas, lechona, trago y gaseosita.

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Una Colombia feliz

noviembre 25th, 2011 § Dejar un comentario

COMUNICACIÓN CONFIDENCIAL

REMITENTE CERTIFICADO

MENSAJE DEL REMITENTE:

Honorable primer ministra. El día de hoy, como lo mandaba la ley, hicimos la inspección de la casa del periodista Juan Carlos Rincón. Allí lo encontramos muerto, con heridas en sus muñecas. Después de revisar extensivamente su cuarto encontramos el siguiente texto. Creemos que esto explica los motivos por los cuales decidió acabar con su vida y porque no había presentado el informe sobre el magistrado Rodríguez. La copia que remitimos es la única del documento. Ya entenderá los motivos por los que manejamos esto con total discreción.

ÚNICA COPIA DEL MENSAJE REMITIDO:

Colombia “feliz”

“Todo es una farsa” dice con debilidad Ernesto Rodríguez mientras observa con atención la pared. En ella hay un letrero muy elegante, de fondo rojo y tipografía dorada, que dice “Colombia: tierra del gobierno amado por el pueblo”[1]. Ernesto, con un cuchillo peligrosamente afilado que le había regalado un guardia, talló, el día que llegó a ese lugar, una “r” entre la “a” y la “m” de “amado”. Ahora el letrero hablaba de un gobierno armado por el pueblo. “El sistema está diseñado para justificar cualquier tipo de atrocidad. Todo es legítimo cuando está acorde a la ley. La ley es legítima cuando el pueblo es convencido de que esa ley es lo que en verdad quiere” concluye.

A sus cincuenta años, el señor Rodríguez aparenta el doble de edad. Graduado como abogado de la Universidad de los Andes gracias a la cuna de oro en la que nació, obtuvo rápidamente reconocimiento por sus habilidades en el derecho penal. Después de adelantar investigaciones que luego serían el fundamento para la reforma judicial que adelantó el Gobierno Supremo vigente, el señor Rodríguez fue nombrado como magistrado supremo de la nueva Corte Penal Colombiana (superior en jerarquía a la Corte Constitucional y la Corte Suprema de antaño, y dotada con ambigüas funciones que le daban un amplio poder discrecional al magistrado Rodríguez). Hoy, sin embargo, luce devastado. Lleva varios días sin comer y sus ojos, de inusual color azabache, denuncian su profunda tristeza. Está a punto de morir, condenado por la misma institución que antes presidía.

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[Aquí va tu nombre]

noviembre 6th, 2011 § 1 comentario

Anoche te soñé y, al despertar, te sufrí. Abrí los ojos, de la misma forma en que muchos otros que te sueñan lo hacen, y observé el vacío a mi lado con un ridículo asomo de pesar. Esperaba, quizás, ver los tímidos rayos del amanecer posarse sobre tu rostro dormido y poder estirar mi mano para sentir el calor de tu espalda desnuda. Esperaba, quizás, que no fueses un sueño. Esperaba, mejor, que aún siguiese soñando.

Apareciste, en mi sueño, de la mano de quien fue mi obsesión cuando fui primíparo. Descubrí en ese momento que Laura, mi antigua obsesión, siempre conoció mis delirios. Al presentarte me susurró, con pícaro tono, ”ella te gustará, se parece a mí”.

“Te pareces a alguien que conozco” me dijiste de entrada, sin rodeos, con la sonrisa que esperaba de ti.

“Te pareces a un sueño que tengo” respondí sin atisbo de duda. Detrás tuyo, cuando dije eso, apareció Mariana, una amiga que crítica los diálogos que escribo por carecer de credibilidad. Ignoré, sin embargo, la mirada aburrida que me dedicaba. La ignoré porque mi atención, claramente, eras tú. Y yo era tu atención, lo que era sensacional y doloroso en magnitudes equivalentes.

Perdóname. Estoy escribiendo muy rebuscado; muy poco yo. Lo hago porque mientras escribo, mientras observo estas letricas aparecer de la nada, desprevenidas, en una pantalla de computador, no dejo de pensar en que no me lees. Lees, sin duda (si no leyeses no tendría interés en ti), pero no me lees. Por eso te admiro. Sabes no perder el tiempo en hombres que se repiten. Lees, por ejemplo, a mi compadre Andrés, que sí sabe de vicios y de consumirse como dios (o el diablo, o la ciencia, o el gran electrón) manda. Yo sólo sé de consumirme entre sueños.

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La reposición y la súplica como medios de impugnación en Colombia

octubre 25th, 2011 § Dejar un comentario

La reposición y la súplica como medios de impugnación en Colombia

Por Ángela Zorro y Juan Carlos Rincón

[Puedes descargar una versión en PDF de este artículo oprimiendo aquí]

En el presente trabajo haremos una exposición de la información pertinente a los recursos de reposición y súplica en el proceso civil colombiano.

