Sal con una chica que no lee, de verdad
Por Juan Carlos Rincón Escalante
Sal con una chica que no lee, de verdad. No dejes que los escritores te engañen. Encuéntrala en cualquier parte y aprende a descubrir el arte tan puro que se oculta en lo sencillo. Si es en un bar, de esos impregnados por el sabor de la banalidad y la resignación, no juzgues: escucha. Mira cómo se mueve y le da sentido a esa música que hace pocos segundos desacreditabas. Trata de seguirle los pasos y, si te lo permite, entra en la coreografía con ella. Déjate llevar, no importa si sabes bailar, aquí lo que importa es sentirlo: siente con tus manos esa espalda endurecida por el sudor de la felicidad, siente el aroma que se mezcla con el ritmo, siente los pensamientos que se fusionan con el cuerpo y estallan de pasión, siente, siente, vive. Intenta convencerla de que te acompañe a tu apartamento y descubre que el único argumento es el sentimiento, la retórica qué. Véte frustrado porque ella vino a moverse, no a tirar. Otra noche será.
Llámala y ruega que te conteste. Descubre que está ocupada durante el día y que durante la noche sale a trotar con su perro, o a cenar con sus amigos, o a esa clase de cocina que tanto le sirve, o a esa clase de idiomas que desea aprender para viajar, o que simplemente toma una ducha larga, se consiente el rostro y el cuerpo con especias que desconoces, y se prepara para dormir. Cuando te conteste, si te contesta, olvídate de las mentiras elaboradas, de las citas de Hemingway y Bukowski, no le hagas caso a Woody Allen ni subestimes su inteligencia. Entiende que ella es pragmática, que por cada historia que has leído ella tiene una anécdota experimentada en carne propia. No eres el primero que la busca, ni serás el último. Ya muchos intentos de poeta le han agotado la paciencia y el corazón. Sé valiente y sincero: muéstrale quien eres en realidad. Es lo único que le importa.
Si accede a salir contigo, sorpréndete con la variedad de opciones distintas a ir a ver cine independiente y a un café de medio pelo. Descubre el placer de un paseo en carro, con la música a todo volumen, camino a un buen restaurante. Admira su atuendo, cuidado hasta el último detalle, y permite que su belleza te abrume y te estimule. Aprende a conversar de todo sin pretensiones. Escúchala y mira cómo te escucha. Cuéntale tu historia, sin adornos, y recibe la suya, sin prejuicios. Mira que las palabras grandes sobran cuando la comodidad y la confianza se construye. Empieza a sentir, empieza a enamorarte, empieza a necesitar sus labios, sus manos, su mirada, su tranquilidad, su vitalidad.
En la cama, en la suya o en la tuya, recuerda sus pasos de baile cuando la sientas tomar control. Ella inventó lo que las chicas que leen han leído. La experiencia es ella. Piérdete de nuevo, deléitate en ella, con ella. Ahí está la inspiración, muchacho. De esto es lo que narran tus héroes. Termina de enamorarte. Complácela. Gánate un lugar entre sus pechos. Trabaja por el derecho de amanecer a su lado. Y si lo haces, y si consigues que sonría, y si la ves caminar desnuda por el cuarto, con esa espalda perfecta, síguela. Cocina con ella y deja que la clase de la que te hablé le sirva para consentirte de nuevo la lengua. Pon música mientras se duchan juntos. Llévala al trabajo. Recógela al salir. Comparte su pasión por esa profesión que antes parecía tan técnica, tan árida, y que en sus labios, en su actuar, adquiere otra dimensión. ¿Ves que se puede amar todo lo otro, todo eso que despreciabas sin siquiera conocer? El talento, la vocación, no es sólo de los que viven de la palabra, muchacho. Admírala.
Conoce a su familia: al padre trabajador que improvisó oficios sin educación pero con determinación; a la madre trabajadora que se rige por valores sencillos, universales, poderosos. Mira cómo la casa de sus padres es un santuario dedicado a la nobleza, la humildad. Descubre que es posible la ambición sin arrogancia. Lee entre líneas los problemas y los traumas, mira que la gente que no lee también sufre, también llora, también carga de alguna manera la irresistible intrascendencia de existir. Mira cómo lo afrontan, con la experiencia como arma y con la persistencia como única estrategia. Esa noche, después de la cena, quiébrate ante ella, confiésale tu dolor, tu inconformismo, tu decepción con el presente insatisfactorio, con el mundo cruel y sin sentido. Mira cómo te entiende y cómo, con una firmeza que no vas a encontrar en muchos libros, te ayuda a sacudirte la desazón. Ella no se sumerge en la melancolía como si fuese una poesía trágica digna de admirar; ella la vence. La vida es bailando, muchacho.
Después de un tiempo, y antes de casarte, mira cómo te va a llevar de la mano a conocer el Londres de Woolf, el París que narró Hemingway, la Florencia de Forster, y el mundo entero de tantos autores, todo sin ella haberlos leído, pero con la misma curiosidad y fuerza que en otro tiempo a tan grandes movió. Al regresar, no tendrás otra opción que pedirle a gritos (ojo, sé más creativo que eso) que sea tuya por el resto de sus días. Cásate y serás feliz, pues ella no se aburre, no lo puede permitir. Verás, y esto es lo que pocos parecen entender, la chica que no lee lo hace porque no le queda tiempo: su pasión es vivir. Hay tanto por hacer, por experimentar, por descubrir y soñar, que su esencia es la del aventurero sin puerto; su objetivo es la felicidad, esa palabra que no conceptualiza, sino que siente.
Sal con una chica que no lee, de verdad. Atrévete. Hay tantas, tan variadas, tan especiales, tan problemáticas, tan interesantes, que la literatura no ha podido narrarlas a todas. Apúrate, que la chica que no lee espera, pero no por mucho: la vida es corta y tiene afán de vivirla.
Por Juan Carlos Rincón Escalante
El de arriba es una pequeña nota audiovisual que realicé para 070.
Le pedimos a Jerónimo Pizarro, profesor de literatura de los Andes y comisario de la participación de Portugal en la feria, que nos guiara por lo que nadie debería dejar de buscar en la feria. Especial FILBO.
Roa y el fuego que no se apaga

Por Juan Carlos Rincón Escalante
Colombia está en los ojos de Juan Roa. Interpretado por Mauricio Puentes, su angustia es la de un hombre introducido a las malas en un conflicto que no es suyo, en una violencia que no entiende, en una pobreza que lo reduce y humilla. Su angustia es la de un soñador que se rehusa a ser uno más de los sin nombre. Su angustia es Colombia, y Andrés Baiz, director de Satanás, La Cara Oculta, y ahora Roa, quiere que el país se vea en un reflejo perturbador.
Las comisiones de verdad y el derecho a la verdad
Importante: la licencia bajo la que se publica este blog no aplica para este artículo.
Por Isabel C. Jaramillo y Juan C. Rincón
El Acto Legislativo 01 de 2012, en su artículo 1, establece que entre los instrumentos de justicia transicional se incluirán algunos de “carácter extrajudicial que permitan garantizar los deberes estatales de investigación y sanción”. Específicamente determina que la ley estatutaria que establecerá estos instrumentos, “deberá crear una Comisión de Verdad y definir su objeto, composición, atribuciones y funciones”.
El objetivo de este documento es ilustrar la diversidad institucional que alberga el término de “comisiones de verdad”, por una parte, y plantear lo que está en juego en la construcción de comisiones de verdad, por otra. En particular, quisiéramos mostrar en qué sentido las comisiones de verdad han sido efectivamente una alternativa extrajudicial para apoyar la transición y en qué sentido han enfrentado más dificultades que los tribunales judiciales para encontrar la verdad.
Para esto, ofrecemos una caracterización inicial de las comisiones de verdad creadas entre 1974 y 2012, enfatizando los distintos equilibrios entre narraciones útiles o ilustrativas y decisiones definitivas sobre casos concretos en los mandatos de estas comisiones. A continuación planteamos las principales conclusiones sobre la eficacia política de las comisiones de verdad y su relación con el papel que se espera que ellas jueguen en las transiciones dadas las limitaciones de los mecanismos judiciales. Terminamos con una breve presentación del caso colombiano y consideraciones sobre el papel de la verdad en la solución del conflicto.
La nueva mordaza

Por Juan Carlos Rincón
Vuelvo a esta histórica tribuna llamada columna de opinión con la intención de celebrar que el año pasado en Colombia no mataron a un periodista (a menos, claro, que el pendiente informe de la FLIP revele algo distinto a lo que dice en su página). Eso sí, secuestraron a uno, amenazaron a otros setenta y siete, arrestaron/detuvieron ilegalmente a seis, uno tuvo que exiliarse, treinta y dos sufrieron tratos inhumanos o degradantes, y dieciocho vieron obstruido su pésimamente recompensado trabajo periodístico, pero no entremos en minucias.