Para esto, (I) haremos una pequeña introducción a la teoría de los medios de impugnación y la clasificación de los dos recursos objeto de estudio; (II) expondremos el recurso de reposición según su (a) finalidad, (b) procedencia, (c) trámite, (d) evolución histórica reciente y (e) su definición en el proyecto de código general del proceso; (III) expondremos el recurso de súplica partiendo de su (a) diferencia con el recurso de reposición, (b) finalidad y definición legal, (c) procedencia, (d) trámite, (e) evolución histórica reciente y (f) su definición en el proyecto de código general del proceso; (IV) Concluiremos con unas críticas al regímen actual. A lo largo de esto acompañaremos la teoría con jurisprudencia relevante para la comprensión del tema.

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Un partido melodioso

octubre 14th, 2011 § 1 comentario

Por Juan Carlos Rincón Escalante

“Siento una emoción muy grande porque es un momento muy especial…como si fuesemos la selección Colombia a punto de jugar una final”

Son palabras del director Mauricio Parra quien, momentos antes del inicio del evento, repasa con sus dirigidos el plan de acción. En el lugar, al mismo tiempo, las luces se prenden y apagan para comprobar su adecuado funcionamiento. Diana Pérez, organizadora de la logística, imparte órdenes a las trece personas contratadas para que todo salga bien esta noche. El público se acumula en la entrada. Se esperan 326 asistentes. La expectativa es evidente en el ambiente. Diez minutos antes del inicio, el director decide acabar la práctica. “La bendición” dice como despedida.

Inicia la serenata para cuerdas de Anton Dvorak y la tranquilidad se apodera del lugar. El público le presta total atención a las notas que provienen del escenario. Un hombre mayor cierra los ojos y alza el mentón para recibir la música.

Están en el auditorio B del edificio Mario Laserna de los Andes. El espectáculo es un concierto de la Orquesta de cuerdas Filarmonía, un grupo de músicos profesionales que solían pertenecer a la Orquesta sinfónica de Colombia y que se agruparon para no perder el vínculo con la música. Ya se habían presentado en la universidad en el 2009. Según Mónica Uribe, encargada de traerlos, fueron invitados de nuevo por ser “una Orquesta increíble con miembros de larga trayectoria”.

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La medianoche de la puta

septiembre 18th, 2011 § 4 comentarios

Estaba la puta, desnuda, sentada en su columpio favorito. Era de noche y la luna, igual de indiferente que el resto del universo, no le prestaba atención a la ilustre señorita que la observaba con melancolía. El frío era insoportable, pero la puta no lo sentía. Su piel estaba acostumbrada a no sentir.

Pensaba, la mujer, en su vida de prostitución. En la puta vida, que no es muy distinta a la vida de una puta. Observaba, al pensar, su sombra sobre el asfalto de aquel desolado parque. Lo único que le fastidiaba de aquel columpio era su ubicación: al lado del único poste de luz en toda la zona. Más allá de su sombra, todo era oscuridad. Y ella quería estar ahí, a oscuras, sin sombra, pero no podía abandonar su columpio. Llevaban encontrándose muchos años, a medianoche, antes de ella irse a trabajar. Él era el único que la escuchaba, que la arrullaba con su delicado mecer. Allí, en ese lugar, ella encontraba un pedacito de felicidad bajo la luna.

-Hola- dijo una voz que la puta sintió en su nuca. –Hola- respondió ella mirando hacia atrás. Se encontró con unos ojos azules, tímidos, que la observaban desde la frontera entre la luz del poste y la oscuridad. Con un gesto, la puta, lo invitó a acompañarla. El muchacho caminó mientras ella lo observaba con genuina curiosidad. Estaba, el pelado, vestido de negro. Tenía una larga gabardina que le llegaba hasta las rodillas, un pantalón elegante y zapatos de cuero. Su rostro era limpio y su pelo corto. La miraba, ahora, con cierto deseo.

-¿No tienes frío?- preguntó el muchacho. La puta sonrió. -¿Por qué, me darás tu abrigo?

-Si así lo deseas.

-No, muchacho, no lo necesito. Este es mi mejor abrigo- dijo mientras se pasaba un dedo por la piel de su pecho. El joven, alterado por tan seductor gesto, sintió que se le cortaba un poco la respiración. Ella soltó una carcajada y se meció un poco más fuerte en el columpio. -¿Qué haces en mi parque a medianoche?- preguntó la mujer. El muchacho bajó la mirada y caminó hacia ella. Cuando estuvieron cerca, se arrodilló para quedar a la altura de la señora sentada en el columpio. La miró y el azul de sus ojos se encontró con el desgastado café de los de la puta. –Vengo a matarte- le dijo.

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