Celebremos. Colombia culminó su evolución: ya no matamos periodistas. Se ha vuelto tan irrelevante la profesión, y se han sofisticado tanto los mecanismos de censura, que la barbarie es innecesaria. La opinión se despacha a sus anchas en periódicos nacionales y locales donde abunda la sangre que entretiene unos cuantos egos, inquieta a algunos indignados y destituye al desgraciado de turno (cuando le va bien, que no es siempre).
Mientras tanto la investigación agoniza. Se publican libros paridos con el sudor de valientes (o la plata de apellidos acaudalados), torpes revistas universitarias gritan en el vacío sus denuncias diezmadas por la incapacidad de profundizar en las sombras que cómodamente adornan nuestro país, algunos tercos (soñadores, ingenuos, elijan ustedes el sinónimo) periodistas de región se aventuran a repetir los secretos a voces de los malvados adueñados de las provincias (y no tan provincias), pero todos se enfrentan al indestructible muro de la indiferencia colombiana. ¿Para qué?, ¿para quién?, mejor no molestar.
El periodismo, ese incansable guerrero que ha desafiado tiranos, mafias, guerrillas y corruptos, ese ideal que ha visto a mártires inmolarse en su nombre a través de décadas, ese cuarto poder que fortalece la democracia y fertiliza los estados, está de rodillas ante su nuevo amo: el dinero. Y el dinero no entiende de ideología.
Este altavoz que hoy utilizo es el mismo que ha sido usado por hombres y mujeres mucho más elocuentes y sabios que yo. Lo que acaban de leer no es más que un melancólico homenaje a un ideal que quizá nunca fue, pero que sin duda hoy no es. Aquí, y sólo aquí, está nuestra defensa: en las palabras que se queman tan pronto se publican, en las columnas de opinión que se desgarran por fines abstractos e inalcanzables, en las investigaciones que se rehusan a desaparecer. Desde esta tribuna construida con la grandeza de figuras ya olvidadas, los invito a celebrar que no fue necesario matar ningún periodista colombiano en el 2012.
Dicho eso, me retiro, me voy a trabajar. No me pagan por escribir periodismo.
Django Sin Cadenas: la gloriosa angustia de Tarantino

Por Juan Carlos Rincón
Tarantino está escribiendo y filmando con angustia. Su Django Sin Cadenas es un homenaje pasional, no sólo a los westerns, sino al cine como forma de arte. Hecha en 35mm, un formato que agoniza pero que el director ha prometido defender hasta la muerte, la cinta es una melodía sangrienta de excelentes actuaciones, música provocadora, escritura tajante, fotografía cautivante y, sobre todo, divertida historia.
Django (Jamie Foxx) es un esclavo en la Texas de dos años antes de la guerra civil norteamericana. El doctor King Schultz (Christoph Waltz) es un cazarrecompensas que detesta la esclavitud, pero necesita del esclavo para encontrar a unos forajidos, así que lo busca, lo encuentra, lo libera de los traficantes a quienes pertenecía y le propone un trato: si Django lo ayuda en su labor, le dará la libertad. Les va tan bien en la caza que deciden trabajar juntos. Cuando Django le toma confianza a su particular amigo, le pide ayuda para encontrar a su esposa, también esclava. En su búsqueda dan con Calvin Candie (Leonardo DiCaprio), uno de los dueños de esclavos más reconocidos, y con Stephen (Samuel L. Jackson), negro encargado de administrar a los esclavos en la plantación donde está la amada de Django.
La historia se toma su tiempo (son casi tres horas de película) para desarrollar a los personajes principales y el mundo que los rodea. El sur norteamericano racista es retratado desde la particular óptica de Tarantino con una cinematografía bellísima. El universo vibra: no hay persona en pantalla que no parezca real, necesaria, con su propio relato silencioso para contar. Foxx, Waltz, DiCaprio y Jackson interpretan sus papeles con una habilidad admirable. Cuando los cuatro están en escena, es difícil elegir a quién mirar. Tarantino (quien debió haber sido nominado al Oscar como mejor director por su manejo de actores) sabe cómo lograr que actores experimentados den lo mejor de sí y se diviertan haciéndolo. Hay que ver a Samuel L. Jackson (también olvidado por los Oscar) como Stephen. Hay que odiarlo, sentirlo.









